las malas lenguas

 

A Rosario le había dado por dormir la siesta después de comer.

¿Y por qué no? No había tenido hijos —Dios no se los mandó—, y su marido, Anselmo, se fue de casa en cuanto cumplió cuarenta años.

Se buscó a una muchacha más joven, una tal Verónica, que le dio una hija chillona, la pequeña Lupita.

Anselmo ganaba bastante bien; en su día, el padre de Rosario —que en paz descanse— se había movido para colocar al yerno en un puesto muy cómodo en la cooperativa harinera.

Cuando se marchó, Anselmo lo hizo con orgullo: no se llevó de la casa más que una bolsa con sus cosas personales.

Pero se instaló con Verónica allí mismo, enfrente, cruzando la calle, en una vivienda nueva, recién construida.

Aquella cercanía se convirtió para Rosario en una verdadera molestia: a menudo tenía que soportar las miradas burlonas de su exmarido y de Verónica, la rompehogares.

Y esta última, además, disfrutaba sembrando chismes por todo el pueblo, así que vigilaba a Rosario con un celo exagerado.

Si Rosario salía al patio despeinada, con ropa vieja, Verónica ya se estaba riendo a carcajadas desde el porche alto de su casa. Y gritaba:

—¿Qué te pasa, doña Charo? ¿Estás enferma o qué? Tienes una cara fatal. No me extraña que Anselmo te dejara.

A Rosario le daban ganas de poner en su sitio a aquella descarada, pero sabía que no le convenía meterse con ella. Era más joven, más fuerte, de huesos anchos. Y además tenía quien la defendiera.

Así que no le quedaba otra que tragarse las pullas y las palabras hirientes.


La única alegría que le quedaba en la vida a Rosario era que su mejor amiga, Clotilde Rivas, iba a verla todos los días.

A veces le llevaba un nieto, a veces otro, otras veces a la nieta, y en ocasiones aparecía con toda la tropa de golpe.

Rosario ayudaba a su amiga con los niños.

Por eso no tenía tiempo de entregarse a la tristeza.


La puerta de entrada chirrió justo cuando Rosario empezaba a quedarse dormida.

—¡Rosario! —retumbó la voz fuerte y exigente de Clotilde—. ¿Otra vez durmiendo? ¡Sal ya! ¿Dónde te has metido?

Rosario abrió los ojos y, de mala gana, se levantó de la cama.

Se había acomodado tan a gusto para echar una cabezada, y la habían arrancado del sueño.

—Ya te oigo, no hace falta que grites —respondió antes de salir de detrás de la estufa, donde se escondía de las miradas ajenas su rincón para dormir, separado por unas cortinas.

—¿Otra vez me traes a tus nietos? —preguntó.

La amistad entre aquellas dos mujeres no excluía que se gastaran bromas la una a la otra.

—Hoy vengo sola. Mis hijas se han ido a la capital y se llevaron a los niños.

Clotilde ya andaba como Pedro por su casa en la cocina.

Siempre se comportaba así: abría armarios, revisaba lo que hubiera en la nevera.

Cuando Rosario salió, su amiga estaba sirviendo unos rollitos de col rellenos en un plato.

En la nevera dejó una garrafa de leche y un paquete de requesón.

—Prueba estos rollitos. Mis hijas cocinaron hoy para toda la familia. Luego se fueron y no quisieron llevárselos. ¿Y qué hago yo sola con una sartén entera?

—Hace mucho que no comía algo así —asintió Rosario con aprobación.

—¿Te has enterado de la noticia? —preguntó Clotilde, mirándola con intención.

—¿Qué noticia?

La amiga se hacía la interesante. Y en la mirada le brillaba una malicia demasiado evidente.

—¿Le ha pasado algo a Anselmo?

—Olvídate ya de ese hombre, que no es nadie para ti. Un zapato viejo y roto. ¡Bah, que se lo lleve el viento!

—Entonces, ¿qué pasa? No me tengas en ascuas.

—Ha vuelto al pueblo Daniel, el nieto de doña Eulalia, la que vivía en la casa grande del final de la calle.

Rosario respiró hondo.

—¿Y?

Clotilde disfrutaba de su desconcierto; una sonrisa se le extendió por toda la cara.

—¡Pues que es tu ex! ¡Tu primer novio! ¡El que se largó la víspera de la boda y desapareció! ¡Y luego se hizo rico! ¡El doble de cine ese!

A Rosario se le revolvió el cuerpo. Se sentó a la mesa y empezó a masticar despacio la carne envuelta en la hoja de col.

Su amiga siguió parloteando:

—¡Está arruinado! Dicen que mientras estaba en el hospital, recuperándose de un accidente, su mujer lo dejó limpio y lo echó de casa. Y como pasó mucho tiempo sin reponerse, ya no lo llaman para rodajes. Además, está más mayor. Así que se ha venido al pueblo. Se acordó de sus raíces.

Rosario terminó el rollito con lentitud y dijo pensativa:

—Ay, la vida… De lo más alto a una cama de hospital… Debe de haberlo pasado muy mal…

—¡Eso es el karma! —exclamó Clotilde con vehemencia—. ¡Ni se te ocurra compadecer a ese sinvergüenza! ¿Ya no te acuerdas de lo que te hizo? Te dejó plantada la víspera de la boda y huyó. Todavía me acuerdo de tus lágrimas. De cómo estabas sentada en el portal, abrazada a la maleta, esperando a que viniera a buscarte… para llevarte a la ciudad.

¡Pues claro que no vino! Y ahora mira, ha regresado arrastrándose. Ya verás, Rosario, ya verás cómo acaba de rodillas pidiéndote perdón.

Clotilde dijo cuanto tenía que decir, alzó la voz, golpeó la mesa con el puño.

Y luego se fue con la misma rapidez con la que había irrumpido en la casa.

Rosario se quedó a solas con sus pensamientos.


Rosario tardó en reconocer en aquel hombre sentado en el porche a Daniel.

Había cambiado. Le había salido canas en las sienes, el cuerpo se le había ensanchado, se veía más sólido. La postura, la mirada, todo en él era distinto.

No tenía nada de extraño que ella sintiera aquel impulso de acercarse a esa casa. En otro tiempo, Daniel había sido lo más querido de su vida.

—¿Rosario?

La voz de Daniel seguía teniendo aquel arrastre dulce y amargo, como miel oscura.

—Pasa. ¿Por qué te quedas ahí parada como si fueras una extraña?

Rosario cruzó el patio y esperó a que él se levantara apoyándose en las muletas.

—Ábreme la puerta, por favor. Perdona.

—No pasa nada, eso ya quedó atrás. Y la casa está bien. Sigue siendo firme, de las que duran cien años. Y la tienes limpia. Hasta el suelo brilla.

—He contratado a unas mujeres para que vengan a limpiar.

—Ah.

—No me acostumbro a vivir entre mugre.

Dentro, la casa estaba amueblada por completo con muebles nuevos.

Todo parecía caro: la chimenea eléctrica enorme, el sofá de patas curvas, el aparador blanco brillante lleno de vajilla.

—Está acogedora.

—Los muebles viejos olían a polvo. No podía ni respirar. Tuve que alquilar una camioneta para sacar todo aquel trasto y llevarlo al vertedero. ¿Podrías poner la tetera al fuego, por favor?

Rosario fue a la cocina, y allí también todo era nuevo y bonito.

Volvió a la sala con una bandeja en las manos y dejó las tazas sobre la mesa baja.

—Quédate a vivir conmigo.

Al oír aquello, Rosario estuvo a punto de dejar caer la taza.

—¿Tú tienes fiebre? Estás delirando —dijo.

—No deliro. He averiguado que vives sola. Y yo estoy solo. ¿Qué nos impide volver a estar juntos y compartir la vida?

Rosario no se puso a beber el té. Dejó la taza humeante en el borde de la mesa y se levantó.

—He vivido sin tu atención todos estos años y seguiré viviendo —declaró, y se encaminó hacia la puerta.

Pero en el umbral se detuvo. Algo cayó al suelo con un golpe seco y enseguida se oyó el sonido de la vajilla rompiéndose.

El corazón de Rosario empezó a latir alocado: irse o quedarse.

Al final regresó a la sala.

Daniel estaba medio tendido en el suelo, tratando de incorporarse con los brazos. A su lado, el té derramado y los trozos de la taza rota.

—Me estiré mal. Quise apartar la taza y me caí —se justificó—. Soy un inútil. No… ni eso. Soy medio hombre. No sirvo para nada.

Rosario se acercó y se puso a recoger los trozos del suelo.

—Ya lo limpio yo. ¿Dónde tienes la escoba y el recogedor? La culpa es mía, tenía que haber apartado la taza.

Daniel le agarró la mano con fuerza.

—No te vayas, Rosario. No me dejes solo.

A Rosario le recorrió el brazo una descarga, como si le hubiera pasado corriente por dentro. Las piernas se le aflojaron y cayó de lado sobre el sofá.

—Agua… —susurró.

Daniel ya estaba junto a ella, acariciándole el rostro y el cuello, rozándola con los labios.

—Rosario, perdóname. Quería ganar un poco de dinero antes de la boda, me pudo la ambición. Me fui, pero pensaba en ti a todas horas. Luego ya no supe cómo volver. Después me enteré de que te habías casado. ¿Fue por despecho? ¿Para hacerme pagar?

Aprovechando aquel momento de debilidad, Daniel se inclinó más hacia ella.


Rosario volvió a casa al amanecer. Apenas estaba metiendo la llave en la cerradura cuando escuchó la desagradable voz de Verónica:

—¿Desde cuándo pasas la noche fuera de casa? Mira qué bien te lo montas. Con razón tu marido se largó.

—Cállate ya, mujer —murmuró Rosario, y entró a toda prisa.

Cerró la puerta con todos los pestillos. Bajó las cortinas para no ver la casa de enfrente.

Pero no bien se había acostado, sonó un golpeteo fuerte en la puerta, y la voz de Clotilde atravesó el silencio.

—¡Rosario, abre!

—Ahora mismo me vas a contar qué ha pasado entre tú y Daniel —gritó entrando en la casa y quitándose los zapatos sobre la marcha—. ¿Pasaste la noche con él?

—¿Y por qué dices eso?

—Porque todo el pueblo te estaba mirando. Los vecinos de Daniel no pegaron ojo, pendientes de a qué hora salías de su casa. Hasta hicieron apuestas.

—Ay, Dios mío…

A Rosario le dio vergüenza y se cubrió la cara con las manos.

—Anda ya, no te me pongas así. Basta de apurarte. A ver si te entiendo bien… ¿entre ustedes pasó algo? ¿Te pidió que te fueras a vivir con él?

—Sí… —respondió Rosario, desconcertada.

—Pero si está medio inválido.

—Yo lo voy a cuidar. Y lo voy a poner de pie.

—Madre mía, Rosario…

Como comprendió que ya no la dejarían dormir, Rosario empezó a meter ropa en una bolsa.

Clotilde abrió la boca, asombrada.

—¿Lo dices en serio? ¿Te vas a mudar?

—No exactamente. Voy a dejar en su casa un camisón y un cepillo de dientes… Y, además, no pienso darle explicaciones a nadie.

—¡Claro que sí, amiga! Así se habla. Hay que vivir de la manera en que una sea feliz. Una. Porque mira que los hombres se han acostumbrado a hacer siempre lo que les da la gana… ¿Y él te pidió perdón?

—Ajá.

—Ay, Rosario, me alegro por ti. Por fin vas a arreglar tu vida. Lo único que falta es que se casen por lo civil, para hacerlo ya bien hecho…


A Rosario le gustaba vivir en casa de Daniel.

Allí tenía baño dentro de la vivienda, agua caliente y todas las comodidades.

Daniel fue mejorando deprisa. Pronto dejó las muletas y pasó a apoyarse solo en un bastón.

La gente del pueblo, claro, se atragantaba de tanto chisme y rumor.

Pero a Rosario ya no le importaba.

Daniel decía con frecuencia:

—Perdimos los mejores años mientras andábamos perdidos con otras personas. Han pasado veinte años. Yo pensaba que lo que sentía se había enfriado, pero en cuanto te vi, comprendí que no volvería a soltarte.

Se casaron discretamente, por lo civil, en el registro. Como testigos invitaron a Clotilde y a su marido, y luego los cuatro se fueron a comer a un restaurante para celebrarlo.

Poco después de la boda, Daniel empezó con una idea fija:

—¿Y si tenemos un hijo? ¿Por qué no? Tampoco somos tan mayores, apenas cuarenta años. Nos da tiempo a criarlo.

—Yo no puedo tener hijos —intentó frenarlo Rosario—. ¿Acaso no lo sabías? Es un tema que me duele. Hace mucho que dejé de soñar con eso.

—Podemos recurrir a una gestación subrogada.

—¿Y eso se puede hacer? Cuesta un dineral.

—Todavía me quedan algunos activos.

—Pero si dicen que te quedaste sin nada por culpa de tus exmujeres.

—¿Quién te ha dicho eso? Tengo un hijo, Sergio, aunque no es biológico. Está terminando el instituto este año. Nos llevamos bien. Con su madre, Elena, también me trato; la ayudo en lo que puedo.

Con mi segunda mujer, Cristina, lo dejamos porque aquello no tenía arreglo.

Me dejé deslumbrar por su belleza —es primera figura en un teatro—, pero acabé casado con una muñeca sin alma. Para ella solo existía el escenario. Y yo quería una familia.

En cuanto te vi, entendí que mi búsqueda del ideal había terminado.

Aquí estás tú, la mujer que he amado de verdad, fiel y buena. La madre de mis futuros hijos. Aunque tengamos que pagar por esa posibilidad, la tendremos. Así que no te preocupes por el dinero. Quería comprarme un coche, pero creo que ya es hora de olvidarme del pasado de especialista. Ahora lo que más deseo es ser padre.

Rosario dudaba.

—No me fío de estas cosas modernas. ¿Qué clase de niño sería ese, si lo lleva en el vientre otra mujer?

—Sería nuestro hijo —la aseguró Daniel.

Y a pesar de las vacilaciones de su esposa, al final consiguió convencerla de dar aquel paso tan atrevido.

Un año después, Rosario ya acunaba a la pequeña Lucía.

Y, por cierto, era una copia diminuta de ella misma.


La casa en la que Rosario había vivido antes fue vendida.

La compró un hombre desaliñado y basto que había trabajado de carnicero en la cabecera del distrito.

Tras divorciarse, decidió irse a vivir lejos de su exmujer, se volvió un amargado que renegaba de todas las mujeres, y compró la casa sin regatear.

Una vez instalado, se llenó de animales: cerdos, cabras y otras bestias que andaban sueltas por el pueblo, se metían en el huerto de la vecina Verónica y le destrozaban los surcos.

Ahora Verónica, cuando se cruzaba por casualidad con Rosario, siseaba:

—Eres una mujer rara, Rosario. No piensas las cosas. Con razón Anselmo te dejó. En vez de andar enredada con un hombre, deberías estar pensando en tu vejez. Y encima criándole una niña. Tonta.

¿De verdad crees que esa bebé la parió una “madre subrogada” y no una amante de Daniel? Qué ingenua eres. Y todavía vendiste tu casa. ¿Adónde vas a volver cuando Daniel te eche? Como no tienes criterio propio, por lo menos podrías escuchar a la gente.

Rosario apenas sonreía y contestaba:

—Déjame en paz, muchacha. No te preocupes por mí. Soy feliz y me quieren. Tú mejor preocúpate por ti. Que Anselmo bebe cada vez más, y un día de estos va a terminar perdido del todo.


Con el dinero de la venta de la casa, Rosario compró un coche.

No era nuevo, pero, según le había prometido el antiguo dueño, tenía fuerza y respondía bien.

Y se lo regaló a su marido.

Daniel se quedó temblando de emoción.

—¿Un coche? ¿Para mí?

—Claro. A ti siempre te gustaron las acrobacias al volante.

Daniel se sentó en el asiento del conductor y acarició con ternura el volante y el tablero.

—Está viejo, pero tiene potencia. Escucha cómo ruge el motor. Súbete, Rosario, te doy una vuelta.

—No, gracias. Tú eres el especialista, no yo. Nunca se sabe lo que puede pasar. Uno de los dos tiene que quedarse en casa para criar a la niña.

—Tienes toda la razón, mi vida.

Daniel asintió, arrancó y se fue.

No volvió en más de un día. Por fin regresó contento, feliz, entero manchado de grasa y barro.

—Acabé en el río —se quejó—. Allá, a unos treinta kilómetros, cerca del pueblo vecino. No veas lo que tuve que correr de un lado a otro hasta encontrar a alguien que sacara el coche.

Rosario no hizo más que negar con la cabeza.

fin-

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Lisa Weta
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