La fiesta en casa de la familia — entrada sin fronteras

La fiesta en casa de la familia — entrada sin fronteras

25 de marzo

— Otra vez… — murmuró Laura en voz baja mientras miraba el fregadero lleno de agua jabonosa.

Las agujas del reloj de la cocina marcaban sin piedad la 1:15 de la madrugada. Toda la casa estaba en silencio. Desde la habitación del fondo llegaba la respiración suave y tranquila de la pequeña Sofía. En el dormitorio, seguramente, su marido Andrés ya dormía profundamente. La lámpara de la cocina proyectaba un cálido círculo amarillo sobre la mesa, donde descansaba una taza de té de manzanilla que se había enfriado hacía rato.

De pronto, el timbre de la puerta cortó el silencio como un cuchillo afilado. Largo, insistente, con breves pausas que daban tiempo a pensar un impotente «por favor, que no sea otra vez».

Desde el dormitorio llegó la voz somnolienta, pero claramente reconocible, de Andrés:

— ¿Otra vez él?

Laura se secó las manos en la bata, contuvo un bostezo — ese que deseaba convertir en una señal clara de «estoy durmiendo, mundo, déjame en paz» — y se dirigió hacia la puerta. Mientras caminaba, sentía una mezcla de irritación, vergüenza por sentirse irritada y un cansancio tan pesado como una manta mojada.

A través de la mirilla vio la silueta conocida: hombros anchos, vieja chaqueta de cuero y una gorra ladeada hacia atrás. Su suegro, don Pedro, estaba de medio lado, apoyando una mano en la pared mientras sostenía con la otra una voluminosa caja de cartón.

A sus pies había una bolsa del supermercado con logo verde. Laura ya sabía perfectamente qué contenía: galletas de avena. Siempre las mismas.

Abrió la puerta.

— ¡Laurita! — exclamó don Pedro con una sonrisa radiante, como si fueran las doce del mediodía—. ¿Todavía no estás durmiendo? ¡Qué bien! Solo me quedaré diez minutos.

— Buenas noches, don Pedro — intentó sonreír ella—. Son la una y cuarto de la madrugada, por si no se ha dado cuenta.

— ¡Qué va, la noche todavía es joven! — respondió él quitándose importancia con un gesto de la mano—. Y yo también, mientras las piernas me sigan respondiendo. ¿No me vas a dejar pasar? Traigo un tesoro.

Levantó la caja. En la tapa había una etiqueta descolorida que decía «Cinta 8 mm». En una esquina alguien había escrito con bolígrafo: «1978. Nochevieja. Casa». La caja olía a polvo, a armarios antiguos y a una vida que Laura solo conocía por fotografías.

— ¡La encontré, imagínate! — dijo don Pedro mientras ya se colaba en el pasillo sin esperar una invitación formal—. Estaba en el altillo del vecino. Le dije: «¡Esto es mío!». Al principio no me creía, pero reconoció la letra de Elena.

El nombre de Elena, su esposa fallecida hacía diez años, resonó en el estrecho pasillo como un fantasma.

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Elena Gante
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Hun sagde aldrig noget – men hendes tegning gjorde