En un barrio tranquilo de las afueras de Málaga vivía una mujer llamada Laura. Tenía cuarenta y nueve años, era viuda desde hacía siete y trabajaba como contable en una pequeña empresa de logística. Su vida transcurría con una rutina serena: la casa, el trabajo, el mercado los sábados por la mañana y las tardes de café con sus dos amigas de siempre.
Laura tenía una hija única llamada Natalia, de veinticinco años. Hacía cuatro años que Natalia se había mudado a Madrid para terminar sus estudios y comenzar a trabajar en una agencia de publicidad. Madre e hija se llamaban casi todos los días y procuraban verse cada dos o tres meses. Laura siempre esperaba esas visitas con mucha ilusión y preparaba la habitación de su hija con anticipación.
Una mañana de noviembre, Laura recibió una llamada de un número desconocido. Era la policía de Madrid.
— ¿Es usted Laura Vargas, la madre de Natalia Vargas?
— Sí, soy yo — respondió con el corazón latiéndole con fuerza.
— Lamentamos informarle que su hija ha sufrido un grave accidente de tráfico. Está ingresada en el Hospital Universitario 12 de Octubre. Su estado es crítico.
Laura sintió que el mundo se derrumbaba a su alrededor. En menos de una hora ya estaba sentada en un tren AVE con destino a Madrid. Durante todo el trayecto no dejó de temblar y de rezar en silencio.
Al llegar al hospital, los médicos le explicaron la situación con detalle: Natalia había sido atropellada por un conductor que se dio a la fuga. Tenía múltiples fracturas en las piernas y las costillas, un traumatismo craneal severo y hemorragia interna. Los próximos días serían decisivos.
Laura se instaló en la sala de espera de la Unidad de Cuidados Intensivos y prácticamente no se movió de allí. Dormía en una incómoda silla, comía lo que las enfermeras le traían y solo salía un momento al baño. Pasaron tres días que parecieron eternos.
La cuarta noche, mientras Laura estaba sentada junto a la cama de su hija inconsciente, sosteniendo su mano fría, entró una joven enfermera llamada Carla.
— Señora Vargas, debería descansar un poco. Lleva muchas horas sin dormir.
— No puedo — murmuró Laura con la voz quebrada—. Si se despierta y no estoy aquí…
Carla se sentó un momento a su lado y le dijo con suavidad:
— Su hija es joven y fuerte. He visto casos mucho peores que han salido adelante. Pero usted también tiene que cuidarse. Si se derrumba, no podrá ayudarla.
Laura asintió en silencio, pero no se movió de la silla.
Al día siguiente, los médicos decidieron operar de nuevo a Natalia. La intervención duró más de seis horas. Cuando terminó, el cirujano jefe salió con expresión seria.







