El hijo de Galina se casó por segunda vez hace un mes

El hijo de Francisca se casó por segunda vez hace un mes

Hace ya bastantes años, recuerdo bien como el hijo de Francisca se casó en segundas nupcias en pleno verano y, poco después, trajo a su nueva casa a esa chica tan bonita de trece años, Lucía, hija de su nueva esposa. La trajo al pueblo, con su nueva abuela, para pasar una semana entera.

Antes de irse, la madre de Lucía se acercó a la suegra y le susurró con delicadeza:

Téngalo presente, Lucía nunca ha estado en un pueblo. Y su carácter bueno, ya sabe cómo son a esa edad. Así que, por favor, manténgase firme con ella. Cualquier cosa, me llama y vengo a por ella.

¿Cómo que cualquier cosa? no acababa de entender Francisca.

La nueva nuera solo le dedicó una sonrisa, le plantó un beso en la mejilla, se subió al coche con su marido y desaparecieron entre el polvo del camino.

Lucía, anda, ve a por agua le pidió enseguida Francisca alcanzándole un cubo vacío.

¿A dónde? preguntó Lucía, algo desconcertada.

A la fuente del pueblo.

¿Y eso qué es la fuente? insistió la niña.

La fuente es la fuente. Allí, saliendo por la verja, a un tiro de piedra de la casa, hay un artefacto con un grifo. Pones el cubo debajo, abres el grifo, coges el agua y la traes a la cocina.

Abuela Paquita, ¿de verdad? Lucía la miraba con ojos inmensos. El agua, normalmente, se saca del grifo de la cocina. ¿No tiene usted?

Claro que tengo grifo respondió Francisca con una sonrisa nostálgica, pero hace ya una semana que no sale ni gota de ahí.

¿Y eso?

Porque el agua de la red la cortó el fontanero, don Esteban. Dice que tiene que cambiar una válvula o algo así. Toca ir a la fuente mientras tanto, allí el agua nunca falta.

No Lucía dejó el cubo en el suelo. Yo no voy a hacer eso. Si hay grifo, el agua debe salir de ahí.

Bueno la abuela se encogió de hombros, entonces lávate de momento aquí. Llevó a la chica ante una barrica grande, puesta justo debajo de la bajante del tejado. Coge un poco del agua de lluvia con la mano y lávate.

Abuela, ¡si ahí hay hasta bichitos! protestó Lucía con asombro.

Son larvas de mosquito explicó Francisca. No hacen nada.

¿Y para lavarme los dientes? puso cara de horror Lucía. ¿También tendría que sacar agua de ahí?

Claro. El lavabo tampoco tiene agua.

Vale, ya voy suspiró Lucía resignada, cogió el cubo y salió refunfuñando hacia la cancela.

Tardó unos quince minutos en volver. Llegó sudada, y aún así, el cubo traía apenas un par de litros de agua.

¿Qué ha pasado para tardar tanto? preguntó Francisca.

No sabía cómo abrir el grifo de la fuente. Menos mal que un señor pasó por allí y me enseñó.

Bien, hija, bien. Francisca vació el cubo en el pila y devolvió el cubo a la niña. Ya tienes agua para lavarte. Pero hace falta más para cocinar la cena.

¿También para eso? Lucía miró asustada. ¿Hace falta tanto agua?

¿Y cómo si no? rió Francisca. Pero si prefieres, la saco de la barrica.

¡No, no! chilló Lucía, agarró el cubo y volvió corriendo a la fuente.

Así repitió la caminata cinco veces. Mientras tanto Francisca ya se afanaba en la cocina. Al rato, Lucía, agotada, preguntó casi frustrada:

Abuela, ¿y por qué no arreglan el agua? Si en mi ciudad, cuando algo va mal, llamas por teléfono y en una hora lo arreglan.

Aquí también se puede llamar contestó Francisca, irónica. Pero hay que ir en persona hasta la calle de al lado, al número 58, y avisar. Pero ellos tienen agua, así que Esteban no tiene prisa.

¿Y por qué no vas tú y se lo exiges?

He ido más de cien veces Francisca agitó la mano. Pero Esteban, que si está en el campo, que si en la vaquería Siempre dice mañana. Y así lleva días. Es el único fontanero de la aldea.

Bueno Lucía se quedó pensativa, y luego preguntó: ¿Qué número casa era, dices?

Cincuenta y ocho.

¿Y para qué lado?

Aquél. Francisca señaló con la barbilla. Pero ¿para qué preguntas?

Ahora mismo, voy a hablar yo misma con ese Esteban vuestro.

Lucía salió disparada, tan rápido que Francisca ni tuvo tiempo de parpadear. Se le perdió la pista, y, pasados treinta minutos, la abuela ya no pudo más, y caminó deprisa hacia la casa del fontanero.

¿Ha pasado por aquí una niña? preguntó a la esposa de Esteban.

¿Esa revoltosa es tuya? le respondió Constanza mirándola de reojo.

¿Por qué revoltosa?

¡Pues mira lo que me ha armado! Primero, quiso ver a Esteban de inmediato, y luego me estuvo dando la charla, que si su marido piensa solo en él, y no en los demás ¡Mi Esteban, que va como un loco de un lado a otro del pueblo! Hasta amenazó con quemarnos el cobertizo si hoy no ponían el agua. ¿Te parece normal?

¡Válgame Dios! Francisca se tocó el pecho. ¿De verdad Lucía dijo eso?

¡La llamáis Lucía, pobrecicos! Menuda dulzura

¿Y ahora donde anda?

¡Y yo que sé! Imagino que fue a buscar directamente a Esteban.

¿Y él?

En el campo, ¿dónde si no, con la cosecha? Arreglando el tractor, y encima me asustan con esas tonterías.

¡Jesús! gritó Francisca, salió pitando y se fue hacia el campo de trilla.

No llegó lejos, porque vio acercarse un tractor. Lo conducía Esteban, y a su lado iba una Lucía con cara de pocos amigos. Al verla, Esteban frenó el tractor y gritó para hacerse oír entre el ruido:

¿Es tuya? señaló a la niña.

Francisca, aliviada, asintió y gritó preocupada:

¿A dónde la llevas, Esteban? ¡Recuerda que es una cría! ¡Que aquí no se puede arrestar a los niños!

¿Arrestar? rio Esteban. Te llevo a cambiar la válvula, que tu muchacha, más cabezota que nadie, amenazó con pinchar las ruedas de los tractores si no les llevaba agua. ¿Sabrá ella acaso que eso no puede ser? Esteban rompió a reír. Ojalá tuviéramos más mocitas como esta, menuda guerra daban, pero seguro que arreglábamos este pueblo entre todos. ¿Qué dices, milindres, quieres llevar el tractor?

¡Sí, sí! gritó Lucía emocionada.

Sube a mi sitio, agarra el volante, que vamos al agua. Pero me vas a echar una mano con las herramientas ordenó Esteban.

¡Vale! respondió la niña, y, feliz, se puso al mando.

A Lucía se la llevaron sus padres del pueblo solo tras veinte días, justo el treinta de agosto, y aun así fue a regañadientes, solo porque la escuela empezaba pronto. De no haber sido por esto, habría seguido allí más tiempo: quehaceres en el campo no le habrían faltado, especialmente en otoño.

Оцените статью
Elena Gante
Добавить комментарии

;-) :| :x :twisted: :smile: :shock: :sad: :roll: :razz: :oops: :o :mrgreen: :lol: :idea: :grin: :evil: :cry: :cool: :arrow: :???: :?: :!:

El hijo de Galina se casó por segunda vez hace un mes
De Lege Plek Aan Tafel