LA INQUILINA
Recuerdo que en aquellos fríos y cortos atardeceres de invierno, una mujer alta caminaba por las aceras de un barrio residencial de Madrid. La tarde todavía lucía clara y amable. El ligero frescor se compensaba con el brillante sol que había reinado durante toda la jornada. Ahora se acercaba al ocaso, y sus últimos rayos se deslizaban sobre los copos de nieve, blancos y relucientes por el frío seco.
A doña Carmen Romero le encantaba aquel clima, así que caminaba despacio, disfrutando del aire y de sus pensamientos. A sus sesenta y pocos años, conservaba aún rastros de una antigua belleza y cierto aire de autosuficiencia en su rostro de mirada serena. Refinada, elegante, consciente de su valor. Ya hacía mucho que la juventud y los amores de aquellos años quedaban atrás, pero doña Carmen sabía disfrutar de la vida, pese a la ausencia de su marido, a quien había perdido una década atrás y por quien lloró durante mucho tiempo. Después de todo, compartieron una buena vida juntos, criaron a un hijo ejemplar.
Su hijo se marchó a estudiar a Barcelona y allí se quedó, casándose y dando a su madre dos nietos. A los pequeños los veía poco, pues el trabajo del hijo le impedía visitarla a menudo, pero Carmen no se amilanaba. Entendía que, a cualquier edad, la vida presenta sus placeres. Sí, estaba jubilada, sí, su hijo y sus nietos estaban lejos. Pero la videollamada les permitía estar cerca, y, en definitiva, Carmen llevaba buena vida. Poseía dos pisos en la ciudad: vivía en el más grande y alquilaba el pequeño. Su pensión era modesta, pero suficiente, y su hijo, aunque ella siempre rechistaba, solía enviarle algo de dinero extra.
Ese año, en las fiestas de Navidad, su hijo llegó con su familia desde Barcelona y le regaló un abrigo de visón que cualquier reina envidiaría. Ahora era ese abrigo el que paseaba orgullosa, cruzando a paso lento la Plaza de Castilla, sabiendo lo bien que lucía a su edad.
Pero no caminaba sólo por lucir su abrigo; iba a visitar a sus inquilinos para recoger el alquiler. Doña Carmen alquilaba su apartamento de un dormitorio a una pareja joven y respetuosa. Empezaron a alquilarle cuando aún no tenían hijos, pero tras cinco años en el piso, ya tenían a su pequeño, un niño de dos años llamado Daniel. Carmen siempre llevaba una tableta de chocolate en el bolso, pensada para él.
Encontrar buenos inquilinos no era fácil, y después de varios disgustos impagos, destrozos, retrasos, doña Carmen había aprendido a pasar por el piso cada mes, asegurándose de que todo estaba en condiciones y de que las facturas estaban pagadas. Pero con la pareja de ahora sobre todo con Lucía, la esposa, podía estar tranquila.
Lucía era una chica que, aunque tenía veinticuatro años según el contrato, parecía más una jovencita, menuda, de tez clara y ojos azules intensos. Nadie diría que aquel niño tan rollizo era suyo. Lucía mantenía el piso impecable, siempre la recibía con una sonrisa y cumplía puntualmente con sus pagos. Del marido apenas sabía nada: lo veía tumbado ante el televisor o simplemente ausente, saludándola apenas y sin ánimo de conversar. A veces Carmen pensaba que bebía, pero ese asunto no era de su incumbencia mientras pagara y no causara problemas.
Subió al quinto piso y en el ascensor pensaba ya en el capricho que se daría con lo cobrado: un trozo de pulpo a feira, unas gambas de Huelva, alguna delicatessen. Era de esas cosas que una mujer mayor, jubilada y con la vida hecha, no debería negarse: ¿para qué ahorrar a estas alturas?
Pulsó el timbre, aunque guardaba copia de las llaves. No era de esas que se presentaban sin avisar ni abusaba de la confianza cuando los inquilinos cumplían. Esperó más que de costumbre ante la puerta y llegó a pensar que no habría nadie cuando, por fin, abrió Lucía. Lucía tenía los ojos hinchados y rojos, y las manos le temblaban.
¿Te pasa algo, Lucía? Tienes mala cara, hija. ¿Va todo bien? Carmen dio un paso dentro.
Lucía, con voz temblorosa, se apartó hacia el pasillo.
No, Carmen, no va bien… y se alejó hasta el salón, casi tambaleándose.
El desorden del piso era evidente, ropa tirada mientras Daniel jugaba ajeno a todo. El armario abierto, varias baldas vacías. Lucía rebuscó entre papeles y entregó los recibos pagados, con la mano aún temblando.
Aquí está todo pagado. Pero este mes… No puedo pagarte el alquiler. No tengo con qué. Me quedaré a deberte. Mañana mismo, yo y Daniel nos vamos. Lo siento mucho…
El rostro de Lucía se contrajo al borde del llanto, pero no derramó una lágrima. Carmen comprendió de inmediato que las bolsas en su rostro no eran por el alcohol, sino por el agotamiento y el llanto.
Pero ¿qué ha pasado, Lucía? ¿Y tu marido? preguntó Carmen, aún sin entender.
Lucía cayó en el sofá, ocultándose la cara entre las manos, su voz ronca y apenas sostenida.
Estoy enferma… hace medio año que me encuentro fatal, sin fuerzas… Cuando por fin Daniel entró en la guardería, fui al ambulatorio. Me han diagnosticado cáncer, Carmen.
Lo dijo pausando y ocultando aún el rostro. Prosiguió, casi en susurros:
Cuando lo supo mi marido, se fue. Gritó, me echó en cara el diagnóstico, dijo que no pensaba cuidarme ni verme sufrir. Que a su tía la mató el cáncer y que no se iba a quedar. Recogió sus cosas y me dejó, amenazando con el divorcio. Ahora no tengo nada. Mi baja es mínima, lo poco que tenía lo pagué en gastos y facturas. No hay dinero, Carmen. Mañana nos marchamos, sólo déjame fuerzas para hacer las maletas…
Carmen se quedó allí, mirando a la joven destrozada, con Daniel jugando a su lado tan ajeno a la desgracia. De golpe, se dio cuenta de que ese día no cenaría marisco; ese no era el asunto importante, pensó avergonzada.
Se sentó junto a Lucía, apoyando una mano sobre su hombro.
Escúchame, Lucía. Ya basta de llorar. Esto es duro y es injusto, pero tienes a un hijo y debes seguir adelante. ¿Y ahora qué piensas hacer? ¿Tienes un plan, un tratamiento? ¿Dónde vais a ir?
Lucía levantó la cara, sin lágrimas.
Mañana deberían ingresarme para las pruebas, una biopsia para saber el alcance. Pero no puedo. No tengo a nadie para dejar a Daniel ni dónde quedarme. Sólo me queda la abuela en un pueblo de Segovia, pero está mayor, apenas puede conmigo y mucho menos con Daniel. No tengo medios, ni posibilidades… Si dejo a Daniel allí, ¿cómo le hago frente yo? Aquí no tengo recursos…
¡Pero qué tonterías dices! saltó Carmen, severa y maternal . No vives en mitad del monte. Hay personas alrededor, no todo el mundo es como tu marido. Yo te ayudaré. Ingresa mañana a hacerte esa biopsia, yo me encargaré de Daniel el tiempo que haga falta. Y no me vuelvas a hablar de alquiler. Ya me apañaré, anda. Eso sí: pon la casa en orden y yo vendré temprano para que me cuentes lo del colegio. No te preocupes, con el chico me arreglo.
Lucía la miraba boquiabierta, sin comprender que una mujer como Carmen, tan distante y altiva, pudiera ofrecerle tal ayuda, incluso más de la que ofrecía su propia familia. Se acercó, la rozó con el hombro y Carmen notó un nudo en la garganta, pero se contuvo.
Me voy ya, que hay mucho por hacer. ¿A las seis te va bien?
Aquel día Carmen pasó por el mercado, pero no por marisco. Llevaba un capazo de cosas útiles: pollo, arroz, verduras… Al día siguiente estaba de nuevo entre las paredes de Lucía, dispuesta a cuidar a Daniel.
El pequeño era encantador, dócil y cariñoso. Carmen no sólo no tuvo problemas, sino que, entre juegos y cuentos, encontró un nuevo sentido a sus horas. Cada minuto tenía a Lucía en el pensamiento. Le preocupaba, era joven y bonita, y la vida la ponía a prueba sin piedad.
Tras la biopsia, Lucía volvió dos días después. Quedaba por delante la angustiosa espera de los resultados, pero cuando llegó la llamada de Lucía, Carmen casi saltó de alegría.
¡Carmen, ya está! Es primera fase… sólo requería una operación, puedo curarme…
¡¿Ves?! suspiró Carmen . Y tú, rendida… Tu marido se apresuró en dejarte, pero quizás lo mejor es que haya mostrado la cara antes. ¿Y ahora cuándo te operan? Mientras estés ingresada, Daniel se queda conmigo, así que no te inquietes.
Hasta dentro de un mes no hay hueco. Podría irme al pueblo con mi abuela, así tú puedes alquilar la casa a otra persona. Me sabe mal estar aquí sin poder pagarte…
¡Anda y déjate de bobadas! Quédate tranquila. ¿Te queda comida o necesitas que lleve algo más?
Ya es demasiado, Carmen… no sé si podré agradecerte esto alguna vez…
* * * * * * * * * * * * * * * * * *
El tiempo fue pasando, hasta llegar al año y medio. El mayor restaurante de Madrid ardía en festejos de boda. Carmen, de impecable traje claro, ocupaba un lugar de honor junto a la novia; muchos pensaban que era su madre y, la verdad, así lo sentía. Parecía que casaba a su propia hija.
Lucía, su Lucía, guapísima y sana, lanzaba sonrisas de felicidad desde su vestido blanco, con diadema entre sus rizos oscuros, al lado del hombre con quien iba a casarse: el joven médico que la había operado. Al principio ella desconfiaba de médicos tan jóvenes, ansiaba uno de experiencia, pero la vida no da siempre a escoger. Y aquel joven doctor, tras cuidarla profesionalmente, fue llenando de atenciones la vida de Lucía.
No fue sencillo. Tras la traición, Lucía apenas confiaba en los hombres. Carmen era la única en quien podía apoyarse. Primero vino la operación, luego todo el proceso y la larga recuperación. Medio año después volvió al trabajo, y aunque intentó pagar el alquiler, Carmen ya no podía aceptarlo. Lucía le era demasiado querida, como de la familia.
Ahora Lucía y Daniel se iban a vivir con el médico. Carmen buscaba nuevos inquilinos, pero sentía resuelto su corazón. El doctor amaba de verdad a Lucía y vivían de maravilla. ¡Menuda boda!
Carmen, sin que nadie lo notara, se sirvió una rodaja de salmón ahumado. Sintió ternura al recordar cómo, año y medio atrás, renunció a ese bocado. Tuvo que apretarse el cinturón mucho tiempo; pero después pensó en el verdadero tesoro que había encontrado: casi una hija. Su hijo estaba lejos, pero ahora tenía también a Lucía y al pequeño Daniel. Sabía que jamás la abandonarían.
Ella, poco dada a sentimentalismos, estuvo a punto de llorar cuando Lucía se levantó, copa en mano, para pronunciar un brindis:
Quiero hablar de alguien muy especial, sin la que esta boda no habría sido posible dijo Lucía con voz emocionada, ahogada por la gratitud . Carmen, eres para mí como la madre que nunca tuve. Gracias por existir y por haberte cruzado en mi camino.






