Un autobús recorría las calles de Madrid bajo una lluvia persistente. Dentro, los pasajeros permanecían sentados, casi ausentes, cada uno absorto en sus propios pensamientos y sin prestarse atención entre ellos. En una de las paradas, subió un hombre sin hogar. Aunque no debía tener más de cincuenta años, su rostro reflejaba el paso de mucho más tiempo. Un olor fuerte e incómodo llenó el ambiente del autobús. Sus ropas estaban sucias y desgastadas.
Por favor, buena gente, ¿podríais darme unas monedas para pan? Llevo tres días sin comer pidió el hombre con voz cansada.
La mayoría de los pasajeros fingió no escucharle. Algunos rebuscaron en sus bolsillos o monederos, titubeando entre la compasión y la indiferencia.
De pronto, uno de los pasajeros, un hombre de aspecto serio y bien vestido, levantó la voz:
¿No tienes para comer? ¡Vete a trabajar! ¿Hasta cuándo vas a vivir a costa de los demás? Hoy mismo me han echado del trabajo y no ando pidiendo. Encima estoy agobiado con la hipoteca de mi piso.
El hombre sin hogar bajó la mirada, avergonzado. Sus manos, ennegrecidas y temblorosas, hurgaron dentro de los bolsillos. Sacó unas pocas monedas, todo lo que tenía ahorrado, y se las ofreció al hombre que acababa de recriminarle.
Toma, te harán más falta a ti. Seguro que alguien tendrá piedad y me ayudará a mí murmuró con sinceridad.
Con estas palabras, el hombre sin hogar se dispuso a bajar del autobús en la siguiente parada. El otro pasajero lo siguió rápidamente, intentando devolverle el dinero. Los demás observaban la escena en silencio, visiblemente conmovidos.
Al alcanzarle en la acera, el hombre bien vestido intentó explicarle su postura, pero el sintecho esbozó una sonrisa y negó suavemente con la cabeza, rechazando recuperar las monedas.
La vida es un regalo, amigo. Hay mucha buena gente en el mundo. Solo hay que saber apreciar cada instante y encontrar alegría incluso en los malos momentos reflexionó el hombre sin hogar, con una serenidad inesperada.
El hombre se quedó paralizado bajo la lluvia, las lágrimas mezclándose con el agua en su rostro. Era evidente que aquello le había removido el alma. Apretaba con fuerza las monedas que acababa de recibir de quien menos esperaba.







