Viviendo a pesar de todo


Viviendo a pesar de todo

27 de marzo

La tarde gris de marzo caía sobre la ciudad con una pesadez húmeda y penetrante. Carlos caminaba de regreso de la fábrica por su ruta habitual, con la cabeza hundida entre los hombros, intentando protegerse del viento cortante que se colaba bajo la chaqueta y le helaba la espalda. El turno había sido agotador: la vieja máquina de tornear, con la que llevaba quince años trabajando, se había puesto caprichosa, el capataz no paraba de gruñir y, para rematar, al caer la tarde el cielo se había roto, descargando sobre Madrid una lluvia fina y helada que calaba hasta los huesos. Eran casi las seis y las farolas del barrio periférico aún no se habían encendido. El crepúsculo tenía un tono sucio, como aceite de motor usado.

Carlos no aceleraba el paso. No tenía prisa por llegar. En casa solo le esperaba una tetera vacía y aquel silencio que él mismo había construido durante años, ladrillo a ladrillo, como un muro sordo. Su vida transcurría por carriles fijos: fábrica, casa, alguna que otra cerveza con el vecino Paco y dormir. Su mujer se marchó hacía diez años, cansada de su silencio hosco y de los turnos eternos. No tuvieron hijos. Sus padres descansaban desde hacía tiempo en el cementerio municipal. Estaba solo, y esa soledad se había convertido en su estado natural, casi cómodo, como unos zapatos viejos y gastados.

Al pasar frente al supermercado de la calle Jardín, donde el asfalto siempre estaba lleno de baches y charcos, vio una mancha extraña en el suelo. Los pocos peatones que había a esa hora la rodeaban trazando un amplio arco, mirando al suelo o concentrados en sus teléfonos. Carlos redujo el paso. Sobre el pavimento mojado y gris yacía un perro. Un ejemplar joven y grande, peludo, blanco y negro. Parecía una muñeca de trapo que alguien hubiera dejado caer descuidadamente desde un coche.

El perro no se movía. El pelo de los costados estaba apelmazado en mechones duros, empapados de agua fría y polvo de la calle. Carlos se detuvo a dos metros. Un olor intenso a perro mojado mezclado con algo químico y medicinal le golpeó la nariz. Esperaba que el animal se levantara, gruñera o al menos moviera la cola, pero ninguna pata se movió. Estaba tumbado de lado, con la mejilla pegada al cemento frío, y solo sus ojos seguían vivos, con vida propia. Eran unos ojos extraños, castaños y profundos, en los que ya no quedaba espacio para el miedo. En ellos se había instalado una indiferencia infinita y apagada hacia todo lo que ocurría a su alrededor.

Pasó un tranvía traqueteando, salpicando la acera con chispas y ruido, pero las orejas del perro ni siquiera se movieron. Carlos se acercó y se agachó. Las rodillas crujieron con familiaridad.

— Eh —llamó en voz baja. Su voz sonó extrañamente suave en el vacío de la calle—. ¿Qué haces ahí tirado?

El perro no respondió. Solo movió ligeramente la mirada, fijándose en el hombre. En ese movimiento no había súplica, sino un cansancio resignado ante lo inevitable. Carlos extendió la mano hacia su cuello y, en ese preciso instante, los faros de un coche que pasaba iluminaron el costado del animal. Se quedó paralizado. En la cadera, donde el pelo era más corto, se veían claramente varias marcas. Pequeños pinchazos simétricos, ya cubiertos de costras, y un leve tono azulado bajo la piel.

Carlos conocía perfectamente esas marcas. Eran las que dejan las inyecciones repetidas durante mucho tiempo. Alguien había estado medicando a ese perro de forma metódica: visitas al veterinario, sujeción de la pata, ampollas… Y luego, cuando la esperanza se agotó o simplemente se acabó el dinero, esa misma persona lo había sacado a la acera y lo había abandonado bajo la lluvia, como quien tira un televisor que ya no tiene arreglo.

Algo pesado se removió en el pecho de Carlos. No era un hombre sentimental. En la fábrica no sobrevivían los sentimentales. Estaba acostumbrado al metal duro, a los planos precisos donde o la pieza funcionaba o iba a la chatarra. Pero aquello no era una pieza. Era un alma viva que había sido traicionada en el momento más difícil. Traicionada precisamente por quienes había confiado, ofreciendo el costado a las agujas de las jeringas.

— Hijos de puta… —siseó entre dientes.

Carlos se levantó y miró alrededor. Pasó una mujer con un impermeable colorido que arrugó la nariz por el olor y aceleró el paso, procurando no mancharse los zapatos. La ciudad seguía su ritmo, digiriendo miles de pequeñas tragedias cada hora. A nadie le importaba el perro paralizado sobre el asfalto mojado.

El hombre miró sus manos. Callosas, con grasa negra incrustada en los poros. Esas manos sabían tornear ejes con precisión de micras, sabían manejar martillos pesados, pero nunca habían sostenido nada tan frágil y desprotegido.

— Bueno, desgraciado —dijo Carlos mientras empezaba a desabrochar su vieja chaqueta de trabajo—. Quedarte ahí tirado es fácil. Pero te vas a congelar del todo antes del amanecer.

Se quitó la chaqueta, quedándose solo con una fina camisa de franela. El frío le clavó los dientes en los hombros, pero no le prestó atención. Extendió la prenda en el suelo junto al perro y, con mucho cuidado para no hacerle daño, deslizó las manos bajo el cuerpo pesado y flácido. El perro era sorprendentemente ligero para su tamaño. Bajo la piel se marcaban claramente las costillas. Cuando Carlos lo levantó, la cabeza del animal cayó hacia atrás sin fuerza y las patas delanteras quedaron colgando como trapos. Ni resistencia ni intento de morder. Solo un débil suspiro, casi humano, de alivio.

— Tranquilo, tranquilo —murmuraba Carlos, apretando el bulto peludo contra su pecho—. Ya estamos cerca.

Caminaba por la calle sintiendo cómo el calor de su cuerpo empezaba a traspasar la chaqueta hacia el animal congelado. El perro hundió el hocico húmedo en su clavícula y Carlos notó su respiración débil e irregular. Le quemaba la piel. Avanzaba rápido, sin mirar a los lados, recibiendo las miradas extrañadas de los pocos transeúntes. Un hombre en mangas de camisa llevando un perro sucio. Un espectáculo extraño, casi salvaje para la ciudad a esa hora. Pero a Carlos le daba igual. En su cabeza solo había una idea: quienes lo habían tratado sabían que no se levantaría. Sabían el precio de cada inyección y, aun así, lo habían tirado.

Al llegar al portal de su bloque de cinco plantas se detuvo para ajustar mejor la carga. El perro entreabrió los ojos. Bajo la luz tenue del farol del portal, Carlos vio en ellos una pregunta muda. No era esperanza — la esperanza no tenía cabida allí. Era solo sorpresa: «¿Por qué no pasaste de largo? ¿Por qué tus manos están tan calientes?»

— No me mires así —gruñó Carlos, empujando la puerta con el hombro—. Solo te llevo a un sitio caliente. Ya veremos qué hacemos contigo.

Subió hasta el cuarto piso respirando con dificultad. Los escalones parecían más altos de lo normal y la carga más pesada a cada paso. Pero cuanto más le dolían los músculos, más fuerte apretaba contra sí al perro blanco y negro. En aquel rellano que olía a humedad y periódicos viejos, el mecánico de cuarta categoría Carlos comprendió de pronto que su vida, que hasta entonces había rodado por raíles rectos de «fábrica – tienda – casa», acababa de dar un giro brusco y los frenos ya no funcionaban.


En casa bajó con cuidado la carga al suelo del recibidor. El perro quedó exactamente en la misma postura en la que lo habían colocado. Solo la cola se movió un milímetro, rozando el viejo linóleo. Carlos se enderezó y se secó la frente con el dorso de la mano. El apartamento estaba en silencio. Solo se oía el goteo del grifo en la cocina y el tic-tac del viejo reloj de pared.

— Bueno, ya hemos llegado —dijo al vacío—. Aquí estamos.

El perro lo miraba desde abajo. Ahora, bajo la luz de casa, se veía lo joven que era en realidad. Apenas un adolescente, solo que había crecido más allá de sus proporciones infantiles. Carlos suspiró, se quitó las botas mojadas y fue a la cocina. Tenía que tomar una decisión, pero en el fondo sabía que la decisión ya estaba tomada en la calle Jardín, cuando vio las marcas de las inyecciones en el flanco flaco.

— ¿Y para qué? —dijo Carlos de pie en medio de la cocina, mirando un punto en la ventana agrietada—. ¿Para qué lo hiciste, héroe?

La pregunta quedó flotando en el aire pesado e inmóvil del apartamento. No hubo respuesta. En el recibidor, sobre la vieja chaqueta, estaba lo que había recogido de la calle. El perro no gemía, no se movía, no arañaba el linóleo con las uñas. Aquel silencio era lo que más asustaba. Era antinatural para un ser vivo. En el mundo normal los perros ladran, mueven la cola o al menos intentan levantarse cuando los llevan a un lugar extraño. Este simplemente se quedó quieto, convertido en un mudo reproche al sentido común.

Carlos se acercó y se arrodilló con dificultad. Bajo la chaqueta ya se había formado un pequeño charco sucio. Del perro emanaba un olor denso y pesado: hojas mojadas, humo de gasolina y aquel dulzón y nauseabundo olor a enfermedad que no se confunde con nada.

— Vamos a moverte un poco —murmuró el hombre.

Deslizó las manos bajo el cuerpo flácido. El pelo del vientre estaba helado, casi de hielo. El perro pesaba poco, pero en las manos se sentía como un saco de arena mojada. Ninguna elasticidad en los músculos, ningún tono. Carlos lo trasladó al rincón de la habitación sobre un viejo plaid de franela que hacía tiempo pensaba tirar. Las patas traseras se arrastraban sin fuerza, enredándose entre sí. Carlos las tocó. Ninguna reacción. Las almohadillas estaban pálidas, casi grises, cubiertas de pequeñas grietas por los reactivos químicos de la ciudad. Las patas delanteras parecían un poco mejor, pero tampoco sostenían el peso.

El perro intentó levantar la cabeza cuando lo colocaron en el plaid, pero esta cayó de nuevo sin fuerza. Solo las pupilas se dilataron, reflejando la luz tenue de la lámpara.

— Idiota —suspiró Carlos, hablándose a sí mismo—. Solo te faltaba un perro paralítico para completar la felicidad.

Fue al baño y abrió el agua. Las tuberías viejas gimieron y temblaron, escupiendo un chorro de agua caliente oxidada. Mientras el agua en la vieja palangana esmaltada se enfriaba a temperatura aceptable, Carlos se quedó frente al espejo. Lo miraba un hombre de cuarenta años con profundas arrugas alrededor de la boca y una mirada dura. Un hombre acostumbrado a contar solo consigo mismo y a no esperar favores de la vida. En la fábrica lo llamaban seco. «Carlos no gasta palabras de más, no lo sacas del taller ni con grúa», decían los compañeros en el descanso para fumar. Y era verdad. Él mismo había levantado ese muro, ladrillo a ladrillo, después de que la vida lo hubiera golpeado varias veces contra el asfalto.

Regresó a la habitación con la palangana y un trozo de jabón de lavar. El perro seguía en la misma postura. Ni siquiera había cerrado los ojos.

— Ahora te vamos a lavar —dijo Carlos, remangándose la camisa—. Hueles como un vertedero, hermano.

Empezó a mojar el pelaje con cuidado. El agua se volvía gris, casi negra al instante. Carlos actuaba despacio, temiendo dañar el cuerpo frágil. Sus dedos, acostumbrados al metal áspero, adquirieron de pronto una delicadeza inusual. Rodeaba cada herida, cada marca de inyección. Cuando el agua tibia tocó la piel, el perro empezó a temblar ligeramente. No era miedo, era la reacción del organismo al calor tanto tiempo esperado.

— Aguanta —dijo Carlos mientras enjabonaba la esponja—. No es jabón francés, pero no tengo otro.

De pronto el perro emitió un sonido suave. No era un gruñido ni un gemido, más bien un suspiro entrecortado, como si intentara hablar. Su olfato funcionaba. Captaba olores nuevos: jabón barato, tabaco fuerte que desprendían los dedos del hombre y el olor de una casa vieja donde hacía tiempo no había mano femenina. El perro giró ligeramente la cabeza y su nariz húmeda rozó la muñeca de Carlos. El hombre se quedó inmóvil. Aquel contacto frío y húmedo le hizo saltar el corazón.

— Sí, lo sé —gruñó, apartando la mirada—. Ninguno de los dos estamos en la gloria.

Terminó de lavarlo y lo secó con una toalla vieja, intentando secar lo máximo posible el denso subpelo. Bajo las capas de suciedad apareció un dibujo sorprendentemente bonito: pecho blanco puro y espalda negra con pequeñas manchas tostadas. El perro ya no parecía basura abandonada, sino un soldado herido que regresaba de una guerra sin esperanza.

Carlos fue a la cocina y encendió el fuego. La nevera estaba casi vacía: medio paquete de salchichón, tres huevos y un cartón de leche. Cortó un trozo de salchichón, lo picó y lo puso en un platito.

— Toma, prueba, si es que el estómago te funciona —colocó el platito justo delante del hocico del perro.

El animal se quedó mirando la comida como si no entendiera que era para él. Luego sus mandíbulas se movieron. Empezó a comer despacio, con esfuerzo, deteniéndose a veces para recuperar el aliento. Cada movimiento le costaba un gran esfuerzo. Carlos se sentó en el suelo a su lado, abrazándose las rodillas, y observó cómo desaparecían los trocitos de salchichón.

— Bien hecho —dijo en voz baja—. Come, vas a necesitar fuerzas si no has decidido morirte aquí mismo.

Cuando el platito quedó vacío, el perro dejó caer la cabeza sobre el plaid. Su mirada era más consciente, pero seguía reflejando aquella fatiga extrema. Carlos apagó la luz de la habitación, dejando solo un débil resplandor del pasillo. Pensaba acostarse en la cama, pero las piernas lo llevaron de nuevo al plaid. Se sentó en el suelo, apoyando la espalda contra la pared fría. En el apartamento hacía fresco. La calefacción funcionaba a medio gas, como solía ocurrir en las casas viejas a principios de primavera. Carlos sentía cómo el frío se colaba bajo la camisa, pero no se movía.

En la oscuridad los sentidos se agudizaron. Oía el viento entre las ramas del viejo álamo, la puerta del vecino de arriba que se cerraba de golpe. Y entre aquellos sonidos habituales apareció uno nuevo: una respiración rítmica. El perro respiraba con dificultad, con un silbido ronco en el fondo del pecho, pero era una respiración viva.

En algún momento Carlos sintió que algo rozaba su mano, que descansaba en el suelo. Era el hocico del perro. El animal, reuniendo las pocas fuerzas que le quedaban, se había acercado al hombre buscando protección o simplemente calor vivo. Su cabeza se apoyó directamente en la mano callosa de Carlos.

El hombre se quedó quieto. El primer impulso fue retirar la mano. No estaba acostumbrado a la ternura, no estaba acostumbrado a que alguien se acercara a él sin condiciones. Pero la mano no se movió. Los dedos se hundieron por sí solos en el pelaje todavía húmedo que olía a jabón.

— ¿Y ahora qué hacemos contigo, conde? —susurró Carlos.

El nombre salió solo, de algún rincón de la memoria donde guardaba fragmentos de libros leídos en la infancia. — Eres guapo. Hasta tumbado como un trapo tienes porte. Conde, y no hay más que hablar.

El perro respondió con un suspiro más profundo y cerró los ojos. Se había entregado. Simplemente había tomado su vida restante y la había puesto en las manos de aquel hombre de voz áspera. Carlos se quedó sentado así hasta la medianoche. La espalda se le había dormido, las piernas estaban frías, pero no se movía. En aquella habitación oscura del suelo sintió por primera vez en muchos años que era necesario. No para la fábrica, ni para el plan, ni para el Estado, sino para aquel pequeño ser roto que ahora vivía solo porque Carlos no había pasado de largo.

— Bueno, conde —dijo en voz baja mirando por la ventana, donde entre las nubes intentaba asomar una luna pálida—. Mañana veremos qué dicen los veterinarios. Por ahora duerme. Ya tienes calor. Nadie más te dejará sobre el asfalto mojado.

Se durmió así, apoyado contra la pared, sin apartar la mano de la nuca del perro. Y toda la noche soñó que caminaba por un enorme campo bañado de sol, mientras a su lado, adelantándolo y ladrando alegremente, corría un perro blanco y negro cuyas patas golpeaban con fuerza y seguridad la hierba blanda.

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Elena Gante
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