Vals en el hospital Relato
– ¿Cómo estás, Sofi? – Aquí estoy… viva, supongo. – Suenas muy poco convencida. – Ay, Vero, esto está pesado. No estaba preparada. – Dime qué necesitas. – Nada. – ¿Ya vino Marisa? – No, ya sabes… no estoy para eso. Tengo mucho sueño. Si hace falta, yo te llamo.
A Sofía acababan de llevarla de la sala de reanimación a su habitación. La habían operado esa misma mañana.
Miraba por la ventana, donde las ramas desnudas de un fresno llegaban apenas hasta la mitad del vidrio, como si intentara acercarse a ellas. Tercer piso. En el cristal brillaba una fina capa de humedad fría. Más allá del árbol, el cielo gris y, abajo, la ciudad con sus calles aún húmedas del invierno, el ruido de los autos y el ajetreo de la gente.
Esa pared del hospital dividía la vida en dos: afuera estaba la vida, adentro estaba el miedo de perderla. Y la vida de Sofía también se había partido en dos: antes de la enfermedad y después.
Cuando escuchó el diagnóstico, se quedó congelada. ¿Un error? ¡Esto no puede ser sobre mí! Salió del consultorio siendo otra persona. No, no estaban hablando de ella.
Se sentó, revisó los papeles y no lograba entender qué debía hacer a continuación. Ni siquiera podía levantarse. El miedo la había humillado, aplastado y cubierto de lodo.
El médico era bueno, nadie la había tratado mal en la clínica, pero después del diagnóstico su vida se dividió para siempre.
Dicen que en la desgracia uno descubre su fuerza. Mentira. La desgracia te arranca la fuerza de un solo golpe. Ni siquiera le quedaban fuerzas para contener las lágrimas.
Regresó a casa desorientada, mirando a todos como si fuera culpable de algo. El miedo no la dejaba dormir: se escondía en los rincones de su departamento y salía por las noches para quedarse hasta el amanecer.
En la escuela notaron su cambio: la mirada apagada, el rostro triste. Pero ella guardaba silencio. Nadie quiere cargar con el dolor ajeno.
Cuando pidió la incapacidad, solo dijo que posiblemente tendría que operarse del intestino. Nada más. Ni una palabra sobre la verdadera enfermedad.
Los pensamientos giraban en círculo: ¿y si…? ¿y si…?
El médico la animaba, le decía que el peor aliado de la enfermedad era la tristeza del paciente. Pero Sofía se hundió en esa tristeza hasta el fondo.
Y siempre la misma pregunta: ¿por qué a mí? Si había vivido correctamente, con honestidad, trabajando como una mula.
Poco a poco fue entendiendo que no tenía a nadie con quien desahogarse. Absolutamente nadie. Su esposo prácticamente no existía, su mamá ya no estaba. ¿Las amigas?
Se imaginaba los gritos de alarma de Alicia: se pondría nerviosa, le daría mil consejos y contaría la noticia a todo el mundo. Le encantaban las noticias, sobre todo las ajenas y dolorosas.
¿Natalia? Solo eran compañeras de trabajo. Se habían acercado últimamente, pero solo por temas escolares. Nunca habían ido a la casa de la otra.
¿Olga? Olga ya estaba muy enferma del corazón. Sus llamadas solo irritaban a Sofía: siempre hablaba de médicos y medicamentos, quejándose sin parar. Ahora ella se uniría al coro.
¿Contárselo a la directora, la maestra Ana Eugenia? Ella había pasado por algo parecido. ¿Y quién la apoyó? Solo murmuraban a sus espaldas. Nadie quiso compartir su dolor. Aunque ella sí tenía familia numerosa y dinero. Se operó en la Ciudad de México.
¿Y Sofía? No tenía nada. Ni familia cercana. Hacía años que no mantenía contacto con sus parientes de un pueblo cerca de Guadalajara. Se justificaba diciendo que no era necesario, que vivían lejos.
Ella llevaba mucho tiempo en Guadalajara, trabajando como maestra en un prestigioso colegio. El departamento lo había comprado su difunta madre al vender la casa de la abuela. Tenía un trabajo decente y una hija…
Su hija…
Su hija le había dicho cosas que prefería no recordar. Después de esas palabras, cualquier apoyo de ella era impensable.
– Una madre de verdad es la que te da una buena vida. Y yo… – la hija recogía sus cosas mientras hablaba – yo ni siquiera tenía un celular decente. Chuyita se fue a estudiar a la Ciudad de México. ¿Sabes por qué? Porque tiene dinero. ¡Y nosotros nunca lo tuvimos! Todas esas pláticas tuyas sobre cultura, sobre desarrollo, los viajes al teatro y los museos… ¡son puras tonterías! Eso no sirve para nada en la vida, mamá. ¡Para nada! ¿Por qué, si yo pasé por todo eso, si puedo distinguir a Chaikovski de Strauss y a Dumas de Dostoievski, no puedo vivir como esa gente a la que todo le vale madres?
Sofía se quedó callada. Un nudo de rabia y tristeza le subió a la garganta.
– ¿Y qué querías que hiciera? Estaba sola… y mi sueldo, ya sabes…
– Antes de tener hijos hay que pensar cómo vas a mantenerlos. Eso es lo que yo voy a hacer. ¡Y no se te ocurra ponerme trabas!
La hija dio un portazo y se fue. Abandonó la universidad y se marchó.
– Así es, Natalia… siempre fui una mala madre.
– No digas eso. Se le pasará. La presionaste mucho con la universidad y explotó. Déjala que trabaje, ¿qué tiene de malo?
– Se fue con ese tal Igor. Se van a vivir a León. Les ofrecieron trabajo… Ay, Dios, Natalia, apenas tiene diecinueve años.
– Mi consejo es que te tranquilices. Que pruebe un poco la vida real.
– Lo que más duele… es que yo le entregué toda mi vida. Toda…
Ahora, acostada en la cama del hospital, Sofía recordaba todo.
¿Cómo era posible que hubiera quedado prácticamente sola con su enfermedad? No todos terminaban así.
Recordaba el torbellino de trámites antes de la operación. En el hospital público había lista de espera. Decían que era urgente… y luego pedían que esperara.
Por suerte recordó a su prima lejana Verónica, con quien jugaba de niña en el rancho de la abuela. Le dijeron que trabajaba como enfermera en Guadalajara. Buscó su número y la llamó.
– ¡Qué sorpresa! ¿Por qué no habías hablado antes? Aquí no te atienden, pero tengo conocidos en oncología. Te llamo después.
Clara, directa y efectiva. Sin dramas ni lamentos.
Poco después volvió a llamar. Le pidió que recogiera sus papeles y fuera a la clínica de oncología. Le dio el nombre exacto de la doctora.
La doctora, una mujer elegante de unos cincuenta años con cabello hermoso y un perfume francés caro, recibió la noticia del traslado con gesto agrio.
– Entiendo. Entonces te cierro la incapacidad. No veo razones para prolongarla. Los medicamentos que te di deberían haber ayudado – dijo la doctora del primer hospital.
– No ayudaron. ¿Qué trabajo puedo hacer, doctora? Apenas pude llegar hasta aquí.
– Bueno… ya no soy yo quien te atiende.
Todo parecía un sueño. Corría de un lado a otro haciendo análisis.
Y siempre la misma preocupación: el dinero. Apenas tenía. Había ayudado mucho a su hija y sus ahorros eran casi inexistentes.
Pidió un préstamo con la tarjeta de crédito…
Después de eso la enfermedad la agotaba y le nublaba la mente. ¿Y si no se recuperaba? ¿Cómo iba a pagar esa deuda?
Llegaba a casa arrastrándose. En su interior solo había vacío. La única que la apoyaba era Verónica. A nadie más le había contado. Solo a ella se atrevió a contarle todo.
Finalmente la internaron. Día tras día: análisis, médicos, enfermeras, rayos X, espera interminable… hasta que le dieron la “pastilla mágica” que la dejó tranquila y cómoda.
Luego llegó el quirófano. Todo brillaba de limpieza, pero hacía un frío terrible, los dientes le castañeteaban.
– Ahora te voy a calentar – dijo el anestesiólogo con una sonrisa burlona.
Le pusieron medias, un gorro blanco, le quitaron los aretes de oro y la taparon con una sábana. Un minuto después el techo del quirófano con su enorme lámpara brillante empezó a girar en sentido contrario a las manecillas del reloj y desapareció en la nada.
Después despertó. Vio el rostro de una enfermera con cubrebocas que le hablaba. No entendía qué decía.
Poco a poco volvió la conciencia, y con ella una inmensa, incontrolable lástima por sí misma, la sensación de impotencia, inutilidad y miedo a lo que vendría.
¿Quién era ella? Una mujer desnuda y desvalida bajo una sábana, rodeada de enfermeras sanas y llenas de energía. Solo una señora enferma a la que le habían cortado algo.
Miró por la ventana. Ya no podía ser como la gente del otro lado: caminar por la ciudad sin pensar en la enfermedad. Ahora ella estaba de este lado.
Se quedó dormida. Al despertar por la tarde, vio a una ancianita pequeñita inclinada sobre su cama.
– ¿Cómo estás, mijita? – Mal – respondió con sinceridad.
Le dolía la cabeza, el cuerpo le pesaba y el catéter le molestaba mucho.
– Aguanta un poquito. La operación salió bien, dijo el cirujano. Tienes suerte.
En ese momento le sonó a burla.
– Sí, qué suerte la mía…
– ¿Quieres agua tibia? Me dijeron que sí puedes.
– Sí, por favor – de pronto Sofía sintió una sed terrible.
Las manos arrugadas y llenas de manchas le acercaron un vaso con popote.
– Me llamo Julia Samsón. Estoy en esa cama de allá. Si necesitas algo, avísame.
La noche fue larga y dolorosa. La ancianita gemía bajito.
Y otra vez los pensamientos sobre su hija… y las lágrimas. Cómo deseaba que Marisa estuviera ahí, que la abrazara… Pero su hija ni siquiera sabía que estaba enferma.
El orgullo no le había permitido contarle. Varias veces en casa tomó el teléfono, pero recordaba las palabras frías de su hija y lo dejaba.
Se había casado muy joven, todavía en la normal. Conoció a un guapo y orgulloso hombre llamado Andrés en un baile del pueblo. Él había llegado a trabajar en una construcción. La trató como ningún muchacho local lo había hecho. La llevó a conocer a su familia y la recibieron bien.
Se casaron y rentaron un departamento en Guadalajara. Ella estudiaba, él trabajaba. Esa etapa fue la más feliz de su vida.
Cuando terminó el trabajo, él quiso llevarla a su tierra. Ahí nació Marisa.
Sofía nunca se adaptó a su suegra ni a las costumbres de esa familia. No soportaba vivir prácticamente sin su marido, pero rodeada de su suegra y dos cuñadas, siendo la más joven y teniendo que obedecer a todas.
Tomó a su hija y regresó con su mamá. Su marido ni siquiera intentó recuperarla.
Poco después murió su madre y se quedaron solas Marisa y ella.
Por la mañana le quitaron el catéter y la enfermera la ayudó a ponerse la bata.
Dios mío, solo una bata y ya se sentía más persona.
La mañana hospitalaria transcurría con su ritmo lento. Esperaron mucho al médico. Con ella estuvo poco tiempo: las heridas todavía estaban cubiertas, solo prolongó algunos tratamientos.
En cambio, con doña Julia se quedó más rato. Hasta se sentó en la cama.
– ¿Te duele? – No, doctor, gracias. No me duele nada.
Sofía se molestó: a ella le había dicho “aguanta un poco”, y a la ancianita le hablaba con cariño.
– ¿De verdad no te duele nada, doña Julia? – Es que la espalda siempre me ha dolido, ya ni le hago caso. Me agacho y sigo caminando.
– Ya me había dado cuenta.
– Usted se ve pálido hoy, doctor. ¿No durmió? – Sí, tuve una emergencia anoche.
– ¡Ay, qué barbaridad! – se quejó la ancianita–. ¿Cómo es posible que no dejen dormir a la gente?
– ¿Quieres algo rico? – preguntó la enfermera Rita.
– Nada, Ritita, nada.
– Dime, o me voy a enojar.
– Unos elotes con crema… me encantan los elotes.
– Te los traigo. Hoy mismo me escapo un rato.
– Dios te bendiga, doctor Ignacio, y a ti también, Ritita. ¡Dios te bendiga!
A Sofía le dio envidia. A ella apenas la miraron de paso, pero a la ancianita hasta le iban a traer elotes. Y de pronto ella también quiso elotes. Pero nadie se los traería. Ni siquiera podía comerlos todavía.
Y de pura lástima por sí misma, se le salieron las lágrimas.
– Llora, llora, mijita. Con las lágrimas se va la enfermedad. Pero no la regañes. Gracias a las enfermedades aprendemos el valor de la salud – dijo la ancianita inclinándose sobre ella–. ¿Ves las florecitas del fresno desde aquí?
– ¡Ay, Dios! ¿Qué florecitas? – sollozó Sofía, apartando la mirada.
– Las de los fresnos, Sofi. Es temprano todavía. Significa que vendrán fresnos nuevos. Todo vuelve.
– ¡Déjeme en paz! – gritó Sofía, sintiéndose mal y molesta por hablar de florecitas.
Por la tarde llegó Verónica con el caldo prometido.
Apenas reconoció a su prima. Solo habían hablado por teléfono; no se veían desde la infancia. Conservaba cierto aire provinciano, pero era increíblemente activa. Ya había hablado con el médico y revisado los resultados.
– Sofi, todo salió bien. Llama a tu hija, a tus amigas. ¿Por qué no lo haces?
– Todavía no puedo, Vero. La escuela… y tengo miedo de lo que vayan a decir.
– No tengas miedo. La enfermedad es la prueba más sincera de quiénes son tus verdaderos amigos y familiares.
– ¡Que se vaya al diablo esta enfermedad! ¿Por qué a mí?
– Dios sabe por qué, Sofi. No maldigas la enfermedad. La llaman “la escuela de la humildad” y el mejor médico es el tiempo. Mejora pronto.
Pasaron los días de recuperación: caminar de la cabecera a los pies de la cama, de la cama a la ventana, al baño, al puesto de enfermeras…
Doña Julia siempre estaba cerca, como si pudiera sostenerla si se caía. De día estaba animada, pero por las noches gemía bajito.
Llegó otra paciente a la habitación. Por la noche se agitaba y gritaba. Sofía se molestaba, pero doña Julia se levantaba a calmarla.
En el patio, contra un cielo azul intenso, se veían las florecitas del fresno.
– Qué temprano – comentó incluso la enfermera experta Rita.
– Yo también lo digo – asintió doña Julia desde su cama–. No es casualidad.
– ¿Por qué no sería casualidad, doña Julia?
– Así nomás – respondió la ancianita quitándole importancia.
Unos días después llevaron a doña Julia en silla de ruedas al banco. Sofía se enteró de su historia y se quedó impresionada.
Doña Julia Samsón era una mujer sola que vivía en un asilo. La habían engañado y le quitaron su modesta casita. Estaba gravemente enferma. Cuando llegó ya era tarde para operar, pero no la regresaron al asilo porque necesitaba cuidados. El personal sospechaba que ocultaba el dolor, que se aguantaba como un soldadito de plomo para no molestar a nadie.
Doña Julia pagaba la hospitalidad con bondad: cuidaba a los pacientes que no podían valerse por sí mismos. Ahora la enfermedad avanzaba y la había postrado.
Empezaron a visitarla pacientes de otras habitaciones.
– ¿Puedo pasar a ver a doñita Julia?
Un señor de unos sesenta y cinco años, elegante, con pijama azul oscuro, era el que más iba.
– Julia, te traje un helado de paleta. ¿Quieres?
– Sí, Miguelito. Solo la mitad…
Por las noches Sofía se sentaba junto a su cama. Y seguía siendo doña Julia quien consolaba a Sofía.
– No te angusties, Sofi. Mira qué bonita está la primavera este año. Seguro es para que nosotras estemos bien. Tu enfermedad se va a ir. Y tu hija va a volver. Eres su mamá.
– ¿Usted no tuvo hijos, doña Julia?
– No – suspiró–. Ese fue mi único mal de suerte en la vida. De joven me caí al agua helada patinando. Estuve mucho rato bajo el hielo. Me enfrié mucho. Pero en todo lo demás tuve suerte. Mi marido era un hombre maravilloso. Lo extraño tanto… Siempre me encontré con gente buena. Muy buena. Soy una mujer con suerte…
– Pues sí… ¿Y lo de su casa? Dicen que la engañaron.
– No, mijita. Yo se la di. Ahora ahí vive una familia con un niño pequeño. Que les aproveche. A mí me encantaba el asilo. Había tanta gente buena… Muchos ya se murieron: Zenaida, Pedro, nuestro Rusito… El personal era excelente. Nos llevaban conciertos, hasta escritores venían… Y aquí también tuve suerte: el doctor Ignacio, Rita, Luz, Miguelito, tú… Te lo digo: soy una mujer con suerte.
Algo empezó a cambiar en el corazón de Sofía. Una revolución silenciosa. La envidia y el enojo hacia la gente que caminaba afuera, feliz y despreocupada, comenzó a desaparecer. En su lugar nació la gratitud.
¿Gratitud por qué? Era difícil explicarlo. Por haber conocido a doña Julia, por la prueba, por su destino, por el camino recorrido. Y por la primavera, por esas florecitas tempranas del fresno que se veían desde la ventana.
Trasladaron a doña Julia a una habitación individual. La pusieron en una cama japonesa con colchón suave. Ella bromeaba diciendo que se sentía como si estuviera en las olas del mar.
Pero pronto la regresaron a la habitación compartida. No solo porque ella extrañaba, sino porque todos ya no se imaginaban el lugar sin ella.
– ¿Ya crecieron las florecitas del fresno?
– Sí, ya están grandes.
– No las veo bien. Es que mi Sergio me está llamando.
– ¿Quién?
– Mi esposo, Sergio. Me llama con las florecitas. Es marzo… y él siempre me saludaba así – giró la cabeza. El pañuelo blanco se deslizó, dejando ver su orejita y una vena palpitante en la sien.
Siempre había alguien sentado junto a su cama. El que más iba era Miguel.
Los problemas de Sofía no habían desaparecido, pero se habían alejado. Los procedimientos se volvieron rutina. Las quejas desaparecieron. Solo quería vivir.
– ¿Cantamos nuestra canción? – propuso Miguel a doña Julia.
De pronto Sofía escuchó una melodía conocida desde la infancia. Su mamá la cantaba y le encantaba. Ella la había olvidado por completo.
– ¿Qué pasa en el mundo? – cantaba Miguel. – Pues que es invierno. – ¿Solo invierno, crees tú? – Sí, eso creo. Yo también, como puedo, voy dejando huellas en las casas que duermen desde temprano…
Doña Julia conocía la canción. Susurraba las últimas palabras, pero ya no tenía fuerzas para cantar.
– ¿Y después de todo esto qué vendrá? – preguntó Miguel. – Vendrá abril. – ¿Crees que vendrá abril? – Sí, lo creo.
Sofía se unió desde atrás de Miguel.
– Yo ya llevo mucho leyendo este libro blanco, este viejo abecedario con dibujos de tormenta.
Doña Julia cerró los ojos y murmuró algo.
– ¿Qué dijo? – preguntó Miguel inclinándose.
– … Con Sergio… bailábamos… – susurró, y se durmió.
Sofía le acomodó el pañuelo.
– ¿Qué dijo? – preguntó.
– Creo que nos pidió que bailáramos. Ella y su marido bailaban con esta canción. Por eso le gusta tanto.
Sofía sonrió y se tocó el vientre. ¿Bailar? Imposible…
Por las noches se llevaban a doña Julia a una habitación individual para mantenerla con vida. Pero ahora las palabras y la melodía de la canción daban vueltas en la cabeza de Sofía. Ya no sentía la enfermedad. Solo sentía vida. Algo bueno. Solo faltaba un paso y todo estaría bien.
Y ese paso lo dio. Por la mañana llamó a su hija.
– Marisa, estoy en el hospital. En oncología. Ya me operaron. – ¿Qué? ¡Mamá! ¡Mami! ¡Dios mío! ¿Por qué no me dijiste? – No sé, hija. Nos peleamos y… – Perdóname, mamá, ¿sí? – No, hija, perdóname tú… – ¡Perdóname por todo! Voy para allá ahora mismo. ¿En qué hospital estás? No te desconectes, ¿eh? ¡Ya voy!
También llamó a Natalia, quien llegó esa misma tarde. Ya no quería ocultar nada. Ya no tenía sentido.
– Oye, ¿por qué el fresno ya tiene florecitas? En la ciudad todavía hace fresco.
– Es un saludo de Sergio a su mujer favorita – dijo Sofía en voz alta.
Doña Julia, con los ojos cerrados, sonreía.
Sofía también llamó a Verónica para agradecerle y lloró. Pidió el teléfono de una tía del pueblo. Se había portado con soberbia. Cuando se recuperara, iría a visitarla.
– Doña Julia – entró Rita–, mi querida, ¿cómo sigue?
– Muy bien. Solo que ya casi no veo. Apenas te distingo, Ritita – susurró.
– ¿Qué hacemos con el dinero? Hay que decidir. Está en la caja fuerte. Te lo digo con honestidad: hay suficiente para el entierro y sobra algo.
– Quédate con lo que quieras, Ritita. O repártelo entre gente buena – suspiró–. Compra lo que haga falta para el hospital.
– No puedo, mi vida. No está permitido. Pensemos a quién dárselo.
Doña Julia movió los ojos sin ver.
– ¿Repartirlo? Está bien. Entonces a Miguel cien mil, a Sofi cien mil, a ti cien mil, a Luz, a Nadia…
Rita tuvo que detenerla. Decidieron dar a tres personas. Sofía entre ellas. Lo demás sería para el entierro y la lápida.
Ese dinero le alcanzaría a Sofía para pagar la tarjeta de crédito que había dejado en cero antes de la operación.
Por la noche Sofía se sentó junto a la ancianita.
– Mi hija viene mañana, doña Julia. Llega por la tarde.
– ¡Qué bueno, Sofi!
– Estoy aquí contigo. No tengas miedo.
– No tengo miedo – sonrió–. Ya te dije que soy una mujer con suerte.
Esa noche doña Julia Samsón falleció. A su lado estaba la enfermera Rita. Dijo que se fue con una sonrisa en los labios.
Se fue con su Sergio.
Todos quedaron conmocionados. Tanto el personal como los pacientes tenían lágrimas en los ojos. Doña Julia se había ganado el cariño de todos.
Sofía salió al pasillo secándose una lágrima. Esperaba a la laboratorista. Junto a la ventana estaba Miguel de espaldas. Tenía la mano en la cara y los hombros le temblaban. No podía controlarse.
Se acercó por detrás.
¿Qué se le dice en un momento así? Es difícil encontrar palabras. Doña Julia era una desconocida, pero se había metido en el corazón de todos.
De pronto le salieron las palabras. Se acercó mucho y le dijo suavemente:
– ¿Qué pasará después de todo esto?
Él se dio la vuelta, sorbió la nariz y, con voz ronca, respondió:
– Vendrá abril.
– ¿Estás seguro de que vendrá abril? – preguntó Sofía mirando por la ventana.
– Sí, estoy seguro. Ya escuché ese rumor y lo comprobé yo mismo… Como si hoy en el bosque hubiera sonado una flauta.
– ¿Y qué se deduce de eso? – sonrió Sofía, ladeando la cabeza.
– ¿Que hay que vivir? – preguntó él.
– Hay que coser vestidos y faldas ligeras de percal – cantó ella, moviendo la mano.
– ¿Crees que todo eso se usará? – preguntó Miguel con un suspiro profundo.
– Creo que hay que coserlo – respondieron a coro, uniéndose la laboratorista.
Y ya cantaban los tres:
– Hay que coser, porque por más que la tormenta gire, su dominio y su castigo no duran para siempre. Así que permíteme, señora, en honor al baile de año nuevo, ofrecerte mi mano para bailar.
Y de pronto Miguel extendió galantemente la mano.
Doña Julia les había pedido que bailaran.
Sofía se sintió feliz, a pesar de todo. Cantaban y, tomados de las manos, se mecían al ritmo del vals.
La melodía llenó el pasillo. Una enfermera joven encontró la canción en su teléfono y la puso a todo volumen. Las suaves voces de Sergio y Tatiana Nikitin inundaron el lugar.
Ya no solo se mecían. Se formaron más parejas. Algunos pacientes salieron de sus habitaciones. Quienes podían, bailaban. Quienes no, solo se mecían o dirigían con las manos.
El pasillo del departamento de oncología, rompiendo todas las reglas hospitalarias, se convirtió en una pista de baile.
Y afuera, la primavera también giraba: abría las yemas de los árboles, vestía la tierra de hierba, sembraba flores en los campos y regalaba una vuelta más de vida a quienes debían vivir, amar y sentir.
Regalaba esa vuelta a todos nosotros.
Y…
— Un, dos, tres… Un, dos, tres… Un, dos, tres… Un, dos, tres…






