De que Oleg iba a venir, ya lo sabía todo el pueblo. Las chicas se preparaban, se arreglaban el pelo. Pero Ana, la huérfana, ¿para qué iba a perder el tiempo con esas coqueterías? Así, tal cual era, y así fue como él se enamoró de ella al instante.

En el pueblo todos sabían desde hacía semanas que Luis iba a venir de visita. Las muchachas se preparaban con esmero, peinados nuevos, vestidos de fiesta. Pero Lucía, que era huérfana, no veía sentido en las coqueterías femeninas. Ella era como era. Y precisamente así, en su naturalidad, fue como Luis se enamoró de ella a primera vista.

Hubo envidias en el pueblo, pues Lucía se había llevado a un chico que parecía inalcanzable. La primera vez que Luis pisó el pueblo, todas suspiraron por él. Alto, fuerte, atractivo, educado en la ciudad y formado en el extranjero. Su familia, además, tenía dinero y posiciones.

El abuelo, don Bernardo, había sido alcalde muchos años. Se enorgullecía de haber dado estudios a todos sus hijos, y ahora se dedicaba a esperar nietos y presumir de los logros de su familia.

Cuando se supo que Luis vendría, el revuelo fue grande. Todas soñaban con conquistarle, pero él sólo tenía ojos para Lucía. Ni los intentos de las demás por llamar su atención dieron resultado. Tras las vacaciones, Luis se la llevó con él a Madrid. Al despedirse, don Bernardo le dio un consejo: A la muchacha la vida no la ha tratado bien, cuídala mucho. Luis prometió hacerlo.

La vida en la ciudad era completamente distinta: ruido, prisas, poco tiempo para nada. Lucía soñaba con que Luis siguiera siendo aquel chico atento y cariñoso. Al principio, mientras preparaban la boda, todo era ilusión y ternura. Pero después de la luna de miel, todo cambió. Luis parecía avergonzarse de su joven esposa ante sus amigos. Su suegra, doña Inés, apenas le dirigía la palabra, siempre con ese tono frío y distante, haciéndole notar a Lucía que no era digna de su hijo.

Nada parecía estar bien: ni cómo cocinaba el cocido, ni cómo planchaba las camisas, ni siquiera la forma en que barría el suelo. Lucía sufría por las críticas constantes, pero ¿qué podía hacer, viviendo todos juntos en el mismo piso? No encontró trabajo, y Luis se lo prohibió:

¿Para qué vas a trabajar? Con tu formación, ¿qué pesetas crees que vas a ganar? Mejor quédate en casa.

Y así, Lucía se quedó. Cuando quedó embarazada, Luis se puso de lo más contento. Parecía que las aguas volvían a su cauce: doña Inés dejó las quejas, y hasta regañaba a su hijo si no cuidaba bien de Lucía. Pero después, la desgracia: perdió al bebé. Todo empeoró.

No sirves para nada, ni cabeza tienes ni salud. Sólo la carita bonita, pero de poco sirve eso suspiraba doña Inés, mientras Luis sonreía, satisfecho, como si las palabras no fueran con él.

El segundo embarazo ya no trajo alegría. Luis estaba distante, hasta fastidiado por los cambios físicos de Lucía. Dormían en habitaciones separadas, él siempre con prisa, regresaba tarde del trabajo, cuando ella ya dormía.

Lucía lloraba cada noche, pero no tenía a dónde ir: sin padres, sin familia. No quería ese destino para su hija, así que aguantaba, esforzándose por mantener la familia unida y escondiendo su sufrimiento.

Llegado el día del parto, Luis llevaba una semana sin aparecer por casa. Lucía tuvo que llamar sola a una ambulancia. Al nacer su hija, no supo a quién llamar ni a dónde ir. Pero al salir del hospital vio un coche con globos esperándola en la puerta. Se alegró pensando que era Luis, pero no: estaban allí doña Inés y don Bernardo, adornados con flores.

Gracias, nieta, por este regalo. Mejor que mi bisnieta no hay nadie en el mundo decía don Bernardo feliz. Y doña Inés, aunque discreta, no podía apartar la vista de la pequeña.

Al volver a casa, la mesa estaba puesta y la suegra había horneado la tarta que más le gustaba a Lucía.

Jamás pensé que Luis me saldría así, se sinceró doña Inés. Se marchó de casa y dejó a la niña y a ti. Pero no te preocupes: nosotros no os abandonaremos. Ya se las apañará él solo. Aquí nos quedamos tú y yo, y si hace falta, le quitamos hasta el piso. Espacio no hay para tres, y a saber cuántas más trae a casa en el futuro.

¿Cómo le vamos a poner a la niña? preguntó don Bernardo. ¿Te gustaría llamarla Elena, como tu madre?

Lucía rompió a llorar, sin poder contenerse. Doña Inés la acariciaba, consolándola:

No te preocupes, hija, aún te queda mucha felicidad. Mira cómo resplandece la maternidad en ti. Él fue incapaz de verlo, pero tú saldrás adelante.

Me vuelvo al pueblo, allí estaremos mejor dijo Lucía.

Bien hecho, apoyó el abuelo. Juntos cuidaremos a la pequeña.

***

Pasados dos años, ya de regreso en el pueblo, un chico sencillo, Manuel, pidió la mano de Lucía. Tiempo atrás, Lucía ni le habría mirado. Pero después de lo vivido, sólo pedía que el hombre la quisiera y supiera valorarla.

Cásate conmigo, no vas a encontrar alguien que te quiera más le decía Manuel. Nos conocemos desde pequeños. ¿Y si Luis vuelve?

Lucía no quiso oír esa posibilidad.

No volverá. Además, ya no le quiero.

Me alegro, sonrió don Bernardo. ¡Vamos a preparar la boda!

***

En la boda apareció doña Inés.

¿Cómo cuidas tú de Lucía? reprochó a Manuel. Hoy ha ido andando hasta casa y la niña tiene las medias sin planchar.

¿Y usted quién es? se ofendió Manuel.

Soy la suegra.

La ex suegra aclaró Manuel.

Bueno, dejad de discutir rió Lucía. Una suegra nunca deja de ser suegra.

Es que me preocupa que no me dejéis ver a mi nieta, se excusó doña Inés.

Puedes venir cuando quieras dijo Manuel. Pero nuestra familia la formaremos nosotros solos.

Lucía miró a Manuel con orgullo: Este sí sabe proteger a los suyos pensó, y sonrió.

A veces, la vida te enseña que no es lo material o la apariencia lo que hace la felicidad, sino el cariño genuino y los lazos sinceros con quienes realmente te valoran.

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Elena Gante
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De que Oleg iba a venir, ya lo sabía todo el pueblo. Las chicas se preparaban, se arreglaban el pelo. Pero Ana, la huérfana, ¿para qué iba a perder el tiempo con esas coqueterías? Así, tal cual era, y así fue como él se enamoró de ella al instante.
Una mujer de verdad.