Tuvo un grave accidente de tráfico en el que sufrió serias lesiones en ambas piernas. Y así terminó todo…

Sufrió un grave accidente de tráfico en la carretera que une Burgos y Valladolid, donde las dos piernas le quedaron destrozadas. Y todo terminó de golpe

Un negocio prometedor, donde ya le habían reservado el despacho de director general y un sueldo más que generoso en euros. Las escapadas a Baqueira Beret con su esposa. Las cenas con los amigos los fines de semana. Todo de repente, desapareció.

Las piernas se las recomponían poco a poco y finalmente le dieron el alta. ¿Qué más podían hacer? Sólo quedaba confiar en Dios y en la suerte. Él lo hacía, pero por las noches gritaba de dolor. Sólo las inyecciones de la mañana y de la noche le permitían dormir algo.

Durante un par de meses no pudo levantarse de la cama, así que tuvo que recurrir al orinal de hospital. Que Dios le dé salud a su mujer, decían sus pensamientos. Cuando intentó ponerse en pie y empezó a andar con andador, el dolor fue aún más intenso.

¿Sabéis lo que es recibir pinchazos diarios en la barriga para que no se formen trombos ni llagas, tras tantas semanas sin moverse? Señoras, señores, se lo explico: no puedes ni estornudar, ni toser, ni ir al baño como antes. Hay que tener nervios de acero.

Pero, hablando claro, ¿quién tiene nervios así? Ya no le quedaban fuerzas, la paciencia se agotaba.

Pasaron las semanas, y poco a poco volvió a caminar. Con dificultad, tropezando, a punto de caer en cada paso, pero al menos avanzaba.

Los amigos desaparecieron como por arte de magia, no llamaban ni se interesaban. En la empresa, pronto tomaron el puesto que le habían prometido; un nuevo director general ocupaba su antiguo sitio. Y su futuro bueno, ese era un misterio oscuro.

Como podéis imaginar, no veía motivos para alegrarse y el horizonte se le antojaba muy estrecho. Gracias a la Virgen, su esposa permaneció a su lado

La primera vez que salió a la calle apoyado en muletas y bajo la mirada vigilante de su mujer, la luz del sol le cegó de tal forma, que le faltaba el aire. Se le saltaron las lágrimas. Así, en la acera, era un hombre roto sobre muletas. Eso era todo lo que quedaba de su antigua vida.

Su mujer se apartó para dejarle un momento a solas. Él intentó dar unos pasos, cerrando los ojos ante la claridad, intentando acostumbrarse al frescor de la primavera.

Desde abajo escuchó un maullido. Al mirar, vio al lado de la muleta izquierda a un pequeño gato gris.

¿Qué te pasa? preguntó.

Llevaba tanto tiempo alejado de los animales que apenas recordaba cómo tratar con ellos. El gato le miró y, con voz débil, pidió comida.

Cariño, ¿puedes traerle una albóndiga? le pidió a su esposa.

Ella, resignada, volvió con el bocado. Él, inclinándose con mucho esfuerzo, le dio de comer al gato, que lo miró con gratitud, antes de ponerse a la faena.

Al día siguiente, cuando salieron de nuevo y él se preguntaba cuántos pasos lograría dar sin desfallecer, ya había tres gatos esperando en el portal.

¡Menudos compañeros tenéis! sonrió, por primera vez en mucho tiempo.

Por un momento, el dolor cedió. Aunque protestó, la esposa fue a por tres albóndigas más, que él repartió con mimo.

El tercer día, cinco gatos y dos pequeños perros del barrio aguardaban sentados. La mujer refunfuñaba en alto, pero él insistió en que comprara salchichas en la tienda de la esquina. Pacientemente dividió el kilo entre todos.

Después del festín canino y felino, los perritos empezaron a corretear a su alrededor. Él les reñía y se reía a la vez, obligándose a avanzar unos metros. Y los perros, felices, ladraban sin parar.

Un día llovía y hacía un viento frío, y su esposa casi le quita las muletas, aterrada de que saliera. Pero él bajó solo, por primera vez en mucho tiempo.

Me esperan. ¿Cómo no voy a bajar?, se justificó. Ahora tengo una obligación.

Así fue. Y con las gotas de la lluviosa primavera de Castilla cayendo sobre él, el hombre con las muletas corría tras dos perros chillones, que saltaban felices, seguidos por cinco gatos. Su esposa, desde el portal y bajo el paraguas, le sonreía con ternura.

El tiempo pasó. Pronto dejó una muleta, y después ambas, porque le estorbaban para perseguir a sus amigos peludos. Fue entonces cuando se dio cuenta de que, desde hacía días, no sentía dolor en las piernas.

En el trabajo no le esperaban. No querían alguien que cojeaba. Le indemnizaron bien y firmó su baja voluntaria. Tenía tiempo, mucho tiempo, así que decidió escribir sobre todo lo vivido.

Sin saber cómo, le salió una obra de teatro bastante extensa. Cuando acabó la última página, recorrió los teatros de Salamanca y Valladolid, pero

Nadie se interesó. Nadie le devolvía la llamada. Sólo en un pequeño teatro popular, casi oculto en un semisótano, le citaron.

Una semana más tarde, el director le telefoneó:
La vamos a montar. Pero hay que recortar, cambiar cosas, reescribir.

Un mes pasaron discutiendo cada frase, trabajando mano a mano. Al cabo de ese mes, llegó el estreno.

La sala era pequeña, el escenario diminuto. Había quince personas en el público. Ni media entrada, pero para él eran las quince más importantes de su vida.

Los nervios le devoraban. Temía mirar al patio de butacas. Cayó el telón, y se hizo un silencio espeso. Todo su ánimo, su esperanza, hasta el alma, se desplomó. Creyó que ese mutismo duraba media hora, pero en realidad fueron unos segundos y

¡Una ovación rompió la quietud! El aplauso fue rotundo. Los actores, radiantes, salieron a saludar dos veces.

La segunda función se representó a reventar. Había espectadores en los pasillos, sentados en el suelo. Y cuando cayó el telón, los vítores casi derriban la escenografía.

Poco después, la compañía alquiló una sala céntrica de la ciudad donde, pronto, los amantes del teatro se reunían para debatir la próxima obra de la nueva revelación.

Él, orgulloso, se compró un elegante traje de corte español y siempre saludaba al público agarrado de la mano de su mujer. Como debía ser.

Quizá os preguntéis qué pasó con los perros y los gatos del barrio. Os lo cuento:

Adoptaron a los dos perros y a dos de los gatos. Los otros tres encontraron hogar entre admiradores del dramaturgo.

¿Sobre qué es esta historia? Pues aparentemente sobre nada.

O quizá te cuenta que, cuando ves junto a tus pies unos ojos llenos de esperanza, debes seguir en pie. Porque cuando cuentas para alguien, aunque ese “alguien” sea un perro o un gato, la vida cobra sentido y uno ya no puede rendirse.

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Elena Gante
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Tuvo un grave accidente de tráfico en el que sufrió serias lesiones en ambas piernas. Y así terminó todo…
Una mujer de verdad.