El Nido atrapaba el sol abriendo de par en par sus ventanales y sus pozos de ventilación, dejando que el aire ardiente calentara los corredores y los niveles subterráneos hasta lo más hondo. Empujaba ese calor hacia el salón dorado, donde maduraban sus semillas pesadas, todavía apenas relucientes, aireaba las despensas donde se guardaban cosechas apagadas de años remotos. Aquel verano por fin estaba casi terminando: largo, reseco, crujiente de lagartijas. El milésimo, quizá… O el dosmilésimo. Ya no quedaba nadie para contarlos. Y tampoco hacía falta. El Nido dormitaba. Solo le estorbaban un poco los vencejos, que rajaban el cielo con sus chillidos junto a los peñascos y las ruinas, y las fastidiosas lagartijas de ojitos negros como cuentas, ingrávidas, que correteaban cosquilleantes por muros y estatuas y se quedaban inmóviles sobre las piedras al sol…
En sus sueños veía estandartes ondeando sobre sus torres derrumbadas hacía siglos: gallardetes, pendones, banderas señoriales de todos los colores, bordadas en oro y plata, muy arriba, recortadas contra un cielo azul intenso. El cielo, saturado de sol, seguía siendo el mismo. Al cielo, ¿qué podría ocurrirle? Pero el Nido, que había ocultado sus heridas y sus escombros bajo derrumbes y laderas de grava, ya no se parecía a un castillo. ¿Dónde estaban las torres altivas, las murallas íntegras, la gran puerta tallada con delicadeza? Nadie quedaba para recordarlo así. Ni siquiera persistían las leyendas. Solo él mismo.
Aunque, pensándolo bien, los muros sepultados por los desprendimientos se habían vuelto todavía más sólidos e inexpugnables. Desde fuera, ya no se distinguía de las montañas vecinas: la misma piedra gris, la misma gravilla, los mismos cardos aferrados con raíces como alambre al polvo húmedo de las grietas. Y tampoco quedaba nadie para distinguirlo. ¿Existiría todavía algún ser humano más allá de los Campos Vacíos que se extendían a lo largo de la sierra de la que él ya formaba parte? ¿O aquella raza codiciosa se habría extinguido hacía mucho? Nadie recordaba el antiguo castillo, nadie subía hasta allí. Solo a los vencejos y al cielo les mostraba sus patios enlosados de cuarzo, las galerías de mármol calado; solo al sol le abría sus marcos pesados; solo a las lagartijas y a los escarabajos les permitía rozar con sus patas secas las estatuas ciegas y las escaleras tibias. A veces se colaban animales más grandes: por ejemplo, un zorrillo del desierto que pasó su vida entera cazando ratones en el laberinto del Nido y acabó con todos. Observarlo era un placer: astuto, veloz, depredador, siempre hambriento. Por eso el Nido se alegró cuando, a mediados del otoño, una pareja de monitos empezó a removerse en una de las cuevas exteriores. Si mal no recordaba, los monitos eran entretenidos.
Pero ¿de dónde habían salido tan al norte? ¿Escapados de alguna caravana? Al oeste, más allá del pie de la sierra y del horizonte, tal vez aún corría la vieja ruta que venía de la costa atravesando los Campos Vacíos. Aunque ya mil años antes esa ruta era antigua y casi inútil… En cualquier caso, daba igual. El Nido, con las manos de sus siervos de hierro, fundió una lagartijita de aleación ligera y la envió a vigilar a los monitos. Durante varios días, los dos arrancaron escaramujos de los jirones verdes entre las piedras, y por las noches dormían apretados en un rincón seco de la cueva. El monito más pequeño, una hembra, era curioso, pero tan miedoso que desaparecía en las sombras al menor ruido. El mayor, cuando no andaba por las canchaleras con una piedra en la mano intentando sorprender ardillas, se pasaba horas jugueteando con palitos: los frotaba y retorcía hasta levantarse ampollas en las manos desnudas… Hasta que una vez, de repente, surgió una hebra de humo azulado, y antes de que el Nido lograra comprenderlo, ya ardía en medio de la cueva una hoguera voraz.
Personas. No: niños.
El Nido apenas recordaba a los seres humanos vivos. Él había tenido los suyos, de bronce. Pesados, brillantes, mudos. Monumentos a los verdaderos, muertos siglos atrás. A veces, por aburrimiento, con ayuda de los siervos de hierro daba de comer a los príncipes y héroes de bronce sus semillas de núcleos luminosos, y estos “revivían”; pero se cansaba enseguida de su movimiento vacío. Se volvía más y más pesado, hasta que bajo él el basalto y el gabro se desmenuzaban en arena muerta; en las galerías inferiores se extendía el moho, los siervos se oxidaban y las raíces hambrientas mordían la roca con más dificultad. Apenas soportaba esperar a que, diez días después, las estatuas volvieran a quedar inmóviles.
¿Humanos?
Al principio, asustado, el Nido movió en silencio unas moles de piedra y cerró la rendija de ventilación que conectaba la cueva con sus habitaciones externas, colapsadas de cascotes y grava. Después se lo pensó mejor. Y volvió a pensarlo: ¿acaso los humanos no serían aún más interesantes que los monitos? Además sabían hablar y reír.
Volvió a separar las piedras, de manera que la entrada al interior resultara más visible.
Durante unos días, los niños, ocupados en alimentar sin descanso al fueguito rojizo, no repararon en la rendija. Luego la niña, al quedarse sola, notó por aburrimiento que una corriente de aire arrastraba polvo por el suelo de la cueva, y fue a ver de dónde venía. El Nido sopló con más fuerza sobre sus pies descalzos. Unos minutos después, ella encontró la abertura y, sin sentir miedo, se deslizó dentro. Ligera, diminuta, atravesó entre los escombros las habitaciones periféricas, y el Nido detestó la grava y el polvo que le impedían sentir del todo el roce de aquellas plantas pequeñas. Al fin, la niña salió a un corredor libre de escombros, donde el espacio oscuro estaba cortado por haces tan estrechos y tan brillantes de sol que daba la impresión de que, si tendía la mano, la luz se la seccionaría. Se detuvo en una franja luminosa, allí donde el sol había calentado el granito. Sus piececitos, sedosos de polvo, estaban helados; y no pesaba más que aquel zorrillo del desierto. ¿Cómo había podido tomarla por un mono? ¿Solo por los harapos en los que iba envuelta? ¡Qué inteligencia y qué curiosidad resplandecían en sus grandes ojos grises, en medio de aquella carita tiznada! La niña, deteniéndose a cada paso, siguió adelante, examinando la talla de piedra en las paredes, los restos de mosaicos, los rastros de pintura y dorado en las puertas resecas. Escamas secas de color se le pegaban a las plantas, y por el polvo del corredor iba quedando una huella humana, insegura pero recta, la primera en varios siglos.
Llegó a un patio con una fuente circular aparentemente inocente, que escondía debajo un pozo sin fondo. El Nido mantenía en funcionamiento los viejos mecanismos y, si hacía falta, podía tentar a un enemigo sediento con un delgado hilo de agua para, en cuanto pusiera el pie en la taza, abrir de golpe los pétalos del fondo y hacerlo precipitar a la oscuridad. El enemigo caía gritando, y caía tanto tiempo que el Nido por lo general se olvidaba de él antes de que el pobre cuerpo, con el corazón reventado de terror, se estrellara en el limo del fondo, junto a las raíces. Los enemigos también servían de abono, aunque miserable.
Por la niña, el Nido bloqueó para siempre el pestillo del mecanismo disparador. Ella se asomó con decepción a la taza polvorienta, pero enseguida la atrajeron los bebés y pececillos de bronce, cubiertos de manchas verdosas, que decoraban el surtidor enroscado en una red sostenida por un muchacho pescador. Trepó al interior de la fuente, removiendo basurilla, y cruzó sin sospechar sobre el abismo. El Nido sintió un estremecimiento semejante a un rayo cuando el contacto consciente de aquellos dedos ennegrecidos justificó en un instante la existencia de cada aleta, cada escama, la colita del pez de bronce… y con ello la de toda la fuente, la del patio soleado entero… y la suya propia. La palma delicada rozó la mejilla inmovilizada durante un milenio de un bebé rollizo, el dedo recorrió el párpado, y los ojos de bronce se abrieron de inmediato. El Nido pudo verla muy de cerca: mugrienta, flaquita, y con unos trapos que probablemente pesaban más que ella. Pero qué cejas oscuras y suaves sobre aquellos ojos vivos, tesoros plateados. Qué suavidad dorada en la piel allí donde no la cubría la suciedad.
Entonces se le ocurrió: las cisternas estaban llenas de agua pura de deshielo, así que podía reparar la fuente y lavar a la niña. Claro, aquello no se arreglaba en un momento. No importaba. Envió a los topos mecánicos a limpiar las tuberías de la fuente y remendar las averías, mientras él se concentraba en todo el sistema hidráulico. Pensó que el tiempo habría arruinado válvulas y cañerías; pero no, el daño podía repararse. Y en los sótanos quedaban aún semillas cargadas de siglos de sol comprimido: con eso casi todo era posible. Muy adentro reavivó su horno, y un siervo de hierro comenzó a llevar, cubo tras cubo, aquellas semillas antiguas, acumuladas durante siglos, y a volcarlas en la boca profunda de la caldera, tan incandescente que al siervo se le derretían los dedos de acero, goteando sobre las semillas. La fuerza volvió a circular por el cuerpo pesado del Nido, y él, temblando en sus tuberías de cobre y latón, se dedicó a la reparación. Ya que estaba, decidió revisar también las estancias habitables, bien conservadas en los niveles bajos: quién sabía qué podría necesitar una nueva, pequeña y viva princesita. Ah, sí, también estaba el niño que afuera, entre los arbustos secos, estaría poniendo trampas para las ardillas. Ese niño, flaco y obstinado, seguramente tendría la cabeza dando vueltas del hambre. Y la niña lo primero que había hecho era tocar el pez gordito. Tenían hambre. En los almacenes de la cocina no había más que momias de lagartijas perdidas. Pero… los jardines todavía crujían de hojas: seguían vivos.
La niña condujo al niño al interior al caer la tarde. El Nido reconoció al instante en aquel crío fibroso, áspero de cicatrices, una antigua estirpe de la costa. De muchachos así, cabezones, larguiruchos, de piernas y brazos interminables y ojos espinosos, salían buenos exploradores, príncipes feroces y obispos astutos. Y de sus hermanas nacían bellezas y hechiceras… Pero por ahora no eran más que cachorros hambrientos. Y tan harapientos que enseguida se veía que no eran de nadie. Es decir, eran suyos. El niño avanzaba con cautela, seguro, pero exhausto. Escuchaba cada sonido, y fue el primero en oír el murmullo del arroyito del otro patio, adonde el Nido quería guiarlos, porque allí, en un pequeño huerto lleno de troncos podridos y humedecido por el agua, crecían, matándose entre sí por la luz y la tierra, manzanos asilvestrados, avellanos y vides.
Los niños se lanzaron sobre las nueces, las uvas pasadas de madurez y las manzanas pequeñas como animales salvajes. Bueno, lo eran: animalitos famélicos. El Nido ni siquiera se ofendió cuando por glotones les dolieron las tripas y durante la noche ensuciaron los rincones oscuros del huerto. La niña lloraba, le dolía muchísimo la barriga. Al niño seguramente también, pero no se quejaba. Hacia la mañana, por fin se durmieron, enredados en un ovillo de trapos sucios y miembros débiles como tallos de enredadera. Cuando salió el sol, el Nido alteró en silencio el perfil almenado del muro oriental del huerto para que los rayos templados dieran de lleno sobre ellos. Y cerró todos los accesos al exterior, encerrando dentro de sí aquellos regalos vivos.
El niño se despertó primero y permaneció mucho rato inmóvil, escuchando el rumor de las hojas y el canto de los pájaros. Luego se sentó y, quitándose la chaqueta rota, se la acomodó a la niña bajo la cabeza. Observó durante mucho tiempo los árboles vivos y muertos, los muros, las aberturas oscuras de los corredores y de las habitaciones que daban a la galería que rodeaba el jardín. Se sobresaltó cuando una lagartija verde corrió por el musgo del tronco de un manzano caído hacía décadas. En sus ojos grises brillaba una inteligencia depredadora y desconfiada. Libre, probablemente, como una musaraña. No parecía un regalo dócil del destino. Pero ya no podría escapar. Qué curioso: ¿qué amaría, aparte de la libertad?
Resultó que a su hermana. Cuando la niña despertó, la llevó al arroyo a lavarse, le partió nueces durante mucho tiempo y no dejó que se lanzara de nuevo sobre las manzanas y las uvas. Tampoco permitió que se alejara de él mientras exploraban las habitaciones de la galería y los corredores de alrededor: muebles carcomidos, polvo y basura, caparazones resecos de escarabajos brillando en los rincones como escamas de colores, figuritas de plata y oro de algún juego olvidado amontonadas en la serrín de una caja deshecha. La niña fue sacando una a una las figurillas, alineándolas en el alféizar mientras parloteaba con avidez. El Nido recordaba haber dispuesto así sus propias estatuas, observando rasgos de bronce y comprobando qué quedaba en su memoria de los hombres a los que aquellas estatuas honraban y qué se había perdido ya para siempre. Aunque, por supuesto, en cada rostro metálico había terminado viendo solo su propia imagen.
Pero de los rostros cálidos y mudables de los niños vivos no podía apartar la mirada. El niño sonreía al contemplar el ajetreo de su hermana con los juguetes encontrados, decía algo, la niña contestaba. El Nido, rendido por la ternura de aquellas voces infantiles, atrapaba cada palabra. El habla le sonaba conocida, se había oído allí antes. Pero en siglos había cambiado, y al principio solo comprendía los vocablos más sencillos, los más antiguos. Tampoco los niños decían gran cosa compleja, y poco a poco el sonido de sus voces fue cobrando significado:
—…¡una casa mágica, la mejor del mundo!
Con aquellas palabras de la niña, todas las piedras del Nido se volvieron ingrávidas durante un instante… y enseguida cayeron de nuevo con todo su peso. ¿Casa? ¿La mejor casa del mundo? Algo empezó a dolerle por dentro, a crujirle en las bóvedas inferiores. Estaba tan viejo, tan medio arruinado, y aun así… ¿casa? ¿De verdad era posible quererlo? ¿Y cómo se convertía uno en eso? ¿En casa? ¿En nido?
Durante medio día los niños lavaron sus harapos en el arroyo y los secaron sobre las ramas; comieron nueces y durmieron confiados al sol mortecino, enseñando los vientres blandos. El niño a veces se estremecía, miraba alrededor, escuchaba el silencio y volvía a cerrar los ojos, sonriéndole a la ausencia de gente. El Nido ni siquiera quería saber qué penalidades habían sufrido aquellos niños de ojos grises y cuerpos enjutos ni de quién habían huido. Ahora aquellos polluelos eran suyos. Los había escondido y los protegería de cualquier enemigo. No importaba que fueran retoños de una raza pálida, de ojos claros, distinta de aquella otra, amada, antigua, de piel dorada, dolor de la memoria. No importaba. También estos pequeños espectros vivos correrían por sus salas y corredores, admirarían tesoros, harían ruido, se reirían. Y el Nido, deprisa y en silencio, fue poniendo orden en los principales aposentos subterráneos. Tardó unos cinco días, pero los niños, aunque algo repuestos, seguían sin atreverse a alejarse mucho del jardín ya conocido con sus árboles frutales. ¿Temían la oscuridad de los corredores? También le tenían miedo al frío. Al atardecer, el niño recogía ramas secas y troncos podridos del jardín y, en cuanto el sol se ocultaba tras el filo de las montañas, removía las brasas y encendía un hogar en la cuartucha donde se habían hecho un nido miserable sobre lo poco que quedaba de un suelo de madera. Si aquel testarudo supiera el calor y el lujo que los aguardaban abajo…
El muchacho inquieto volvía una y otra vez a la grieta por donde habían entrado al Nido, sin entender por qué había desaparecido. Piedra compacta. Registraba cada rincón de las habitaciones exteriores y allí, comprobando que no quedaba salida, rugía unas veces y lloraba otras. Debía de ser espantoso no entender por qué una noche la abertura que daba al corredor semiderruido exterior se había transformado en una pared ciega; por qué el polvo y la grava habían desaparecido de los corredores y salones restantes y los mármoles de los mosaicos relucían con colores antiguos; por qué las manzanas y las nueces arrancadas de las ramas volvían a brotar al amanecer; por qué las brasas del hogar nunca se apagaban. Todos aquellos “por qué” se enroscaban como parásitos en su mente pequeña y devoraban la razón. El pobre niño empezó otra vez a estremecerse con cada crujido y a mirar con recelo las puertas oscuras. Pero a la hermanita le sonreía con valentía. En cambio la niña, percibiendo quizá la ternura del Nido, no temía nada, y su vocecita sonaba alegre, como una campanita de plata:
—¡Carboncito, Carboncito! ¡Mira qué animalitos hay en la pared! ¡Ayer no estaban! ¿Eso también es magia?
—Ay, Caracol… La magia no existe. Sí, son bonitos. Y no están pintados, están hechos con trocitos de… ¿vidrio, tal vez? Este es un león, este un caballo, y este no sé qué es, quizá un zorro —el niño examinaba, sin atreverse a tocarla, la restauración nocturna del mosaico—. Se parece a… no sé… a cuando una herida cicatriza, ¿no?
—La casa se está curando porque ahora nos tiene a nosotros —dijo la niña, diciendo una verdad exacta mientras recorría con el dedo el contorno de los animales. Al tocar el zorro de teselas, en una estancia remota del Nido empezó a sonar sola una vieja caja de música—. Entonces ¿la magia somos nosotros? ¡Yo quiero ser hechicera!
El Nido no los perdía de vista ni un segundo. Miraba por los ojos de cada estatua junto a la que pasaban. Vivos, cálidos, blandos, con el ritmo delicado de su respiración y su pulso infantiles, con corazoncitos diminutos e infatigables, con una piel tan fina que bajo ella, por venitas azules, la sangre caliente arrastraba hacia la nada cada segundo de sus vidas… el Nido lo iba memorizando todo. Aquellos polluelos se convertirían en un cuento maravilloso que recordaría durante siglos, cuando de sus cuerpos leves y tibios no quedara más que polvo. Sobre todo le alegraba la niña, que quería ser hechicera. Bastaba colorear con oro, delante de sus ojos, un adorno en la pared para que el asombro en la mente oscura del Nido se encendiera como una luciérnaga. Para esa pequeña de nombre absurdo, Caracol, ¡cualquier cosa era magia!
Tanto la niña como el niño se fueron volviendo limpios, agradables, dorados por el sol, mientras se bañaban durante largos ratos en la fuente de los bebés y los peces, a los pies del muchacho pescador de bronce. Al Nido se le contraían y quedaban inmóviles las raíces cuando ellos jugaban con el surtidor y chapoteaban en el agua transparente y soleada sobre el fondo de mármol blanco, bajo el cual se ocultaba el pozo negro.
Los vencejos emigraron, y el silencio sobre el Nido solo lo rompía el murmullo de la fuente… y la risa de los niños mezclada con ese murmullo. El frío llegó demasiado pronto. Empezaron lluvias grises, y aunque el Nido calentaba el agua de la fuente, los baños se terminaron. En el jardín caían las hojas. Caracol recogía las amarillas y con sus dedos ateridos hacía capas para las figuritas. Carboncito clavaba hojas en cáscaras de nuez, las echaba al agua de la fuente, y pronto en el fondo se acumuló un montón de aquel extraño desperdicio. El Nido detuvo el surtidor para que el hielo de las noches no reventara las tuberías. Desde los Campos Vacíos soplaba un viento pesado y glacial, y aunque las montañas y las paredes protegían los patios pequeños, los niños empezaron a helarse en las habitaciones de piedra; envueltos otra vez en sus harapos, ya no parecían delicadas estatuas vivas, sino fardos de trapo. Encendían el hogar cada vez más temprano, se arrimaban al fuego, asaban manzanas, tostaban nueces. Carboncito almacenó una montaña de avellanas y nueces tostadas, intentó secar manzanas y uvas, recogía restos de madera para el fuego. Por la noche se levantaba una y otra vez a alimentar la lumbre y a cubrir a su hermana.
Caracol tosía. Y aquella tos, junto a las noches heladas, empezó a asustar al niño más que los corredores oscuros de abajo. Carboncito fabricó una docena de antorchas con ramas y trapos, y así, cogidos de la mano, bajaron por la galería, cruzaron las habitaciones vacías y llegaron a la escalera. El sol les extendía por los escalones sus sombras delgadas. Abajo, delante de una puerta pesada entreabierta a la negrura, ya no había sol. El niño respiró hondo, apretó con fuerza la mano de su hermana, empujó la puerta… y la luz del Nido estalló para recibirlos. Doró sus rostros, chispeó en sus ojos. Querida Caracol. Carboncito no era precisamente querido, pero era listo, cuidadoso, necesario para Caracol… De ternura y expectación, por encima del Nido remontaron cometas fantasmales.
Una ráfaga helada del otoño se coló detrás de ellos al abrirse la puerta. El niño tiritó. Caracol solo se encogió un poco y tiró de él hacia adelante, al calor. Alfombra suave bajo los pies, esferas doradas de luz que se iban encendiendo a su paso, música apenas audible llegando de las estancias lejanas… Después de un par de pasos soltó la mano de su hermano y salió corriendo:
—¡Es una casa, una casa! ¡Yo quería una casa y se hizo casa! ¡Soy hechicera!
Carboncito apagó de mala gana la antorcha y dejó el manojo inútil de palos torcidos junto a la pared, cerrando después la puerta tras de sí. La corriente cesó.
—¡Quiero que aquí crezcan flores doradas! —gritó Caracol mientras corría.
El Nido rió sin hacer ruido, y de las paredes brotaron tallos y hojas de oro; los capullos se abrieron despacio, mostrando centros de brillantes y granates bajo las lámparas.
—Soy hechicera —susurró la niña.
—Entonces haznos aparecer aunque sea unos tamales o unas empanadas —gruñó el niño, mirando de reojo las flores que se movían junto a las paredes—. O para ti unas botas calentitas con borlas azules, ¿te acuerdas de las que tenías en casa?
—¡No me acuerdo! ¡Ahora nuestra casa es esta! —El Nido abrió ante ella unas puertas doradas, y la niña descalza y envuelta en harapos entró corriendo al Salón de Fiesta—. ¡Ay, qué calentito! ¡Ay, qué bonito! ¡Mira, comida!
El niño entró con cautela, pero el fuego de la chimenea, los destellos sobre las fuentes doradas cargadas de manjares y, sobre todo, el olor de la comida lo tragaron entero. Corrió hacia la mesa y clavó los dientes en una pierna asada. La niña trepó de rodillas a un banco y, sin tiempo apenas para masticar, mordía un panecillo de guayaba y enseguida un pastel blanco en forma de cisne. Carboncito fue el primero en reaccionar. Se apartó del asado, se sentó, cogió un plato, cortó con un cuchillo las marcas de sus propios mordiscos, añadió arándanos encurtidos y tomó una empanadilla de verduras:
—Caracol, supongamos que sí, que eres hechicera y puedes hacer lo que quieras. Entonces ¿por qué no me hiciste un pastel de maíz como el que me gusta, y para ti una tarta de merengue?
—No sé —ronroneó la niña a través del cisne dulce—. ¿Qué importa? ¿No es esto mejor que unas empanadas?
—Eran las empanadas de la abuela. ¿Te acuerdas de la abuela?
—Solo me acuerdo de ti —la niña se entristeció un segundo—. Bueno… y de cómo ardían los barcos grandes en el puerto, y de cómo tronaban los cañones del fuerte… y de cómo corríamos y corríamos, y de cómo mamá se fue y no volvió… Ay, ya cállate, Carboncito. ¡Si ahora todo está bien!
—Milagro de milagros… —El niño contemplaba la mesa, el salón, las muchachas y muchachos de bronce—. ¿Y a ti no te da miedo?
—No. Y tú tampoco tengas. Aquí nos quieren.
—¿Quién? ¿Dónde están? ¿Quién cocinó esta comida, quién encendió el fuego? Mira, en la chimenea no hay leña y sin embargo arde… ¿Por qué no salen? ¿Y por qué habrían de querernos? ¿Y si solo nos han atraído para… qué sé yo… convertirnos en estatuas? ¿O hacer empanadas con nosotros?
La niña miró el pastel que tenía en la mano, volvió la cabeza hacia una princesa de bronce detrás de ella y se sobresaltó. Luego se enfadó:
—¡No! Además, este pastel era de frutas y sabe a manzana…
—Y a mí la carne me sabe a nuez… Y los arándanos no saben a arándanos, sino a uva… Todo es engaño. Este lugar nos engaña, Caracol.
—¡No! ¡No engaña! ¡Es que ya no tiene de qué más hacer los platos! ¡Y tú solo quieres asustarme, qué malo eres! ¡Es un sitio bueno! Nos quiere y nos esconde. ¿Por qué no lo crees?
—Yo prefiero saber antes que creer. Creer es esperar que las cosas sean como a ti te gustaría, no como de verdad son. Y la verdad aquí es que este buen lugar tuyo ha cerrado la salida. Estamos presos.
—Porque ya casi es invierno —dijo la niña, pensándolo—. Y no quiere que muramos en los Campos Vacíos. Además, a lo mejor también tiene miedo de que, si nos vamos, vuelva a quedarse completamente solo.
—Eso son cuentos. Muy bien, dices que nos quiere. ¿Y si deja de querernos? —miró con recelo al héroe de bronce detrás de él—. ¿Entonces qué? Y, además, si te quieren, no te guardan encerrado.
—¡Pero es una casa! ¡Una casa de verdad!
—No. Una casa solo es de verdad cuando puedes irte de ella cuando quieras y regresar cuando quieras —el niño contempló con angustia el techo de mosaico que apenas resplandecía—. Esto es… una prisión mágica.
Caracol se encogió y dejó el pastel a medio comer. El Nido se encogió con ella. Qué niño tan odioso. Cuánto trabajo, cuánta energía había costado prepararles un refugio acogedor. ¿“Prisión”? ¿“Engaño”? ¿Qué se suponía que debía hacer, si aparte de nueces, uvas secas y manzanas no tenía otra comida humana? Preparar todos aquellos platos a partir de una cosecha tan pobre sí que era magia. Si al menos pudiera alimentarlos con sus semillas… Qué sencillo sería. A las estatuas les bastaba con un solo núcleo luminoso para que una criatura fundida en aluminio o en bronce de silicio y zinc se moviese más de una semana. Si daba de comer a todas las estatuas, casi parecía que la vida de antaño resucitaba en el Nido. Las muchachas, haciendo sonar collares, danzaban; los jóvenes —destello de sol en un bíceps terso— disparaban flechas; las madres enseñaban una y otra vez a sus bebés rechonchos a dar los primeros pasos; los siervos arrancaban uvas maduras con manos muertas y las depositaban con cuidado en cestas ya podridas desde hacía siglos. Luego las abejas y las moscas daban vueltas durante días sobre las uvas aplastadas.
¿No le gustaba estar encerrado? Vaya muchacho independiente. En otoño las tormentas de polvo de los Campos Vacíos se tragaban incluso caravanas enteras, y en invierno nadie con juicio se atrevía a cruzarlos. Había sido precisamente por aquellos Campos Vacíos por lo que él terminó desmoronándose allí, enterrándose vivo, enredando bajo sí un trenzado subterráneo de corredores, salones y escaleras. Las raíces-gusano que devoraban el basalto habían ido dejando esas oquedades arquitectónicas, ya muertas y secas. A veces las raíces seguían una veta rica de mineral, otras veces avanzaban según se le antojaba al Nido, transformando el laberinto bajo él en un encaje de vacío. Había momentos en los que temía que la roca restante no resistiera y se hundiera bajo su peso… Y otros en los que deseaba que ocurriera de una vez.
Pero no ahora.
Aquella historia hermosa no estaba saliendo de aquellos fardos de trapo. Sí, recorrieron, apartándose de las estatuas, todo el pequeño palacio dispuesto para ellos, elegante y bien caldeado, pero no jugaron ni bailaron; se durmieron en un rincón, abrazados, sobre el suelo junto a la chimenea. ¿De verdad seguían teniendo frío? Mantas no había. El Nido pasó mucho tiempo ocupándose de todo en silencio, pero al final hizo pasar un par de conductos calientes bajo el piso, y la piedra de aquel rincón se volvió tibia.
A la mañana siguiente empezó a caer la primera nevada. Desde los pozos de ventilación se filtró una humedad triste. Pero los niños, al despertar, ni siquiera comieron: fueron directamente a la salida y empezaron a rascar la puerta con desesperación. El Nido lo pensó y decidió dejarlos salir para que vieran por sí mismos qué frío hacía incluso en los patios interiores protegidos del viento. Cuando la puerta empezó a abrirse, escaparon por la rendija como alimañas, subieron corriendo las escaleras, atravesaron jadeando el largo corredor, irrumpieron en la galería… y quedaron inmóviles bajo el resplandor blanco de los copos grandes y espesos cayendo desde un cielo igualmente blanco. La niña tocó la nieve con el pie descalzo y lo retiró enseguida. El niño lloró, pero se secó las lágrimas al momento para que la hermana no lo notara.
Los niños siguieron buscando otras salidas de su juguetona cárcel subterránea, dorada y llena de estatuas, pero solo hallaban puertas cerradas. Al Nido lo ahogaba la sola idea de dejarlos entrar en la oscuridad absoluta, esa negrura taladrada por corredores y escaleras sin fin, por donde vagaban recuerdos olvidados y goteaba de los techos, como lágrimas combustibles, la humedad de la tierra; en todos aquellos túneles que no llevaban a ninguna parte, con los que había intentado atarse a sí mismo como un nudo. Aquel sitio no era para ellos, ni siquiera para el niño. Y el niño le hacía falta a la niña. ¿Qué sería de la pequeña sin él? El niño cuidaba de ella, la obligaba a comer, le servía agua de una jarra pesada y a veces hasta le enseñaba. Dibujaba signos en la ceniza junto al fuego:
—Mira, Caracol, esta es la letra “A”… Y esta es la “C”, con la que empieza tu nombre.
—El tuyo también empieza con “C”. Déjame, Carboncito. ¿Para qué quiero letras ahora? ¿Qué voy a leer? Aquí solo hay dibujos. No hay libros.
—No, libros no hay… Solo adornos. Como telarañas.
—Detesto las arañas —arrugó la nariz la niña—. A mí me gustan las mariposas y las libélulas. ¿Y a ti?
—A mí me gustan los barcos de vela —Carboncito estuvo a punto de echarse a llorar otra vez.
El Nido le habría fabricado un barco si hubiera entendido qué quería decir. Pero mariposas y libélulas de oro y plata para Caracol, eso sí podía. Las mariposas y libélulas doradas que revoloteaban bajo el techo entretuvieron a Caracol apenas un par de semanas. Lo mismo que el jardincito de plata con manzanas de zafiro, lo mismo que la casita de oro para sus muñecas. Después la niña se apagó, dejó de desear prodigios y se pegó al hermano.
En pleno invierno, en un arranque de compasión, el Nido decidió organizar una fiesta, un baile de Año Nuevo. Música, esbeltas estatuas de bronce descendiendo de sus pedestales, sosteniendo luminarias y ejecutando con perfección las figuras de la danza, destellos dorados corriendo sobre cuerpos metálicos impecables, muros joya palpitando en reflejos… Los niños no bailaron. Se acurrucaron en un rincón y observaron desde allí con los ojos enormes, vacíos y brillantes. Ni siquiera Caracol sonreía.
Esa noche Caracol lloró dormida, y el Nido vio, a la luz roja de la chimenea, lo mucho que se había afilado su carita, lo hundidos que estaban sus ojos. El niño también se estaba consumiendo. Ya no carbón, sino ceniza. Tal vez necesitaban otra clase de alimento; con solo manzanas y nueces, aunque a veces parecieran salchichas chisporroteantes o merengues livianos, los niños, al parecer, no crecían bien. Y apenas les quedaban fuerzas para el miedo. Después del primer baile fallido, las estatuas regresaron a sus pedestales, pero desde entonces los niños se apartaban todo lo posible de ellas y las observaban de reojo. Se apretaban junto a la chimenea, junto a la luz viva. Incluso Caracol casi dejó de hacer caso a las mariposas que seguían girando bajo el techo. El Nido empezó a mostrarles en los pétalos del fuego su imagen de antes, con banderas en las torres, celebraciones en el salón de gala, gente hermosa vestida de rojo. Caracol miraba con avidez y empujaba a su hermano:
—¡Mira, mira! ¡Ángeles dorados bailando!
—Eso es solo el fuego —contestó el niño, obstinado.
—¡No! —Caracol se incorporó airada y, de pronto, vio que la muchacha de bronce más cercana giraba el rostro hacia ella —el Nido solo quería ver mejor a los niños— y gritó.
Un grito fino, roto, como el de una cría de ardilla cuando la atrapa el halcón. Carboncito corrió hasta ella, la sujetó y le tapó la boca:
—¡Shhh! ¡No grites! ¡Que te va a oír el mal de abajo!
…¿El mal de abajo? De la ofensa, hasta el fuego de la chimenea se apagó. Las frágiles mariposas y libélulas doradas cayeron al suelo y se hicieron pedazos. Los niños se arrastraron hasta su rincón caliente. Bajo el techo del salón se disipaba el humo que no había tenido tiempo de irse por el conducto; olía a manzanas podridas. Sobre la mesa, bajo las luces apagadas, centelleaban cristales y el oro de los platos con restos secos. Los sollozos de Caracol se mezclaban con pequeños gemidos, y su hermano le susurraba y susurraba cosas al oído.
Cuando por fin se durmieron, el Nido volvió a encender el fuego, y sacó en silencio todas las estatuas del salón y de las habitaciones lujosas, enviándolas a la oscuridad de los corredores vacíos. Descendieron con su paso de bronce, regular como los años, por las galerías abiertas antaño por los gusanos de las raíces, más y más abajo. Y abajo las puso a girar como relojes. Un mes después, aquel movimiento mecánico dentro de él empezó a enloquecerlo, así que detuvo también aquellos monumentos a personas olvidadas y quedó inmóvil, del fondo a la cima, en silencio y oscuridad. Apenas se movían sus raíces, y en las azoteas supervivientes y en los patios se amontonaba la nieve en capas gruesas.
Los niños tampoco hacían ruido ya. Caracol aún jugaba a veces con las piedras brillantes, murmuraba con las muñequitas, mientras el niño o iba de muro en muro, o la abrazaba y le hablaba y le hablaba y le hablaba al oído, repitiéndole por enésima vez quiénes eran y de dónde venían. O rebuscaba en los rincones y comprobaba una y otra vez las puertas cerradas. Una vez se cortó el talón con el ala afilada de una mariposa rota y manchó de sangre tibia y desagradable el mosaico del piso. Carboncito se vendó el pie con trapos, pero cuando, malhumorado, barría mariposas y libélulas rotas hacia un rincón, seguían quedando marcas redondas de sangre en el suelo. Caracol lo acarició con pena, ronroneó para consolarlo, pero luego se apartó de él, tan hosco, sacó de la basura todas las alas finas, las extendió sobre la mesa y empezó a armar pavos reales planos y flores. Luego tomó un par de alas de mariposa, se las acercó a una de las figuritas de plata y suspiró. El Nido también suspiró… y cumplió su deseo: las alitas se fundieron al instante con la espalda de la muñeca.
—Soy hechicera —se aseguró Caracol en un susurro. Y acercó otro par de alas a otra figurita; el Nido repitió el pequeño milagro. Caracol gritó—: ¡Soy hechicera!
Carboncito se acercó cojeando, lo miró:
—Es bonito… Si eres hechicera, entonces haznos alas a nosotros también para salir volando de aquí en primavera.
Pero cuando llegó la primavera, apenas podían levantarse. El Nido empezó a pensar qué estatuas fundiría en su memoria: Caracol, por supuesto, sería de oro; pero el niño desagradable, ¿de qué? ¿Un héroe joven de bronce? ¿Un siervo de hierro? Parecía vivir solo por obstinación aquella criatura desconfiada. Día tras día, Carboncito, rengueando por el talón infectado, arrastraba a Caracol hasta la mesa y la obligaba:
—¡Come! ¡No hay otra cosa!
—No sabe bien. Ya ni siquiera sabe a manzana. Sabe a algodón. O a ceniza.
—Arriba me quedaron unas nueces tostadas…
—¡Un montón! —y Caracol empezó a llorar—. ¡Y pasitas!
El Nido se estremeció. Aquel “pasitas” le rajó la piedra desde las galerías inferiores hasta los gallardetes fantasmales. Y en cuanto el niño, en uno de sus gestos automáticos de tantear manijas, llegó a la puerta de la escalera de arriba, el Nido la abrió, dejando entrar el frío. Pero Carboncito no salió disparado a la libertad. Tropezando, corrió al rincón, sacó a la hermana somnolienta y la llevó con él hacia la puerta.
Arriba, un cielo gris y pesado de finales de invierno se apoyaba en las cumbres que rodeaban al Nido. Las estatuas de bronce, muy abajo, se desplomaron en la oscuridad y se encogieron cuando el Nido vio a plena luz del día los rostros sin sangre de los niños, sucios, tragando aire con avidez. El aire olía a tristeza.
Carboncito descalzo trepó por los montones de nieve apelmazada que llenaban la galería y el jardín. Caracol lo siguió. Empapados, mocosos, con manos y pies azulados, alcanzaron la cuartucha de su antiguo refugio. Allí la nieve solo había entrado por el umbral; las pasas se habían podrido, pero el montón de nueces seguía intacto, gracias al zorrillo del desierto que había acabado tiempo atrás con los ratones. La pequeña piedra con que Carboncito golpeaba las cáscaras lisas se le escapaba una y otra vez de la mano, tan huesuda que se le marcaban todos los nudillos. Qué vergüenza que, sin jardineros, los frutos se hubieran envilecido y empequeñecido tanto en aquellos siglos, y ni siquiera bastaran para llenar a Caracol…
Las horas de luz empezaron a alargarse, el sol apartó las nubes, la nieve de los patios se derritió, y los niños, reviviendo, echaban barquitos de cáscara a los arroyuelos transparentes y luego corrían al fuego a calentarse los pies. Seguían durmiendo en el rincón tibio, pero durante el día cada vez salían más a tomar el sol. Sí, la primavera tardía y el comienzo del verano eran el momento más seguro para cruzar los Campos Vacíos. Pero ¿cómo dejarlos ir? El mundo exterior estaba lleno de peligros. Ellos eran débiles, dos esqueletitos en trapos rotos, vulnerables como babosas…
¿Y cómo soltarlos, sencillamente? ¿Y quedarse otra vez solo por siglos, con las lagartijas vivas pero tontas arriba y las estatuas muertas, igual de tontas que las lagartijas, abajo?
Los patios se secaron. El talón de Carboncito cicatrizó. En el huerto olía a tierra negra y humedad, y en un rincón, bajo las cepas secas, Caracol encontró una estatua de mármol de un niño alado. Aquella noche el Nido soñó —¿o imaginó?— a muchachos voladores de piel color bronce que se deslizaban por las corrientes de aire en sus corredores de mármol blanco o se elevaban a lo largo de sus torres caladas hacia las banderas estrechas, gritándose: “¡Vamos a atrapar la suerte!”
Y aquellos, los verdaderos, después del invierno estaban tan mugrientos que cuando se lavaban en la fuente el agua se enturbiaba entera. Tras pensarlo, el Nido empezó de nuevo a calentar el agua. Al descubrirlo, Caracol se quedó fascinada mirando las nubecillas de vapor sobre el agua azul, y luego chilló de alegría, se despojó de los trapos pegajosos y se lanzó a la tibieza. Carboncito acudió corriendo al oír el chapoteo y el chillido, y se arrojó al agua con ropa y todo; una nube gris de suciedad empezó a desprenderse de él. Hicieron tanto ruido que el Nido se quedó quieto, escuchando, escuchando y escuchando la risa de Caracol para no perder una sola nota.
Media hora más tarde, adormilados por el baño caliente, colgaban los trapos mal enjuagados sobre la baranda de la galería, mientras el Nido cambiaba apresuradamente el agua de la fuente. Caracol vio cómo, apenas nacidas sobre la superficie de nuevo limpia, seguían evaporándose pequeñas nubes opalinas bajo el sol; se metió de puntillas, se acuclilló de modo que solo sobresaliera la nariz y se puso a mirar cómo el agua caliente y el aire fresco producían aquel vapor fino, dorado por el sol. El cabello, crecido durante el invierno y lavado por completo, flotaba sobre el agua como un disco de plata. Al escurrir la última camisa, Carboncito la agitó observando los agujeros, suspiró y la colgó. Luego volvió también a la fuente. Se tendió boca arriba en el agua, con brazos y piernas abiertos: blanco, testarudo, delgado como la aguja de un reloj… costillas y tendones. ¿Cómo cebarlos? Ni siquiera habría comida suficiente hasta el otoño para una sola Caracol, y encima estaba aquel tozudo.
El sol cegaba al muchacho y cerró los ojos. Durante un rato solo se oyeron el rumor constante de la fuente y el goteo de la ropa tendida. El sol todavía calentaba poco, pero del trapo salía vaho y las gotas caían cada vez con menos frecuencia. La fuente murmuraba con regularidad. Carboncito se adormecía. A Caracol el vapor del agua le aburrió, y, quizá por haber añorado demasiado durante el invierno el juego, salió en silencio y se acercó a las estatuas del surtidor: los bebés que llevaban siglos jugando con peces gordos y el muchacho adolescente, pescador, que recogía la red. La frente de bronce brillaba al sol. Caracol tocó todos los peces y todos los traseros y mejillas rollizas de los niños verdosos, y luego, a través de las cortinas de agua centelleante, se quedó mirando la cara del pescador. Se sobresaltó. Miró por encima del hombro hacia su hermano. Y volvió a contemplar aquel rostro de bronce, limpio y deslumbrante de agua y de luz:
—¡Carboncito! Este muchacho de la red se parece a ti, ¿verdad? ¡Solo que más guapo!
Entonces el Nido comprendió qué debía hacer. Todo en él quedó suspendido, hasta los gusanos de las raíces dejaron de roer el basalto. Solo hacía falta que Caracol… La cascada de agua le impedía ver bien, y ella se acercó más, cruzó la campana del surtidor y trepó a una roca de bronce, luego a otra. Qué ligera era. Qué tibia. Y qué agarrada, como un monito. Una vez arriba, por encima de las cabecitas redondas de los bebés, aferró el hombro bruñido por el agua del pescador… y el Nido soltó de inmediato la red pesada, la abrazó con fuerza y la apretó contra sí. Caracol cerró los ojos y soltó un chillido. Se quedó rígida y chillando en una nota tan desgarradora que no oyó el golpe del agua al desplomarse en el vacío cuando los pétalos de mármol del fondo se abrieron al instante. Ni vio la negrura inmensa adonde cayó, reluciendo un segundo su piel blanca al sol, la figura quebrada de terror.
Un momento después el fondo de mármol volvió a cerrarse y la taza comenzó a llenarse otra vez, lentamente, con agua limpia y tibia, bañada por el sol.
Durante tres días Caracol no habló ni se movió. Solo miraba y miraba el rostro de bronce del Nido con una mirada detenida. El Nido ora la llevaba en brazos, ora la guiaba de la mano, ora la acostaba junto al fuego para que entrara en calor, ora le contaba todo lo que había escuchado con la voz de su hermano… y su carita fue recobrando vida. No preguntó por él. Bastaba decirle:
—Se ha ido y no volverá.
Unos días más tarde empezó a beber y a comer; al caer la tarde volvió a jugar con las piedras brillantes; por la mañana sonrió a una mariposa en el jardín. Al mediodía estaba ya casi como antes: corría tras las mariposas, trenzaba coronas de flores de oro y plata. Una semana después, su piel se había cubierto otra vez de un bronceado suave. Regresaron los vencejos y llenaron el cielo de gritos. Durante tres días el Nido tejió para Caracol un vestido con hilos finísimos, más finos que una telaraña, de oro y aluminio. Quedó algo frío y pesado, pero a Caracol no le importó. Se dejó vestir; al fin y al cabo, no tenía otra cosa, porque el Nido había quemado los viejos harapos. Parecía la misma niña de antes: sonreía a los vencejos, murmuraba a sus muñecas aladas, intentaba atrapar mariposas. Solo que no se acercaba a la fuente y, a veces, sus ojos adquirían una expresión vacía, como si de verdad estuvieran hechos de plata. Entonces el Nido se apresuraba a contarle cuentos o a cantarle. Caracol escuchaba. Se tranquilizaba. Ella misma le cogía la mano con su pequeña manita firme y no apartaba los ojos de su cara. Al fin y al cabo, el Nido hablaba con la voz de Carboncito. Y tenía su cara. Solo que de bronce.
Los días se hicieron más cálidos. En el jardín, entre las flores doradas, brotaron de la tierra negra las primeras flores verdaderas. Caracol preguntó:
—¿Y cuándo nos iremos de aquí?
El Nido se sorprendió. ¿Irse? Miró la corona de cumbres que desde el principio de los tiempos le había cerrado el horizonte. ¿Irse? ¿Separarse de la red vacía de raíces muertas que había devorado el basalto y las vetas de mineral? ¿De los recuerdos de bronce acumulados en el fondo? ¿Del barro espantoso de allá abajo, donde ya no quedaba ni terquedad, ni brillo de inteligencia, ni nombre? ¿Y por qué él había callado mientras caía?
Caracol alzó un aguamarina tallado con perfección y lo sostuvo frente al sol.
—Carboncito seguramente se fue al mar. A él le gustan los barcos de vela.
—A mí también me gustan los barcos de vela —se apresuró a decir el Nido, sin comprender realmente de qué hablaba. No importaba: Caracol sonrió—. Iremos nosotros también al mar.
Hasta el anochecer tejió, con hilaza metálica, unas botitas flexibles y cómodas para las patitas delicadas de Caracol. Con borlas. Con suelas resistentes, con plantillas de corteza blanda. Por la noche hizo dos zurrones: en el pequeño guardó todas las nueces verdaderas que quedaban; con cada una, gracias a la habilidad adquirida aquel invierno, podía alimentar a Caracol durante varios días. En el otro metió sus propias semillas pesadas, las cosechas de siglos que había acumulado: gemas resplandecientes de sol atrapado, gabro u obsidiana en cáscaras de bronce, de cobre puro o de oro. Con aquellas provisiones podría ya cruzar con Caracol los Campos Vacíos. O llevarla en brazos. Sí, durante el viaje tendría que gastar sus semillas para mantener vivo su cuerpo de bronce, para acompañar a su pequeña hechicera y protegerla de cualquier peligro.
Al amanecer llevó a Caracol dormida por los corredores hasta la grieta exterior que Carboncito jamás habría encontrado. El suelo vibraba apenas bajo sus pies. A su espalda crujía algo —no eran lagartijas—: se desprendían los mosaicos y el dorado de las paredes, porque muy abajo la roca empezaba a ceder, aplastando el cementerio de bronce de los niveles inferiores. Pronto se hundirían también todas las galerías y corredores, de abajo arriba. El horno, abandonado, empezaba a fundir la piedra. Las raíces, sintiendo su marcha, se agitaban, latían, se encogían, y de pronto comenzaron a devorar a los siervos de hierro, los tesoros y las semillas restantes de las despensas. No importaba.
Por la grieta entraba un viento azul de mañana, y Caracol, en sus brazos, tintineando bajo el peso del vestido de oro, se hizo un ovillo, pero no se despertó. Que durmiera. Al fin y al cabo, era mejor que toda su vida fuese un sueño hermoso lleno de maravillas. Cualquier milagro para ella. Solo tenía que cruzar los Campos Vacíos y encontrar un lugar donde, bajo la tierra, hubiera abundancia de minerales y vetas. Entonces sacaría del zurrón una de aquellas semillas pesadas que sonaban sordamente al chocar entre sí, la arrojaría al suelo, y al instante brotaría en un tallo monstruoso que levantaría torres hacia el cielo: él mismo. Pero nuevo, sin la pátina del recuerdo sobre los bebés rechonchos de bronce. Con habitaciones doradas para Caracol.
Al mediodía el sol había calentado tanto su bronce que Caracol se removió y pidió caminar por sí misma. Iba despacio, muy despacio. Un esqueletito encorvado bajo la pesada escama de oro. Él, en cambio, se hundía en la arena hasta los tobillos o las rodillas. Aun así, se alejaron lo bastante de las montañas como para que la erupción del pequeño volcán débil en que se estaban fundiendo sus ruinas ya no supusiera peligro. Se volvió a mirar la lava descendiendo lentamente entre las rocas. Roja. De allí salía un aliento ardiente.
—Estoy cansada —dijo Caracol, dándole la espalda a las montañas—. Mucho. Y el vestido está muy caliente.
Se sentó en la arena y luego se tumbó entera, recogida como un caracol. Había que fabricar una concha de vidrio con la arena de los Campos Vacíos, montarla sobre ejes de bronce con ruedas altas y engancharle un caballito de oro. Le llevó tiempo, pero hizo lo que había pensado. El caballito salió muy pequeño, pero Caracol, al despertar, corrió enseguida hacia él, lo acarició y sonrió. Después se metió de buen grado en la concha transparente y pasó el día moviéndose allí dentro, tarareando cositas infantiles o volviendo a dormirse.
Tanto el caballo como el carruaje se atascaban y se hundían en la arena suelta. Él también. Las fuerzas se gastaban. Incluso tuvo que comerse una nuez más de cáscara de bronce y darle otra al caballito dorado. Pero avanzaban y avanzaban hacia el horizonte. Faltaba entender para qué. ¿El mar? ¿Qué era el mar?
Al caer la tarde, cuando el cielo se volvió de oro, Caracol lo llamó:
—¡Carboncito! Tengo sed. Y hambre.
Y el zurrón ligero con las nueces ya no estaba a su espalda. No estaba, por mucho que lo buscara. Lo había dejado allá, junto a la fuente, donde ahora solo quedaba piedra fundida desprendiendo gases venenosos. Y agua tampoco había. Ni siquiera se había acordado del agua al salir.
Caracol había bajado de la concha y estaba delante de él: pequeña, feamente quemada por el sol, con los ojos hundidos. Y toda ella dorada por la luz del atardecer. Con su vestido de oro. Quizá sería mejor que ella entera se volviera hermosa y dorada. Pesada, muda, invulnerable.





