Salida de la cocina
Doña Consuelo, otra vez has dejado la cazuela en el sitio equivocado le dijo Fernando, un joven cocinero que siempre tenía las manos húmedas, señalando la estantería encima del fregadero. Aquí va la limpia. La sucia ahí.
Fernando, llevo tres meses trabajando aquí. Ya sé dónde va la limpia y la sucia.
Pues perfecto. Entonces colócala bien.
Consuelo cambió la cazuela de sitio. Sin decir nada. Ya no tenía fuerzas para discutir; se le habían ido con la vida que tenía antes, con aquella butaca en la redacción y la lámpara con pantalla de cristal verde que tanto le gustaba, y con el pequeño estudio al que tuvo que renunciar para pagar los cuidados de su madre, las medicinas, la asistenta.
La noche en el restaurante Imperio seguía su curso. En el comedor se oía el bullicio, las risas, el tintineo de las copas, el olor a solomillo con salsa de vino tinto, muy caro. Consuelo estaba de pie frente al gran fregadero de acero inoxidable, lavando platos que llegaban en torres, calientes y con restos de comida que ella, desde luego, no podía permitirse. Las manos rojas por el agua, el delantal empapado hasta la cintura.
Pensaba en el cuaderno. Lo tenía guardado en su taquilla, en el vestuario, pequeño, con espiral y tapas blandas de color musgo. Se lo compró en febrero, con el poco dinero que le quedaba tras recibir el adelanto, porque lo necesitaba para no perderse. Si no, se habría vuelto loca o habría dejado de saber quién era. ¿Un lava-platos de cincuenta y siete años? No. O sí, pero sólo por fuera. Por dentro era otra.
Por las noches, en la habitación alquilada de la calle Jardines, donde el radiador vibraba como si estuviera vivo y los vecinos hablaban tan alto que parecía que estuvieran dentro, Consuelo se sentaba ante la mesa, encendía la lámpara y dibujaba. Simplemente. Para sí misma. Manos cansadas del agua muy caliente, pero de repente otra vez firmes, precisas. Esbozaba calles, transeúntes, una anciana con perro que veía cada mañana, una rama cubierta de escarcha, la cara de la cajera del súper, siempre tan amable y tan rendida a la vez. Los trazos salían fáciles, sin tensión, como si la mano lo recordara todo aunque la cabeza no creyese ya en nada.
Fue ilustradora casi veinte años. Primero en una revista pequeña, luego en la editorial Atlántida, donde hacían libros infantiles, y eso le gustaba de verdad. Le gustaba inventarse conejos y zorros que eran casi personas, con su carácter y sus miedos. Le encantaba cuando llegaban los ejemplares, sujetar el libro, pasar las páginas y sentir: esto lo he dibujado yo.
Después vino la crisis. Primero recortaron tiradas, luego departamentos… Doña Consuelo, le apreciamos mucho, pero Y tras ese pero, nunca venía nada bueno. Tenía cuarenta y cuatro años cuando de pronto se vio sin trabajo, sin ingresos fijos y con la sensación de que el suelo se le había movido bajo los pies.
El matrimonio ya hacía aguas. Su marido, Luis, no era mala persona, sólo flojo cuando hacía falta ser fuerte. Cuando había dinero, era generoso; sin dinero, se volvía irascible, luego acusador y después empezó a no volver a casa. Consuelo aguantó lo que pudo, pero después no pudo más. Se separaron sin dramas, casi en silencio, como quien está demasiado agotado para discutir.
Y enfermó su madre.
Un ictus. El lado izquierdo del cuerpo. Hospital, casa, hospital otra vez. Consuelo cruzaba la ciudad todos los días, pagaba a la asistenta, a la fisioterapeuta. El trabajo por encargos no bastaba. El estudio era insalvable. Tuvo que dejarlo e intentar encontrar cualquier cosa con nómina y un horario estable. Lo único que salió fue esto.
Su madre falleció aquel octubre, tranquila, dormida, como si simplemente se hubiese cansado. Consuelo se quedó sola, con deudas, una habitación de alquiler y los platos del restaurante que debía fregar cinco días a la semana.
Así acabó aquí.
Doña Consuelo, que ahí tienes otra montaña gritó Fernando.
Ya voy.
Cogió la bandeja y se dirigió al fregadero.
Aquella noche los clientes del Imperio estaban como siempre. Mujeres con vestido, hombres con americana, de vez en cuando algún grupo joven ruidoso, o parejas apenas hablando, mirando cada cual su móvil. Consuelo no veía nada de eso; estaba tras la puerta de la cocina, escuchando las voces, el bullicio, la cristalería. A veces algún grito si había una queja.
Había un cliente que venía casi cada semana. Consuelo solo lo sabía porque Mariluz, la camarera, se lo mencionó una vez en el vestuario:
Ese del seis, siempre viene solo. Pide lo mismo, come despacio, nunca mira el teléfono. Se sienta y mira por la ventana. Raro.
Quizá está solo dijo Consuelo.
Yo también, pero al menos salgo con amigas.
Consuelo no respondió. Ella sabía que hay muchas soledades diferentes. Puedes estar solo porque no tienes con quién ir, o muy solo entre la gente porque ya no está quien te escuchaba de verdad.
El cliente de la mesa seis venía miércoles y viernes. Pedía cordero o ternera, una copa de tinto, a veces sopa. Dejaba buenas propinas, discretas, junto a la cuenta. Se llamaba Martín Zambrano Ruiz, eso lo supo después. Mientras tanto, ella fregaba y pensaba en su cuaderno.
Aquel viernes todo era igual. Consuelo frente al fregadero, el agua muy caliente, el vapor le picaba los ojos. Fernando hablando por el móvil en un rincón. El lavavajillas sonando de fondo. El comedor, ruidoso al otro lado.
Luego, el rumor cambió.
No fue brusco, solo diferente. Sintió que algo iba mal. Escuchó un grito breve, asustado. Las voces se hicieron agudas, nerviosas. Alguien gritó de verdad.
Consuelo se secó las manos y salió al pasillo.
La puerta metálica al comedor estaba entreabierta. Consuelo empujó.
En la mesa seis estaba un hombre ya mayor, atlético, con americana gris oscura. Algo iba mal. No caía, pero la cara era distinta, se llevaba las manos al cuello y ese gesto lo reconoció al instante, porque una vez a un compañero de la habitación de su madre le ocurrió igual.
Dos camareros le daban palmadas en la espalda sin saber qué hacer. Celia, la encargada, se tapaba la boca y chillaba: ¡Llamad al 112! Algún cliente se puso en pie.
Consuelo cruzó todo eso sin pensar. Llegó por detrás, rodeó al hombre, buscó el punto bajo el esternón, cerró el puño, lo cubrió con la otra mano y empujó. Una vez. Otra. El hombre era alto, pesado, casi tuvo que colgarse de él, apoyando los pies. Otra vez. Tosió, algo salió disparado, respiró, primero áspero, luego mejor.
Consuelo soltó y se apartó.
Hubo silencio tres segundos. De repente, todos a la vez empezaron a hablar. Celia corrió hacia el hombre, Mariluz trajo agua, un cliente aplaudió, otros le siguieron.
Consuelo, sola en medio del comedor, con el delantal mojado y las manos rojas, no supo qué hacer.
¿Es usted médica? preguntó Celia.
No. Friego platos.
Y volvió a la cocina.
Las manos le temblaban bajo el grifo. Fernando la miraba boquiabierto.
¿Qué ha pasado?
Un señor se estaba ahogando. Ya está bien.
¿Le ha salvado la vida?
Fernando, deja de mirar, que la pila está llena.
Volvió al fregadero. Había mucha vajilla.
A los veinte minutos, la puerta de la cocina se abrió. Era raro. Los clientes jamás entraban. Pero aquel hombre con chaqueta gris asomó, miró alrededor y preguntó:
Perdón, ¿puedo encontrar a la mujer que… que me ha ayudado antes?
Fernando la señaló.
Se acercó a Consuelo. Ella estaba con un cuenco y apenas se giró. Vio de cerca: alto, ancho de hombros, unos cincuenta y tantos, pelo oscuro salpicado de canas, rostro cansado, de los que sonríen poco. Ojos grises, algo hundidos. Se le notaba que llevaba semanas o meses mal.
¿Consuelo? Me dijeron su nombre.
Yo misma.
Guardó silencio, sin saber cómo seguir. Por fin habló, sencillo:
Solo quiero darle las gracias. No sé cómo. De verdad, gracias.
No es nada. Ya está bien.
No, no está bien. Si no hubiese salido usted
Cualquiera habría salido. Solo había que saber qué hacer.
Pero ha salido usted. Y sabía.
Consuelo soltó el cuenco y agarró otro plato. El hombre no se iba.
¿Esto es suyo? preguntó de repente.
Se giró. Miraba el cuaderno sobre la mesa de trabajo, donde ella solía dejar sus cosas. Hoy se lo había traído para hacer algún dibujo si había tiempo. No lo tuvo.
Mío.
¿Puedo verlo?
Encogió los hombros. Él abrió la primera página. Una anciana con un perro, la de la puerta. Consuelo la había dibujado muchas noches, añadiendo arrugas, las botas, cómo sujetaba la correa, no fuerte sino por costumbre.
Pasó página. Luego otra.
Una rama escarchada. Un niño en el columpio imaginado, nunca existió, pero parecía real. Un mercado esbozado en cinco minutos, vivo. Muchas manos, en diferentes posiciones, le gustaba dibujarlas desde la escuela de arte.
El hombre miraba despacio, callado.
Eres artista dijo. Lo afirmó, no preguntó.
Era artista. Ahora lavo platos.
¿Por qué?
Por muchas razones.
Asintió, miró otra vez el mercado, cerró el cuaderno y lo dejó en la mesa. Vaciló. Consuelo creyó que se marcharía con un gracias y ya, pero dijo otra cosa:
Me llamo Martín Zambrano Ruiz. Soy arquitecto. Quiero hacerte una propuesta; antes, pregunto: ¿de verdad no puedes trabajar de esto? señaló el cuaderno. ¿Profesionalmente?
Consuelo lo miró. Fernando seguía al fondo, con las patatas, fingiendo distraerse, pero escuchando.
Eso depende de lo que signifique profesional.
Trabajar. Ganar dinero por tus dibujos.
Mire, don Martín. Quizás necesita descansar tras el susto.
Descansaré. Pero antes, ¿te interesa trabajar en serio, de lo tuyo?
En su tono había tal sinceridad que costaba negar en seco. No era insistencia, solo claridad.
¿De qué trabajo habla?
Sacó una tarjeta blanca, sencilla, con nombre y teléfono.
Llámame mañana. O te llamo yo si me das tu número. Te lo explico. Es en serio, no por agradecimiento. Necesito a alguien con tu mirada.
¿Qué mirada?
Volvió al cuaderno.
Esa, justo esa.
Se despidió, casi hizo una reverencia. Salió. Fernando la miró:
Anda que lo de hoy…
Pela patatas respondió Consuelo.
Guardó la tarjeta en el bolsillo. Tenía otra vez las manos mojadas. Tras el muro, el comedor recuperaba su ruido, como si nada hubiera pasado.
Aquella noche tardó en dormirse. Miró el techo, oyó el radiador, pensó en el cuaderno y en cómo él había pasado las páginas. De nadie recordaba esa mirada, atenta de verdad, sin cortesía, solo con interés real. No alabó nada. Solo miró. Y notó cómo su gesto cambiaba a cada hoja.
Por la mañana, sábado, cogió la tarjeta y la sostuvo largo rato. Luego llamó.
Contestó al instante, como si estuviera esperando.
Buenos días, doña Consuelo.
¿Cómo sabe mi segundo nombre?
Se lo pregunté a la encargada. Ayer. Cuénteme de usted, si quiere. Y yo le cuento el proyecto.
Lo hizo. Breve. Editorial, ilustraciones, crisis, madre, divorcio. Él escuchó en silencio. Luego habló él.
Había montado su propio estudio de arquitectura hacía doce años, tras salir de la gran empresa donde empezó. Eran un equipo pequeño; hacían desde viviendas a espacios públicos. El año pasado ganaron un concurso para transformar el parque de la ribera, gran proyecto. Tienen planos, todo correcto y legal. Pero al ver el resultado en papel, algo fallaba.
Los planos están muertos dijo. Técnicamente, perfectos. Pero no se ve cómo van a vivir las personas ahí. No respira. No hay gente, no hay aire. Necesito ilustraciones, vistas vivas, como si de verdad existiera el lugar y lo recorrieran personas reales. Que el comité lo vea y lo crea.
Entiendo.
Tus dibujos, lo noté ayer. Sabes dar vida.
Consuelo calló un instante. Luego preguntó:
¿Para cuándo?
Cuatro semanas. La defensa es en un mes. Si lo aprobamos, el parque será real. Caminaremos por él.
Sintió que esas palabras le movían algo por dentro. No pensaba que aún pudieran.
Vale. ¿Cuándo puedo ver esos planos?
Hoy mismo, si quieres.
El despacho de Martín estaba en un edificio antiguo del centro, tercera planta por una escalera de madera con barandillas blancas. Los techos eran altos, las paredes con planos y maquetas. Olor a papel, lápiz y un poco a café.
El equipo: un chico joven, Juan, con auriculares, siempre puestos; una mujer de unos cuarenta, Carmen, seria, con el pelo corto, encargada de los cálculos; un hombre mayor, don Aurelio, hacía las maquetas; y otro más joven, Javier, el informático.
Martín mostró los planos del parque. Los extendió en la mesa, les puso reglas pesadas en las esquinas, y explicó. Hablaba sin tecnicismos: la avenida principal, el estanque, la zona de niños, los bancos, los árboles.
Consuelo observaba e intentaba imaginar todo, no en líneas sino en vida. Allí, un señor mayor paseará al perro. Más allá, una madre con carrito. En la tarde de viernes, dos sentados a mirar el río.
¿Puedo ir a verlo? preguntó.
¿La ribera? Sí, claro. ¿Ahora?
Ahora.
Fueron juntos. Tardaron quince minutos andando. Apenas hablaron. Consuelo llevaba el cuaderno, Martín miraba al frente con aire lento de quien acostumbra a mirar alrededor, por profesión.
La ribera estaba desangelada en el sábado de marzo. Los árboles desnudos, la tierra gris, pero el río corría, oscuro y limpio. Aquí y allá, algún paseante. Donde iría el parque había sólo bancos verdes y dos árboles, la tierra revuelta.
Consuelo se paró, miró, sacó el cuaderno.
¿Vas a dibujar ahora? preguntó Martín.
Un esbozo. Para recordar el olor.
Se sorprendió:
¿El olor?
Claro. Río, tierra, hojas secas Eso luego sale en el dibujo aunque no lo quieras.
Él calló. Ella hacía trazos rápidos, solo para retener la imagen. Ribera, árboles, su silueta, un señor en bici, unos niños con su madre.
Martín miraba el agua, con una expresión pensativa y cerrada.
¿A tu esposa le gustaban estos sitios? preguntó Consuelo, sin alzar la vista. Luego se corrigió. Perdona, no debo…
No pasa nada. Ella prefería el mar. Decía que el río pone melancólico, va demasiado lento. Pausó. Julia murió hace ocho meses. Cáncer. Rápido, cuatro meses.
Lo siento.
Sí.
No dijeron más. Consuelo dibujó. Martín a su lado. El viento frío, pero ya con aroma a agua, no a hielo.
De regreso al despacho, café y repaso de lo que hacía falta. Veinte hojas, distintas zonas, distintas horas, gente variada. No ilustraciones de postal, sino escenas verdaderas, como si fueran fotografías naturales. Quieren que el comité visualice ese lugar habitado.
Entiendo dijo Consuelo. Deme una semana para los primeros cinco.
De acuerdo.
Volvió a su cuarto en Jardines. El radiador vibraba; la taza de té seguía en la mesa. Colocó el cuaderno y se preguntó cómo empezar.
Primera hoja, terminada de madrugada: la avenida de mañana temprano, casi vacía. Un hombre mayor pasea el perro. Al fondo, en bruma, otra figura. Árboles recién brotados, luces suaves. Un banco, una mujer leyendo, y se nota que disfruta del momento.
Al día siguiente enseñó el dibujo a Martín. Miró largo rato. Dijo:
Así. Eso es.
Carmen, la ingeniera, se acercó, miró y comentó:
Muy bien.
Consuelo sintió algo antiguo y casi olvidado: no alegría, sino satisfacción. Lo hecho había dado en el blanco.
Así estuvo dos semanas: por la mañana, paseos a la ribera aunque lloviera; término los bocetos en casa o en el despacho. Martín revisaba. A veces decía: Ese árbol más allá, según el plano, o solo miraba en silencio, que también era respuesta.
Empezaron a conversar, no solo de trabajo. Caminaban por la ribera y Martín explicaba su visión del parque, por qué ese giro de camino, las bancas en cierto lugar. Hablaba con pasión y Consuelo lo disfrutaba: no era apego al trabajo por rutina, sino una auténtica vocación.
¿Sabe distinguir un buen espacio público? le preguntó un día. En el bueno, la gente elige dónde sentarse simplemente porque se siente bien ahí. Como la sombra de ese árbol. Si ocurre, el lugar está bien resuelto.
Consuelo lo miró:
¿Siempre pensó así?
Desde tercero de carrera. Un profesor nos dijo: la arquitectura va de sentir los espacios, no de levantar edificios. Lo apunté y nunca lo olvidé.
Buenos profesores dejan huella.
Ya murió, pero recuerdo su voz.
Había confidencias. Consuelo contó cómo empezaba a dibujar libros infantiles, a crear personajes. Qué le costó dejar partir a uno de ellos, el zorro de un cuento, y que pintó su retrato en grande, pero lo perdió en una mudanza. Martín escuchaba y sonreía, con complicidad.
Tengo un proyecto así dijo. Hace quince años, una casa pequeña de pueblo. Nada especial, sólo que salió perfecta en lo invisible. La recuerdo más que a las grandes obras.
¿Por qué?
No sé. Lo pequeño a veces acierta mejor que lo grande.
Un día entraron en una cafetería tras caminar. Martín le confesó:
No pareces alguien que disfrute fregando platos.
Nunca lo he dicho.
¿Por qué aguantar tanto tiempo? Puedes buscar trabajar como ilustradora.
Podía, pero no era seguro, ni estable. Hoy trabajo, mañana… Y tenía deudas.
¿Ya las has pagado?
Casi.
Asintió.
¿Sabes que te has marchado del Imperio?
He pedido una excedencia, hasta el final del proyecto.
¿Y luego?
Consuelo miró su taza.
Veremos. Ahora sabes lo que sé hacer.
Él miró por la ventana. No dijo nada más, pero Consuelo intuyó que tenía algo pendiente.
El trabajo avanzaba. Cada vez más dibujos, una rutina serena de paseo, observación y trabajo. Consuelo representaba la vida: una pareja joven en el banco, una anciana dando de comer a las palomas, adolescentes en bicicleta, madres con carritos bajo un árbol en flor.
Martín a veces le indicaba cambios: Esa mujer más cerca de la fuente, Aquí mejor de noche, con farolas cálidas.
Enséñame cómo serán las farolas.
Y así ajustaba. O discutían.
Martín, la avenida es demasiado recta en tu plano. Si los paseantes van en línea, el paseo aburre. Yo haría una curva.
Por infraestructuras no puede ser. Los tubos van rectos.
¿Ni haciendo ondular solo los árboles?
Él dudaba. Carmen dijo que se podía. Discutieron un día, pero finalmente, en el dibujo de Consuelo, la avenida tenía alma y las sombras caían a distinto ritmo.
Así dijo Consuelo, mostrando la hoja.
Martín miró un rato.
Tenías razón.
En el estudio la acogieron de modo sencillo. Juan, el de auriculares, fue a ver cómo dibujaba, y preguntó:
¿Siempre a mano, nunca en digital?
Sé usar tableta, pero se piensa distinto con el papel.
Lo recordaré.
Don Aurelio le trajo, sin palabra, una taza de té. Era su mejor elogio.
No todo era fácil. Tres dibujos se le resistían: la zona infantil la encontraba artificial. Probó varias veces, hasta que cayó en la cuenta: dibujaba niños abstractos. Aquella mañana fue al parque vecinal, se sentó una hora. Observó: niños jugando, madres charlando pero atentas, un niño haciendo castillos de arena como si fueras proyectos vitales.
Consuelo dibujó ese niño, otro colgando cabeza abajo, dos niñas jugando, una madre levantando a su hijo con alegría.
Tres dibujos en dos días.
Cuando los mostró a Martín, éste los contempló largamente.
¿De dónde son estos niños?
Del parque de mi calle.
Se nota que son reales.
Lo son.
Quedaba la última semana. Los dibujos listos, el estudio preparaba la presentación. Martín y Carmen revisaban hasta tarde. Consuelo veía la luz encendida desde la calle de regreso a casa.
Una noche, se quedaron solos. Martín trabajando en la mesa, Consuelo con el último dibujo. Silencio, salvo el roce del lápiz.
¿Julia llegó a ver este proyecto? preguntó Consuelo, casi sin querer.
Tardó en responder.
El principio. Ganamos el concurso cuando ya tenía el diagnóstico. Se alegró mucho. Decía: Buen parque, iré a pasear, pero No llegó.
Por eso estabas apático, cenabas solo, ¿verdad?
Él la miró.
¿Lo sabías?
Mariluz, la camarera, lo decía. Le dabas pena.
Él sonrió apurado.
No supe que era tan evidente.
Quien está solo cree que nadie lo ve. Pero todos lo ven.
Calló.
¿También te sentiste sola tú?
Fui. Ahora no sé. Tengo un trabajo que me gusta. Vale mucho.
Sí. Mucho.
Guardaron silencio. No era incómodo.
Cuando murió Julia dijo, me sentí vacío. Trabajos, estudios, proyectos todo era “luego”, y luego nunca viene.
Lo entiendo. Lo mismo fui diciendo con mi madre.
¿También la perdiste?
El año pasado.
Asintió, nada más. Como quien entiende sin querer preguntar.
Salieron juntos aquella noche. Era oscuro y fresco. Consuelo se ajustó el abrigo.
¿Andas hasta casa?
Voy en autobús. Jardines está lejos.
Te acompaño a la parada.
Caminaron callados. Al llegar al autobús, Martín habló:
Consuelo.
Dime.
Después de la defensa, pase lo que pase, quiero ofrecerte un puesto fijo. No sólo por este trabajo. Vamos a coger más proyectos y siempre necesito una mirada capaz de ver la vida detrás del dibujo. Es serio.
Se detuvo.
¿Por agradecimiento?
Por agradecimiento te mandaría flores. Esto es egoísta.
Sonrió, verdadera y dulcemente:
Vale. Lo pensaré.
No tardes.
Subió al bus. Él la observaba desde la acera, lo vio por la ventanilla de atrás.
El día de la defensa fue jueves.
Desde temprano, el estudio era un hervidero. Carmen revisó cálculos. Javier adaptaba los dibujos de Consuelo para la proyección. Don Aurelio trajo la maqueta final, pequeña y pulcra. Martín iba y venía nervioso.
Consuelo, sentada, contemplaba sus veintidós dibujos: todos juntos. Mansana de mañana, fuente al mediodía, parque infantil, tarde con farolas, niño en el banco, enamorados junto al río, abuela con palomas, lluvia bajo la pérgola, ciclistas.
¿Nerviosa? preguntó Martín al pasar.
Un poco.
Va a salir bien. Son muy buenos.
¿Los dibujos o los del comité?
Tus dibujos.
Sonrió.
El comité se reunía en un edificio imponente, con una sala llena de luz. Ocho miembros, todos serios, muchos con traje gris. Martín expuso planos y proyectos; Carmen explicó estructuras; Javier mostró versiones digitales.
Entonces Martín dijo:
Queremos mostrar también dibujos. Visiones de cómo creemos que funcionará el parque.
Fue desplegando los dibujos de Consuelo. Sin palabras, una a una.
Silencio.
Un hombre mayor, cejas pobladas, se detuvo largo rato en el remozo de la avenida.
¿Esto son dibujos? ¿No fotos?
Dibujos, hechos en la ribera.
Son vivos musitó el hombre, más para sí.
Las preguntas fueron técnicas. Plazos, presupuestos. Martín respondió todo. Consuelo no habló más, pero cuando una de las miembros, una señora elegante, le pidió quedarse con el dibujo de la abuela y las palomas, no pudo evitar sonreír.
El fallo fue inmediato: proyecto aprobado. Con algunas observaciones menores que Martín aceptó.
Corrieron al pasillo. Carmen saludó a Martín, luego a Consuelo. Javier sonrió y dijo bien. Don Aurelio no vino, pero mandó un ¡enhorabuena!
Martín fue el último en acercarse a Consuelo. Estaban junto a la ventana; fuera, ya era primavera, los árboles verdes, la gente sin abrigo.
Pues ya está dijo él.
Ya está contestó ella.
¿Vamos a la ribera?
¿Ahora?
Ahora, quiero verla tras todo esto.
Fueron andando. Madrid vibraba con sol y el rumor de la gente. Olor a tilos, asfalto caliente. Martín iba a su lado, sin prisa. Consuelo, el cuaderno bajo el brazo, ya por costumbre.
La ribera los recibió con sol y viento. El río lucía brillante. En los bancos, gente, alguna paseando al perro. El terreno del parque aún era gris y pobre, dos árboles. Pero ya era distinto: Consuelo lo había dibujado veinte veces y ahora lo sentía suyo.
Se detuvieron junto al agua. El aire fresco la hizo abrocharse el abrigo.
Va a ser un buen lugar dijo ella.
Lo será asintió Martín.
Se quedaron allí. Pasó una madre joven con carrito, hablando por teléfono.
Consuelo dijo Martín.
¿Qué?
Miraba el agua, no a ella.
He vivido rodeado de gente y trabajo, pero en el fondo, vacío. ¿Lo entiendes?
Sí.
En este tiempo, después de tanto, me ha vuelto a apetecer venir por las mañanas. No a trabajar, sólo venir.
Consuelo miró el río. Corría pausado, indiferente a los problemas de otros.
Dijiste que a Julia no le gustaban los ríos, muy lentos.
Sí.
A mí sí. Desde niña me gustaba lo lento.
Él la miró. Consuelo sintió ese mirar sincero, profundo.
Me alegro de que salieras de la cocina.
Yo también. Aunque entonces sólo pensé que te estabas ahogando.
Justo por eso.
Tardó en captar que no hablaba sólo de aquel día. Sino también de este cambio.
Martín…
Sí.
No soy buena en estas cosas.
Yo tampoco.
Bueno, así estamos a la par.
Martín rió, por primera vez en todo el tiempo. Una risa suave, cálida.
Consuelo…
¿Qué?
¿Querrías cenar conmigo? No en el Imperio. En otro sitio digno.
En el Imperio se come bien.
Pero me da apuro mirar a Celia después de aquella noche.
Consuelo imaginó la cara de Celia y asintió:
Tienes razón.
¿Entonces quieres?
Abrió el cuaderno, buscó una página limpia, miró el río, los árboles, la gente en el banco, empezó a dibujar.
Quiero dijo, sin levantar la vista.
Él no añadió nada. Solo se puso a su lado.
Hoy, mientras escribo esto en mi diario y repaso aquel cuaderno que ahora vuelvo a llenar, siento que el sentido no está en volver al pasado ni en borrar lo que fui: basta con salir de la cocina y reconocer de nuevo la vida cuando te llama. Aprendí que, aunque la corriente sea lenta y parezca que nada ocurre, basta atreverse a cruzar la puerta; tras ella, a veces, la vida te espera.





