En el trabajo todo era un caos. Todo el mundo le pedía cosas, y para colmo su jefe acababa de encargarle otra tarea urgente. Y justo en el peor momento sonó el teléfono. Lucía estuvo a punto de rechazar la llamada, pero vio que era su hijo y contestó.
—¿Qué pasa? Habla rápido, no tengo tiempo —dijo con impaciencia.
—Mamá, te han llamado del instituto —respondió su hijo con la voz apagada.
—¿Y ahora qué has hecho? Diego, ¿cuándo vas a madurar de una vez?
—Entonces, ¿vas a venir? —preguntó él—. La tutora quiere verte a las cinco.
—¿Hoy? —exclamó Lucía—. Justo hoy me viene fatal… Bueno, de acuerdo.
Miró el reloj: eran las cuatro y media. Si dejaba media hora para llegar al instituto, todavía tenía algo de margen… ¡Maldición! En una hora no le daría tiempo a terminar todo. Despachó a toda prisa los asuntos más pequeños, soltó un suspiro y fue a hablar con su jefe.
Le explicó que la habían citado en el instituto y prometió que tendría todo el trabajo listo a la mañana siguiente. Su jefe frunció el ceño, molesto, pero la dejó marcharse. Al fin y al cabo, él también tenía dos hijos. Claro que de ellos se encargaba su mujer; Lucía, en cambio, no tenía una esposa en quien apoyarse, sino un marido con el que nunca podía contar de verdad. Un día se olvidaba, otro le surgía una reunión urgente, y así siempre. En cuatro años de estudios de su hijo, Javier no había asistido ni una sola vez a una reunión de padres. Todo recaía sobre ella.
Lucía y Javier habían estudiado en clases paralelas, pero hasta los dieciséis años apenas se habían fijado el uno en el otro. Luego reorganizaron los cursos y terminaron en la misma aula. Un día, durante una clase, Lucía sintió una extraña incomodidad, se volvió y se encontró con la mirada de Javier. Él estaba sentado en la fila de al lado, a unas cuantas mesas de distancia. Y de pronto todo desapareció a su alrededor. La profesora le llamó la atención. Hasta el final de la clase procuró no volver a girarse, aunque le costó muchísimo. Después vino el primer beso… “Primer beso, primera tormenta, primer ‘te quiero’, primer ‘no se puede’”, como decía aquella canción que sonaba tanto en la radio.
Después del instituto estudiaron carreras distintas. Javier salía con una chica de su facultad, Lucía tampoco estaba sola. Se cruzaban de vez en cuando y se saludaban con prisas…
Tres años después se encontraron por casualidad en un centro comercial, pocos días antes de Navidad, y desde entonces ya no volvieron a separarse. Un año después de terminar la universidad se casaron. Los primeros años de matrimonio fueron los más felices. Luego nació Diego y se les vino encima la avalancha de responsabilidades. Lucía terminaba tan agotada cada día que se dormía nada más apoyar la cabeza en la almohada. Javier se sentía desplazado, empezaron las discusiones.
Lucía no quiso quedarse en casa hasta que su hijo cumpliera tres años; volvió a trabajar antes, y su suegra la reprendía por eso, llamándola mala madre. Su propia madre cuidó del niño un tiempo, y después Diego empezó la guardería.
Lucía llegaba de trabajar y se ocupaba de todo en casa, mientras Javier se sentaba con el portátil, o delante del televisor, o se tumbaba en el sofá mirando el móvil. Si ella le pedía ayuda, él ponía una cara resignada y soltaba un suspiro teatral.
—Revisa los deberes de Diego —le decía Lucía.
—¿Qué quieres, criar a un inútil? ¿Hasta bachillerato vas a seguir haciéndoselos tú? Ya es mayor, que se apañe solo —respondía él sin apartar la vista del teléfono.
—No te estoy pidiendo que se los hagas, solo que mires si los ha hecho bien…
La respuesta era el silencio.
Así vivían: acumulando insatisfacción, rencores y reproches.
—¿De qué te quejas? Otras mujeres también pueden con todo. Las tareas de casa no son cosa de hombres. Él trae dinero a casa. No sale por ahí, no bebe, ¿qué más quieres? —le decía su suegra cuando Lucía trataba de desahogarse.
¿Acaso ella no trabajaba también? ¿No ganaba casi lo mismo que su marido? Un día Lucía no pudo más. Venía de una jornada horrible, estaba agotada, de mal humor, y terminó soltándole todo a Javier:
—No soy tu criada. ¿Para qué quiero un marido que llega a casa, come y se tira en el sofá con el móvil? Yo también trabajo. Yo también vuelvo cansada y, aun así, me ocupo de todo. Tengo que preparar la cena, fregar los platos, pasar la aspiradora, limpiar el suelo porque ha llovido y si no recogemos el barro de la entrada lo dejamos por toda la casa. Además, hay que revisar los deberes del niño, ir a las reuniones del instituto, no olvidarme de plancharte una camisa. De camino a casa tengo que pasar por el supermercado y cargar con bolsas pesadísimas, y por la mañana sacar la basura antes de irme al trabajo. ¿Sigo?
Y luego está tu querida madre, que siempre pobrecito mi niño, como si te hubiera tocado una mujer terrible porque no quiero quedarme encerrada en casa y además me atrevo a decir que su hijo no ayuda en nada. ¡Estoy harta! ¡Se acabó! O compartimos las responsabilidades de esta casa a medias o… —Lucía se detuvo un instante— te vuelves con tu madre.
Después de aquella pelea Javier estuvo dos semanas irreprochable. Sacaba la basura, iba a comprar, incluso llevó a Diego un par de veces a patinar al parque. Pero pasado ese tiempo todo volvió a ser como antes. El resentimiento de Lucía volvió a crecer y Javier se encerró de nuevo en su mutismo.
Tras otro gran enfrentamiento, él se ofendió y se fue a casa de su madre.
Todo aquello pasó por la mente de Lucía mientras iba camino del instituto. También se preguntaba qué habría hecho su hijo para que la citaran. Iba tan deprisa que un par de veces estuvo a punto de caerse al resbalar sobre el hielo. En las calles donde daba el sol, la nieve ya se había derretido, pero en las zonas de sombra todavía quedaban placas compactas y traicioneras. Y ella, para colmo, ya se había puesto unos botines ligeros de tacón.
En el instituto aún seguían las clases de la tarde. El repiqueteo apresurado de sus tacones en los pasillos medio vacíos sonaba como una ráfaga de disparos.
Se detuvo ante la puerta del aula de ciencias naturales. Su reloj marcaba las cinco menos cinco. Había llegado a tiempo. Soltó el aire y llamó.
—Adelante —respondió la voz clara de la tutora de Diego.
—Buenas tardes. —Lucía cerró la puerta a su espalda y se sentó en la primera mesa de la fila central.
—Qué bien que hayan venido los dos —dijo la profesora.
¿Los dos? Cuando Lucía entró, había visto de reojo que alguien estaba sentado junto a la ventana, en la segunda fila, pero no se había fijado. Ahora giró la cabeza bruscamente y se encontró con la mirada de Javier.
Antes, en clase, ocurría exactamente igual: ella sentía sus ojos sobre ella, se volvía, y el corazón se le llenaba de emoción y alegría. Pero ahora lo que sintió fue una irritación feroz. Nunca iba al instituto y precisamente hoy aparecía.
—Si quieren, pueden sentarse juntos. Será más cómodo para hablar —propuso la tutora.
Javier se cambió enseguida a la mesa de Lucía.
—¿Qué haces aquí? —le espetó ella en voz baja.
—Diego me dijo que estabas ocupada y me pidió que viniera yo —contestó él, inclinándose involuntariamente hacia su mujer.
Lucía no tuvo tiempo de responder. La tutora los interrumpió.
—Quizá puedan hablar luego y escucharme ahora.
Era muy joven, acababa de terminar la carrera, pero se esforzaba por parecer severa y profesional.
—Perdone —dijo Javier enderezándose.
Lucía también se sentó bien, con las manos juntas sobre la mesa, como una alumna ejemplar. Y en realidad eso era lo que había sido siempre en el colegio.
La profesora le devolvió a Javier una sonrisa.
“Le ha gustado”, pensó Lucía de inmediato. “Y cómo no. Es atractivo, alto, va bien vestido. No viene con una cazadora cualquiera, como tantos hombres, sino con ese abrigo negro…” No habría admitido ni ante sí misma que había sentido un pinchazo de celos. La tutora era joven y guapa.
Siempre que comparaba a otros hombres con su marido, Lucía terminaba pensando que Javier era más atractivo que todos. Si no hubieran estado casados, lo habría vuelto a elegir a él. Sacudió la cabeza para espantar aquellas ideas inoportunas y prestó atención.
La tutora, Alba Martínez, hablaba con vehemencia de Diego: que sus notas habían bajado a aprobados raspados, que varios profesores se quejaban de su actitud… Que podría sacar mucho más, pero no se esforzaba… Que entendía que estaba en una edad complicada, pero los problemas familiares agravaban sus dificultades con el estudio y con el comportamiento…
—Perdone, ¿qué problemas familiares? —no pudo evitar interrumpir Lucía.
—Diego me ha dicho que ustedes se están separando.
—¿Nos estamos separando? —exclamaron Lucía y Javier al mismo tiempo, mirando a la profesora.
—¿No es así? —preguntó Alba, poniéndose colorada—. Diego me dijo que ya no viven juntos. —Al decirlo miró a Javier.
—No nos estamos divorciando, simplemente nos hemos tomado un tiempo. Usted es muy joven. No tiene suficiente experiencia para hacer ciertas valoraciones ni para darnos consejos sobre algo así… —empezó Lucía.
—Perdone si me he excedido —contestó Alba, todavía más roja.
Lucía sentía cómo la irritación volvía a subirle por dentro. “¿Pero quién se cree esta niña? Menos mal que me he puesto los botines de tacón. Bien que se ha fijado en ellos cuando he entrado. Y sí, aunque te saque quince años, sigo teniendo mejor aspecto que tú, Alba. Y no se te ocurra babear por mi marido…”
—Pero Diego lo está pasando mal. Está más contestón… Ha cambiado mucho últimamente. Deberían prestarle atención, porque luego puede ser tarde. Ustedes están demasiado centrados en sus propios conflictos, en su relación… —le llegaron las palabras de la tutora.
—¿Cómo que centrados en nosotros? Yo paso todas las tardes con mi hijo… —dijo Lucía.
En ese momento Javier cubrió con la mano la de ella, y Lucía se quedó callada. El contacto la desarmó; perdió el hilo de lo que iba a decir.
—La culpa es mía —intervino Javier—, pero le prometo que hablaré con mi hijo como corresponde.
Mientras lo decía, apretó suavemente los dedos de Lucía.
—Está bien —respondió Alba bajando la vista. Luego volvió a alzarla hacia Javier.
—Hace poco Samuel, un amigo de Diego, rompió el cristal de una vitrina del aula. —Miró hacia la pared de enfrente, donde se alineaban los armarios con material escolar detrás de puertas acristaladas—. Pero Diego dijo que había sido él. —Y otra vez su mirada regresó al rostro de Javier—. El padre de Samuel es muy duro, incluso le pega… Lo que hizo su hijo le honra. Ojalá pusiera el mismo empeño en estudiar…
—Él no nos contó nada. ¿Hay que pagar el cristal? —preguntó Javier.
—No, ya lo arregló el conserje —respondió Alba con una sonrisa agradecida.
La joven profesora siguió hablando de algunas cosas más, pero Lucía ya no la escuchaba. Le preocupaba mucho más el hecho de que Javier seguía sujetándole la mano. Su palma estaba caliente, y aquella calidez la fue serenando. De pronto comprendió que todos sus agravios no tenían tanto peso como había creído, que había echado muchísimo de menos a su marido.
—Espero que me hayan entendido y que tomen cartas en el asunto…
Después de despedirse y prometer que hablarían con su hijo, Lucía y Javier salieron del instituto.
—Cuidado, resbala —le advirtió él en la calle, ofreciéndole el brazo.
Lucía se agarró a él y, sin darse cuenta, se pegó un poco a su costado. Por alguna razón estaba segura de que la joven tutora los observaba desde una ventana del segundo piso.
—¿Cómo estás? ¿Te has quedado mal? —preguntó Javier.
—Estoy cansada. He venido corriendo y casi me caigo. Ya no estoy acostumbrada a los tacones después del invierno —admitió ella.
—Lucía, no puedo estar sin ti… sin vosotros, sin ti y sin Diego. —Javier se detuvo.
“Yo tampoco. Me siento fatal sin ti”, quiso gritarle ella. Pero en voz alta dijo algo muy distinto:
—¿Quieres venir a casa? Has dicho que ibas a hablar con Diego.
—Claro —respondió él, y siguieron caminando.
Cuando entraron en el piso, Diego salió corriendo de su habitación y se lanzó a los brazos de su padre.
—¡Papá!
Tal vez los había visto llegar por la ventana. Lucía los observaba y pensaba que había estado a punto de cometer el mayor error de su vida. Ya se veía preparada para el divorcio. Le parecía que su marido no participaba en nada, ni en la vida del hijo ni en la de la familia. Pero ahí estaba, y para Diego eso lo era todo. Su hijo nunca había dicho claramente que estaba sufriendo, nunca la había culpado de que su padre se hubiese marchado. Y, sin embargo, ahora Lucía comprendía cuánto había echado de menos Diego a su padre. Y cuánto lo había echado de menos ella también. Se mordió el labio para no echarse a llorar.
—Voy a preparar la cena —dijo con voz temblorosa.
Se sorprendió pensando que le resultaba agradable cocinar para su marido. Y qué felices brillaban los ojos de su hijo al mirarlos a los dos.
Después de cenar, Javier no se marchó a ninguna parte…
Para salvar un matrimonio a veces basta con que los dos lo deseen de verdad, basta con unas pocas palabras: “Te he echado de menos…”, “Voy a cambiar…”
“El divorcio es como una amputación: sigues vivo, pero eres menos.”
Margaret Atwood
“Mientras siga existiendo la pregunta: ‘¿Y si me divorcio?’, todavía no ha llegado el momento. Mientras haya dudas, hay que aferrarse a la relación con uñas y dientes. Pero no solo aferrarse, sino intentar reanimarla, rehabilitarla. Separarse de verdad hay que hacerlo cuando ya no interesa ni ayuda ningún consejo, cuando las piernas te sacan solas de allí y ya no miras atrás.”
Alejandro E. Kolmanovski





