NUERA
Carmen Fernández colocó con delicadeza una perdiz asada en el centro de la mesa, primorosamente dispuesta con mantel de lino y copas relucientes. Suspiró largo y profundo. En cualquier momento llegarían sus hijos acompañados de sus esposas.
El pequeño, Jorge, recién se había casado, en una ceremonia sencilla y discreta. Nada que ver con la celebración a todo tren que ella hubiera soñado, pero los tiempos cambian y la juventud ya no valora esas cosas como antes. Ella misma apenas pasó por el registro civil con su difunto marido; el dinero solo les alcanzó para las alianzas al año siguiente: dos delgados aros dorados. Le habría gustado regalarles una fiesta de verdad a sus hijos, pero ellos prefirieron otra cosa.
“Mi nuera solo tiene un defecto: ¡es tan arreglada que parece sacada de una revista!”, se lamentó Carmen en más de una ocasión. Pero esa tarde, Lola la nuera del pequeño ya había decidido buscar un momento para charlar.
Lola, en el fondo, no le caía mal. Era correcta, educada y, además, ayudó mucho a Jorge, quien antes andaba siempre acomodado, sin ningún proyecto, sin ambición. Gracias a ella encontró un buen empleo y aprendió a avanzar profesionalmente, dejar de vivir de los demás. Carmen se tranquilizó al ver ese cambio.
Aun así, ese pequeño defecto Lola siempre iba de peluquería en peluquería, a manicuras y masajes, perfeccionando el color de su melena. Y claro, todo eso costaba dinero. Carmen, criada en otras circunstancias, no podía evitar pensar que cuando llegaran los hijos, seguro preferiría un corte de pelo a unas botas nuevas para su niño. Jamás hubiera apoyado algo así. Ella solo pensaba en última instancia en sí misma, sobre todo desde que enviudó y sus hijos, a pesar de sus años, continuaban pidiendo alguna ayuda.
Un timbrazo la sacó de sus reflexiones. La juventud, por fin, había llegado. Lola entró al salón deslumbrante, con el pelo perfectamente peinado y las uñas recién esmaltadas. Apenas llevaba maquillaje, pero su piel resplandecía, obra silenciosa de su esteticista.
¡Lola, qué guapa vienes! exclamó Carmen con honestidad, aunque no pudo ocultar un leve matiz de reticencia. ¿El traje es nuevo?
Sí sonrió la muchacha. Me dieron una paga extra en el trabajo y me di el capricho.
Eso habría que ahorrarlo para un imprevisto no pudo evitar replicar Carmen. Las extras, las bonificaciones, toda la paga extra: hay que guardarlo para cuando haga falta de verdad. Créeme, nunca está de más.
Lola guardó silencio. Le tenía cariño a Carmen, esa mujer de toda la vida entregada por completo a la familia. Pero en el fondo pensaba que quienes esperan la desgracia la acaban llamando.
La velada pasó con amabilidad, pero Carmen no resistió la tentación de dejar caer alguna indirecta sobre gastos superfluos. Lola enseguida captó la alusión.
¿Y usted, Carmen, hace mucho que no se da un capricho? ¿Cuándo fue la última vez que se hizo la manicura?
¿Manicura? Yo nunca titubeó la madre de Jorge. Me limpo las uñas en casa, lo justo para estar decente. No necesito más.
Nadie dio importancia al pequeño intercambio, pero Lola se sintió tocada. ¿Cómo era posible que una mujer que había criado dos hijos, que ahora vivían desahogadamente, no se permitiera ni el más mínimo detalle para sí? Comparó mentalmente a Carmen con su propia madre, que aunque no nadara en la abundancia, nunca dejaba de cortarse el pelo con estilo o comprarse un vestido bonito y cada temporada se hacía con su abono al teatro municipal.
La idea fue madurando en su mente: Carmen debía aprender a vivir un poco, disfrutar, salir del encierro de la rutina y no reducirse a esperar nietos delante del televisor.
Pasaron un par de días. Lola llamó a Carmen e insistió para que salieran a pasear juntas, tomarse algo. Y, si se animaba, hacerle compañía en una visita relámpago al salón de belleza. Quería ir al esteticista y pensó animarla a probar alguna cosa.
Pero hija, yo allí Si tú vas, yo te espero fuera masculló Carmen, visiblemente incómoda.
¿Fuera para qué? insistió. Media hora, una hora, para cambiar de aires. Aunque sea una manicura y un pequeño masaje de manos, ¡anímese!
Carmen al final, tras muchas dudas, aceptó. Lola llamó con antelación, explicó la situación en la peluquería donde la conocían bien.
Escuchad, chicas. A mi suegra tratadla con cariño, como si fuera la reina. Probad con alguna cosa más: un tratamiento, una mascarilla. Y, ojo, si pregunta precios, decís que todo está pagado. ¡Confío en vosotras! Si le gusta, os habéis ganado una clienta fiel.
Llegada la hora, Lola acompañó a Carmen, que iba tensa pero resignada.
¿Solo un ratito, verdad, Lola? ¿Y cuánto es todo esto?
Una mujer simpática condujo a Carmen adentro y Lola se quedó en el vestíbulo con el móvil, aprovechando para contestar algún mensaje. Ese día no pensaba hacerse nada.
Carmen tardó casi dos horas en salir. Salió como nueva. Las trabajadoras sabían lo que hacían.
¡Ay, Lola! ¡Me han hecho de todo! El café, el té ¡Y qué amabilidad! Pero todo eso debe valer un dineral
Hoy había una promoción saltó la encargada con rapidez. Si vienes con una amiga, a la amiga le sale gratis. Así que ¡ni un euro!
Luego, Lola y Carmen caminaron hasta una cafetería cercana. Carmen probó un sorbo de capuchino y recostó la espalda en la butaca.
¿Y si salimos más veces juntas para hacer cosas así? sugirió Lola. Esta peluquería suele tener descuentos para clientes fieles. ¿Le ha gustado, verdad?
Mucho reconoció Carmen. Ni imaginaba que pudiera ser tan agradable.
¡Si lo hubiera sabido antes!
Bueno antes eran otros tiempos. Con los niños pequeños, y mi marido Dios lo tenga en su gloria, siempre hacíamos cuentas. Nada de lujos. Y luego, pues ya no hacía falta.
Ahora sí que hace falta. ¡Para hacerme compañía, que sola no es lo mismo!
Por ti de vez en cuando, sí, podemos.
Poco a poco, Carmen empezó a acompañar a Lola a cuidarse. Esta, con mucha mano izquierda, fue renovándole el vestuario, justificando siempre gastos mucho más bajos de lo real. Convenció a su esposo para que llevaran a su madre a un restaurante. Más adelante, fueron todos juntos al cine. Y por Navidad, Lola le regaló a su suegra un abono para el teatro principal.
¡Te veo rejuvenecida! le decían las vecinas.
La juventud tira de una respondía Carmen, humilde, pero con una tímida ilusión en la mirada.
Por primera vez, desde que enviudó y sus hijos eran hombres hechos y derechos, a Carmen le parecía que su verdadera juventud acababa de empezar.







