Placa reluciente: cómo mantener tu vitrocerámica impecable

Placa reluciente

– Carmen. Ven aquí.

Sin por favor. Sin cuando termines. Simplemente ven aquí, como si llamase al perro.

Apoyé la fregona contra la pared y entré en la cocina. Javier estaba sentado a la mesa, enganchado al móvil. A su lado, en su sitio de siempre junto a la ventana, estaba sentada doña Pilar, su madre. Tomaba el té. Toda la casa olía a col cocida y a esos medicamentos que mi suegra tomaba a puñados desde por la mañana temprano hasta la noche.

– Dice mi madre que otra vez no has dejado bien la vitro, – dijo Javier, sin despegar la vista del móvil.

– La limpié ayer.

– Mal limpiada.

Doña Pilar apoyó la taza sobre el platillo, haciendo un leve ruido.

– Yo no estoy acostumbrada a la suciedad en casa, – dijo como quien enuncia un hecho natural. – En esta casa siempre hubo orden. Veinte años llevándola yo sola y nunca nada semejante.

Tenía ya cincuenta y tres años. Me quedé plantada en la cocina, con las manos mojadas y enfundada en guantes de goma, escuchando eso. Escuchándolo por enésima vez.

– Señala dónde está la suciedad, – dije. La limpiaré.

– Eso, que lo muestre, – interrumpió Javier. ¿O es que no lo ves? ¿Necesitas que te lo marque de rodillas?

Lo dijo casi en susurro. Sereno. Él siempre hablaba así: bajo, sin gritar, pero con ese tono que siempre alcanzaba donde más dolía.

Miré la placa de inducción. Brillaba. La había dejado reluciente la noche anterior, tras fregar media hora quitando las manchas del guiso. Estaba limpia.

Y ahí pasó algo.

No fue una explosión. Ni lágrimas. Simplemente miré la placa, luego a Javier con su móvil, después a doña Pilar y su taza, y dentro de mí quedó un silencio total, de los que preceden a lo irremediable.

Me quité los guantes. Los dejé en la mesa.

– Llevo veintiocho años escuchando esto, – dije. Basta.

Javier levantó los ojos del móvil. Doña Pilar se quedó paralizada con la taza.

– ¿Qué has dicho? preguntó Javier.

– He dicho que basta.

Salí de la cocina. Fui al dormitorio, saqué una bolsa grande del supermercado y empecé a meter cosas. No muchas. Documentos, un par de jerséis, mudas, el cargador del móvil. Me sorprendí de que no me temblasen las manos. Estaba completamente tranquila, como la gente que por fin toma una decisión muy antigua.

Del fondo de la casa llegaban voces. Bajitas primero, luego más fuertes.

– Javier, ¿no me oyes? ¡Ve y párala!

– Si te importa, ve tú.

Me abroché la chaqueta, cogí la bolsa y salí al pasillo. Me calcé. Abrí la puerta.

– ¡Carmen! gritó doña Pilar desde la cocina. ¿Tienes idea de lo que haces? ¿A dónde vas a ir? ¡No eres nadie sin él! ¡Nadie!

Cerré la puerta. Sin portazos.

En la escalera olía a la arena del gato de los vecinos del tercero, y a pintura de la puerta del portal. Bajé y salí a la calle. Era octubre, frío y húmedo, las hojas formaban una capa pegajosa sobre el asfalto. Me detuve delante del portal y saqué el móvil.

Sonia contestó al segundo tono.

– Sonia, – dije. – Me he ido.

Pausa.

– ¿De dónde te has ido?

– De casa de Javier. Para siempre. No tengo dónde dormir.

El silencio duró tres segundos. Luego Sonia respondió:

– ¿Recuerdas mi dirección? En veinte minutos estoy en casa. Espera en la entrada, te doy el código del portal.

***

Sonia vivía en un piso pequeño de la calle Mayor. Pequeño pero suyo, comprado con sus ahorros de siete años trabajando de recepcionista en un hotel, ahorrando cada euro. El piso estaba lleno de estanterías, macetas, imanes de ciudades colgando en la cocina. Olía a café y a canela, algo dulzón.

Me senté en el sofá con una taza de té bien caliente entre las manos. Sonia, sentada frente a mí, las piernas recogidas, me miraba sin interrumpir.

– Cuéntame, dijo.

– No hay mucho que contar, – respondí. Lo de siempre. La placa sucia. La sopa sosa. El suelo mal fregado. Y siempre esa mirada, como si yo fuese una cosa estropeada.

– Carmen, siempre fue así. ¿Y hoy, qué ha cambiado?

Lo pensé un momento.

– Hoy he mirado la placa y he entendido que si no me iba ahora, ya no me iría nunca. Que iba a morir ahí. Un día dejaría de levantarme, y dirían que es porque no me cuidé bien.

Sonia asintió. No dijo nada. Simplemente me sirvió más té.

Esa noche, tumbada en el sofá de Sonia bajo una manta cálida, descubrí el silencio verdadero. Sin tele de fondo. Sin la tos de doña Pilar. Nada que me hiciera sentir que tenía que saltar para hacer algo.

No dormí hasta las tres. No por ansiedad, sino porque nunca había estado así: allí, sin ningún deber a cuestas.

Acabé durmiéndome.

***

El móvil no sonó en dos días. Al tercero Javier mandó un mensaje: ¿Cuándo vuelves? Ni perdona. Ni un tenemos que hablar. Simplemente ¿cuándo vuelves?, como si estuviera de viaje de trabajo.

Lo leí y guardé el móvil.

– Bien hecho, dijo Sonia, a mi lado, al verme. No contestes. Que piense él.

– No tiene nada que pensar, – respondí. Está seguro de que volveré. Siempre lo ha estado. Que yo no tengo escapatoria.

– ¿Y la tienes?

Miré por la ventana. El patio de octubre, coches mojados, árboles pelados.

– La tengo, dije. Aunque aún no sé a dónde iré.

Las primeras semanas fueron extrañas. No sabía qué hacer. Toda la vida levantándome a las siete para preparar el desayuno, fregar, poner la lavadora, salir para comprar los medicamentos de doña Pilar, ir al súper, volver a cocinar, limpiar otra vez. Todo el día. Y siempre era poco y mal.

Ahora me despertaba y tenía el día vacío. Nada que hacer. Casi insoportable.

– Sonia, – le dije una mañana, cuando se iba al trabajo. Necesito hacer algo. Si no, me volveré loca.

– Busca trabajo.

– ¿De qué? Llevo veintiocho años en casa.

– Pero eres pintora.

Me reí, breve y sin alegría.

– Fui pintora. Trabajé dos años en una editorial antes de casarme, luego Javier decía que no hacía falta, que ya ganaba él. Y su madre, que una mujer decente lleva la casa, no anda por oficinas.

– ¿Y cediste?

– Cedí. Tenía veinticinco años. Yo creía que eso era amor. Que era cuidar de ti.

Mientras se ponía el abrigo, Sonia se quedó callada.

– Carmen, tengo unos acuarelas en el armario, de mi sobrina. Y papel. Pruébalas.

– ¿Para qué?

– Porque seguro que tus manos lo recuerdan.

***

Encontré las acuarelas en el cajón de abajo del armario, envueltas en papel de periódico. De las infantiles, baratas, con una ardilla dibujada en la tapa. El bloc de acuarela estaba empezado. Llevé todo a la mesa de la cocina y me quedé mirando mucho rato la hoja en blanco.

Luego cogí el pincel.

Al principio fue un desastre. El color no agarraba, la mano temblaba, las proporciones salieron torcidas. Rompí tres hojas. Me tranquilicé y empecé a dejar el pincel moverse, sin plan ni intención. Solo color. Solo forma.

Al cabo de una hora, tenía frente a mí un dibujo: el patio otoñal que veía desde la ventana de Sonia. Los árboles mojados, el cielo gris, con un destello rosado en el horizonte.

Lo miré pensando: eso lo he hecho yo.

No una sopa. Ni la placa reluciente. Eso.

Sonia volvió del trabajo, vio la acuarela en la mesa y se detuvo.

– ¿Lo has pintado tú, Carmen?

– Sí.

– Está muy bien. De verdad, muy bien.

– Está torcido todo.

– Pero está vivo dijo Sonia. He visto cien patios como ése, pero éste parece auténtico. Se siente.

No respondí. Y no tiré el dibujo.

***

Mientras tanto, en el piso de Javier Martín de la Fuente, ocurría lo que jamás habría esperado.

Durante los tres primeros días esperó que yo volviera. Era evidente: ¿a dónde iba a ir? No sabía hacer nada, no tenía dinero, ni trabajo, ni piso. Volvería, no tenía otra opción.

No volví.

Al cuarto día encontró la nevera vacía. Enteramente. La abrió por la mañana, vio el cartón solitario de leche, la cerró. Salió a trabajar sin desayunar.

Esa noche su madre estaba en la cocina, con cara de quien ya lo sabía todo.

– ¿Has comido?

– No.

– Ni yo. ¿Has traído algo del supermercado?

– No, no tuve tiempo.

– Así que ni comes ni traes, comentó doña Pilar. Setenta y ocho años, y jamás habría pensado ver la casa sin pan.

– Mamá, ve tú al súper.

La pausa fue larga.

– A ver, querido, – dijo despacio tengo setenta y ocho años. La rodilla, la tensión voy con bastón. ¿Y me dices que vaya yo?

– Mamá, no tuve tiempo. Trabajo.

– ¿Y Carmen no trabajaba? Se dejaba la vida por vosotros, y tú la has echado.

Javier levantó la mirada.

– ¿Yo la he echado? Se fue ella.

– Porque la hartaste, subió la voz doña Pilar. Te lo advertí: habla más suave a la gente. Pero no, tú siempre sabes más.

– Tú también la machacabas todos los días. La placa, la sopa, el suelo.

– Yo hacía observaciones, eso es mi derecho en MI casa.

– ¡En mi casa, mamá! ¡Es mi piso!

Se miraron de veras, después de años, sin mí en medio de escudo.

Javier se levantó, se puso la chaqueta y salió. Dio un portazo.

Doña Pilar se quedó sola en la cocina. Fuera ya era de noche. Encendió la luz, abrió la nevera, miró el brick de leche, y cerró.

Se sentó de nuevo.

Jamás la casa fue tan silenciosa como sin mí.

***

En noviembre llegaron los fríos y la primera nevada. Yo ya llevaba tres semanas en casa de Sonia y empezaba a sentirme como quien sale de una habitación cerrada y por fin respira. Al principio te deslumbra. Luego te acostumbras.

Pintaba cada día. Compré acuarelas decentes. Sonia encontró por Internet un anuncio de un estudio barato, en la calle Ribera, cerca del parque. Un cuarto pequeño, veinte metros y una gran ventana al norte. Suelo de madera. Era barato porque no tenía reforma, paredes desconchadas.

Fui a verlo y lo supe: era para mí.

– ¿Lo vas a alquilar? preguntó la casera, una anciana de gorro de lana.

– Sí.

Me quedaba con lo justo de dinero. Vendí los pendientes de oro de mi boda, regalo de mis padres. Me costó, por los recuerdos. Pero luego pensé: ¿qué recuerdo realmente?

El estudio se volvió mi lugar. Llegaba por las mañanas, abría la ventana y entraba el frío con olor a nieve y agua de río. Olía a pintura, linaza y madera. Colocaba botes, extendía papel o un lienzo y pintaba. Horas. A veces olvidaba comer.

Pintaba paisajes, patios, bodegones improvisados. Iba quedando cada vez mejor. Las manos recordaban, solo necesitaban paciencia para recuperar su destreza.

Un día, en diciembre, Sonia llamó al estudio.

– Carmen, en el hotel quieren hacer una exposición de artistas locales, pequeña en el vestíbulo. Te he mencionado. ¿Me dejas unas obras?

– Sonia, no soy artista. Acabo de empezar de nuevo.

– Eres artista. He visto tus cuadros.

– Son cosas de aficionada.

– Carmen respondió, armándose de paciencia como a una niña tozuda llevas treinta años llamándote sólo esto y apenas lo otro. Basta. ¿Me dejas los cuadros?

Dudé.

– Vale, te los dejo.

***

Allí conocí a don Luis Espinosa.

Pasó por la inauguración porque iba a quedarse en el hotel y coincidió. Alto, de camisa de cuadros y canas en las sienes, con unos ojos grises y tranquilos. Se quedó mucho rato frente a un cuadro mío: un parque nevado, un banco, huellas que iban del banco y regresaban.

Yo me acerqué para ajustar el marco. Le oí murmurar:

– Así es. Vienes, te sientas y te vas.

– ¿Lo dice por las huellas? pregunté.

Se giró. No se inmutó al ser pillado hablando solo con un cuadro.

– Sí. Pienso: llegaron dos, se sentaron. Se fueron cada uno por un lado. ¿Se despidieron bien o se pelearon? Quién sabe.

– Yo pensé que era una persona sola, contesté. Vino, se sentó, volvió a casa.

– Si fuera una, no habría caminos tan diferentes, replicó en serio. Mire cómo serpentean. Son dos.

Me fijé de otro modo en la obra.

– Quizás sí, son dos, acepté.

Charlamos veinte minutos. Resultó que venía de una ciudad cercana, a ver a su hermano y ayudarle con una reforma. Él era todo un manitas, carpintería, electricidad, fontanería. Viudo, padre de dos hijos ya mayores. Hablaba poco, pero escuchaba mucho, eso llamaba la atención: no interrumpía, ni miraba el móvil. Me miraba a los ojos mientras le hablaba.

No estaba acostumbrada a eso.

Al despedirse, preguntó:

– ¿Tiene usted tarjeta?

– No, respondí, algo cohibida. No me he hecho.

– Entonces, ¿me da su teléfono?

Se lo di. Luego pensé mucho: ¿para qué? Igual quiere el cuadro.

A los tres días escribió: Buenas tardes. Soy Luis, el de las huellas. ¿Sigue sin vender ese cuadro? Me gustaría comprarlo.

No lo había vendido. Vino, se llevó el cuadro, lo envolvió con muchísimo esmero y preguntó si podía ver más obras.

Fuimos al estudio. Miró despacio, en silencio. Adquirió dos paisajes.

– Pintas bien, opinó.

– Dejé de pintar mucho tiempo, admití.

– ¿Por?

Me encogí de hombros. No le conté nada. No todavía.

– Así es la vida.

Él asintió, respetando mi respuesta.

***

Javier me llamó en enero. Llevaba meses entre casa de Sonia y mi estudio. Legalmente seguíamos casados, no había pedido aún el divorcio.

Me llamó una tarde, mientras terminaba un bodegón invernal: ramas de pino, piñas, una vela en vaso.

– Carmen, dijo.

– Dime.

Silencio.

– Mi madre está enferma, comentó.

– Siento que esté así.

– ¿Podrías venir algún día? A ayudar en la casa.

Dejé el pincel.

– Javier, respondí. Me he ido. Vivo separada. No voy a volver a hacer la casa.

– Sigues siendo mi mujer.

– Por ahora. Pero será temporal.

– No te pongas así. Es mejor que vuelvas. Hablamos.

– Nunca hablamos, Javier. Veintiocho años. Hablabais tú y tu madre y yo hacía lo que se ordenaba.

– Exageras.

– Puede ser, concedí tranquila. Pero no voy a volver.

Colgué. Las manos firmes. Me sorprendió.

Después pensé: desde fuera parece fácil una mujer deja a su marido. Pasa todos los días. Pero por dentro no es nada fácil. Es aprender a caminar de nuevo.

***

Poco a poco, fui aprendiendo a gestionar mi dinero. Los cuadros los vendía de vez en cuando, no por mucho. A veces postales por encargo, pequeños paisajes para regalo. Con la ayuda de Sonia hice una página online, y unos pocos seguidores iban llegando.

Para vivir era justo. Estudio, comida, ropa básica. Sin lujos, pero suficiente.

No imaginé que esa precariedad se sentiría como riqueza. Pero así era.

Luis venía cada dos o tres semanas cuando visitaba a su hermano. Siempre me buscaba. Tomábamos café cerca del parque o paseábamos como amigos por la ciudad nevada y hablábamos. Me contaba su trabajo, sus hijos el mayor iba a ser padre, y yo le contaba lo que pintaba, que ahora quería probar el óleo.

Nunca tenía prisa, nunca presionaba. Un día me di cuenta de que esperaba sus visitas. Cuando no estaba, mi estudio quedaba más callado.

– Sonia, le confesé un día. Luis Me descoloca.

– ¿El qué?

– Es demasiado bueno. Eso asusta.

– ¿Por qué asusta lo bueno?

– Porque ya creo que detrás de lo bueno se esconde algo. Que luego viene lo malo.

Sonia me miró largo rato.

– Carmen, igual no todos esconden algo.

Tuve esa idea dando vueltas días enteros.

Hasta que fui yo quien escribió: ¿Te apetecería venir el sábado? Estoy empezando un cuadro grande. Me gustaría enseñártelo.

Vino el sábado. Vio el cuadro. Dijo que le gustaba. Después fuimos de nuevo a la cafetería, y allí me propuso:

– ¿Te gustaría que el próximo fin de semana fuésemos a algún sitio? Conozco un viejo monasterio precioso en invierno, a una hora en coche.

Le dije que sí.

***

Sobre el piso de Javier en la calle Mayor, sólo supe retazos. A veces llamaba la vecina, doña Mercedes del cuarto, con quien solía hablar en la escalera:

– ¿Cómo estás, Carmen? Mira, lo de tu casa es un drama. Se oyen las discusiones. Doña Pilar machaca a Javier por no haberte retenido, y él le responde. El otro día gritaron tanto que pensé en llamar a la policía.

Escuchaba y sentía una tristeza lejana. No satisfacción. No orgullo. Simplemente las cosas como son.

No les iba mal porque me echaran de menos. Les iba mal porque no había nadie que recibiera los golpes; toda la vida disparando en la misma dirección, hasta que desapareces y se disparan entre sí.

En febrero, doña Mercedes contó que llevaron a doña Pilar al hospital por tensión, corazón. Javier solo en urgencias, sombrío.

Puse a hervir el agua para un té. Pensé: quizá debería llamar. Veintiocho años, al fin y al cabo, una persona es una persona.

Pero después recapacité: no, ya no debo hacer lo que se espera que haga. Toda la vida fue así; ahora, que se apañen.

***

En marzo el deshielo traía olor a tierra mojada. Cruzaba el mercado una mañana de sábado, con la bolsa de tela, escogiendo tomates y pensando que quería pintar un mercado: colores, ruidos, gente.

Y me topé con Javier.

Iba por el mercado con una bolsa, mirando el móvil, no me vio. Me pareció más viejo. ¿O es que antes nunca lo miré así, desde fuera? Los hombros caídos, la chaqueta arrugada, la cara apagada.

Esperé a sentir algo: miedo, rabia, ganas de huir…

Nada de eso.

Levantó la vista y me vio. Se paró.

Nos miramos a través de varios puestos.

– Carmen, dijo.

La voz era la misma de siempre: baja, pero ahora, desorientada.

– Javier, respondí.

Se acercó. La frutera fingía estar muy afanada con las manzanas.

– ¿Cómo estás? preguntó.

– Bien.

– Has adelgazado.

– Puede ser.

– Mi madre está en el hospital. El corazón.

– Ya lo sé. Lo siento.

Guardó silencio. Cambió la bolsa de mano.

– ¿De verdad no vuelves?

Le miré, tranquila. Ni odio, ni lástima. Simplemente le miré.

– No, Javier. No vuelvo.

– Tenemos que vivir de alguna manera

– Tú tienes que vivir. Yo ya estoy viviendo.

No tuvo respuesta. Cogí mis tomates, pagué y seguí adelante.

El corazón latía firme. Ésa fue mi victoria: ese latido tranquilo. No irme. No no regresar. Sino plantarme frente a él sin miedo, sin encogerme, sin pensar debería ser más amable o quizá tiene razón. Simplemente hablando con un desconocido. Casi.

Compré un poco de verde en otro puesto, pan fresco y caminé a casa. Llámalo así el estudio porque desde hace tiempo ya lo llamo casa.

***

Solicité el divorcio en abril. Lo hice yo sola, sin abogado, fui donde debía, rellené papeles. Javier tampoco se opuso. Nos vimos una vez, firmamos, y cada cual a lo suyo.

No tenía vivienda propia. Javier se quedó en el piso. Ni quise abrir lucha por la casa: un proceso agotador y largo. Sonia decía que tenía derecho, que podía conseguir una parte. Negué.

– No quiero ese piso, Sonia. Quiero vivir.

– Algo de dinero te haría bien.

– El dinero vendrá decía yo De otra forma. Propio.

En verano, ya veía a Luis cada semana. A veces iba yo a su ciudad, otras venía él. Tenía una casa con jardín en las afueras, grosellas y un manzano viejo. La primera vez que fui, me quedé largo rato viendo el manzano en flor.

– Qué bonito, dije.

– Lo plantó mi mujer, respondió con sencillez. Ocho años ya sin ella. Pero sigue floreciendo.

Nos quedamos juntos mirando el árbol.

– Don Luis, pregunté, ¿no tiene miedo? De volver a… bueno, ya sabe.

– ¿A estar cerca de otra persona?

– Sí.

Lo pensó.

– Sí que tengo miedo, admitió sincero. Pero me gustas. Y pienso que el miedo no es excusa para no vivir.

Me hizo reír, sin querer.

– Qué sabio.

– Simplemente, aprendí a clavar clavos sin rodeos.

***

En otoño, justo un año después de que me marchara de casa en la calle Mayor, estábamos los dos en su cocina a media noche. Él arreglaba un cajón que no encajaba bien, yo tomaba café haciendo esbozos en mi cuaderno.

Calor. Silencio. Olor a madera y café.

– Carmen, dijo sin dejar el cajón. ¿Te mudas?

Levanté la vista.

– ¿A dónde?

– Aquí. Conmigo.

Guardé silencio. Él también, dándole vueltas al destornillador.

– Allí tengo el estudio, señalé.

– Lo sé. Aquí hay un cuarto con una ventana grande, da al este. Sol por la mañana. ¿Te lo conté?

– Sí, lo contaste.

– Bueno…

Me quedé mirando el bloc. Era un boceto: la cocina, un hombre con destornillador, una mujer con taza. Ventana. El jardín detrás.

– Lo tengo que pensar, respondí.

– Piensa.

– ¿No tienes prisa?

– No.

– ¿Por qué?

Dejó el destornillador para comprobar el cajón, que ya encajaba.

– Ya tengo tiempo de sobra, dijo tranquilo. Y apremiar a un adulto no tiene sentido.

Volví a fijarme en el bloc.

– De acuerdo, dije.

– ¿De acuerdo en que lo piensas o en que te mudas?

– De acuerdo en mudarme.

Asintió, se sentó a mi lado, café en mano. Nos quedamos en silencio. Era un silencio bueno.

***

Pasó medio año.

Vivía con Luis, pero aún conservaba el estudio de la calle Ribera. Iba tres días por semana y pintaba. El cuarto con la ventana al este en su casa era mi segundo rincón: hacía bocetos allí por las mañanas, mientras él salía al trabajo.

Ahora mis cuadros los seguían comprando un poco más. No es que me volviese famosa, ni mucho menos, pero ya tenía mi clientela, quien venía a por mis cuadros. Pequeño, discreto, pero mío.

A veces me llegaban noticias de Javier: doña Mercedes llamaba alguna vez. Doña Pilar salía poco de la habitación desde el hospital, Javier tenía ayuda doméstica. Trabajaba, regresaba por la noche, seguía su vida.

Escuchaba esos relatos y pensaba en cómo ese hombre fue en su día todo mi horizonte. Sus estados de ánimo eran mi clima, sus palabras mis órdenes. Una esposa ejemplar, vista desde fuera era una buena familia, pero dentro, una jaula sin barrotes cuyo cerrojo sólo yo podía sujetar por dentro.

Ahora el cielo era otro.

Una mañana, en diciembre, llegué temprano al estudio. Encendí la luz y puse el hervidor de agua. Nevaba fuera, lento, mullido.

Sonó el móvil. Sonia.

– Carmen, ¿qué tal? ¿Cómo vas?

– Bien. Trabajando.

– Oye, una novedad. No sé qué te parecerá.

– ¿Qué es?

– Una amiga me ha contado: una galería en el centro busca artistas para la exposición de primavera. Es pequeña, pero de verdad. Ha visto tus cuadros en Internet, quiere charlar contigo. Este es su número.

Apunté.

– Sonia, ¿de verdad buscan algo serio? No tengo nombre ni currículum.

– Carmen, llevabas cinco años sin pintar. Ahora tienes más de cien cuadros. ¿Eso no es serio?

– Bueno…

– Llama. Solo llama y habla.

– Vale.

Colgué. Miré el número, miré por la ventana: la nieve seguía cayendo, tapando el patio, dejándolo tan blanco como una hoja por llenar.

Me serví té, cogí un pincel y empecé a pintar. Llamaré después. Primero, coger esa nieve antes de que se escape.

***

Por la tarde Luis vino a buscarme al estudio. Tocó, entró, me vio con el lienzo.

– ¿Lista?

– Cinco minutos más.

Se sentó en el taburete junto a la pared, sin prisas. Me miraba pintar. Notaba de vez en cuando su mirada: tranquila, atenta. Como quien mira algo valioso.

Al cabo de cinco minutos, recogí los pinceles y cerré las acuarelas.

– Ya, le dije.

– Ha quedado bien, señaló la tela.

– No sé. Pintar nieve es difícil. Parece blanca pero es azul, gris, rosa cualquier cosa menos blanca.

– Interesante, respondió serio. Jamás lo habría dicho.

– Es que a simple vista todo parece blanco. Hasta que miras bien.

Salimos del estudio. Afuera hacía frío pero se respiraba puro, limpio.

– Luis, dije, andando bajo las farolas me han llamado para una exposición en una galería céntrica.

– ¿Y?

– Dudo si presentarme.

– ¿Quieres hacerlo?

Dudé.

– Quiero. Pero da miedo.

– ¿El qué?

– Que digan no sirve o no es arte de verdad, que no soy artista. Que todo esto es nada.

Luis avanzaba junto a mí. Manos en los bolsillos, la mirada al frente.

– Carmen, dijo. ¿Sabes que lo más duro ya lo has pasado?

– ¿Cómo dices?

– Has vivido en un sitio donde te decían cada día que no valías nada. Veintiocho años. Y un día, saliste solo con una bolsa. Eso sí fue difícil. Lo de la galería, si es que te rechazan, ¿y qué más da?

Me quedé parada.

– Eres de clavar clavos directos, reí.

– Lo intento.

Reímos juntos, bajo la luz del farol.

– Vamos, que hace frío, dijo.

Seguimos andando. La nieve crujía bajo las botas. Las farolas se reflejaban en el hielo de los charcos. Delante, una hilera de ventanas iluminadas.

– Don Luis, murmuré.

– ¿Sí?

– Gracias.

– ¿Por?

– Por nunca decirme tienes que y deberías.

Reflexionó un rato.

– Cada cual adulto sabe lo que tiene que hacer, dijo. A mí solo me toca recordarlo si se olvida.

Llegamos al portal. Él abrió, me dejó entrar primero. En el recibidor, olía a madera y a manzanas del sótano.

Entré, me quité los zapatos, pasé a la cocina. Encendí la luz.

Todo familiar: mesa de madera, dos sillas, ventana al jardín. En el alféizar mi cuaderno, que olvidé por la mañana.

Abrí el cuaderno y miré el boceto de ayer: cocina, hombre con destornillador, mujer con taza. Ventana. El jardín nevado.

Ahora tocaba dibujar la nieve.

Cogí el lápiz.

***

Hoy, después de todo, valoro la certeza de que la libertad a veces no brilla: es silencio, es respeto, es la vida propia. Aprendí que el deber, cuando ahoga, no es virtud sino cadena. Y que, aunque cuesta, uno mismo lleva en la mano la llave.

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Elena Gante
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