Copia de la esposa
¿Estás segura de que no te va a suponer un problema? me preguntó Marina, de pie en el umbral, con una maleta colgada al hombro y una sonrisa rara, diferente, como perdida, que nunca antes le había visto. Sé que es incómodo, lo entiendo.
Marina, por favor, entra ya. Me aparté y sujeté la puerta. La habitación de invitados está libre, Andrés no pone pegas. Todo está bien.
¿Andrés no pone pegas? repitió Marina, y en ese eco se notaba algo extraño. No era ironía; era asombro. Como si la palabra no pone pegas tuviera más peso del que aparentaba.
Él apenas pone pegas a nada dije, mientras me iba hacia la cocina. Quítate los zapatos, las zapatillas están a la izquierda.
Así empezó todo.
Yo tenía cincuenta y dos años, y Marina, mi amiga desde la universidad, uno menos. Hacía ya cinco años que apenas nos veíamos, alguna llamada esporádica, cafés de vez en cuando en el centro de Madrid, pero yo creía conocer bien a Marina. Lo suficiente como para abrirle la puerta sin demasiado planteamiento. Acababa de divorciarse. El alquiler de su anterior piso se había terminado. Los papeles para el nuevo tardaban. Necesitaba dos o tres semanas, un mes como mucho, para poder reorganizarse y encontrar un sitio donde quedarse.
Vivíamos en Alcalá de Henares, ciudad de tamaño medio, ni grande ni pequeña, con esos barrios tan parecidos unos a otros y las tiendas de la esquina en las que te llaman por tu nombre solo con oír tu voz. Mi piso tenía tres habitaciones, estaba en la tercera planta, con ventanas a una calle tranquila. Andrés, mi marido, trabajaba en una constructora, sin demasiado brillo pero con un buen puesto. Yo era profesora de economía en un instituto. Llevábamos veintitrés años juntos. Nuestra hija llevaba tiempo viviendo fuera, en Valencia. El piso era amplio y acogedor, de esos a los que uno solo mueve los muebles para limpiar debajo una vez al año.
Marina llegó con una maleta grande y una caja. Se instaló en silencio, discretamente. Los tres primeros días apenas la oí: salía temprano, volvía tarde, comía menos aún y hablaba lo imprescindible. La primera noche, Andrés solo preguntó lo justo.
¿Para cuánto tiempo? preguntó.
Un mes respondí.
¿Un mes? repitió, en el mismo tono en que lo había hecho Marina.
No le di importancia. Yo era de esas personas que creen no dar importancia a los detalles, o al menos lo pensaba.
La primera alarma saltó en la segunda semana. Una mañana, al entrar al baño, vi que mi frasco de perfume, aquel “Gardenia” en frasco verde oscuro con tapón de plata que llevaba tres años comprando en una perfumería de la Calle Mayor, ya no estaba en la estantería izquierda, sino sobre el borde del lavabo. Pensé que habría sido yo misma. Lo devolví a su sitio y no le di más vueltas.
En la tercera semana noté algo más extraño.
Desayunábamos los tres juntos. Yo preparaba el café a mi manera: primero un poco de agua fría, después caliente, nunca hirviendo, que amarga menos. Andrés siempre lo elogiaba. Esa mañana lo hizo Marina, porque yo andaba liada con el teléfono.
Y Andrés, al probarlo, comentó:
Muy bueno.
He copiado a Olalla dijo Marina sonriendo. Ella lo hace así.
La miré. Sonrisas, nada raro, todo inocente. Sonreí también.
Pero algo se quedó dentro. Un rumor sutil, que no lograba definir.
Con la rutina, ese eco se fue, absorbido por correcciones y horarios. Al volver por las tardes encontraba la casa limpia, recogida. Marina era de las que, sin que apenas se notara, pasaba por la cocina, ordenaba, limpiaba. Andrés, para mi sorpresa, se adaptó a esa presencia mucho antes que yo.
Hoy ha preparado la cena Marina comentó una noche, con tono satisfecho. Sopa de alubias. Muy buena.
Si yo también la hago de alubias dije.
Sí, sí, parecida respondió él.
No pregunté que cuál estaba mejor. Tampoco él lo dijo.
Marina por entonces trabajaba a distancia, con cosas de papel, no pregunté mucho. Pasaba el día en la habitación de invitados con el portátil encima, y cerca del almuerzo salía para preparar algo sencillo, y por la tarde, ya arreglada y peinada, con ropa de calle, nunca de andar por casa, lo que me llamó la atención; porque yo solía ponerme ropa cómoda al atardecer y, de repente, Marina parecía siempre más arreglada que yo, en mi propia casa.
Una noche, Andrés se sentó junto a Marina a ver la tele. Yo corregía exámenes en la habitación. Las paredes finas, podía oírles hablar, tranquilos, sin silencios raros. Andrés contaba algo, Marina se reía. Su risa me sonó como la mía, pero más suave. Esa idea me cruzó la mente y la ignoré. Al fin y al cabo, la risa se parece a otra risa. ¿Y qué?
Pero unos días después lo volví a pensar, esta vez sin poder apartarlo.
Marina empezó a peinarse diferente. Ella siempre llevaba el pelo corto, moderno. Ahora lo dejaba crecer, peinándolo hacia atrás con cierto descuido. Justo como lo llevaba yo. Lo noté mientras nos reflejábamos las dos en el espejo del recibidor. Era como esas fotos viejas y nuevas, de la misma persona en distintos años.
Te queda bien así le dije.
¿De verdad? se miró en el cristal y corrigió un mechón. Lo he probado porque te lo vi un día.
Otra vez te lo vi. Ese leve, sutil copiar. Le sonreí y me fui a la cocina. Por dentro, no sonreía nada.
Llamé a mi hija el domingo.
Mamá, ¿qué tal por allí?
Bien. Está Marina unos días en casa. ¿Te comenté?
Ah, sí, ¿sigue allí?
Sigue; sus papeles van lentos.
Bueno. ¿Y papá bien?
Sí. Él y Marina se entienden.
Pausa.
¿Eso es bueno o malo? preguntó mi hija.
Bueno dije. O eso quería pensar.
Después de colgar, me quedé largo rato mirando la calle con el té frío en la mano, preguntándome por qué había dicho se entienden con tanta cautela. Como si me asegurara de dónde tenía los pies.
A la quinta semana, Marina me pidió la receta del bizcocho.
Aquel que hiciste el domingo pasado, con manzana y canela.
No tengo receta, lo hago a ojo.
¿Me la cuentas igual? Así lo intento.
Le expliqué cada paso como pude. Marina lo apuntó en el teléfono. A los tres días lo horneó. Andrés dijo está riquísimo, pero no supe si lo decía por el bizcocho o porque ya ni distinguía quién lo cocinaba.
Esa tarde abrí el armario de la entrada y vi una chaqueta. Gris claro, con cinturón. Casi igual que la mía. Marina la había comprado, seguro. Colgué la mía al lado y observé mucho rato ambas, colgando como gemelas.
No pregunté. No por miedo a la respuesta. Porque ni siquiera sabía cómo plantear la pregunta para que no resultase absurda.
El trabajo en el instituto iba cuesta arriba: inspectores, papeles, tardes interminables. Andrés cada vez se quedaba más rato en el salón. Marina también. Yo escuchaba sus charlas desde detrás de la puerta. A veces entraba. Se callaban un instante, luego me incluían en la conversación, como quien suma un invitado a última hora.
Una noche, le dije algo a Andrés, ya cuando Marina se fue a dormir.
¿Te has dado cuenta de que ella… bueno, me imita un poco?
Me miró, de verdad sin entender.
¿Quién, Marina?
Claro. El pelo, la chaqueta, las recetas… hasta los perfumes.
Mujer, entre amigas se copian cosas, es normal.
Supongo dije. Supongo.
Se volvió al móvil. Fin del tema.
Esa noche, tumbada en la oscuridad, me repetí es normal. Lo es. Entre amigas ocurre. Hasta yo alguna vez habría copiado algo a Marina, solo que ya no lo recordaba. Es normal. Repetí esa palabra, como si así lograra hacerlo cierto. Normal. Pero por dentro, no encajaba.
Desde entonces, observé con atención. Y empecé a ver detalles antes invisibles. Marina ladeaba la cabeza al hablar con Andrés, igual que yo cuando escucho concentrada. Usaba mi misma frase, pues eso mismo, alargando el mismo, como yo. Tomaba el té sin azúcar, aunque recordaba que siempre le ponía dos cucharadas. Pero ahora, no.
No era casualidad, ya no.
Hablé de ello con mi compañera, Nina, en la sala de profesores.
¿Te ha pasado alguna vez que alguien cerca de ti se transforma en ti misma?
¿Cómo?
Eso, que copia todo: gestos, ropa, manías…
Eso es envidia silenciosa me dijo sin dudar. Leí de eso. Alguien que querría tu vida, pero no puede cogerla entera, así que la va robando por partes.
Me quedé callada.
¿Te pasa eso? añadió.
Creo que no… respondí, pero sí lo sabía.
No fui yo quien planteó el tema con Marina. Una de esas tardes, tomando té en la cocina, ella lo dijo:
Olalla, eres tan completa. Miro tu vida y pienso: así hay que hacer las cosas. Tu piso, tu marido, tu trabajo. Todo en orden.
Veinte años poniendo el orden le contesté.
Se nota. Se siente. Andrés también…
Se quedó callada.
¿Andrés qué?
Que te valora mucho. Me ha dicho varias veces que estáis bien, que os entendéis.
Dejé la taza.
¿Hablas con él sobre mí?
A veces. Sin más. Él te valora.
Eso está bien dije, aunque por dentro, notaba lo contrario.
No entendía por qué me molestaba. ¿Qué tiene de malo que tu marido hable bien de ti? Pero había algo raro. Era intuición de esa que atribuimos a las mujeres y siempre bromeamos con ella, pero ahí estaba, sin palabras aún.
A la sexta semana, Marina me pidió usar mi perfume, Gardenia.
Se me ha acabado el mío y no me da tiempo a comprar. ¿Me dejas un poco?
Claro dije.
Pero por la noche, vi que en el frasco quedaba menos de un tercio, cuando hacía poco estaba por la mitad.
Lo guardé, lo metí en un armario del baño y le puse un pequeño candado de esos infantiles, sin darle muchas vueltas. Me miré al espejo y pensé: escondiendo el perfume de mi amiga, vaya tela.
Pero no lo abrí.
Andrés llegó esa noche contentísimo, cosa rara últimamente, salvo cuando Marina estaba en casa. Traía una tarta, sin motivo.
Para darnos un capricho explicó.
Marina se alegró, justo como lo habría hecho yo misma si Andrés hubiese traído tarta. Era tan adecuada su reacción: el elogio correcto al café, la risa exacta, el gesto preciso, la sorpresa medida. Todo igual, pero más dispuesto que yo, sin ese desgaste de veintitrés años de costumbre.
Andrés lo notaba. Quizá sin ser consciente, pero lo notaba.
Entré a la cocina y comí tarta. La tarta, sí, estaba buena. Hablamos de cualquier tontería, y todo parecía normal. Pero yo por dentro tenía una sensación extraña, difícil de poner nombre: ese malestar de notar que todo está en su sitio, pero con algún cambio ligero. Sin que nada estuviera realmente movido, solo desplazado un centímetro.
El viaje de trabajo surgió de improviso. Al instituto le tocaba asignar a alguien a un curso de formación en Guadalajara. Cuatro días. El director me lo pidió el viernes y contesté el lunes. Pasó un fugaz pensamiento: cuatro días dejando solos a Andrés y Marina. Pero me lo quité de la cabeza. Adultos todos. No iba a pasar nada. Me hacía falta desconectar.
Antes de irme, hablamos en la cocina.
Vuelvo el viernes por la tarde. Marina puede ayudar con la cena, sabe hacerlo bien.
Ningún problema dijo Andrés. Tranquila.
No me preocupo le aseguré.
Lo observé. Entonces, como siempre en veintitrés años, podía leerle la cara entera. Esa noche tenía el rostro normal, pero más ligero. Como si llevara un peso menos.
Me fui el miércoles por la mañana. En el tren repasé apuntes, tomé café de máquina, miré por la ventana paisajes de secano. El curso, aburridísimo, pero práctico. Por las noches, llamadas cortas con Andrés:
¿Todo bien?
Sí, hemos cenado. Tranquilo todo.
¿Y Marina?
En su cuarto.
Vale. Buenas noches.
Nada. Todo normal. Costó dormirme, aún agotada. Pensé en las tazas, en mi hija, en que tenía que reponer la quebrada. Luego en Marina, las chaquetas grises, el frasco de perfume.
El jueves por la tarde, el director me llamó:
Olalla, puedes volver ya, mañana solo repiten temario. Mejor no pierdas el día. Te firmo el curso igualmente.
Regresé a la casa a eso de las diez. El tren llegó pronto, el taxi sin tráfico.
Abrí con mi llave, sin querer molestar: creí que ya dormirían.
Pero no.
En el salón ardían dos velas en la mesa. Había platos, copas, algo en boles. Olía a comida y a Gardenia. El frasco estaba bajo llave así que suponía que Marina había comprado otro.
Andrés estaba sentado en el sofá. Marina, junto a él. Vestía un vestido azul, de corte igual que los míos, justo el color que más me gustaba. Pelo ondulado hacia atrás. Las manos en el regazo. Conversaban. Al verme entrar, ambos se giraron. Pausa de tres segundos.
Llegas pronto dijo Andrés.
Ya veo contesté.
Dejé la maleta, pasé al perchero, colgué el abrigo. Movimientos lentos, cuando el cuerpo actúa mejor si ordenas todo paso a paso.
Es solo una cena dijo Marina. Cenamos aquí…
Ya veo que es una cena. Con velas.
Otra pausa.
Muy romántico añadí, en un tono plano. Me sorprendió lo sereno que me salió.
Andrés se levantó.
No lo pongas…
Andrés le corté muy bajito. No me digas cómo tengo que reaccionar.
Era suficiente. Marina miraba la mesa. Yo fui a la cocina y bebí agua. En el alféizar estaba el tiesto de geranios, que regaba todos los miércoles. Pero ese miércoles yo no había estado, y, sin embargo, estaba regado.
Marina lo habrá hecho, pensé.
Volví al salón.
Marina le dije, ¿mañana tendrás dónde quedarte?
Marina levantó la mirada.
Olalla, entiendo que esto parece…
¿Mañana tendrás dónde quedarte? repetí.
Sí afirmó, bajito. Buscaré.
Bien.
Cogí la maleta y me encerré en el dormitorio. Cerré la puerta sin pestillo. Me tumbé, vestida, sobre la colcha y miré el techo. Se oía algún ruido del salón, luego nada. Más tarde, el golpecito de la puerta de la habitación de invitados.
Andrés no vino. Durmió en el salón. No hacían falta palabras.
Por la mañana madrugué. Puse café y lo tomé frente a la ventana. La ciudad se desperezaba despacio. Era viernes. Una mujer sacaba el perro. Palomas en el balcón de enfrente. Todo como siempre.
Andrés apareció sobre las ocho.
Tenemos que hablar dijo.
Sí asentí.
Entre Marina y yo no hay nada.
Quizá.
No quizá. No hay nada.
Andrés seguí mirando fuera. No entiendes. No hablo de lo que hay entre vosotros. Hablo de lo que vi anoche, lo que he visto el último mes y medio.
¿Y qué has visto?
Me giré.
He visto a una persona haciendo de mí en mi propia casa. Mi corte, mis perfumes, mis recetas, mi chaqueta, mis gestos. Y un marido que lo nota, y le gusta. Porque sigo siendo yo, pero sin cansancio, sin rutina, sin veintitrés años.
Se quedó callado.
No es una pregunta añadí. Es solo lo que vi.
Exageras dijo.
Puede admití. Me voy al instituto. Cuando vuelva no quiero ver las cosas de ella en la habitación.
Olalla…
Y otra cosa ya me ponía el abrigo. Ingenuidad. Eso era lo mío, confiar demasiado. En ambos.
Salí. Cerré la puerta con calma.
En el instituto di dos clases, contesté dudas, pasé lista. Tomé té con Nina en el recreo. Ella charlaba, yo asentía, entendiendo la mitad. Nina no preguntó nada, pero me miró de una manera que no hacía falta preguntar.
Volví a las cuatro y media. La habitación de invitados, vacía. Perfecta. Sin rastro de Marina. Solo encontré en el baño un peine pequeñito, blanco, de plástico. Lo cogí dos dedos y lo tiré a la basura.
Andrés estaba en el salón. Al verme, levantó la cabeza.
Se ha ido.
Ya lo veo.
¿Y ahora?
Colgué el abrigo, fui a la cocina y empecé a distraerme cocinando algo ni idea de qué, pero era mejor moverse.
Olalla entró detrás de mí. Veintitrés años juntos. No se puede…
Se puede. Espera. Dame unos días.
¿Cuántos?
No sé. Unos días. Tengo que pensar.
Días que fueron una semana. Compartíamos casa como extraños, cada uno en lo suyo, con educación, sin broncas. Comidas por separado, camas diferentes. Andrés intentó alguna charla; yo respondía corta, por falta de ánimos, no por despecho. Tenía demasiadas cosas por digerir, como para ponerlas en palabras.
Pensé mucho esa semana. En cómo pasó todo. Le abrí la puerta a Marina sin dudar, porque es lo que se hace. Una amiga en apuros, algo normal. ¿Cuando lo noté raro? ¿Por qué no lo llamé por su nombre desde el principio? Envidia silenciosa, como dijo Nina. Una copia, sin maldad incluso. No era tanto ese hecho. Era Andrés.
Podía no haberlo notado. O podía habérmelo dicho. O podía haber pasado de la copia mejorada, como la llamaba por dentro. Pero reaccionó. Trajo la tarta. Rió junto a ella. La cena con velas… Quizá ni él mismo sabía que era un error. O simplemente no pensaba.
La segunda semana llamé a mi hija.
Mamá, ¿qué pasa? Estás rara…
¿Rara?
No sé, tu voz…
Quizá tu padre y yo… lo dejemos dije, por primera vez, en voz alta.
Silencio largo.
¿Por Marina?
No solo. Lo de Marina me lo mostró. Ya pasaba antes.
¿Y qué pasaba?
No lo sé. Nos acostumbramos. No nos mirábamos. Ella vino, se puso en mi sitio… mejor que yo. Él lo notó.
Mamá…
No llores, va. Solo lo explico.
¿Te quedarás sola?
De momento, sí. Está bien.
Ese está bien por primera vez me supo cierto. Porque era elección mía.
La charla con Andrés ocurrió el domingo por la tarde.
Creo que deberíamos separarnos dije, clara.
Tardó en responder.
¿Es definitivo?
No lo sé. Pero quiero mi espacio, saber quién soy fuera de esta casa, fuera de ti, de todo.
¿Es por las velas? Olalla, era solo una cena.
No, Andrés. No son las velas. Es todo lo demás, lo que vi y callé, lo que me decía que era normal y no lo era.
No sé qué hice mal.
No hiciste nada. Solo dejaste de verme. Si me hubieras visto, habrías sabido que Marina me estaba copiando. Pero no lo viste.
No contestó. No había respuesta.
El piso quizá lo vendamos, o te compro tu parte. Más adelante. Lo veremos.
¿Dónde irás?
Alquilaré aquí cerca o en otro lado. Ya veré.
Empezar de cero a los cincuenta y dos años… dijo, como quien se compadece.
Sí dije. Hay quien empieza a los sesenta.
Me levanté a la cocina, no sin antes pasar por el baño. Saqué el frasco de Gardenia, lo sostuve en la mano. Luego, de camino a la entrada, lo dejé con delicadeza en la papelera.
En los días siguientes, fui metódica. Llamé a una agencia inmobiliaria, consulté a una abogada. Fui a casa de Nina, se lo conté por encima. Nina no exclamó ni negó; asentía y su sí quería decir te entiendo. Personas así son las mejores.
En su cocina, Nina preguntó:
¿Le tienes rabia?
¿A Marina? No, apenas. Me enfada más no haberlo visto antes. Llamar normal a lo que no era.
No tienes culpa por confiar.
Ingenua, sí. Eso pienso de mí.
No es lo mismo. Ingenua no, solo confiada.
Puede.
¿Y a Andrés?
Eso es distinto. Estoy dolida, pero se me pasará.
¿Y ahora qué vas a hacer?
Alquilar un piso. Cortarme el pelo diferente. Perfume nuevo (quizá no Gardenia). Y descubrir lo que me gusta de verdad, no lo que hago por costumbre.
Eso lleva su tiempo.
Lo tengo.
Nina sirvió más té. Llovía una llovizna insistente pero no fría. Y pensé: hace unas semanas sabía perfectamente cómo era mi vida: piso, Andrés, trabajo, rutas, mi perfume a la izquierda del baño. Parecía todo en orden. Ahora, ese en orden ya no significaba nada sólido.
Pero no sentía esa especie de vacío que se supone debes sentir. Ni hueco, ni vértigo. Era otra sensación, casi incómoda, como quien se quita un abrigo tras años llevándolo, y se da cuenta de que le oprimía los hombros, pero no se percataba por pura costumbre.
¿Sabes? le dije a Nina. No tengo ni idea de lo que va a pasar. Y es… tolerable.
Tolerable repitió ella sonriendo. Buena palabra.
Una semana después, encontré piso. Pequeño, de una habitación, en otra zona de Alcalá. Luminoso, vista a un parque. Caro, pero factible. Fui a verlo, caminé descalza por el parqué, escuchando ese crujido. Decidí: sí, aquí puedo vivir.
Me lo quedo le dije a la casera, una señora mayor y cansada.
¿Por mucho tiempo?
No lo sé, de momento un año.
Ella asintió.
En casa (en la de siempre, todavía), empecé a seleccionar cosas mías y lo que no lo era. Libros, vajillas, ropa. Saqué cosas para donar. Encontré una blusa sin usar, la regalé. La chaqueta gris con cinturón, igual: la di. Compré otra, azul oscuro, diferente. Me la puse, me miré al espejo. Nada que ver con lo de Marina. Mejor.
No volví a ver ni a hablar con Marina. Un día escribió: Olalla, sé que te hice daño. Perdóname si puedes. Leí el mensaje, aparté el teléfono y no contesté. No por rencor. Solo porque aún no podía o porque no me salía. La diferencia es sutil.
Andrés seguía en el piso. Nos tratábamos solo lo justo, con cordialidad, y detrás de esa calma había algo doloroso pero, a la vez, ligero. Veía en él la confusión de quien sabe que ha perdido algo, pero no sabe bien qué era.
El viernes previo al traslado fui a buscar esencia nueva a la perfumería. Me detuve mucho ante los mostradores. Probé varios aromas, la dependienta paciente, joven. Al final, escogí “Cedro Plateado”. Nada de flor, algo amaderado, cálido por dentro, nada habitual para mí. Precisamente por eso.
Buena elección dijo la dependienta.
Ya veremos respondí.
El traslado llevó media jornada. Nina me ayudó con cajas, Andrés también, sin palabras. En el nuevo piso todo fue situándose: pocos muebles, la taza buena, ventana al parque, luz de invierno.
Ya sola, abrí el frasco de Cedro Plateado y me eché una gota en la muñeca. Olí. Aroma nuevo, extraño, pero bien. Me dije: me acostumbraré, o quizá, ni falta haga.
Fuera noviembre desnudaba árboles; los faroles brillaban temprano. Preparé té, busqué la taza intacta, me situé en la ventana.
El móvil sonó. Mi hija.
¿Y bien, mamá, te acomodas?
Voy acomodándome.
¿Tienes miedo?
Miro los faroles y pienso.
No. Sabes qué: no tengo miedo.







