Abuela por horas
Don Fernando, le pido disculpas, pero hoy necesito irme antes. ¿Me da permiso? Mi hijo se ha puesto malo.
Paloma dejó sobre la mesa los documentos preparados para la jornada siguiente y la agenda de reuniones. Aún faltaba una hora para terminar la jornada laboral, pero ya la habían llamado dos veces de la guardería, así que decidió pedir permiso. Había conseguido aquel puesto en la constructora hacía poco y casi por casualidad, teniendo en cuenta la falta de experiencia como secretaria y los requisitos de buena presencia del anuncio. Mirándose al espejo antes de la entrevista, Paloma negaba con la cabeza.
En fin, ese punto desde luego no es el mío.
El cárdigan viejo que tanto cuidaba seguía en buen estado, pero la falda ya dejaba mucho que desear. Se la había cosido su madre, eligiendo con mimo la tela y pasando días ante la máquina de coser, armándose de valor con cada nueva puntada.
No quedará peor que una comprada.
¡Mamá, es hecha a mano! Desde luego que no. Paloma pecaba un poco de mentira piadosa, pero sabía cuánto necesitaba su madre oír esas palabras.
En su familia no sobraba dinero para ropa nueva. Paloma recordaba los tiempos cuando su padre vivía y no le faltaba de nada. Pero tras su muerte todo cambió. Con el sueldo de enfermera de su madre, apenas les daba para llegar a fin de mes. Se las arreglaban como podían hasta que la abuela enfermó. La relación de la madre de Paloma, Carmen, con su suegra nunca fue fácil.
¡Carmen! No tienes sentido de familia. Pero, habiéndote criado como te has criado, tampoco me sorprende. Ahora eres parte de la familia, así que toma nota: aquí respondemos los unos por los otros.
Paloma, muy pequeña entonces, no entendía mucho aquel discurso. Sonaba bonito, pero con los años comprendió que la abuela exigía que su nuera la cuidara y le diese la mayor parte del sueldo, pero rara vez ofrecía algo a cambio. Las críticas y exigencias caían como una lluvia interminable sobre Carmen.
Mamá, ¿por qué no le contestas? preguntaba Paloma, incómoda al ver a su abuela reprender a su madre. Carmen raras veces la llevaba a visitar a la abuela, pero a veces no tenía más remedio.
Porque sé que no tiene razón, Paloma. Y también que está enferma y se siente muy sola. Aparte de nosotras, ya no le queda casi nadie. Está peleada con su hermana, y los sobrinos no quieren saber nada de ella. Carmen doblaba la ropa. Y también Le prometí a tu padre que nunca la dejaría sola. ¿Cómo podría no cumplir mi palabra?
Paloma sentía rabia hacia su abuela y tenía ganas de decirle cuatro cosas, pero Carmen la detenía siempre con una mirada suave, pero firme.
Déjalo, Paloma. No dejes que eso te envenene por dentro. Acuérdate: lo de tu abuela es suyo, no es nuestro. Nunca lo fue, y probablemente nunca lo será. Préstale atención solo al presente, vive con claridad.
Paloma entendió de verdad lo que su madre quería decir cuando, tras la muerte de la abuela, encontró el sobre con el testamento y la carta de despedida. Carmen leyó, arrugó los papeles y los tiró lejos.
Vámonos.
¿A dónde? Paloma no comprendía.
Ya no tenemos nada que hacer aquí. Mi deuda con tu abuela se acabó.
Fue después cuando Paloma supo que la abuela había dejado todas sus propiedades a los sobrinos. Lo que decía la carta de despedida, Carmen nunca le contó, tan solo, ante la insistencia de su hija, le dijo una vez:
Se lo deja a ellos porque son familia de sangre. Ya está, Paloma, no preguntes más. No necesitas toda esa porquería, déjala atrás.
¿Dudaba de que yo fuese su nieta? insistió Paloma.
No suspiró Carmen, pensaba que eras demasiado parecida a mí y que no tenías nada de tu padre. Sangre ajena.
¿Y es verdad? ¿No me parezco a papá?
¡Paloma! Carmen bajó la cabeza. Te pareces a él como dos gotas de agua, y no solo en el físico, también en el carácter. Nunca he conocido a un hombre mejor. Por eso te lo digo una vez más: quédate solo con lo bueno y olvida lo malo. Adelante.
Paloma ya nunca más discutió ese tema. No terminaba de entender a su madre, pero sabía que para Carmen eso era importante.
Con los años, Paloma acabó el instituto y entró en la universidad. Fue entonces cuando la famosa falda vio más uso. En ella hizo exámenes y fue a clases, e incluso empezó a trabajar en la facultad. Así conoció al futuro padre de su hijo. Esa falda era de la suerte. Así que, para la entrevista, no dudó en ponérsela. Además, no tenía mucho más donde elegir; no iba a ir en vaqueros, ¿no?
Los murmullos en recursos humanos llegaron directos a sus oídos, pero recordando a su madre, Paloma enderezó la espalda.
¿Sin experiencia, con un hijo pequeño? ¿Dónde has trabajado antes?
Como profesora en la universidad.
¿Y por qué el cambio?
Por probar algo nuevo. Paloma trataba de mantener la compostura, aunque le temblaban las piernas. Aquello tenía pinta de salir mal.
Sin embargo, no fue así. La jefa de recursos humanos le ofreció el puesto de secretaria durante el período de prueba. Paloma no oyó los cotilleos a su salida.
¿Por qué contratar a esa chica? chismorreaban. Don Fernando tiene debilidad por las inteligentes, ya veremos
Con el jefe, Paloma se entendió bien desde el principio. Al verla leer con atención el manual de la cafetera en vez de apretar botones sin ton ni son, Don Fernando se rio:
Primera vez que veo a una mujer no darle a todos los botones de golpe. Trabajaremos bien juntos.
Las tareas no eran difíciles. Don Fernando era metódico, pero pronto se dio cuenta de que Paloma tenía una memoria magnífica y era muy meticulosa. Localizaba a quien fuera, organizaba reuniones que encajaban a todos y aplazaba sin molestar. Los horarios estaban siempre en orden. Solo había una crítica: a veces se tenía que ir antes por culpa del niño.
Paloma, lo entiendo, pero esto empieza a ser frecuente. Te quedarás sin puesto como sigamos así. Don Fernando se pasó una mano por la sien.
¿Le duele la cabeza? ¿Quiere una pastilla?
No te preocupes. Anda, vete, lo entiendo, los hijos son lo primero. Pero deberías buscar una solución. Hay abuelas, niñeras, familia
No tengo a nadie. respondió, algo seca.
¿Nadie?
Nadie. Sin madre, y el resto nada.
Una pena. Entonces, niñera.
No puedo permitírmelo aún. Pero buscaré. Le prometo que buscaré alternativas. Tiene razón, es mi problema.
Se despidió y salió de la oficina. Sin ganas de nada. En la guardería la esperaba Pablo con fiebre, y en casa las rutinas de siempre. Casi gritaba de rabia y soledad. ¿Por qué todo era tan difícil? ¿Por qué siempre ella sola?
La respuesta la sabía. Como decía su madre:
No siempre te cruzas en la vida con buena gente. Si te pasa una o dos veces, considérate afortunada.
¿Y si no ocurre nunca?
No pasa, Paloma, no pasa. Eres matemática, piensa en probabilidades, hija ¡No puede ser todo gente mala! En realidad, muy poquísima gente es de verdad mala. La mayoría sencillamente mira por sí misma. Unos a la cara, otros no. Y prefiero que te topes con los segundos.
Paloma, recordando estas palabras, lamentó no haberlas tenido más presentes cuando conoció al padre de Pablo. Joven, prometedor, investigador apasionado, ambicioso, todo lo que le faltaba a Paloma, él lo tenía de sobra. Pero no compartían las mismas prioridades. Paloma quería familia y carrera; él, solo su momento. Cuando le ofrecieron trabajo en el extranjero, aceptó sin dudar, aunque hacía una semana le había pedido matrimonio.
Esperaremos un par de años. No es nada.
No tengo tiempo para esperar. Voy a tener un hijo
Vio el cambio en el rostro de él y supo que allí acababa todo.
¿Ahora tenía que pasar esto? ¿No podemos aplazarlo? él paseaba nervioso.
No se puede. No hay nada que hacer, pero no te preocupes. Paloma cogió la puerta. Yo me encargaré. Buena suerte.
Nunca más se vieron.
Pablo nació un mes después de la muerte de Carmen, que falleció de un infarto en el trabajo. Había muchos médicos alrededor, pero no pudieron hacer nada. Paloma la despidió sin permitir que se le escapara una lágrima.
Después Perdóname, mamá, pero después. Nacerá Pablo y entonces me permitiré llorar, ¿sí?
Pero el llanto no llegó: Pablo nació débil y enfermizo. Todo su tiempo era para el niño. Paloma funcionaba como autómata. Lavadora, limpieza, paseo, comida, así en bucle. Dejó la universidad al no aguantar los murmullos y miradas.
Perdona, mamá, soy demasiado sensible. Pero no soporto esto ¿Qué culpa tengo? ¿Por tener un hijo? ¿Por no obligar a Igor a casarse conmigo? Igual tendría que haber insistido. Así al menos no mirarían por encima del hombro Pero tú seguro que dirías que es absurdo preocuparse por lo que piensen. Que hay que ir adelante. Lo intento, mamá, pero no me sale muy bien
En cuanto pudo, llevó a Pablo a la guardería. El primer año fue horrible: Pablo no paraba de enfermar. Paloma, sabiendo que así no podría encontrar un buen empleo, dejó de mandar currículos. De noche fregaba suelos en un salón de belleza del barrio, pensando que, algún día, tendría otra oportunidad.
Estos recuerdos la acompañaban de camino a recoger a Pablo. Después de recogerlo, pasó por la farmacia y fue a casa. Saludó a su vecina apenas abriendo la puerta.
¡Hola, Lucía!
¡Hola! ¿Otra vez malito? Lucía miró al niño pegado a la pierna de su madre.
Así es Voy a acabar en la calle, es la segunda vez este mes. Pensé que ya podríamos respirar después de medio año sin ponernos malos
Eso no es nada Mi hija estuvo un año bien y luego, cada mes, caía con fiebre. ¿Por qué no buscas una niñera? ¿No ganas mejor últimamente?
No tanto. suspiró Paloma ayudando a su hijo. Venga, Pablo, a descalzarse.
Claro, las niñeras se va el sueldo solo en eso. Y es una pena que no tengas abuela.
Ya En fin, Lucía, nos vemos. Cerró la puerta y se aguantó las lágrimas. Mamá, cuánto te echo de menos…
Pero Pablo, tirado en el suelo, la devolvió al presente. Paloma le llevó a la cama, le dio una infusión y se quedó pensativa. Había que hacer algo.
El suave golpeteo en la puerta le llamó la atención. Pablo dormía y ella miraba anuncios de empleo en silencio. Sorprendida, ya que no sonó el timbre, Paloma se acercó.
Hola, Paloma.
En el umbral estaba doña Rosario, vecina de la escalera de al lado. Paloma apenas la conocía, se saludaban y poco más.
¿Ocurre algo? preguntó, algo desconcertada.
Bueno, depende de cómo se mire. ¿Me dejas pasar o quieres que lo hablemos en el rellano?
¡Perdone! Pase, pase
Doña Rosario pasó con paso firme, se descalzó y asintió a la cocina.
¿Por allí?
Sí Pase, está aquí.
Paloma, sin entender nada, la siguió. Doña Rosario se sentó, entrelazando las manos y la miró fijamente.
¿Buscas abuela por horas?
¿Cómo dice?
Eso, abuela por horas. Para cuidar al niño cuando lo necesites. repitió paciente, y Paloma, de pronto, encontró familiaridad en aquel tono, como el que usaba su madre cuando la niña no entendía las cosas a la primera.
La verdad, sí. Pero no sé dónde encontrarla
Ya no necesitas buscar. Aquí tienes una sonrió la señora. ¿Me aceptas de niñera?
Paloma dudó. Era una oferta oportuna, pero apenas conocía a la vecina. ¿Confiar así, de pronto?
¿Y cómo sabía que buscaba niñera?
Secretos, dice Hoy hablé con Lucía. Me lo dijo ella.
Ya veo Doña Rosario, no se moleste, pero
Pregunta lo que quieras, mujer, ¿no vas a dejarme a tu hijo? Si necesitas saber, pregunta. O si quieres, te cuento yo. Tú decides si te sirve mi ayuda o no.
Paloma la miró y, al cabo, acercó una taza a Rosario y un cuenco de pastas.
Adelante.
La historia de doña Rosario era sencilla.
Nací aquí, en Madrid. Mi padre y mi madre eran obreros. Estudié, trabajé en fábrica y allí conocí a mi marido. Nos casamos, tuve dos hijos. Los sacamos adelante. Mi marido murió joven, ni cincuenta años tenía. Al acabar el servicio militar mis hijos, ninguno volvió. Hicieron su vida en otra ciudad. Así me quedé sola. Tengo nietos, cuatro. Dos de cada, pero apenas les veo. No hacen falta abuelas; las suegras los tienen cerca, y ahora ya son mayores. Me quedé con ganas de mimar niñas y niños…, así que cuando Lucía me habló de ti, pensé: ¿Por qué no? A lo mejor me sirvo, a ti y a mí nos va bien. No cobro mucho. Solo piénsalo, no corras. Mañana me dices.
Paloma asintió. Al despedir a la vecina, se quedó pensativa:
Mamá, ¿qué opinas? Todo es como mágico. Apenas lo pienso y ya aparece alguien con la respuesta. ¿Será buena cosa?
Carmen la observaba en la foto y Paloma reflexionó. Había aprendido a no confiar enseguida. Aquella noche casi no durmió, le costaba decidir; era Pablo quien estaba en juego. Pero por la mañana, llamó decidida.
Doña Rosario, buenos días. Acepto.
Así empezó la colaboración, como la llamaba Rosario.
Somos colegas, tú trabajas y yo también. Ambas salimos ganando. Tú puedes trabajar, yo me apaño con unos eurillos más.
¿Le ayudan sus hijos?
Sí, pero poco tomo de ellos. Bastante tienen. De vez en cuando, claro. Pero mientras pueda valerme…
Al principio, Paloma vigilaba cada movimiento, pero pronto se relajó. Pablo se encariñó con Rosario enseguida.
¿Dolor de cabeza? le palpó la frente y sacó un tarro de mermelada. Ahora te doy una infusión y te cuento un cuento bien largo. Duermes y verás como mañana estás como nuevo.
Pero no tengo mermelada ni frutadijo Paloma, dubitativa.
Yo he traído. Si no tienes tiempo ni de comprar
Con los meses, Pablo empezó a sorprender a Paloma leyendo con cinco años.
Pero, ¿ya sabe leer? exclamó, asombrada.
El chiquillo es listo, y sabe jugar a las damas y a los ajedreces mejor que adultos. Sólo te falta llevarlo a un curso. Yo le llevo.
Pronto Pablo era todo un campeón en damas y nadaba dos días a la semana.
No podría permitirme esto sola. Es mucho tiempo le contó a Lucía. ¡Estoy tan contenta!
Ya, ya veremos cuando mi hija crezca si no me quedo yo con Rosario responía Lucía, medio en broma.
El tiempo pasó. Pablo entró en primaria, y ya apenas hacía falta ayuda, pero Paloma y Rosario eran inseparables.
Paloma, te has estancado. Don Fernando levantó los ojos del papel. Con tu formación, podrías hacer mucho más. ¿Nunca pensaste cambiar de puesto?
No, no lo pensé. Ya estoy bien así.
Pues yo quiero que progreses. Te mando a formación y luego veremos qué puesto te doy.
Nuevas funciones, nuevas oportunidades… La vida de Paloma cambió casi de golpe, y empezó a relajar el cinturón. Pablo fue creciendo y Paloma, al fin, respiró más tranquila.
Así debe ser, Paloma, así que me alegro decía Rosario sinceramente.
Lo suyo ya era familia, más que simple trabajo. Por eso, cuando Rosario desapareció, Paloma se alarmó de verdad.
¿Dónde puede estar? No ha avisado ni dejado mensaje. No es normal.
¿Probaste a llamar a hospitales?
Ya he llamado a todos. No aceptaron denuncia, no soy familia.
¿Y sus hijos?
No saben nada, no pueden venir. ¿Es normal esto? Es su madre.
No lo sé, pero no cuentes con ellos.
¿Qué hago ahora?
Insistir y buscar.
Sin esperanza en el teléfono, Paloma fue de hospital en hospital.
¿Quién es usted? ¿No es familia? ¿Para qué tanto interés?escuchó muchas veces.
Tardó casi una semana, pero por fin dio con Rosario.
Llegó sin documentación. Volvió en sí al segundo día, pero no recuerda nada.
Paloma la miraba, pequeña y pálida en la cama, con el corazón en un puño.
¿Por qué no avisaron antes si sabían quién era? Podría haber venido antes. ¿Qué le ha pasado?
Atropello, pérdida de memoria probablemente transitoria… ¿Es usted familia? preguntó el médico.
¡Soy su hija! ¿Dónde está el despacho del jefe de planta?
Pocas horas después, Rosario estaba en una habitación mejor y Paloma le tomó las manos.
¿Cómo se encuentra?
¿Quién eres?
Paloma. No importa, ya recordará. De momento, toca descansar.
Los hijos de Rosario no acudieron pese a las llamadas.
Pues nos bastamos nosotrasdijo Paloma, dejando la rabia a un lado. ¿Ves, mamá, cómo tenías razón? Al final, cada uno mira por uno mismo.
A la semana, dieron el alta a Rosario. Paloma la llevó a casa.
Pablo, Rosario no recuerda nada, así que llámala abuela como siempre y hazle pasar buenos momentos. El médico dice que la tranquilidad ayuda.
¿Va a vivir aquí ahora?
Sí.
Serio, Pablo asentó.
Eso está bien.
Ahora fue él quien cuidó de Rosario. Al llegar del colegio calentaba la comida, convencía a Rosario para que comiera, y hacía los deberes a su lado.
Termino y jugamos a las damas, ¿vale?
Rosario sonreía, llamaba a Pablo nieto y a Paloma hija. Paloma no corregía. ¿Qué importa cómo la llame? Lo importante es que está viva y casi bien.
Medio año después, apareció el hijo de Rosario.
Ese día, Paloma salía con prisa del trabajo porque era el cumpleaños de Pablo. Al acercarse a casa con el pastel encargado, alguien la llamó. Un hombre alto, de aspecto familiar, se acercó.
¿Es usted Paloma?
Sí.
Soy Juan, el hijo de Rosario.
Buenas tardes Paloma aferró la caja. ¿Quiere ver a su madre?
Sí, por supuesto. ¿Por qué lo pregunta?
Nunca está de más, ya era hora.
Bueno, yo
Mire, no me malinterprete. No quiero nada de su madre. Hace años, ella fue mi tabla de salvación. Lo que hago por ella hoy solo es gratitud.
Me ha entendido mal vaciló el hombre y Paloma sonrió de lado.
Déjelo así. Y otra cosa: puede pasar, pero le adelanto que aquí, aunque reclame la casa o lo que quiera, de aquí no se la lleva. Ella ya pertenece a este sitio.
¿Por qué? Pensaba llevarla conmigo.
Porque, si de verdad lo hubiera querido, habría venido antes. Cuando aún había esperanza.
¿Y ahora?
Ahora, apenas queda nada. Es tarde. Así que no se extrañe si no le reconoce.
Paloma abrió el portal, pero Juan la detuvo.
Perdone
No tiene que disculparse conmigo. Y tampoco necesito perdonar nada. Solo trate de no alterarla.
Así será
Pablo abrió la puerta.
¡Vaya tarta!
Y más rica que parece, feliz cumpleaños, hijo. Aquí tienes a Juan, el hijo de Rosario.
¿Quién? casi suelta la tarta, pero Paloma le hizo un gesto.
Recuerda, nada de nervios.
¿No debe alterarse?
Eso, hijo. Anda, lleva la tarta a la cocina.
Rosario no reconoció a su hijo. Juan miraba a la anciana frágil y consumida, y no la veía. De su madre fuerte ya no quedaba nada.
¿No nos recordará nunca? preguntó al irse.
No lo sé. Los médicos no dicen nada firme. Pero te aseguro que aquí está tranquila. Déjala, no alteres las aguas.
¿Podremos venir a visitarla?
No tiene por qué pedir permiso. Es su madre. Venga cuando quiera.
Despidiéndose de Juan, Paloma sintió que probablemente no volvería. Se encogió de hombros y cerró la puerta. ¡Allá él! Lo importante, lo de verdad suyo, seguía ahí dentro.
¡Pablo! ¡Pon el agua para el té, que celebramos!
¿Puede comer tarta la abuela?
¡Por supuesto! El trozo más grande. Le hace falta ¿Cómo decía ella cuando te daba mermelada?
¿Endulzar la vida?
Eso y tampoco nos vendrá mal un poco de dulzura. Paloma giró la llave y se fue a la cocina, siguiendo a su hijo.







