Algunas excentricidades de la familia de Olguita Hermosa
Allí va Olga con el perro
¡Virgen Santa! ¿Qué le habrá hecho esta vez a la pobre criatura? ¡Mira, mira! ¡Ahora la cola de Pepa no es violeta, sino rosa! ¡Mírala, cómo la menea!
¿Y qué le vamos a hacer si la chiquilla es de lo más rara? Pero bondadosa y honrada como pocas. ¿Cuántas queda así, dime? Cuando la abuela estuvo mala, Olga no salía del hospital. Se desvivía por ella, ni le importaba si se le escapaba la vida entre los dedos.
¡No me digas! Ayer mismo la vi bajando de un coche delante del portal con un chico de lo más pintón.
¡Igual era un taxista!
¡Venga ya! ¿Desde cuándo los taxistas en Madrid le besan la mano a las chicas?
¡¿De verdad?!
¡Que te digo yo que nuestra Olguita pronto nos sale casada!
Pues mira, me alegro, la abuela estará que no cabe en sí de gozo. ¡Menuda nieta ha criado! Lista, guapa, con principios. Si no fuera por el trabajo que ha elegido, sería la perfección.
¿Y qué tiene de malo el oficio de Olga?
¿Investigadora criminal? ¿Eso es vida para una muchacha?
Anda ya, ¿cuántos quedan hoy que respeten la ley como lo hace la abuela de Olga? Y ten en cuenta, a Olguita en el periódico la han sacado y hasta en la tele hay quien la ha elogiado. ¡Y tú venga con tus historias!
Si no digo nada malo, mujer, Dios le dé salud y suerte. Que ya se ve que tiene madera, desde niña se le notaba.
No lo digas tú, toda la pinta de la abuela ¡Menuda era!
Justo entonces, la joven de la que cuchicheaban las vecinas sentadas al fresco en el portal pasó ante ellas, saludó con un leve gesto de cabeza y, de repente, salió corriendo tras la perra, que saltaba feliz por las veredas heladas y esparcidas de arena, luciendo esa cola rosa como el primer alba.
¡Mírala, cómo se escapa! ¿A dónde irá tan deprisa?
¿Dónde va a ser? ¡A esperar a su hermana! Catalina llega hoy de Barcelona.
¿Y tú cómo lo sabes?
Me lo ha contado la misma Olga. Mira, ¿ves? ¡Ya llega el taxi!
Del coche descendió una joven alta y elegante, que sin decir ni media palabra se lanzó a los brazos de Olga, la apretó fuerte y silbó a la perra que se retorcía entre sus pies.
¡Olga! Pero bueno, ¿qué has hecho ahora con el perro?
¿A que le queda bien? ¡Es el color favorito de la abuela!
¡Qué ganas tenía de verte, chica rara!
Se fundieron de nuevo en un abrazo y Olga no pudo contener la risa.
Que Olguita Hermosa estaba algo tocada lo sabía todo el barrio de Chamberí. Sus rarezas asomaron ya en sus años dorados, cuando iba con las coletitas finas, rematadas con lazos grandes a la antigua, anudados por su abuela con esmero, saludando a los vecinos con la mejor de sus sonrisas, exhibiendo una dentadura torcida que sólo el abuelo adoptivo logró enderezar. Tras el saludo venía siempre el tierno:
¿Cómo están ustedes?
Pero llegó el momento en que ni los más impolutos ni los mejores bocazas respondían a Olguita.
La niña, curiosa e incansable, tenía un don excesivo para juntar lo que oía aquí y veía allá y, sin ningún pudor, se lo contaba precisamente a quien correspondía:
Tía María, mientras usted trabajaba, el tío Alfonso fue a ver a la tía Paqui del tercero, con flores, ¡igualitas que las que le trajo a usted! Yo le pedí una, pero me dijo que no. Se fue directo a la puerta de la tía Paqui ¡Por qué a ella sí y a mí no?
Tía María, acostumbrada a creer sin creerse las milongas de su marido sobre el estrés de los ingenieros, se sobresaltaba. Miraba a un lado y a otro, no fuera que las vecinas cotillas lo hubieran escuchado, y aceleraba el paso sin saludar apenas a la abuela de Olga.
Hija, ¿qué necesidad tienes de hablar con la tía María si no te ha preguntado nada? la regañaba su abuela, sin exposición alguna de motivos.
Olguita se molestaba, sin comprender por qué la reprendían si ella no había dicho nada malo.
Eso era lo peor: no saber por qué. Si la abuela le hubiera explicado por qué no debía contarle a la tía María lo de las flores de su marido, quizá la próxima vez habría callado.
La abuela, después de aquellas escenas, se volvía como un monumento mustio de la Plaza Mayor, donde tanto le gustaba pasear a Olga los domingos. De la mano de la niña, en silencio, con ese apretón especial que ya advertía de que esa noche, ni hablar de comer chuches.
A Olguita, claro, no le hacía ninguna gracia ese castigo, y se pasaba horas enfurruñada hasta que, sacando parecidos, recordaba que la abuela y el monumento del centro diferían bastante. A la abuela no se le posaban palomas en el moño y, por tanto, su cabello no tenía nada que ver con la calva brillante del líder de los obreros que tanto había impresionado al abuelo adoptivo.
¿Por qué es calvo ese señor? preguntaba un día Olguita al abuelo mientras el sol le hacía entornar los ojos ante la estatua.
¡De tantos disgustos! sentenciaba el abuelo, siempre claro, al contrario que la abuela.
¿Tenía mucho trabajo estresante, entonces? ¿También era dentista infantil?
La pequeña se imaginaba la estatua doblándose para entrar en el despacho del abuelo, mientras en el corredor los niños gritaban, aterrados al ver asomar la calva palomina tras la puerta entornada.
El abuelo la miraba divertido antes de soltar una carcajada:
¡Ojalá, hija! El mundo habría sido distinto. No, Olguita, ese fue un jefe importante.
¿Un jefe, dices? En la historia del libro que leímos había plumas, no calvas. ¿Le irían bien las plumas de paloma para su tocado?
No, chiquilla, hacen falta de águila.
¡Qué pena, con lo bonitos que son los águilas! Y además se portan bien y no ensucian donde no deben. La abuela siempre dice que eso es indecoroso. Recuerda cuando fuimos a pescar y tú aquello en los arbustos
El abuelo reía abiertamente, haciendo que hasta quienes paseaban de lejos miraran extrañados.
Ella fruncía el ceño, divertida y digna:
Pero abuelo, ¿qué modales son esos? No eres el caballo de Pavía, ¿eh? La discreción embellece, deberías saberlo.
Al final, el abuelo, para saldar su mala conducta, le compraba un helado secreto, a escondidas de la abuela. Aquella transgresión era la única cosa que Olguita nunca contó. Se lo juró:
Abuelo, si la abuela se entera del helado, te monta un escándalo.
Ya lo sé. Tú sabes que ella es una mujer de armas tomar.
Pero tú no le obedeces.
Porque soy hombre. Sería el colmo.
Entonces, ¿puedo decírselo?
¡No! Una cosa es no obedecer y otra desafiarla.
¿Eres cobarde?
No, sólo sabio. Prefiero una paz regular a una buena bronca.
¿Y eso cómo es?
Te lo explicaré cuando seas mayor. Vamos a comprar flores para la abuela, así quizás no te note la sonrisa cómplice.
Olguita quería al abuelo como sólo se quiere a ese abuelo especial, aparecido un día de Reyes en la vida de la familia.
La abuela, pilar indiscutible, se casó con su antiguo pretendiente cuando los padres de Olya, encandilados por la arqueología, no tenían tiempo de criar a la niña. Y, siendo mujer de leyes, acostumbrada a mandar, no era nada dada a sentimentalismos. Salvo un par de excepciones: su nieta y aquel amigo convertido en abuelo.
Él tenía la paciencia de diez santos y un saber estar admirable ante el torrente de genio de la abuela y las complicaciones de su labor como odontólogo.
Pero en el fondo, la abuela, bajo su capa de sensatez, siempre guardó una fibra romántica. Anhelaba versos al claro de luna y serenatas bajo la ventana de la casa de campo, con el alféizar cubierto de ramas de lilas y jazmín. Pero su primer marido, aunque la admiraba, rara vez regalaba flores y, si declamaba, era con la contundencia de un poema de Lorca.
Cuando la abuela, tras el divorcio, vio nacer a Olga, brotó en ella una nueva primavera. La nieta lo fue todo para ella, mientras los padres de la niña seguían tras tesoros íberos y olvidaban lo fundamental.
El tesoro real inflaba mofletes y lloraba tanto que hasta los vecinos del portal de la Castellana regalaron su bichón maltés porque no soportaban la competencia de aullidos.
El tiempo fue poniendo calma, la niña creció, y tras el primer año, llegó el abuelo adoptivo. La abuela defendía que, cuantos más familiares mejor, así que mantenía relación con el primer marido por el bien de la niña, explicando que tenía un abuelo de toda la vida y otro adoptivo, único de su especie. Olga acabó queriendo mucho más a ese segundo abuelo, el único capaz de darlo todo por ella y su abuela.
Olga no fue a guarderías por sus males de repetidos catarros. Los intentos de socialización fracasaron cuando, tras cada semana de parvulario, caía enferma. El abuelo lo dijo claro:
¡Al cuerno el parvulario, Luisa! Salud primero, lo demás ya vendrá.
Así, la socialización de Olga quedó para el tiempo en la sierra. La urbanización estaba llena de familias de toda la vida. Bajo los pinos jugaban niños que después serían padres y abuelos y así sucesivamente. Olga tenía allí de todo: mejor amiga, los gemelos Miquel y Guille, la vecina bailarina Charo Y cuando cumplió los seis, apareció Catalina.
Catalina era diferente: respondona, manchada de polvo, muy tremenda, y a la vez segura de sí misma.
Se conocieron en una tarde de verano mientras Olga, relajada, hojeaba un libro nuevo y contaba las primeras fresas bien limpias por la abuela. Aquella vez no esperaba visitas: su amiga estudiaba francés, los gemelos estaban en Madrid y Charo en la máquina de coser, empujada por su abuela.
De pronto, una mano sucia se asomó debajo de la mesa y Olga, asustada, pegó un grito tan monumental que la abuela casi tira el cazo de mermelada en la cocina.
¿Olga, qué pasa? la abuela salió con la cuchara en alto mientras los gatos vecinos salían disparados.
Olga, recogiendo las piernas, se subió a la bancada y miró horrorizada cómo una niña reía a carcajadas bajo la mesa, zampando fresas a puñados.
¡Pero deja de gritar! ¿No vas a preguntar por qué he venido?
Y, sin más, se llevó el bol debajo de la mesa.
¿A que están buenas? Baja, o te quedas sin nada.
Al final, Olga se le unió y Catalina le alargó la más grande.
Tienes las manos sucias
¡Anda ya! Los que viven en el campo siempre se manchan.
La abuela, al ver de quién se trataba, se relajó:
¡Catalina! ¿Por qué asustas así? ¿Dónde anda tu abuelo?
Descansando, está cansado otra vez.
Olga intuyó que abuela y Catalina se entendían demasiado bien.
La abuela les dejó jugar y hasta les ofreció caramelos antes de comer, algo inaudito, y se fue, dejando al abuelo dormitando en el porche.
Cuando el abuelo despertó, Catalina le dio la mano seria y formal.
Catalina Martínez.
Pedro Benavente. Un placer, señorita.
Así se inició su amistad.
Más tarde, Olga descubriría que Catalina era nieta de un viejo amigo de la abuela, y que la mujer había traído al abuelo viudo y a su nieta de Barcelona porque, tras un trágico accidente aéreo, la niña había quedado sola. La abuela, al ver a la pequeña tan parecida a Olga, no dudó en abrirle su casa.
El abuelo jamás se opuso; tomó la mano de la abuela y con una sonrisa le dijo:
Lo que tú veas, Luisa, mi vida.
¿Crees que Olga estará bien?
¿Y qué hay de malo en tener familia? Mejor dos hermanas que ninguna.
¿Y si no soy capaz de quererlas igual?
Eso no se puede ni hay que intentarlo, mujer. Cada amor es distinto y eso basta.
Desde aquel momento, Catalina se convirtió en hermana de Olga y en quien, sin tapujos, le enseñó cuándo hay que hablar y cuándo callar, ayudándole a enfocar su don analítico de forma positiva. Olga quería ser detective, y Catalina, entre risas, dudaba:
Eso le parecería a mi abuelo una profesión de locos. Decía que ser policía es trabajo de perros y que cualquier jefe puede arruinarte el trabajo.
Pues entonces seré jefa investigadora, y que haya al menos una buena.
Y aunque al principio nadie se la tomaba en serio, ni los vecinos ni las viejas de la plaza, Olga tenía tenacidad y, sobre todo, el cariño incondicional de los que la rodeaban.
Y, en el fondo, ¿qué puede salir mal en la vida cuando tras de ti tienes una abuela con brazos en jarras acechando y diciendo:
Olga, ¿has comido algo hoy? ¿Cómo que no? ¡Un desastre! ¿Y tú, Catalina, te crees muy lista? Seguro que tampoco has desayunado apenas. ¡A la mesa, y los platos bien limpios! Pedro, ¿necesitas invitación especial? Deja ya a Pepa y lávate las manos. ¡Pobre animal, qué martirio! ¿Por qué le has pintado la cola? ¿Porque sí? ¡Buena razón! ¿Yo digo esas cosas? ¿De verdad? No lo había notado ¡No me hagáis perder la cabeza, sinvergüenzas! ¡Que se enfría la sopa! ¡Venga, a comer!







