Mi marido y yo estamos casados y felices, o eso parece en esta extraña nube en la que caminamos juntos.
Nos conocimos en la universidad, un lugar tan enorme como la biblioteca del Prado. Nunca pensé quedarme allí, siempre quise volver a mi ciudad natal, ese rincón al lado del río Tormes, donde el sol parece dorar más las paredes. Sabía que, gracias a mi especialidad, sería casi como una reina en mi tierra, una experta tan rara como el vino añejo en una taberna secreta.
Soy especialista en enfermedades del corazón, pero no de personas, sino de animales: gatos, perros, incluso vacas. Los clientes ricos son pocos, pero existen, y hasta los más humildes corren al veterinario si su mascota hace un ruido raro al respirar. Mi marido también es veterinario, pero destaca en los diagnósticos, leyendo radiografías como quien descifra cartas antiguas.
Cuando pregunté por las clínicas locales, vi que era igual en todas partes. Se conforman con lo simple: esterilizar, poner vacunas. No aceptan casos complejos; no les sale a cuenta. Así que abrimos una clínica para los que buscan respuestas, donde nos retamos con diagnósticos difíciles. También hacemos investigaciones para otros veterinarios y trabajamos como un equipo, como los músicos de una tuna desafinada pero entusiasta.
Nos va bien económicamente, sin abusar con los precios: por eso tenemos suficientes clientes. Ya nos compramos un piso propio, tenemos auxiliares (que ya no duermen en la clínica), y me queda tiempo para hijos y casa, aunque todo parece girar y cambiar como una veleta en tormenta.
Sin embargo, los padres de mi marido no están contentos conmigo.
Sé que están molestos porque él dejó su ciudad para venirse a la mía. Ellos sueñan con que regrese y que traslademos la clínica y la familia a Madrid. No entiendo por qué les incomoda; su hijo tiene dos hermanas, ambas viven muy cerca de ellos, así que no están solos. Nosotros fuimos quienes ayudamos a sus hermanas, les dimos euros para la entrada de sus pisos.
Siempre soy cortés con ellos, o al menos eso intento mientras todo parece tan extraño, como si el cielo estuviera al revés.
Los padres de mi marido no conocen la distancia ni los límites.
Hoy su padre me llamó:
Que nos veamos esta noche, a las 19:00. Pasa a recogerme.
Son las 17:00 le contesto.
Pues date prisa.
Me toca buscar a la niña, hacer feliz a mi auxiliar porque se queda hasta tarde, y guardar silencio sobre el desastre del pastel que intentaba preparar.
En el coche.
La más pequeña va detrás, en la sillita, jugando con un muñeco que parece un ratón con bigote de cura.
Mi marido está en la clínica, operando un perro herido; mi suegro no me deja llamar un taxi, insiste en que conduzca yo misma, como si el volante fuera un cetro.
Mi suegro, ya enfadado, empezó a discutir por teléfono buscando un coche aparcado, yo me negué a bajar, no quería despertar a la niña.
Entró, dio un portazo, empezó a gritarme:
Podrías haber salido reniega.
Mi hija duerme, no la despiertes le digo.
¡Qué más da! El que quiere dormir, duerme.
La niña se despertó, lloró.
¿Creéis que el abuelo intentó tranquilizarla? ¿Le dio una muñeca, aunque fuese de trapo?
No. Descubrí que tengo hijos malcriados, según él, y que es mi culpa por quedarme en casa con ellos hay que criarlos, no ver la televisión, sentencia. Supongo que trabajar cinco, diez o incluso doce horas en la clínica equivale a estar en casa.
Pero su hijo sí que trabaja, claro.
Empezó a protestar porque conduzco rápido, como si fuera a matarnos. Y me suelta que mi marido ya tiene una novia joven esperando en casa, una que sí le dará hijos normales y bien educados.
La niña sigue llorando y mi suegro, en vez de consolarla, grita para que se calle cuando los mayores hablan.
Así que giro el coche.
Lo llevo de vuelta a la estación: Adiós. Adiós, adiós
Cuando llego a casa, mi marido me espera decepcionado en la puerta; su padre ya le había grabado todo en vídeo, como si fuera un documental de la tele.
Le entrego a nuestra hija, que sigue llorando:
Una palabra más y te vas con tu padre. Allí te espera la novia. Tendrás hijos nuevos, obedientes. Pero ahora, ponte a trabajar, que si no, gritaré yo.
Mi marido mira hacia otro lado, y me doy cuenta de que esta conversación ya la he vivido antes, que todo esto es un bucle absurdo de sueños raros: su padre nunca volverá a visitarnos. Todo termina flotando, como si fuera una burbuja que explota en silencio, rota y olvidada en algún rincón de la madrugada castiza.






