Tamara Ibáñez descubrió que su marido tenía un romance con la vecina de la casa de campo cuando fue a pedirle sal para encurtir los pepinillos.

Carmen Alonso descubrió que su marido mantenía una relación con la vecina de la casa de campo cuando se acercó a pedirle sal para las aceitunas en conserva.

Abrió la puerta Fernando. Su Fernando. Vestía esos calzoncillos de cuadros y la camiseta de algodón.

¿Fer…? acertó apenas a murmurar.

Él se puso blanco, luego se sonrojó, y volvió a palidecer.

Carmi… espera, te lo puedo explicar…

De detrás asomó Consuelo, la vecina, viuda desde hacía muchos años. Llevaba una bata de estar por casa, claramente sobre el cuerpo desnudo.

Fer, ¿quién es? preguntó, hasta que vio a Carmen. Ay…

Tres personas se quedaron mirándose a los ojos. Carmen se giró de golpe y salió directa hacia la verja. Rápido, casi corriendo.

¡Carmen, espera! Fernando salió detrás, olvidando la camiseta y los calzoncillos.

Toda la calle, donde estaban repartidas doce parcelas, se asomó a comprobar el espectáculo.

El respetado don Fernando Alonso, presidente de la comunidad, corriendo en calzoncillos por la urbanización detrás de su mujer.

¡Esto sí que es un circo! comentó a media voz Manolo, el vecino de al lado.

Carmen entró en casa, cerró por dentro. Fernando aporreaba la puerta.

¡Carmi, ábreme! ¡Déjame explicarte!

¿Cuántos años? gritó ella desde dentro.

¿Qué…?

¿Cuántos años lleváis con esto?

Fernando enmudeció. Luego, murmuró:

Dieciocho…

Carmen se deslizó al suelo, apoyada en la puerta. Dieciocho años. Justo los que acababa de cumplir su hijo pequeño, Sergio.

La verja sonó otra vez, Consuelo había tenido tiempo de peinarse y vestirse.

Carmen, sal. Tenemos que hablar.

¡Lárgate, víbora!

Carmen, somos gente adulta. Sin teatros.

Carmen respiró hondo y salió. Se sentó en el porche. Consuelo se sentó a su lado. Fernando se quedó de pie, incómodo.

Dieciocho años repitió Carmen. ¿Cómo ha pasado esto?

¿Recuerdas aquella vez que te ingresaron por la espalda? Estuviste dos meses en el hospital.

Claro que se acordaba. La operación, la lenta recuperación. Fernando dejó secos los olivos, los tomates se pudrieron. Había llegado a preguntarse cómo sobrevivía sin ella.

Yo le ayudé prosiguió Consuelo. Con la huerta, la cocina. Y ya sabes…

Se lió todo murmuró Fernando.

¡Dieciocho años! Carmen se puso en pie. ¡Dieciocho años riéndose de mí!

Nadie te ha tomado por tonta Consuelo también se levantó. Tú hacías tu vida, nosotros la nuestra.

¿La vuestra? ¡Si es mi marido! ¡El padre de mis hijos!

¿Y qué? ¿Ha dejado de ser padre? ¿Os ha faltado algo? ¿Acaso la casa está descuidada?

Carmen levantó mano, pero Fernando le sujetó el brazo.

No hace falta…

¡No me toques!

Se soltó y entró de nuevo en casa. Fuera, la gente contenía la respiración. Las noticias vuelan en los pueblos.

¡A ver, circulando! rugió Fernando. ¡Se acabó el show!

Pero nadie se movía. Comentaban, cuchicheaban. Lourdes, de la parcela tres, exclamaba:

¡Siempre lo supe! ¡Yo los vi juntos varias veces!

¡Eso no es cierto! respondió su marido. No ves ni torta.

¡Dice tú! ¡Tengo ojos en la nuca!

Por la noche, Carmen quedó sentada en la galería. Fernando no paraba de dar vueltas.

Carmi, di algo, por favor.

¿Qué quieres que diga? ¿Divorcio?

¿Pero qué divorcio? ¡Tenemos ya sesenta años!

¿Y qué? ¿En España no se divorcian los sesenteros?

¡Carmen! No digas tonterías. Llevamos cuarenta años juntos.

De los cuales dieciocho tú con Consuelo.

¡Vivía contigo! Sólo… a veces pasaba por lo de ella.

¿A veces?

Bueno… dos veces por semana.

Dos veces por semana durante dieciocho años no es “a veces”, Fernando. Es costumbre.

Se sentó frente a ella.

Carmen, entiéndelo. Te quiero. Pero Consuelo… es diferente.

¿Mejor?

No mejor. Diferente. Contigo tengo la casa, los hijos, la vida. Con ella me evado un poco. Respiro.

¡Anda, que descanso me haría falta a mí! Pero yo, salando aceitunas.

¡Ya lo ves! Nunca paras. Si no son aceitunas, son mermeladas, rosquillas… A veces solo quiero sentarme junto a alguien y charlar.

¿Y conmigo nunca charlas?

Sí, pero siempre de los críos, de los nietos, del huerto. Con ella hablamos de libros, de la vida.

¿Consuelo lee? se asombró Carmen.

Siempre la había visto como una mujer sencilla, de pueblo.

Lee. Le gusta la poesía, los clásicos.

Carmen estuvo a punto de soltar la risa. Fernando y los clásicos.

¿Y ahora qué?

No lo sé. Lo que tú digas.

¿Yo? ¿Y tú?

Ya con sesenta y dos años, Carmen… ¿Qué quieres que decida? Solo quiero envejecer tranquilo.

¿Con quién? ¿Conmigo, con ella?

Fernando calló largo rato, luego soltó:

¿Puedo con las dos?

Carmen agarró lo primero que vio, un tarro de aceitunas. Se lo tiró. Falló. El tarro se estrelló contra la pared.

¡Lárgate!

Y Fernando se fue. A casa de Consuelo, claro.

Aquella noche, Carmen no pegó ojo. Cuarenta años compartidos. Dos hijos, nietos. Aquella parcela que levantaron juntos.

Y dieciocho años de medias verdades.

Aunque, ¿había engaño? Nunca prometió fidelidad, ni juró amor eterno. Simplemente vivían, juntos, y a la vez, separados.

Por la mañana, llegó Eugenia de la parcela cinco. Traía una empanada.

Carmen, ánimo.

Gracias, Euge.

Si quieres, mi Manolo puede darle un buen susto a Fernando.

No hace falta. No somos niños.

¿Qué harás?

Nada, de momento.

Yo lo habría echado. ¡Con lo traidor que es!

Euge, ¿tu marido no pasa tiempo con Lourdes, la de la tercera?

Eugenia se puso colorada.

¿Por qué dices eso?

Los he visto juntos en las frambuesas.

Eso… no es lo que piensas.

¿Ah, no?

¡Comentando surcos!

¿En brazos?

Eugenia salió de casa golpeando la puerta.

Al mediodía se acercó Manolo.

Doña Carmen, ¿necesita que le pase la mula mecánica? ¿Alguna cosa?

No, gracias.

Fernando me dijo que venía a por sus cosas esta tarde.

¿Qué cosas? ¿Los calzoncillos de cuadros?

No sé. Solo me lo dijo.

Pues dicho queda. Gracias, Manolo.

Manolo vaciló, se rascó la cabeza y se fue.

Por la tarde vino Fernando, cabizbajo, con su bolsa.

Vengo a por mis cosas.

Llévatelas.

Fue al interior, Carmen lo siguió.

Fer, dime, ¿por qué precisamente Consuelo? ¿Qué tiene de especial?

Él se detuvo.

No lo sé. Con ella es todo más fácil.

¿Y conmigo cuesta?

No cuesta… pero tú siempre sabes cómo hacer las cosas. Cómo adobar aceitunas, cuándo plantar patatas, cuánto dar en la paga a los nietos. Ella me pregunta.

¿Y te hace sentir listo?

Más bien útil.

Carmen se sentó en la cama.

Fer, yo tampoco lo sé todo. No sé cómo se vive cuando el marido lleva dieciocho años con la vecina.

Carmi…

No sé cómo mirar a los hijos a la cara. Ni explicar a los nietos por qué el abuelo vive al otro lado.

No hace falta explicar nada.

Claro que sí. Mañana viene Álex con su mujer y el niño. ¿Qué les digo?

Diles que discutimos.

Fernando se sentó a su lado.

Carmi, ¿por qué no intentamos olvidar…?

¿Olvidar?

Vamos a fingir que no ha pasado nada…

Con la otra al lado, viéndoos todos los días. ¿Y así, tan contentos?

¿Y tú qué propones?

Carmen se levantó y miró por la ventana. Al otro lado, Consuelo regaba los pepinos. Con la misma bata.

Mira, tú vive donde quieras. Pero lo de los nietos, se lo explicas tú.

¡Carmen!

Y este año las aceitunas las aliñas tú.

¡No sé hacerlo!

Consuelo sabrá. Es culta, ¿no? Seguro que aprende rápido.

Fernando se fue con su bolsa. Los vecinos volvían a asomarse.

A medianoche, Carmen oyó ruidos en la huerta. Salió. Fernando estaba allí.

¿Tú qué haces?

Comprobar los tomates. Mañana va a hacer calor, hay que ventilar.

Pero te has ido.

Me he ido. Pero los tomates son míos. Los he cuidado yo.

¿Y eso?

¡Eso! ¡No voy a dejar que se estropeen!

Abrió el invernadero y se marchó. Por encima de la valla.

A la mañana siguiente llegó Álex con su familia.

Mamá, ¿dónde está papá?

En casa de la vecina.

¿De visita?

Viviendo allí.

Álex se sentó.

¿Cómo…?

Carmen contó todo, rápido, sin detalles.

¿Dieciocho años? ¿O sea, cuando nació Sergio ya estaban…?

Eso parece.

Álex fue a ver a Consuelo. Carmen oyó gritos, portazos. Volvió.

Papá dice que os quiere a las dos.

Qué suerte la nuestra.

Mamá, ¿y si de verdad las quiere?

¿Y tú podrías, hijo? ¿Querer a dos mujeres?

¿Yo? No. Pero papá es especial.

Eso sí.

El nieto llegó corriendo.

Abuela, ¿por qué el abuelo vive con la tía Consuelo?

Porque la ayuda en la huerta respondió Carmen.

Álex se echó a reír.

Mamá, eres lo más…

De madrugada, otro ruido. Carmen salió. Fernando regaba el huerto.

¿Te has vuelto loco?

¡Va a venir la sequía! Hay que regar todo.

Tu nueva familia te espera. Ve y riega allí.

¡Consuelo tiene su huerta! Ésta también me da pena.

Carmen cogió la manguera.

Déjame ayudarte. Si no, te dan las uvas.

Regaron los dos, en silencio. Se sentaron luego en el banco.

Fer, dime la verdad. ¿A quién quieres más?

Carmen, ¿de verdad me lo preguntas?

¿Por qué no? ¿A quién?

Fernando meditó.

A las dos. Pero de forma distinta.

¿Cómo?

Tú eres como la mano derecha. Siempre ahí, útil, fuerte. Sin ti, me falta algo. Ella es como una fiesta. Rara, pero alegre.

¿Y si yo no estuviera?

¡No digas disparates!

¿Y si? ¿Te casarías con ella?

No creo.

¿Por qué?

Porque dejaría de ser fiesta. Se convertiría en la mano derecha. Y el día de fiesta desaparecería.

O sea, necesitas las dos.

Supongo que sí.

Miraron las estrellas juntos.

Fer, ¿y si yo me busco una fiesta? Manolo me ofreció su ayuda…

Fernando saltó.

¿Qué? ¿Con Manolo?

A ti qué te importa. Tú ya vives en casa ajena.

¡Eso es distinto!

¿Por qué?

Carmen, tú no eres así.

¿Tú qué sabes cómo soy? Igual me lanzo a los clásicos también…

Eso sí no lo creo.

Pues aprenderé.

Fernando se puso serio.

A ver, Carmen. De verdad, ¿qué quieres?

¿Y qué quería ella? ¿Volver al pasado? Ya nunca sería igual.

Quiero tranquilidad. Salmar aceitunas. Cuidar a los nietos.

¿Y…?

Y tú vive como prefieras.

¿Seguro?

Si quieres irte con Consuelo, vete. Si quieres volver, hazlo. Pero nada de mentiras.

¿Y si viene Manolo a por ti?

No vendrá. Está con Natalia, la de la nueve.

¿Lo sabías?

Fer, no soy ciega. Simplemente guardo silencio. Como todos.

Por la mañana, Fernando volvió con el equipaje.

Carmen, ¿seguro que puedo regresar?

El cobertizo tiene cama. Hincha el colchón y acomódate. Ya veremos.

Dejó su bolsa y fue a por el colchón hinchable.

Los vecinos, desde sus ventanas, murmuraban entre sí. Consuelo regaba el huerto haciendo como si no pasara nada.

El hijo salió al porche.

Mamá, ¿papá ha vuelto?

Está inflando el colchón en el cobertizo.

Eres una santa. ¿Le has perdonado?

No soy santa. Pero a ciertas edades, es tarde para cambiar.

A la semana, Fernando dejó el cobertizo por la casa. Al mes, Carmen dejó de notar que dos veces a la semana faltaba. Al año, aquel escándalo ya era solo parte del pasado en la urbanización.

Había nuevas historias. Lourdes, de la tres, se fue con Pedro de la cinco. Eugenia se mudó con el marido de Lourdes.

Carmen aliñaba aceitunas. Fernando construía un nuevo invernadero. Consuelo, tras la valla, leía una novela.

Al final, ¿qué es el amor? Compartir cuarenta años, criar hijos, levantar una casa, plantar un árbol.

Y aceptar que la perfección no existe. Ni siquiera en el amor.

Especialmente en el amor.

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Elena Gante
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Tamara Ibáñez descubrió que su marido tenía un romance con la vecina de la casa de campo cuando fue a pedirle sal para encurtir los pepinillos.
El precio de una segunda oportunidad