— ¿Qué tanto te demoras? Date prisa, o tú y tu madre van a llegar tarde.
— No vamos a llegar tarde. Nunca llegamos tarde. —Sasha luchaba valientemente con sus medias.
— ¡Arréglate y cállate! —La abuela le dio un coscorrón a su nieta, quien soltó un quejido habitual.
— ¿Por qué tengo que ir a la escuela? —murmuró Sasha mientras se ajustaba los anteojos—. Ya me leí todo el libro de Ciencias Naturales, la enciclopedia, todos los libros de lectura…
— Porque es necesario, necia.
Sasha logró ponerse las medias, se puso la falda y la blusa, y se estremeció. El uniforme escolar era muy incómodo. La abuela iba a seguir regañando a su nieta, pero su madre entró en la habitación.
— Sashenka, vamos. Es hora de recibir conocimientos.
— Voy, mami. —La niña obedeció y caminó hacia el pasillo.
Llegaron diez minutos antes del timbre. Su madre se fue a preparar el aula y Sasha se dirigió a su clase. Tendrían Ciencias Naturales.
Sasha no le había mentido a su abuela cuando dijo que había leído todo el libro de texto. Leerlo era interesante, pero en clase se aburría. Svetlana Pávlovna montaba un espectáculo, hablando con los alumnos como si fueran del grupo de jardín de infantes. Sasha ya había superado eso hacía tiempo. ¡Cómo no, si estaba en segundo grado!
Dibujar en el cuaderno le ayudaba a pasar el tiempo durante la clase. Sasha trazaba un barco en la hoja cuadriculada cuando le llegó un papel arrugado. La niña se sobresaltó hacia el lado de los atacantes. Detrás del pupitre vecino, dos niños se reían y le hacían señas para que Sasha abriera el mensaje. Difícilmente sería un mapa del tesoro, pero la curiosidad pudo más y desdobló el papel sobre su pupitre.
“Sasha-la-perdida, ¿dónde está tu papá, mugrienta?”, leyó en el mensaje. Sus ojos se llenaron de lágrimas de impotencia. Sasha respiró hondo, sintiendo cómo sus orejas comenzaban a enrojecer. Arrugó el papel y lo arrojó contra los alborotadores. Ellos hicieron muecas y se rieron más fuerte. Entonces Sasha les lanzó su bolígrafo.
— ¡No la toques, es contagiosa! —se burlaban los niños de segundo, riéndose a carcajadas—. ¡Sasha-la- mugrienta! ¡Sasha-la-caca!
— Ustedes… ustedes son unos tontos, unos maleducados que ni siquiera saben qué es Sirio. —Sasha fruncía el ceño, apretando tanto la mandíbula que temía que notaran que le temblaba la barbilla.
— Uuuh… ¡Sirio! Eso lo sabe todo el mundo, tonta. Es el padrino de Harry Potter. Oigan, ¡la de los anteojos tampoco tiene papá! —satisfechos con su broma, los niños chocaron las palmas.
— ¡Sirio es la estrella más brillante! —su barbilla comenzó a temblar aún más.
— ¡Sabelotodo! ¡Sabelotodo de anteojos!
Sus orejas rojas presagiaban una gran tormenta. Explotó. Sasha, con toda su furia, lanzó su libro de texto contra los provocadores. Le dio a uno justo en la frente. La ira de la niña de ocho años se disipó de inmediato. Por fuera, Sasha parecía calmada, pero por dentro… sonaba una trompeta triunfal, ondeaba una bandera, lucía una medalla al valor.
— ¡Svetlaaaaana Pávlovna! —aulló el niño, arruinando el momento de gloria—. ¡Sasha me tiró el libro!
— ¡Ellos empezaron primero! —respondió Sasha con el ceño fruncido.
— ¿Lesha y Timur te tiraron un libro a ti? —la maestra, una mujer canosa y seca, se acercó al pupitre de Sasha. Le recordaba mucho a su abuela.
— N-no. Me insultaron.
— Sasha. Todo se puede resolver con palabras. Si les dices que te sientes ofendida, ellos dejarán de hacerlo. ¿Verdad, niños?
Los alborotadores asintieron enérgicamente con sus cabezas de pollo. Sasha volvió a respirar hondo. ¡Hasta la maestra estaba de su lado!
— Debo tomar medidas, Sasha. No es la primera vez que te peleas. ¡Eres una niña!
— ¿Por ser niña debo aguantar a estos tontos? —Sasha miró directamente a los ojos de la maestra. Esta apretó los labios con fuerza, y las arrugas que le llegaban hasta la barbilla se marcaron aún más. Sasha pensó que parecía un Cascanueces malvado, a punto de triturarla con sus fauces.
— Me veo obligada a informarle a tu madre sobre tu comportamiento. Y las acompañaré con la directora.
Sasha frunció el ceño, imaginando lo decepcionada que se pondría su mamá, cómo la regañaría. Y si se enteraba la abuela… ¡Qué horror! Tal vez hasta le quitarían los dulces. ¡Malditos niños! ¡Si ella no tenía la culpa!
Durante todo el camino hacia la dirección, Sasha permaneció en silencio, mirando la punta de sus zapatos. Los moños se los había arrancado al segundo día; ahora solo quedaban restos de pegamento. Por eso su abuela le había dado un coscorrón doloroso, pero Sasha no se arrepentía.
La maestra entró al aula donde estaba la mamá de Sasha. Ella bajó la mirada hacia su hija con decepción y se dirigió a Svetlana Pávlovna:
— ¿Qué hizo esta vez?
— Volvió a pelear. Le lanzó un libro a un compañero. Dice que se estaban burlando.
— Hablaré con ella en casa.
— No, Nadezhda Víktorovna, me veo obligada a informar a la directora. No es la primera vez que su hija se pelea. Al parecer, las conversaciones en casa no son suficientes para cambiar su conducta.
Sasha quería gritar: “¡Yo estoy aquí!” Los adultos no la notaban. Se sintió aún más pequeña, del tamaño de una hormiga. Podrían aplastarla sin darse cuenta.
Svetlana Pávlovna llamó a la puerta de la dirección y, tras escuchar un perezoso “Adelante”, las tres entraron.
— María Vasílievna, ¿podría atenderla un momento?
— Ya me atendieron. ¿De qué se trata?
— Una alumna se peleó durante mi clase. No es la primera vez, por eso me veo obligada a informarle.
— Bien… —la directora chasqueó la lengua. Sasha pensó que parecía un gran sapo, igual de fofa y verrugosa. A ella no le daban miedo los sapos comunes, pero este… podría atrapar a un alumno con su larga lengua y tragárselo como si fuera un insecto—. Svetlana, cuéntame con más detalle.
Mientras la maestra relataba lo sucedido, la mamá de Sasha miraba los dibujos de la alfombra soviética en el suelo. Recién cuando despidieron a Svetlana Pávlovna para que volviera con los niños, Nadezhda levantó la vista hacia la directora.
— Bien… —repitió María Vasílievna—. Sasha. Eres una niña inteligente, sabes que pelear está mal.
— ¡Ellos empezaron primero! —la niña apretó la mandíbula con tanta fuerza que le dolían las sienes.
— Te voy a contar un secreto: las niñas son más inteligentes que los niños —la directora movió la cabeza con picardía y sus papadas se estremecieron—. Y tú debes ser más inteligente. Los niños así coquetean. A su corta edad no saben hacerlo de otra manera.
— ¡No están coqueteando! ¡Me insultan!
— Sasha. —la madre la interrumpió.
— No te preocupes, Nadia. Por esta vez quedará solo en una conversación. Pero te aconsejo que le expliques a tu hija que no se puede golpear a los compañeros. En esta escuela eso no está permitido. Si la situación no cambia, te sugeriría buscar otra escuela para tu hija.
— Sí, sí, María Vasílievna. ¡No necesitamos otra escuela! Hablaré con Sasha. En casa. No volverá a comportarse así. —Sasha notó que su madre se sonrojaba. Algo le dolió en el pecho: ¡su mamá se avergonzaba de ella! Su barbilla volvió a temblar.
La puerta de la dirección se cerró detrás de ellas, y Nadezhda arrastró a la niña por el pasillo de inmediato. Cuando estuvieron a una distancia prudente para que no las oyeran en las oficinas, la madre se inclinó hacia su hija y susurró:
— ¿Por qué me haces quedar mal? Sasha, ¡yo trabajo con esta gente! ¿Qué van a pensar de mí si tengo una hija tan mal educada?
— ¡Esos niños son los maleducados! —insistió la niña—. ¡Me insultan y me tiran papeles ofensivos!
— Los papeles no son un libro. Tú podrías haber lastimado a ese niño. ¿Y qué, voy a tener que pagar su tratamiento? Tu mamá no es millonaria.
— Lo siento, mami. —se disculpó Sasha.
— Eres mi niña dulce y tierna —la voz de Nadezhda se suavizó—. Una niña como tú no debería pelear, hija.
— Sí, mami. —asintió Sasha dócilmente y apretó los dientes con más fuerza.
Su madre la besó en la cabeza y la acompañó hasta el aula. Mientras caminaba hacia su pupitre, sus compañeros susurraban y la miraban de reojo. Pero apenas la maestra alzó la voz, todos se callaron. Solo Lesha y Timur parecían inmunes a la severidad de la maestra. Se reían y le susurraban nuevos insultos a Sasha, pero ella dejó de escucharlos. Sus pensamientos ya estaban lejos de la clase, de los niños y de la directora-sapo.
La niña navegaba mentalmente el océano bajo una vela. Miraba con su catalejo desde el nido de cuervo, buscando una isla donde los caníbales probablemente estaban asando a algún viajero. Aún podía rescatar a los demás, ya veía la costa, y su sable descansaba seguro en su cadera… Pero el timbre del recreo no le permitió salvar a su tripulación.
Capítulo 2
Sonó el timbre de la última clase y los alumnos de segundo grado salieron corriendo al patio a jugar a las atrapadas. Pero Sasha se dirigió a la biblioteca, donde solía esperar a su madre hasta que terminara su jornada laboral.
— Tía Liuba, buenas tardes —Sasha sonrió a la bibliotecaria.
— Ah, Sashenka, ¿cómo te fue en las clases? —la mujer le devolvió la sonrisa.
— Bueno… mi mamá y yo tuvimos que ir con la directora —admitió la niña y bajó la mirada—, pero yo no hice nada, fueron esos niños tontos. Se burlan porque no tengo papá. Todos tienen papá, menos yo. —Sasha frunció el ceño, su barbilla tembló—. Bueno… les tiré un libro.
— Los papás son así, a veces están, a veces no —dijo la tía Liuba moviendo la cabeza—. Los adultos también pueden ser tontos y no saber manejar las cosas. Los niños nunca tienen la culpa. ¿Y esos niños? Los varones son tontos hasta los treinta, Sashenka. ¿Qué se le puede pedir a unos de ocho años? Vamos, levanta la mano —la niña no entendió, pero obedeció—. ¡Ahora bájala rápido! ¡Fuera con ellos!
— ¡Fuera! —Sasha se rió—. Tengo un barco veloz, me alejaré de ellos hasta el horizonte.
— ¿Sabes, Sashenka? Tengo otro libro bueno para ti. Justo sobre un barco veloz y piratas —la tía Liuba le guiñó un ojo.
— ¿Están buscando tesoros malditos? —los ojos de la niña brillaron.
— No malditos, pero sí tesoros.
La bibliotecaria tomó del estante un libro que había preparado para Sasha. Robert Louis Stevenson, “La isla del tesoro”.
— Gracias, tía Liuba.
Sasha se instaló en un rincón apartado y empezó a hacer sus deberes, pero el libro en el borde de la mesa le susurraba: “Ven a mí, Sasha. ¡Las aventuras te llaman!” La niña terminó rápido las tareas de matemáticas y Ciencias Naturales, y respondió al llamado.
Debía ponerse en la piel de un pirata para encontrar el tesoro. Aprender a pensar como pirata, pelear como pirata, mentir como pirata. Y así, la joven pirata ya se balanceaba sobre la borda, trepaba al nido de cuervo y empalaba a los amotinados con su sable.
— Sasha —la llamó su madre—, hija, ya son casi las cinco. Vámonos a casa.
La niña cerró el libro a regañadientes, se despidió de la tía Liuba y fue a vestirse. Su madre no la apuró. Siempre volvían a casa por el mismo camino.
— ¿Por qué siempre vamos por este camino, mami?
— Así lo recordarás mejor.
— Pero ya me lo sé.
— Pues bien entonces —respondió su madre evasivamente—. Ya llegamos, tu abuela nos tendrá la cena lista.
— ¿Pollo?
— No, trigo sarraceno con estofado.
— Puaj —la niña hizo una mueca—. Odio el trigo sarraceno.
— El trigo sarraceno es saludable, Sasha.
— Igual lo odio. ¿Por qué no se pueden hacer pastas con pollo?
— ¿Quieres pollo?
— Mucho —la niña levantó los ojos hacia su madre. Ella sonrió.
— Compraré pollo —prometió Nadezhda. Sasha asintió, su madre nunca la engañaba.
En casa olía a carne guisada y a ropa hervida. La abuela se había jubilado hacía tiempo y se encargaba del hogar. Pero educaba a su nieta con tanto entusiasmo como fregaba los azulejos o pelaba zanahorias. Aunque Sasha preferiría que su abuela le prestara menos atención.
— ¡A la mesa, que se enfría el estofado! —ordenó la abuela.
— Vamos, mami. Solo lavémonos las manos —respondió Nadezhda.
— ¡Quedó buenísimo! La carne fresca, jugosa.
La abuela alababa la cena, pero con la descripción de la carne fibrosa y grasosa, el apetito de Sasha disminuía aún más. Pero tendría que comer, si no quería recibir otro coscorrón.
La niña hizo una mueca al ver la comida marrón en su plato. Bajo la fría mirada de su abuela, tomó obedientemente el tenedor. Sasha revolvía su plato, formando montículos con el trigo sarraceno y torres de vigilancia con los trozos de carne. Su estómago gruñó lastimeramente, y la niña se rindió, se llevó a la boca una torre de carne. No estaba tan mal como esperaba, así que se comió dos torres más. Al trigo sarraceno ni siquiera lo tocó.
— ¿Cómo están esos niños traviesos? —preguntó la abuela, y Sasha se sobresaltó. ¿Acaso su madre ya le había contado? La preocupación fue en vano, la pregunta iba dirigida a su madre. No la notaban. Cuando la abuela y la madre se juntaban, Sasha no existía para ellas. ¡Ojalá fuera siempre así!
— Ay, mamá. Hoy volvieron a armar lío en mi clase. No hay manera con ellos. Pero bueno, son adolescentes, qué se les puede pedir —se quejó Nadezhda.
— ¡Hay que ser más estricta con ellos! Llevarlos a dirección, avisar a los padres, que les den con el cinturón.
Sasha volvió a estremecerse. Su imaginación creó una historia: la abuela se enteraba de que había ido a dirección, la golpeaba con el cinturón y le quitaba los dulces por una semana. Solo de pensarlo, Sasha sintió unas ganas terribles de comer galletas. Antes de que la abuela se enterara, debía comer todas las que pudiera. Pero no logró escapar de la cocina sin que la vieran, la abuela la agarró por el cuello de la camisa.
— ¡Qué niña tan caprichosa! ¡Yo aquí en la cocina, cocinando, y tú haces asco! —la abuela alzó un poco la voz, pero se contuvo.
— No tengo hambre —mintió Sasha, soltándose de los nudillos de su abuela. Ella suspiró con resignación y se alejó de la niña.
Aprovechando el momento, la pequeña pirata tomó de la bandeja todas las galletas que pudo y se escondió debajo de la mesa en la habitación que servía como dormitorio, sala de estar, cuarto de juegos y oficina para las tres.
Allí tenía su propio pequeño mundo, pero no necesitaba más. Su mundo estaba escondido de la triste realidad del apartamento de una sola habitación bajo un mantel. En el rincón, una lámpara de mesa le iluminaba el camino por los mares de los libros.
Bajo la mesa no se oía a su madre criticar a unos alumnos y alabar a otros. No se oían las toses secas ni la voz fría de su abuela. Ellas tenían su propio mundo de adultos. Mientras no lo sacaran de la cocina, ella podía…
Pelear con espadas, disparar mosquetes, excavar la isla en busca del tesoro. Y no habría adultos que le dijeran que ya era hora de dormir.
— Sasha, vete a acostar. Ya son las diez. —su madre irrumpió en el mundo bajo la mesa, apartando la tela.
— ¡Cinco minutos más!
— No, hija. A lavarte la cara, cepillarte los dientes y a la cama.
— Solo hasta terminar la página, por favor —rogó la niña. Su madre apretó los labios y asintió. Y antes de que Nadezhda volviera a llamarla, Sasha alcanzó a leer tres páginas más.
Sasha se dio vueltas en la cama mientras oía la respiración profunda de su madre y los ronquidos de su abuela. No podía dormir.
La niña miraba los dibujos de la alfombra en la pared. A la luz del farol de la calle, hacían muecas terroríficas. Antes estudiaba el calendario que colgaba cerca, pero ya se sabía de memoria todas las fechas de septiembre de 1992. De vez en cuando miraba cómo la manecilla del reloj avanzaba hacia la madrugada. Ojalá tardara más en llegar, y con ella la escuela, los niños tontos y la maestra malvada. Pero cuando la luz del amanecer comenzó a filtrarse por las cortinas, el sueño finalmente venció a la niña cansada.
Capítulo 3
El sol de otoño golpeó el rostro de Sasha, pero ni siquiera se movió. El sueño la tenía bien agarrada. Nadezhda rondaba alrededor de la niña, intentando despertarla con caricias y ruegos.
— Vamos, dormilona. Tenemos que ir a la escuela —le dio una palmada en el hombro su madre.
— ¿Por qué la consientes tanto, Nadia? Has malcriado a esta niña.
— ¿Acaso voy a sacarla de la cama jalándole las piernas?
— Hmph —la abuela expresó su opinión con un solo sonido y salió de la habitación.
Sasha logró abrir los ojos con dificultad, se sentó como un pequeño búho despeinado y movió la cabeza.
— Anda a lavarte la cara, Sashenka. Tu abuela nos preparó gachas.
— ¿Puedo no comer?
— Hay que desayunar, hija. Si no, no tendrás fuerzas.
— Mmm —murmuró Sasha y se arrastró hasta el baño.
Gachas de avena. Medias. El camino a la escuela. Los niños. Sasha esperó hasta que sonó el timbre de la última clase y corrió a la biblioteca. Pero su madre la interceptó en el camino.
— Sasha, hoy te vendrá a buscar tu abuela. Mi clase y yo vamos a ir al museo.
— ¿Puedo ir contigo? —la niña miró a su madre por encima de sus anteojos, el reflejo de la luz agregaba esperanza a sus ojos. A Sasha le encantaban los museos.
— Te aburrirías. Es un museo sobre científicos.
— ¿Por qué tus alumnos no se aburren entonces?
— Porque son mayores. Tienen programa. Otro día te llevaré al planetario.
— ¿Lo prometes?
— Lo prometo, Sashenka —sonrió Nadezhda—. Ahora te vendrá a buscar tu abuela, ya tiene la comida lista.
— ¿Puedo quedarme en la biblioteca un rato? Me sé el camino a casa. Pasamos por ahí todos los días.
— Tu abuela ya viene a buscarte. Prepárate.
La niña nunca entendió por qué no podía quedarse en la biblioteca, pero no discutió más. Asintió y siguió a su madre al vestuario. Por la ventana, Sasha vio que su abuela ya se acercaba a la escuela. Alta, erguida como un mástil. Con un traje de pantalón viejo pero impecable. Sasha no recordaba haberla visto vestida con otra cosa que no fuera traje.
Nadezhda besó a su hija en ambas mejillas, le hizo un gesto a su madre y condujo a los adolescentes en formación desordenada hacia el museo. Tan aburrido, según ella.
Esta vez su abuela ni siquiera la apuró, la dejó vestirse con calma, aunque la miraba con desaprobación. Pero Sasha no recordaba haber visto a su abuela contenta alguna vez.
— ¿Cómo te fue en la escuela? —preguntó en el camino.
— Bien.
— ¿Tienes sobresalientes?
— Hoy Svetlana Pávlovna no puso notas. Solo leímos por roles. “El patito feo”. Pero yo ya lo había leído antes.
— Bueno, la repetición es la madre del aprendizaje —a la abuela le encantaban los refranes—. Te preparé sopa de encurtidos.
— Mmm —asintió Sasha. La idea de la sopa no le despertaba el apetito.
Pero tuvo que comer. El hambre le rugía en el estómago, y Sasha se comió medio plato de sopa. Su abuela se comió un plato entero y hasta lo limpió con pan.
— ¿Por qué no te lo terminas?
— Ya estoy llena. Gracias, abuela.
— No se puede tirar la comida, Sasha. La gente pasó hambre en la guerra, y tú le haces ascos. Termínalo.
— No quiero —se resistió la niña—. Ahora no hay guerra.
— Pero la memoria queda. Termínalo y nos vamos al patio.
— No quiero.
— ¡Qué niña más caprichosa! —alzó la voz la abuela—. ¡La sopa rica no quiere, salir no quiere! ¡Solo quiere estar debajo de la mesa! —exhaló, y volvió a hablar con calma—. El tiempo está bueno todavía, pronto empezarán las lluvias. Hay que respirar aire fresco.
— ¿Puedo entonces leer un libro en el banco contigo? La tía Liuba me prestó uno muy interesante.
— ¡Ya cállate con tus libros! Juega con otros niños. Hay que hacer amigos, tonta. Así no te quedarás para vestir santos, respirando polvo de biblioteca toda la vida. ¡Y nadie se casará contigo! ¿Dónde vas a conocer niños?
Lo último que Sasha quería era conocer niños. Ya tenía suficientes en la escuela. Pero no discutió con su abuela, que empezaba a enfadarse de nuevo, y un coscorrón no tardaría en llegar. La niña obedeció y se fue a cambiar para salir.
Sasha salía a jugar poco. Y si lo hacía, era sola. Caminaba por los patios viejos, observaba a la gente, acariciaba gatos callejeros, que no le tenían miedo y siempre se frotaban contra sus manos regordetas. Con otros niños Sasha no lograba conectar, no sabía por qué. Pero tal vez su abuela tenía razón, tal vez debía salir de su pequeño mundo.
En el patio la vida bullía: niños ruidosos jugaban; señoras mayores casi sordas chismeaban a gritos; los vecinos adiestraban perros, y en algún lugar debajo de un árbol los gatos peleaban. El ruido de los coches a lo lejos parecía el susurro de las hojas de otoño comparado con el bullicio del patio. Sasha sintió que se había caído de la borda y había caído en medio de olas furiosas.
— Ve, Sasha, juega a las atrapadas con los niños. Pero no te alejes. Que te pueda ver. Yo me sentaré aquí.
— Si me siento contigo no me perderás —dijo Sasha con aire de sabia, ajustándose los anteojos.
— ¡Qué testaruda! ¡Ve, te digo! —la abuela alzó un poco la voz, pero luego se calmó al dirigirse a sus vecinas—. No hay manera con esta niña. Caprichosa todo el tiempo, testaruda. ¡Una desobediente, esta niña!
Sasha apretó los dientes, su barbilla volvió a temblar de impotencia. ¿Por qué su abuela se quejaba de ella? Ella no era mala. Quería ser obediente. ¡Ya lo era! Sasha se dirigió con paso firme hacia el grupo de niños.
— H-hola —Sasha tartamudeó desde la primera palabra—. ¿P-puedo jugar con ustedes?
— Ja, tú no puedes, no estamos jugando a las escondidas —rió un niño de pelo desordenado de unos diez años. Sasha no entendió qué tenían que ver las escondidas. Pero el niño continuó, riéndose de su propio chiste—. Aunque igual no encontrarías a tu papá.
— No le hagas caso —una niña de cabello rubio empujó al alborotador—, es un tonto. Mientras más seamos, más divertido, ven con nosotros.
— ¡Si la empujo, se pone a llorar!
— Pues no la empujes.
— Juega. Pero no llores, ¿eh? —intervino un segundo niño, moreno, de pelo oscuro y rizado. Sasha lo había visto varias veces en el edificio.
— B-bueno. No lo haré —asintió la niña.
— ¡Entonces tú la quedas! —el vecino moreno tocó a Sasha y salió corriendo al otro extremo del patio.
Los niños se dispersaron. Sasha daba vueltas por el patio, bajo el tobogán y alrededor de los columpios donde se mecían niñas bonitas y peinadas (seguramente esas no corrían tras los niños jugando a las atrapadas), pero no lograba atrapar a nadie. Algunos le hacían muecas, otros movían el trasero, otros solo se reían.
— ¡No me vas a atrapar, cuatro ojos! —le llegó desde cerca. Era el de pelo desordenado.
— ¡Vamos, atrápame!
El niño rizado le hizo señas y Sasha corrió hacia él. Y él como si se dejara, permitió que lo tocara. Aunque así fuera, Sasha estaba contenta, lo había logrado. El niño esperó un segundo y luego salió corriendo en otra dirección, dándole tiempo a Sasha para recuperar el aliento. Pero por detrás le llegó de nuevo: “Qué taaaan leeeenta la de aaaanteojos”. Se giró de golpe, era otra vez el alborotador. Sintió ganas de empujarlo con fuerza, pero él salió disparado. Sasha no fue tras él, además vio que otro niño había tocado al alborotador. La niña sonrió con victoria. ¡Menos mal! Pero su alegría se desvaneció cuando vio que el niño corría de vuelta hacia ella.
Sasha giró a la izquierda, chocó con alguien, tropezó, pero siguió corriendo. Miró atrás varias veces para ver si el alborotador la seguía. Al parecer se había rendido o había elegido otra víctima. No había tenido tiempo de alegrarse cuando la cara satisfecha del alborotador pasó a su lado. Le puso el pie, el patio giró, la tierra se tambaleó ante sus ojos, los columpios se sacudieron, y luego todo se oscureció. El dolor del golpe llegó un segundo después.
Los columpios se detuvieron de inmediato, los niños se agolparon alrededor, y Sasha yacía en el suelo intentando no llorar. En su cabeza resonaban las palabras del niño rizado: “Pero no llores, ¿eh?” El dolor le golpeaba la nuca, se extendía por la frente y el cuello, apenas podía levantar la cabeza, pero hizo un esfuerzo. Ante sus ojos aparecieron unos zapatos gastados pero bien lustrados. Su abuela.
— ¡Ni un minuto se la puede dejar! ¡Qué tonta! —la abuela levantó a la niña, pero sus piernas no respondían, y Sasha volvió a caer al suelo—. ¡Levántate! Enséñame la cabeza.
La abuela le examinó la nuca, resopló y arrastró a Sasha hacia casa por el cuello de la camisa. Todo el patio las miraba. Cuando nadie la veía, las lágrimas comenzaron a rodar por sus mejillas.
En casa, entre lamentos y quejas, la abuela le puso en la nuca un pollo congelado. Sasha se sentó en silencio mirando al suelo, los dibujos del viejo linóleo la hipnotizaban, formando imágenes extrañas que la distraían del dolor y la humillación. Le hubiera gustado que su abuela la abrazara contra su pecho hundido y le acariciara la cabeza. Pero ella solo se sentó en la silla de al lado y encendió la radio. Estaba cerca pero a la vez muy lejos.
Su madre llegó tarde, cansada pero sonriente. Contó largo y tendido sobre el museo, que no había sido tan aburrido después de todo. La decepción golpeó a Sasha por segunda vez en la tarde.
— Sashenka, te mentí. Había una exposición temporal interesante. Sobre científicos que estudiaban los rayos. Y otros fenómenos naturales. Hasta a mis alumnos les gustó. Había un rayo vivo en una botella.
“¡Un rayo vivo en una botella!” Por un momento Sasha olvidó su enfado e imaginó esa maravilla. ¡Iría con su madre a esa exposición!
— Vayan mañana, los sábados abren hasta las tres. Yo mañana tengo clases, hora de tutoría y después voy a la peluquería.
— ¡Pero quiero ir contigo, mami! —protestó Sasha.
— Conmigo será otro día. Ya te dije, tengo clases y después la peluquería.
— ¿Y otro día?
— Iremos, Nadia —la abuela, inesperadamente, acarició la cabeza de Sasha con ternura, pero la nuca seguía doliéndole—. Hoy tenemos pollo con pastas. ¿Estás contenta, Sashenka?
— Mmm —asintió, pero la abuela no le contó que había descongelado ese pollo con la nuca ardiente de su nieta. Sasha tampoco se quejó a su madre.
La comida que tanto le gustaba le supo casi insípida, no se la terminó y se refugió en su mundo bajo la mesa. Pero ni siquiera pudo leer, las letras saltaban ante sus ojos, sus oídos zumbaban. La niña dejó el libro sola y se acostó en la cama. Nadezhda se sorprendió al encontrar a su hija dormida. La besó en la cabeza, pero la niña hizo una mueca mientras dormía. Sasha, por primera vez en mucho tiempo, durmió toda la noche sin despertarse.
Capítulo 4
A la mañana siguiente, Sasha no protestó cuando le dijeron que iría con su abuela al museo. Tenía muchas ganas de ver el rayo en la botella. Así que no, su abuela no tenía razón al llamarla caprichosa desobediente.
— Primero vemos qué hay de interesante en el museo, luego comemos helado y damos un paseo.
— Está bien —asintió Sasha. Su abuela se había suavizado durante la noche. Las pastas con pollo definitivamente hacen más feliz a todo el mundo.
La exposición resultó ser muy interesante. Y frente al rayo en la botella que tanto había gustado a la clase de su madre, Sasha se quedó más tiempo que en ningún otro lugar. Su abuela ni siquiera la apuró, se sentó en una silla en un rincón a esperar mientras la niña estudiaba todos los paneles.
Después del museo, la abuela, como había prometido, le compró helado, ¡tres bochas enteras! Ni siquiera le dijo que se le iba a pegar el trasero. Caminaron por el parque con el helado y luego se dirigieron a casa.
— Vamos un rato al patio. Te llevaré en los columpios.
— No quiero columpios. ¿Mejor vamos a casa?
— Me sentaré con mis vecinas un rato, luego te llevo, y después a casa a comer. Quedó pollo de ayer —dijo la abuela, como si no hubiera escuchado a la niña.
— Quiero ir a casa.
— No seas testaruda. ¡Si hoy habías sido tan obediente!
Sasha cedió de inmediato, quería prolongar el tiempo con la abuela “buena”. La niña siguió dócilmente a su pariente hacia el patio.
— Ahora vuelvo, Sasha. Me sentaré aquí cinco minutos a descansar que ya me dejaste hecha polvo. Luego te llevo. Anda con esos niños que conoces.
Pero de los niños conocidos, hoy solo estaba el de pelo desordenado. Sasha intentó escabullirse hacia el otro extremo del patio, pero la vieron.
— ¡Miren! ¡Ahí está la de anteojos! ¿Por qué usas anteojos si no ves los columpios delante tuyo? —llamó la atención el alborotador.
— Déjame en paz. O te voy a pegar con un columpio —se defendió Sasha y se sentó en el borde del arenero.
— ¡Uuuh! ¡Qué enojada! No ve los columpios, no ve a su papá —seguía con su chiste el de pelo desordenado. Pero los niños que se habían reunido alrededor igual se reían. Sasha apretó los dientes.
— ¡Quitémosle los anteojos y veamos qué hace! —propuso un chico alto y flaco. Sasha no lo había visto ayer, a ese no lo hubiera olvidado.
— ¡Oh, eres un genio, Flaco! —bueno, por supuesto, qué otro apodo podía tener, pensó la niña—. Igual corre como una babosa.
Sasha quiso aclarar que las babosas no corren, pero le dio miedo la turba de alborotadores, se encogió y se agarró los anteojos con fuerza. Uno de ellos intentó quitárselos, la niña los acomodó de inmediato. El cabecilla volvió a hacer un chiste, se acercó a Sasha, y ella le golpeó con fuerza la mano. Sintió cómo sus orejas comenzaban a arder y respiró hondo.
— ¡Voy a romper tus anteojos, tonta! —se enfureció el niño. Se acercó a la cara de Sasha, pero ella alcanzó a agarrar un puñado de arena y se la tiró en la cara.
Él se agarró la cara y soltó un alarido. Sasha saboreó un breve momento de triunfo, y luego vio cómo los adultos se levantaban de los bancos, una de las señoras mayores, cojeando, se acercaba a ellos. Sasha se asustó, empujó al alborotador y salió corriendo del patio, del barrio, lejos de su abuela, a donde la llevaran sus pies.
Solo se detuvo cuando chocó contra un edificio sucio y quemado. Jardín 16a, decía una placa desgastada. El edificio la miraba con sus ventanas ciegas. Miró dentro: oscuridad. Miró alrededor: nadie. Parecía el comienzo de una emocionante aventura. La niña entró.
Y se encontró en una habitación que alguna vez fue hermosa: en el techo aún quedaban molduras ennegrecidas por el humo, el centro lo ocupaba una sólida escalera de piedra con barandas anchas, y en los rincones descansaban restos de armarios de madera. Sasha tiró de la manija de uno y la puerta se cayó sobre sus pies. Alcanzó a saltar y miró dentro.
— Hemos seguido un camino equivocado, grumete. Aquí no hay tesoros. El mapa miente. Tendremos que escuchar a nuestra intuición. Tal vez en el otro extremo de la isla tengamos más suerte.
Sasha caminó con paso firme un par de vueltas por la habitación y se detuvo junto a otro armario destartalado. Empujó la puerta bruscamente y se agachó, llevándose la mano a la frente como visera.
— ¡Ajá! ¡Aquí están los tesoros! —la niña tomó de la estantería polvorienta un fragmento de taza con asa.
— ¡Manos arriba! Si nos entregas los tesoros, te perdonamos la vida —se oyó una voz de niño desde arriba.
Sasha dio un salto y se giró de golpe. El tesoro no lo soltó de la mano. ¡Ni loca!
— ¡Ríndete! —repitió el niño, apuntando con sus dedos en forma de pistola. Detrás de él, Sasha vio a otro pirata, una niña más pequeña.
— ¡Ni loca! —respondió Sasha—. ¡Yo encontré este tesoro primero!
— Pero nosotros encontramos esta isla primero.
— Pero hay muchos tesoros, capitán —dijo en voz baja la niña—. Tal vez deberíamos conocer mejor a esta viajera.
— Tienes razón, timonel. Pero si el desconocido es peligroso, irá a alimentar a los tiburones.
— ¡Eso no se sabe! —se indignó Sasha—. Tengo un sable afilado, te ensartaré como a un trozo de carne en el tenedor.
— ¿Y dónde está tu sable?
Sasha miró alrededor en busca de un palo adecuado, pero no encontró nada.
— ¡Ajá! Estás desarmada, viajera. Contra los desarmados no atacamos… ¿Cómo encontraste esta isla? —el niño sonrió amablemente.
— Huía de mis perseguidores —Sasha también se suavizó. Parecía que los piratas no eran tan peligrosos—. Me atacó una turba de bandidos malvados, me defendí como pude, pero ellos tenían de su lado… el poder. Los adultos. Las abuelas.
Sasha salió del juego, dejó el fragmento de taza en la estantería. Los niños bajaron de la escalera y se acercaron. El niño parecía de la edad de Sasha, y la niña era más pequeña. Era tan diminuta y delgada.
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— ¡Los adultos siempre arruinan todo! —se rió el niño—. Por eso en nuestra isla no hay adultos. ¡Y no los habrá! Vamos a conocernos, viajera. Yo soy Misha, el capitán. Y ella es Lelia, la timonel. Navegamos los mares, saqueamos barcos mercantes. Pero un día nos llegó un mapa del tesoro antiguo. Decían que entre los tesoros había una cosa… que otorgaba la vida eterna. Partimos en busca del tesoro, pero nos sorprendió una tormenta… Y aquí estamos en esta isla, sin poder irnos. Bienvenida.
— Yo soy Sasha. Pirata libre en busca de aventuras. No les quitaré su parte. Y no sé si me interesa la vida eterna. Pero quiero explorar la isla, ya que la encontré.
— Habrá tesoros para todos, ¿verdad, capitán?
— Sí, timonel. ¿En marcha?
— ¡Sí! O sea… ¡Rayos! —a Sasha se le escapó una mala palabra, sacó la lengua y miró por el hueco de la ventana—. Mi abuela me estará buscando. Me va a agarrar de las orejas. Ella sabe hacerlo.
— ¡Defiende tu puesto, pirata Sasha! Y vuelve a la isla. No desenterraremos los tesoros sin ti.
— G-gracias. Nunca había conocido a otros piratas. ¡Hasta luego!
Capítulo 5
La niña corrió como un barco veloz hacia el patio, pero antes de doblar la esquina aminoró el paso. No quería recibir coscorrones. Pero cuando vio a su abuela, supo que no los iba a evitar. Su severa pariente casi escupía saliva de rabia.
— ¡Ah, malcriada! —la abuela la sacudió por el cuello de la camisa—. ¡Quieres que a tu abuela le dé un infarto!
El primer coscorrón le recordó el golpe con los columpios. Sasha cerró los ojos.
— ¡Niña mal educada! ¡Perdemos el tiempo tu madre y yo contigo! Mira, desobediente. —otro coscorrón.
— ¡Le voy a contar a mamá que me pegas! ¡Y lo de los columpios! —gritó la niña e intentó soltarse del agarre de los nudillos reumáticos.
— ¡Yo misma le contaré todo a tu madre! Que le tiras arena a los niños, que te escapas de tu abuela. Quieres llevarme a la tumba. ¿Poco te educamos? Pues toma más —un coscorrón fuerte le resonó en los oídos—. ¡Eres una niña o un perro callejero para andar peleando! En la escuela peleas, en el patio peleas, ¡quién te va a querer como amiga así! Con esa actitud nadie se va a juntar contigo.
Las palabras de su abuela dolían más que los coscorrones. ¿Sería verdad que ella no le importaba a nadie? Nadie quería ser su amigo, su abuela no la quería, su madre siempre estaba con “sus niños”, su papá nunca había estado… Pero Sasha, ¡ella estaba ahí! Las lágrimas se agolparon en sus ojos, listas para correr por sus mejillas. Pero Sasha apretó los dientes con fuerza, tratando de contenerlas.
— ¡En casa te voy a dar con el cinturón, malcriada! Y te esconderé tu libro, para que aprendas.
— ¡NO! —gritó Sasha, y las lágrimas comenzaron a caer por su barbilla—. ¡No me escondas el libro! ¡Eres una vieja bruja malvada!
— Solo esperas que tu abuela se muera, escupitajo. Con cinturón te voy a enderezar, para que respetes a los mayores. Vaya niña, fíjate. Se cree una princesa.
— ¡Soy una pirata, no una princesa tonta! —Sasha volvió a intentar soltarse, pero su abuela la sacudió con más fuerza.
— Pirata, dices. Por eso te peleas. Todo por tus tontos libros. Te los quitaré y los esconderé, leerás cuentos buenos.
Apenas su parienta mayor abrió la puerta del apartamento, la niña agarró su libro, se metió en el baño y se encerró. A salvo hasta que llegara su mamá. La abuela tiraba de la puerta y gritaba algo enfurecido, pero Sasha dejó de escuchar, se sentó en la oscuridad y lloró en silencio. El tiempo se arrastraba, el hambre le retorcía el estómago, pero la niña no salía. Por fin, oyó voces en el pasillo.
— Hola, mamá. ¿Cómo me quedó el corte? ¿Cómo les fue en el museo?
— Mira, Nadia, qué buen día tuvimos. La llevé al museo, la invité a un helado, quería llevarla a los columpios, ¡y Sasha, en cuanto me descuidé, le tiró arena a un niño! Esta niña me va a llevar a la tumba —se quejó la abuela.
— ¿Arena? —se horrorizó su madre—. No puedo creerlo, Sasha no haría eso.
— Te lo digo yo. Le tiró arena, así de claro.
— Seguro pasó algo. ¿No viste qué pasó?
— ¡Me descuidé cinco minutos! ¡Y ella con la arena y escapó de mí! No hay manera con esta niña.
— Hablaré con ella, mamá. ¿Está debajo de la mesa?
— No, se encerró en el baño.
— Voy a verla.
Sasha se encogió aún más. A los gritos de su abuela ya estaba acostumbrada, pero su madre nunca le alzaba la voz. Al contrario, cuando la regañaba, lo hacía con una voz baja y vacía, como si estuviera decepcionada de que de todos los hijos le hubiera tocado ella. En esos momentos, Sasha quería dejar de existir, hundirse en las olas, quedarse completamente sola en una isla desierta. Aunque, a veces, le parecía que ya lo estaba. Su madre llamó a la puerta del baño.
— Hija, soy yo. ¿Puedo pasar?
— Si pagas el impuesto —dijo la niña con voz de ratón.
— ¿Qué impuesto? —se sorprendió Nadezhda.
— Un beso en la nariz, dos en las mejillas.
— Eso puedo pagarlo. Abre —sonrió la voz.
Sasha abrió la puerta y cerró los ojos ante la luz amarilla de la lámpara del pasillo. Su madre se sentó en el umbral junto a ella y pagó el impuesto.
— Hija… —dijo Nadezhda con tristeza y acarició la cabeza de la niña—. Tu abuela me dijo que te escapaste de ella. La asustaste mucho.
Sasha quiso quejarse a su madre de que su abuela le había dado dolorosos coscorrones, que no la había cuidado cuando le pegó con los columpios, que no la había defendido de los alborotadores. Pero las palabras se le secaron en la boca, la niña bajó la mirada hacia las grietas polvorientas de las baldosas.
— ¿Sasha? —su madre interpretó su silencio como vergüenza—. Anteayer nos llamaron a dirección por lo mismo. Y vuelves a pelearte. ¿Por qué, Sasha? Eres una niña, una alumna sobresaliente, inteligente, y te comportas como una alborotadora. No me hagas pasar vergüenza otra vez, hija.
— Ellos empezaron. Esos niños tontos del patio. Y los de la escuela. Se burlan de mis anteojos… de que no tengo papá. ¿Por qué, mamá? ¿Por qué no tengo papá?
— Cuando seas grande lo entenderás —su madre nunca podía responderle a Sasha esa pregunta, a la niña le daba mucha curiosidad ese misterio—. No se trata de tu papá, Sasha. Se trata de ti. Te peleas, y pelear está mal. Esos niños podrían lastimarse. No lo hagas más, por favor. Intenta hacer amigos, eres una niña muy buena. Mi inteligente —Nadezhda se suavizó y abrazó a su hija—. Me gustaría ser tu amiga.
— ¿Quieres ser mi amiga?
— ¡Claro! —su madre frotó su nariz contra la nariz de la niña.
— ¿Vendrás a visitarme? Nos esconderemos de la abuela y comeremos galletas debajo del mantel. ¡Y luego jugaremos a las viajeras! —la niña olvidó que su madre la había estado regañando, estaba emocionada. Por fin pasarían tiempo juntas.
— ¿Más tarde, hija? Mamá está cansada. Ahora prepararé la cena, descansaré y luego jugamos —Nadezhda sonrió, pero Sasha no pudo devolverle la alegría. Sabía que “luego” nunca llegaba—. ¿No estás contenta, hija?
— No, mamá —la niña sollozó. Para no cruzarse con su abuela, se escondió en su mundo bajo la mesa y abrió el libro. Tenía que leer antes de que se lo quitaran.
Bueno, que su madre no jugara con ella a las viajeras. Mañana podría ser una verdadera pirata en busca del tesoro. Misha y Lelia la esperaban.
Capítulo 6
El domingo por la mañana, su madre y su abuela escuchaban las noticias en la radio mientras comían avena con cucharas grandes. A Sasha le parecía que el entusiasmo les venía también de lo que decía el locutor.
— ¡A ese Gaidar hay que echarlo! Ya con deshacer la Unión fue suficiente, ahora están destrozando lo que queda de este gran país. ¡Puaf!
— ¿Y quién sería mejor? —respondió Nadezhda, bebiendo un sorbo de café aguado.
— Brézhnev era mejor, eso sí. Había estabilidad.
— Bueno, mamá, no nos toca decidir quién gobierna. Nunca nos tocó, no hay por qué hacer lío.
La abuela gruñó y comenzó a recoger los platos. Sasha solo había comido tres cucharadas, y su pariente la miró con amenaza.
— ¿Puedo salir a jugar? —preguntó tímidamente la niña. Los adultos la miraron sorprendidos.
— No —respondió la abuela con firmeza—. Tiras arena a los niños. Te quedas en casa.
— Mamá —intervino Nadezhda—. Llévala. Yo mientras revisaré las carpetas.
— Hay que castigarla, Nadia, no sacarla de paseo. Has malcriado a esta niña.
— ¿Por qué cuando no quería salir, me obligaban a ir al patio, y ahora que quiero salir, no me dejan? Son muy ilógicos, los adultos —Sasha frunció el ceño y se ajustó los anteojos.
— ¡Ay, mira qué palabras tan grandes sabe! —exclamó la abuela—. Las gracias te las guardas para la escuela.
— Mamá, ¿puedo salir? —preguntó la niña, mirando fijamente a su madre.
— Llévala, mamá. Necesito revisar las carpetas. Mis chicos hicieron prueba el viernes.
La abuela miró a Sasha con el ceño fruncido, luego a Nadezhda, y aceptó de mala gana.
— Estate a la vista y no te hagas la traviesa. Si te portas mal, no vuelves a salir nunca más. Vístete.
Sasha corrió a la habitación. La niña sabía muy bien que hoy se portaría mal, que haría travesuras y se escaparía de su abuela en cuanto ella se descuidara.
Y así lo hizo la pequeña pirata. Esperó a que su abuela se sentara en el banco, empezara a hablar con las vecinas, y le hizo señas desde el otro extremo del patio. Su abuela la vio, asintió y se sumergió en los chismes del barrio. Y Sasha, sigilosamente, abandonó el patio, luego el barrio, y corrió hacia la aventura, hacia la isla del tesoro.
— ¡Capitán! ¡Capitán, estás aquí? —llamó Sasha al entrar al edificio.
— Ahí estás, pirata. Te estábamos esperando —Misha bajó ágilmente los escalones—. ¿Lista para la aventura?
— ¡Siempre lista! ¿Dónde está la timonel?
— La timonel está estudiando el mapa. ¡Timonel!
— ¿Sí, capitán? —Lelia se asomó peligrosamente desde la baranda—. Oh, pirata, has vuelto. Acabo de encontrar el primer punto en el mapa.
— ¿Qué esperamos entonces? Muéstranos el camino, timonel —ordenó Misha.
Lelia saltó con elegancia desde la baranda y señaló la dirección: la entrada más cercana. Misha iba primero, cortando con un trozo de palo de fregona serpientes y cangrejos invisibles, despejando el camino para su tripulación entre la maleza. El mapa los llevó a una parte desierta de la isla.
— Hubo una tormenta aquí —el capitán se rascó la barba imaginaria—. ¿Qué crees, Sasha?
— El tesoro debe haberse esparcido por toda la isla. Hay que seguir buscando. ¿Tal vez… tal vez miramos allí?
Sasha señaló el hueco de la puerta de al lado. No se veía mejor que en esa habitación, todo igual de negro y quemado. Pero apenas empezaban a buscar el tesoro, había que explorar toda la isla.
Pero esa parte de la isla también había sufrido el huracán, que no había dejado ni rastro de joyas. La timonel volvió a consultar el mapa.
— Volvamos a la colina. Subamos y crucemos el puente. El huracán no pudo haberse llevado todo el tesoro al mar.
— Guíanos —asintió Misha.
— ¡Pero no exploramos todo aquí! —protestó Sasha.
— Confía en ella, pirata. Lelia lleva mucho tiempo siendo pirata y mucho tiempo siendo timonel, ¡ya huele los tesoros! Vamos al puente.
Sasha siguió dócilmente a la tripulación. Le hubiera gustado hacerlo de otra manera, explorar esas habitaciones quemadas, pero tenía demasiado miedo de perder a sus nuevos amigos.
Subieron por la escalera, Lelia saltó sobre la ancha baranda de piedra y la recorrió con agilidad hasta el otro lado. El capitán le guiñó un ojo a Sasha y, balanceándose con los brazos, también cruzó. Sasha dudó. Le daba miedo caminar por la baranda. Si se caía, su abuela le pegaría como nunca.
— ¡No tengas miedo! ¡Los piratas no le temen a nada! —la animó Misha—. Camina con confianza.
— Bien. Lo intentaré —aceptó tímidamente la pirata.
Subió a la baranda y sintió que la cabeza le daba vueltas. Se aferró con fuerza, sin atreverse a enderezarse. Misha volvió a gritarle algo alentador, pero Sasha solo oía la sangre latiendo en sus oídos. Se enojó consigo misma por su cobardía y con gran esfuerzo soltó los dedos temblorosos de la baranda. Se enderezó.
— ¡Bien hecho, pirata! —esa frase del capitán sí la alcanzó a oír.
Paso a paso, inhalando y exhalando, Sasha avanzó por el puente de la baranda hacia su tripulación. Dio el último paso, saltó al suelo, suspiró aliviada y se rió, sin saber bien por qué.
— Eres valiente, pirata —Lelia le tendió la palma para chocar los cinco, Sasha la golpeó. Nunca antes había chocado los cinco con nadie, la palma le vibraba de gusto. Lelia sonrió y concluyó—: valiente, entonces libre.
— Nada puede asustar a un pirata —confirmó Misha—. No le temas a nada, y serás libre.
Sasha se sonrojó, la elogiaban y alentaban, no se burlaban de sus miedos. Ahora Sasha realmente se sentía una pirata libre. Ya no le temería a Lesha ni a Timur, ni a esos alborotadores del patio.
— ¡Ahora ni a mi abuela le tengo miedo! —declaró Sasha con orgullo.
— ¿Ella es tu principal enemiga en el mar? —preguntó el capitán.
— Es mi… mi carcelera. Pero ahora sé cómo escaparme de su prisión.
Misha se sentó en el suelo, directamente sobre la tierra, Lelia lo imitó. El capitán es el capitán. Sasha imaginó cuánto la regañarían por ensuciarse los pantalones, pero no quiso quedarse atrás y se sentó junto a ellos.
— Ustedes tienen buenos padres, que los dejan jugar aquí —dijo Sasha, casi con envidia.
— Sí. Ellos ya no se preocupan por mí hace mucho —encogió los hombros Lelia.
— Yo ya tengo casi siete, soy grande, y los otros, los adultos —Misha se detuvo un momento a pensar en lo que acababa de decir—, en fin, ¡ellos ya no me mandan!
— Yo tengo ocho. Y ellos no hacen más que mandarme.
— ¿Y qué te mandan? —Lelia apoyó la barbilla en los puños.
— Que coma avena, que me vista rápido, que sea una niña buena, que no tire libros, que no tire arena… ¡Pero ellos son los que empiezan siempre! —se quejó Sasha.
— ¡Entonces tienes que ensartarlos con tu sable! —se rió Misha.
— …Y mi abuela siempre me pega en la cabeza, me insulta —continuó la niña, las palabras rompieron la represa de sus miedos, por fin podía contarlos—. Solo cuando mi mamá está, mi abuela no me insulta ni me pega. Pero mi mamá siempre está ocupada. Quiere más a sus alumnos que a mí. Y mi papá no me quiere nada. No tengo papá.
Sasha sollozó, pero volvió a apretar los dientes para contener las lágrimas, hasta que le dolió la mandíbula. La niña había aprendido a hacerlo, su abuela no soportaba el llanto.
— Sasha —Misha le tocó el hombro—, ven a jugar con nosotros seguido. Aquí los adultos no tienen poder.
— Sí —asintió la niña—. Ustedes son mis primeros amigos. En todo el mundo.
— Seremos amigos —respondió el niño con una sonrisa.
— ¿La próxima vez seguiremos buscando tesoros?
— ¿La próxima? —se entristeció Lelia.
— Mi abuela… —explicó Sasha con vergüenza. Quería ser tan libre como sus nuevos amigos en ese mismo momento. Pero la primera euforia de valentía se desvaneció, tuvo que pensar en la realidad—. Seguro me gritará. Y me dará coscorrones si descubre que escapé del patio.
— Entonces regresa, pirata. ¡Y no le temas a nada! —le deseó Misha en la despedida, y Sasha corrió hacia el patio, esperando que su abuela no hubiera notado aún su ausencia.
Pero su abuela no estaba en el patio. Sasha se alegró, pero inmediato le llegó un pensamiento: su abuela la estaba buscando. El miedo la enfrió de pies a cabeza. Ay, lo que le esperaba… Sasha se sentó en un banco e intentó inventar una mentira convincente. Pero su abuela, por más brusca que fuera, no era tonta. Sasha solo esperaba. La espera le temblaba en las puntas de los dedos y en la garganta, pero la niña se repetía para sí: “Los piratas no le temen a nada”.
— ¡Ahí estás, malcriada! —sonó detrás de ella una voz furiosa. Su pariente la agarró de la oreja y la arrastró fuera del patio.
— ¡Suéltame! ¡No puedes atacar a un pirata! —gritó la niña, pero su voz se convirtió en un chillido. Los piratas no chillan así.
— ¡Niña malvada! La llevo al patio para que la abuela tenga que ir a buscarla. Quieres llevarme a la tumba, escupitajo. No vuelves a salir más.
— ¡Me escaparé de ti! ¡Nadie puede encadenar a un pirata! ¡Suéltame!
Apenas la niña se soltó del agarre huesudo, un coscorrón le llegó. Como si le hubiera pegado el columpio otra vez, las orejas le ardieron. Sin pensarlo, golpeó a su abuela en la mano. Ella se sorprendió un momento por tanta osadía, pero no quedó en deuda y le devolvió un coscorrón más fuerte. Así podrían haber seguido jugando al ajedrez de los golpes si la abuela no hubiera vuelto a agarrar a Sasha de la oreja y arrastrarla a casa.
— ¡Nadia! —llamó la abuela a su madre al entrar—. ¡Nadia! ¿Eh?
— ¡Volvieron! —su madre se asomó a la habitación y cambió de expresión al verlas—. ¿Qué pasó ahora?
— ¡Ocúpate de la educación de tu hija! —ordenó la abuela con voz de hierro—. Esta malcriada se escapó a propósito. Salió a tu maldito Seriozha. Solo piensa en escaparse.
— No lo metas aquí, mamá —rechazó Nadezhda.
— ¡Pues cómo! Es su mala sangre —alzó la voz la abuela con furia.
— Mamá, basta.
— No me des órdenes a mí, ocúpate de tu hija —repitió la orden la abuela—. Esta escupitajo quiere que me dé un infarto. ¡No salgo más con ella!
— ¡Pues bien! —Sasha se quitó los zapatos y se fue a la habitación. Ya no quería esconderse ni en el baño ni debajo de la mesa.
— Hija, ¿por qué te escapaste? —Nadezhda volvió a la habitación y se sentó en la cama junto a la niña—. ¿Lo hiciste a propósito? ¿Por qué enfureces a tu abuela?
— Fui a jugar con mis amigos.
— ¡Amigos, dice! —la abuela también entró en la habitación y se sentó en la cama con un suspiro pesado.
— ¡Y lo son! —alzó la voz la niña—. Se llaman Misha y Lelia. Jugamos a los piratas juntos, buscamos tesoros. Misha es el capitán, Lelia la timonel, y yo… todavía no me dieron un título, solo soy pirata, pero ya somos un equipo. Y buscamos tesoros en una isla secreta. Hay una cosa mágica que da la vida eterna. ¿Te imaginas, mamá?
— ¿No me mientes, hija? —Nadezhda, sorprendida, olvidó regañar a Sasha.
— No, mamá. Son tan valientes, alegres, nada malos. No como otros niños, no como Lesha y Timur ni ese alborotador del patio.
— Sashenka, ¿dónde jugaban que te escapaste?
— En el edificio quemado, al final de la calle. Detrás del patio con los columpios rotos.
— ¿Edificio quemado? ¿El jardín de infantes? —su madre procesaba lentamente lo ocurrido—. Sasha, ¿fuiste al jardín de infantes incendiado?
— Es nuestra isla del tesoro. Ahí se pueden encontrar muchas cosas —presumió la niña.
— Sashenka, es muy peligroso ir a edificios viejos abandonados —Nadezhda intentaba controlar la voz, pero el miedo le temblaba—. ¿Por qué no juegas con tus nuevos amigos en el patio con todos?
— Misha y Lelia juegan ahí desde hace mucho. Allí se pueden encontrar tesoros. En el patio no. Mamá, por favor, ¿puedo ir? ¡Sus padres los dejan!
— Hija, es peligroso. ¿Y si pasa algo?
— ¡No pasará nada! Solo una horita, mami. ¡Ahora saben dónde buscarme! Por favor —los ojos de la niña brillaban suplicantes detrás de los anteojos—. No llegaré tarde. Comeré avena todas las mañanas. Y hasta el estofado me comeré.
— No sé, hija —Nadezhda se giró hacia su madre—. ¿Qué piensas, mamá?
— Pienso que hay que castigarla y no dejarla salir. Que aprenda a obedecer.
— Pero tiene amigos —dudó Nadezhda.
— ¿Qué clase de amigos son esos que juegan en un jardín incendiado? ¿Hijos de borrachos?
— Sus padres los dejan salir. Usted misma decía que necesitaba hacer amigos. Los hice.
— Yo no pienso ir a buscarla más, Nadia.
— Prometo que solo una horita —Sasha sentía que su madre casi cedía. Sus ojos se humedecieron de emoción, pero Nadezhda lo interpretó mal.
— Está bien, Sashenka. No llores. Puedes salir, pero cumples con lo que te digo. Ten cuidado, no te metas en ningún lado. Puede ser una hora, y a las cinco en punto en casa. Cuando se ponga frío, no te dejaré salir más. Y comerás avena todas las mañanas.
— Gracias, mami —Sasha abrazó con fuerza a su madre.
Nadezhda le acarició la cabeza, la besó y se fue a preparar la cena. La abuela, recuperándose en la cama, se unió a ella. Sasha sacó su libro, pero las conversaciones en la cocina esta vez le interesaron. Los adultos hablaban de aquel jardín incendiado.
La tragedia había ocurrido hacía seis años. En las noticias silenciaron la verdad desagradable, pero entre los vecinos los rumores se esparcieron rápido. La abuela, que sabía todas las historias del barrio, había oído que no habían logrado salvar a todos. Simplemente no se dieron cuenta de que alguien se había perdido en el humo, o no alcanzó a salir. La causa fue un incendio en la cocina, pero ni siquiera aclararon qué se había incendiado. Enterraron la historia lo mejor que pudieron, con la esperanza de que pasara desapercibida y no rodaran cabezas. Pero cuando las cabezas de los adultos comenzaron a valer más que las de los niños…
Sasha escuchaba la conversación hasta que su abuela empezó a contarle a su madre un chisme que había escuchado ese día. Los adultos olvidaron rápido el tema terrible. Sasha intentó leer, pero los pensamientos sobre los niños quemados se aferraron a su impresionable mente infantil. No podía pensar en otra cosa. Parecía que esa noche no iba a poder dormir.
Capítulo 7
Pasó una hora. Sasha corrió al jardín de infantes y, al entrar, llamó a sus amigos en voz alta.
— ¡Misha! ¡Lelia! —nadie respondió—. ¡Capitán, dónde están? ¿Timonel?… ¡Misha!
No había nadie. ¡Qué tonta, debió darse cuenta de que no estarían todo el día! Y no la esperarían allí. Sasha se entristeció, pero decidió explorar el edificio y subió por la escalera.
— ¡Ajá! ¿Quieres quedarte con el tesoro común para ti sola? —se oyó la voz burlona del capitán. Sasha se alegró al instante y se sumergió en el juego.
— ¡Te estaba buscando, capitán! Temía que te hubieran comido los cangrejos marinos…
— No te conviene, pirata. Busquemos a la timonel y exploremos otra parte de la isla. ¡Timonel!
— Vengan acá, encontré algo —respondió Lelia desde el segundo piso.
Los niños, emocionados, subieron y llegaron a la parte más alejada de la isla, donde la tormenta casi no había dejado huellas. Solo había tumbado algunos árboles.
Los tres se quedaron mirando el cofre del tesoro, misteriosamente entreabierto, tentador. El capitán le hizo una seña a Sasha: ábrelo. La niña levantó la tapa.
En las estanterías del armario algo dañado quedaban, aunque sucios y con los bordes derretidos, juguetes aún intactos. Sasha tomó un cerdito de goma y lo apretó, el juguete protestó con un chillido agudo. Los tres hicieron una mueca, y Sasha lo devolvió a su lugar. Lo segundo que llamó su atención fue un solo cubo despintado, en el que aún se podía leer la letra “T”. Ese se lo guardó en el bolsillo.
— ¡Miren lo que hay aquí! —llamó la atención el capitán. —Una colección de libros.
Frente al armario de los juguetes había un aparador sin vidrios, con varias docenas de libros gastados. Sasha tomó el más grande, de tapa dura.
— “Peter Pan y Wendy” —leyó la niña—. Tal vez esta era su isla, y dejaron aquí sus historias.
— Entonces no podemos quedarnos con sus tesoros —dijo Misha.
— Tal vez son los tesoros del Capitán Garfio —Lelia no quería ni pensar en renunciar al tesoro—. Somos piratas, y estamos aquí por el tesoro. Yo me llevaré esto, ahuyentará a los cangrejos —la niña tomó del armario al cerdito que chillaba.
Misha también eligió un juguete para él, le gustó un pato de plástico que había perdido su color. Dijo que todo capitán que se precie debe tener un ave. Con esas palabras, se puso el pato en el hombro y caminó con orgullo hacia la escalera.
Los niños se sentaron en la baranda y examinaron su botín. Sasha no pudo decidirse entre el libro y el cubo, y el capitán le permitió llevarse ambos.
— Oí a los adultos hablar del incendio —empezó Sasha con un tema terrible—. Sé por qué hay juguetes aquí. Era un jardín de infantes.
— Sí —encogió los hombros Misha—. Pero solo se quemó la primera planta, por eso la parte alta de la isla casi no sufrió daños. Y allí se pueden encontrar tesoros.
— Si los niños hubieran estado allí, no habrían muerto —respondió Sasha con tristeza.
— Sí —repitió el niño—, pero todos estaban en la sala de juegos, que está más adelante en el pasillo, y el fuego se extendió rápido.
— Pero la cocina no está allí —Sasha señaló hacia el otro lado, recordando las palabras de su madre y su abuela de que el fuego había empezado en la cocina.
— El fuego no vino de la cocina, vino de la sala de la maestra. Por allí. Ves, está justo al lado de la sala de juegos.
— No entiendo —Sasha movió la cabeza—. Pero… ¿cómo sabes tanto del incendio?
— Los piratas deben conocer sus dominios —sonrió el capitán con picardía—. Y ahora tú también los conoces.
— ¿Me aceptan en su tripulación? —preguntó Sasha con timidez.
— Sí, ahora eres nuestra pirata.
Por primera vez, Sasha sintió que las mejillas, no las orejas, le ardían. La niña no podía creer que por fin tuviera amigos de verdad. Con quienes jugar. Y conversar. Y no sentirse avergonzada. Y que no la insultaran. Sasha sintió que toda la alegría que le correspondía por sus ocho años se la habían dado de una sola vez.
— Ojalá pudiera quedarme con ustedes para siempre y nunca más volver a ver a mi abuela.
— ¿De verdad? —se alegró Lelia.
— Sí, no quiero ver a mi abuela. Pero a mi mamá —Sasha se detuvo un segundo—, a mi mamá la quiero mucho. La extrañaría en el viaje.
— Yo también extrañaba a mi mamá al principio.
— ¡Eh, dejaron de llorar! ¿Se olvidaron de las reglas de los piratas? Los piratas son libres. Los piratas no tienen hogar. Nuestro hogar es el mar —el capitán marcaba las palabras con golpes en el aire.
— ¡Los piratas son valientes! —secundó la timonel y saltó ágilmente a la baranda—. ¡Vengan conmigo!
Lelia se deslizó por la baranda con gracia, aterrizando en el suelo como una bailarina. Sasha estaba segura de que, si Lelia no fuera pirata, sería bailarina.
Misha se deslizó detrás. Sasha dudó. Caminar por la baranda era aterrador, pero deslizarse por ella aún más. Ella no era tan fuerte como Misha, ni tan ligera y ágil como Lelia, seguro se caería de trasero. Dolería. ¿Los piratas le temen al dolor?
— No puedo… —admitió Sasha—. Tengo que irme. Me dejaron salir solo una hora.
— ¡No tengas miedo, pirata! —animó Lelia—. Ven con nosotras.
Sasha negó con la cabeza, murmuró para sí que tenía que irse y salió corriendo del edificio. “Los piratas no le temen a nada”, se repitió en el camino a casa.
Capítulo 8
Todos los días a la misma hora, los piratas se encontraban en la isla. Armaron un campamento y llevaban allí los tesoros que encontraban. Sasha hasta encontró un arma, ¡un verdadero sable!: una barra oxidada de un casillero.
La niña cumplía con todas las reglas de su madre: jugaba solo una hora, todas las mañanas comía avena. Y ya no se peleaba con sus enemigos de la escuela. Ellos la dejaron en paz. Al parecer, sintieron que ella era una verdadera pirata, y molestar a una pirata es peligroso. Hasta podía mandarlos a la tabla.
Con su abuela era más difícil. La severa pariente seguía descontenta con la niña, no perdía oportunidad de recordarle a Sasha que era una caprichosa desobediente. A veces la abuela hasta levantaba la mano, pero Sasha aprendió a esquivar rápido, como si a su cabeza la amenazara una espada en lugar de una palma arrugada.
— Sasha, ¿por qué no invitas a tus amigos a casa? —preguntó su madre una vez durante la cena.
— ¿Puedo? —la niña se alegró tanto que casi se atraganta con el pollo. Pero, después de masticar y pensar, agregó—: no sé, mamá. Estamos varados en la isla, tenemos que construir un barco para irnos.
— ¿Y si construyen una balsa y llegan hasta nuestra casa? Les mostrarías tu escondite debajo de la mesa.
— Pero no podemos abandonar nuestros tesoros.
— Pueden volver después —insistía su madre—. Si no hay nadie más en la isla, nadie se llevará los tesoros.
— Hmm —Sasha se ajustó los anteojos—. Lo discutiremos en el consejo pirata. Tal vez ¡los ataquemos! —Sasha levantó un trozo de carne en el tenedor, imaginando que era la cabeza de un enemigo vencido.
— ¡Puaf, piratas ladrones! —la abuela escupió migas como una ballena—. Por eso se pelea, Nadia. Tiene la cabeza llena de tonterías. Antes los niños tenían otros héroes: cosmonautas, comunistas, estajanovistas. Y tú andas por lugares prohibidos y llegas con los pantalones sucios, desaliñada.
Los dientes crujieron, Sasha masticaba su rabia. La furia le picaba en la lengua, tentándola a contestarle a su abuela. En lugar de eso, Sasha solo miró a su madre en busca de apoyo. Nadezhda callaba, y su abuela continuó, más dura que antes:
— Mejor jugar a las muñecas. Eso sí es un rol digno. Útil. ¿Y tus piratas qué?
Sasha buscó protección en los ojos de su madre, pero ella tenía las manos sobre las rodillas y callaba. A veces a Sasha le parecía que incluso su madre adulta le tenía miedo a la abuela. Pero ella ya no, para nada. Ella era una pirata valiente.
— ¡Los piratas son fuertes y libres! Vivimos de aventuras. Las que juegan con muñecas son niñas tontas!
Sasha golpeó con el tenedor contra el borde del plato. O al menos a ella le pareció que el sonido fue un trueno terrible, no un pequeño tintineo. La niña dejó el pollo a medio comer en el plato y se escondió en su mundo bajo la mesa con su nuevo libro. La tía Liuba le había prestado “La vuelta al mundo en 80 días”. Pero Sasha daría la vuelta al mundo en una tarde.
La niña viajaba de Londres a Bombay, de Hong Kong a Yokohama, y luego las aventuras la llevaron a explorar el mundo del pequeño apartamento.
Allí el televisor con la pantalla convexa, cubierto con un mantel de ganchillo; allí el escritorio con llave. Allí seguramente había secretos… Sasha quería mucho descubrir el misterio del escritorio, tal vez allí estaban los tesoros del Banco de Inglaterra. Pero la llave estaba bien escondida. Bueno, que se ocupe Fix. La niña siguió su camino hacia la cocina. En el pasillo examinó un trozo de papel desprendido del zócalo y la arena en la alfombra descolorida.
— Paisaje triste, Paspartú. Seguimos viaje —ordenó Sasha a su amigo invisible.
— Mi nariz me guía —dijo la niña con otra voz—. Y yo confío en mi nariz.
Estudiando cada mancha en el empapelado, Sasha se escabulló hasta la cocina. Los adultos se callaron al observar a la niña. Su madre con ternura triste, su abuela con desaprobación. No le impedía jugar, pero en su rostro siempre se leía: “Esta niña estorba”.
— ¡Ajá! ¡Y aquí están los nativos! ¿Ofrecerán comida a este viajero?
— Siéntate, viajero. ¿De dónde vienes? —siguió el juego Nadezhda.
— Estuve en Londres, Bombay, Calcuta. ¿Pueden decirme dónde he llegado? —cambiaba la voz Sasha y fruncía el ceño teatralmente.
— Esto es… Cocinolandia —respondió su madre—. Aquí siempre te darán buena comida, bebida y abrigo.
— Entonces tomaré provisiones para el viaje. Me espera un largo camino —Sasha subió a una silla y tomó galletas del armario—. ¡Oh, no! ¡Tengo que apurarme! Se acerca una tormenta.
La tormenta invisible hizo girar a Sasha por la cocina, saltó de la silla y dio vueltas. Migas de galleta volaron por el aire, sus manos chocaron varias veces con los muebles. La abuela estaba lista para regañar a la niña, pero Nadezhda le puso la mano en el hombro.
Se oyó un estrépito. Su madre y su abuela se sobresaltaron y miraron hacia donde vino el ruido. Sasha estaba quieta, mirando la radio rota de su abuela. Junto a ella yacían las galletas hechas migas. La niña se encogió, lista para recibir el coscorrón.
— ¡Ah, malcriada torpe! ¿Ya viste? ¿Qué te dije, Nadia? Sus juegos van a terminar mal.
La abuela se levantó de la silla y se plantó sobre Sasha como una nube de tormenta. Enfurecida, le dio un fuerte golpe en la nuca, la agarró de la oreja y la sacudió. La niña se encogió aún más y se repetía para sí: “Los piratas no le temen a nada”, pero Sasha tenía miedo. Nunca antes había roto algo de su abuela. De reojo miró a su madre, pero no alcanzó su mirada. Nadezhda callaba.
— ¡Te estoy hablando, malcriada! —la abuela la sacudió otra vez—. ¡Discúlpate! Te quitaré esos tontos juegos con amigos inexistentes.
— ¡Existen, somos piratas! —chilló Sasha—. ¡Mamá, dile algo!
Nadezhda abrió la boca con timidez, pero su abuela no la dejó hablar:
— Una niña tan malcriada no tendrá amigos nunca. Te los inventas, tonta.
— ¡Y no me los invento! —Sasha sollozó y, con los ojos cerrados, arrancó su oreja ardiendo del agarre huesudo—. ¡Te odio! ¡Odio tu maldita radio! ¡Odio tu asquerosa avena! ¡Y odio a mamá! ¡No quiero verlos nunca más!
Sasha se secó las lágrimas con la manga y salió corriendo de casa hacia el lugar seguro, hacia el jardín de infantes incendiado.
— ¡Corre, corre, malcriada, igual que tu padre, puaj! —le gritó la abuela.
Capítulo 9
Sasha corrió sin aliento hacia sus amigos, secándose las lágrimas con la manga. Le daba vergüenza que una pirata llorara como una mocosa. Los piratas son valientes y fuertes.
— ¡Misha! ¡Lelia! —gritó Sasha con fuerza—. ¡Misha! ¡Lelia!
— ¿Pirata? —los niños llegaron corriendo al escuchar el grito—. ¿Qué pasó?
— Me escapé de casa. No quiero volver a ver a mi abuela nunca más. Tampoco quiero ver a mi mamá. ¡Las odio! —Sasha sollozó tan fuerte que le dio hipo.
— No llores, Sasha —Lelia le tocó el hombro con inseguridad—. ¿Qué pasó? ¿Tu abuela te regañó?
— Sí —asintió la niña—. Dijo que nadie iba a querer ser mi amiga nunca. Dijo que ustedes me los inventé. Ustedes son de verdad, ¿verdad?
— Claro —respondió Misha—. Nos ves. Puedes tocarnos. Y jugamos tan bien todo este tiempo. ¡Somos un equipo de verdad!
— Equipo —repitió Sasha y sollozó por última vez. Las lágrimas se secaron.
— Capitán. Si somos un equipo, la pirata también debe tener un rango.
— ¿Crees que está lista?
— ¡Estoy lista! —respondió Sasha, aunque la pregunta no iba dirigida a ella.
— Entonces, lo sé —Misha se rascó la barba imaginaria—. Serás la contramaestre, pirata. Necesitamos a alguien que vigile el estado del barco. Que no nos invadan las ratas y que no haya vías de agua. ¿Puedes?
— Sí, capitán —Sasha se puso firme.
— Pero debes pasar una iniciación, pirata. Olvidar todos los miedos —Misha sonrió alentador.
— Pero ya no le tengo miedo a nada. ¡Ni siquiera a mi abuela! —se envalentonó Sasha, pero luego dudó—. Bueno, solo un poquito.
— ¡Nada de abuela, solo diversión! ¿Acaso los piratas tienen otra forma de iniciación?
— ¿Beberemos ron? —Sasha se sonrojó.
— Y surfear las olas —secundó Lelia.
— ¿Y dónde están las olas?
— Allí —Misha señaló la parte más alta de la baranda—. Nosotros nos deslizaremos primero, y tú después.
— Bien —exhaló Sasha con decisión—. Soy valiente.
Los niños subieron por la escalera hasta el inicio de la larga baranda. Misha, con su sonrisa eterna, les hizo un gesto a las niñas y con un fuerte “¡yuju!” se deslizó hacia abajo. El niño aterrizó firme sobre sus pies, lo que le dio ánimo a Sasha. Lelia se deslizó con la misma facilidad, esta vez hizo un paso de baile al llegar.
Sasha respiró hondo, se montó en la baranda y miró hacia abajo. Nunca antes se había tirado por un tobogán tan alto. Las palmas le sudaron y dejaron marcas húmedas en la piedra. Sasha se secó las manos en los pantalones y se impulsó.
Con los ojos cerrados, volaba hacia abajo, y finalmente se sentía libre y sin miedo. ¡Yuju!
Su cuerpo golpeó contra el suelo. Lo último que escuchó Sasha fue el crujido de su cráneo. El capitán y la timonel se miraron.
— Ahora eres una verdadera contramaestre, Sasha —felicitó el capitán.
Epílogo
En la casa 16a de la calle Jardín se mudaron una madre con su hijo. La mujer le pidió al niño que guardara los juguetes, y ella se fue a beber vino con sus amigas a la cocina. Pero Vania no quería guardar los juguetes, tomó la tableta de su madre y construía un establo en su granja virtual. Estaba tan concentrado que no notó que había alguien en la habitación.
— ¡Hola! —saludó un niño de unos siete años. Vania se sobresaltó y se apretó contra la almohada—. No tengas miedo, queremos ser tus amigos.
— Nadie quiere ser mi amigo —murmuró el niño y se tocó la frente con vergüenza.
— ¿Quieres ser nuestro amigo? —propuso una niña más pequeña, toda una chiquita.
— Jugaremos a los piratas —agregó una niña con anteojos.
— ¿No da miedo?
— Da mucho miedo de lo divertido que es. Exploramos la isla, encontramos tesoros, luchamos con animales salvajes y ¡no le tenemos miedo a nada!
El niño, pensando en la oferta de los niños desconocidos, se tocó la reciente cicatriz en la frente por haberse chocado con una escalera. Se burlaban de él por eso.
— Yo también quiero no tenerle miedo a nada —asintió Vania—. Quiero ser su amigo.






