El nombre robado

El nombre robado

— Vasia, estoy cansada, ya basta — dijo la hermana en voz tan baja que apenas se oía, y luego tosió con el mínimo esfuerzo.

Basilia se estremeció como si la hubieran golpeado y apartó la vista del libro. A decir verdad, era imposible descifrar la enrevesada caligrafía del escriba a la luz vacilante que bailaba alrededor de la astilla agonizante en el candil de hierro forjado. Basilia ni siquiera estaba leyendo. Le recitaba de memoria a su hermana su cuento favorito. El libro de tapas de cuero con apliques dorados, iluminado por la mano de un artesano, servía para otro propósito.

Para tener algo a lo que aferrarse cuando las manos empezaran a temblar traicioneramente, para tener dónde esconder la mirada cuando los ojos se llenaran de lágrimas.

El ataque de tos no llegó a convertirse en algo más grave, pero Basilia llamó igualmente a la criada para que trajera el brebaje. Su hermana lo llevaba tomando mucho tiempo; con él parecía sentirse un poco mejor. O tal vez Basilia solo se consolaba con eso. Ya no había brebaje ni médico que pudiera ayudarla.

Cuando la hermana terminó de beber, Basilia la ayudó a acostarse. Levantó su cuerpo frágil, casi ingrávido, mientras la criada arreglaba las almohadas, la sostuvo para que pudiera moverse. Su hermana ya tenía catorce años, pero seguía pareciendo una adolescente desgarbada, sin rastro de convertirse en mujer. Basilia le acarició la fina telaraña de cabellos rubios y le ajustó la manta, demasiado cálida para finales de verano. Su hermana seguía tiritando.

— Dulces sueños, mi querida — dijo Basilia, y por antigua costumbre se dispuso a guardar el libro bajo la almohada.

— No hace falta — la detuvo su hermana—. No hacen falta más cuentos. Llévate el libro.

El libro en las manos de Basilia se volvió pesado como una piedra, y el pájaro de fuego pintado en la cubierta con oro se apagó, dejó de atrapar los destellos de luz. ¿Cómo que no hacían falta más cuentos? Su hermana siempre los había amado más que nada, siempre sonreía con ellos, siempre los pedía.

¿Cómo que no hacían falta más cuentos?

Basilia quiso preguntar, pero sabía que no podría contener la voz. Rompería a llorar, gritaría, haría algo que jamás debía hacer delante de su hermana. Así que solo susurró «duerme, mi vida» y salió, apretando el libro contra su pecho. Allá afuera, nadie vería las lágrimas que corrían por sus mejillas. Si pudiera pedir un deseo como en los cuentos, Basilia pediría que su hermana dejara de morirse.

Su padre les enseñó a todos que no hay vergüenza en creer en cuentos, en milagros, ya fueras viejo o niño, hombre o mujer. Él creía que la fe en los milagros hacía a las personas más bondadosas y quizá incluso más fuertes. Solo la más pequeña creía siempre en eso. Quizá porque tenía diez años cuando él murió y eso era lo único que le quedaba de él. Quizá porque había estado enferma toda su vida y encontraba consuelo en esas palabras.

Basilia tomó el candil, se deslizó sigilosamente por la casa tratando de no hacer ruido con los tacones de sus botas de cuero; no faltaba más que despertara a su madre. Bajó al segundo piso, atravesó el vestíbulo hasta la salita que su padre había convertido en archivo. Tiró de la pesada puerta.

Su padre no solo se interesaba por los cuentos, los coleccionaba. Era el oficio de toda su vida, de la vida de su padre, su abuelo y su bisabuelo. En la salita había estantes especiales con libros y cofres que guardaban rollos de corteza de abedul. Basilia avanzó hasta la ventana encarada al este, se sentó a la mesa donde su padre pasaba en limpio sus notas de viaje. Depositó el libro sobre la mesa. La llama en el candil se aquietó, se hizo uniforme, casi sin echar chispas.

Había una vez una muchacha llamada Basilia. Basilia no era especialmente hermosa ni sabia. Era una muchacha común. Basilia tenía tres hermanos: dos mayores y uno menor. El mayor, Bogdán, era vivo e inteligente. Se había hecho cargo de los negocios familiares y se había ido como enviado del zar a un país lejano. El mediano, Víctor, mandaba una compañía en la guardia real y se había ido a la guerra. El menor, Projov, había reñido con su padre y se había hecho sacerdote. No soportaba que los cuentos antiguos antepusieran sus historias a la diosa. Basilia tenía también una hermana pequeña. Amaba los cuentos con pasión. Debería haber sido la sucesora de su padre, pero la tisis la postraba a menudo en cama; poco podía viajar por el mundo coleccionando cuentos o buscar la isla de los prodigios, cuyo camino solo conocen los pájaros…

Basilia dejó caer la cabeza entre las manos, se inclinó sobre el libro. El pájaro de fuego en la cubierta batía las alas, volaba. Escondía tras de sí los cuentos maravillosos: la isla de los prodigios donde viven los hombres sabios, que enseñaron todo a la humanidad y prometieron protegerla; los valientes guerreros que podían vencer a la Muerte.

¿Dónde podría Basilia encontrar un milagro así o un guerrero que le dijera cómo ayudar a su hermana? En su familia se creía que su linaje provenía de una heroína de cuento, una curandera que había aprendido de aquellos hombres sabios. Si eso era cierto, ¿por qué no se conservaba ningún registro de aquella curandera maestra? ¿Por qué solo quedaban cuentos y un cuchillo con empuñadura dorada y la marca de un pájaro de fuego grabada en la hoja? Su padre creía que aquel cuchillo se lo había regalado a la curandera uno de los guerreros de los cuentos, y lo apreciaba mucho. Pero de nada servía el cuchillo ante una enfermedad mortal.

Projov diría que Basilia hacía mal en complacer a su hermana y seguir leyéndole cuentos. Que más valía que ella los olvidara y se volviera a la diosa en su última hora. A los mayores ya no les importaban los cuentos ni el archivo de su padre. Seguramente lo habrían vaciado todo, pero Basilia no lo permitía. Lo cuidaba, quitaba el polvo, ordenaba los libros. ¿Y creía en ellos?

Basilia, rozándolo apenas, pasó los dedos por el estampado dorado de la cubierta. Si a su hermana le hacía bien, ella creería. Ya que no podía hacer otra cosa.

A la mañana siguiente, Basilia llamó a un sirviente, ordenó ensillar los caballos y escapó más allá de las murallas de la ciudad, a la feria. A finales de verano los puestos se llenaban.

No, Basilia no buscaba divertirse ni necesitaba telas nuevas para sus vestidos, botas o joyas. Le parecía una traición pensar en algo que no fuera la salud de su hermana.

Ocurría que tres meses atrás, cuando su hermana empeoró gravemente, su madre había traído a la casa a un nuevo médico. Cientos habían pasado por el lecho de su hermana y ninguno había podido ayudarla. Bogdán había prohibido hacía tiempo dejarles pasar el umbral, pero en cuanto él se fue, su madre trajo a otro. Basilia no discutía; ella también guardaba una pequeña esperanza de que su hermana pudiera aún salvarse. Solo que aquella vez todo fue distinto.

El médico que su madre había traído se llamaba Koshchei, y su fama no era fama sino advertencia.

Basilia había oído muchas cosas. Se decía que Koshchei solo aceptaba casos desahuciados y nunca prometía curar. Se decía que tras sus tratamientos la gente moría, pero nadie podía nombrar a esos infortunados. También se decía que sanaba. Que levantaba a los que estaban en las puertas de la muerte, a los que ya se despedían para ir a los Jardines del Sol de la diosa. De esos nombraban los nombres, y su madre los había oído y se había aferrado a ellos.

Koshchei no le gustaba a Basilia. No sabría decir por qué. Era viejo y feo, y desprendía un leve olor a podredumbre. Siempre era altaneramente cortés, como si no hablara con una familia de boyardos sino con siervos. Era puntual y llegaba en la fecha señalada.

Y Basilia creía que, desde que él apareció, su hermana se consumía más rápido.

Su madre no quería creerlo, rezaba a la diosa y lloraba. No escuchaba a Basilia, y escribir a Bogdán era inútil: la carta tardaría mucho en llegar a país extranjero.

Por eso Basilia escapaba los días en que debía venir Koshchei. No quería recordarse una vez más que era impotente.

La conciencia no permitió a Basilia demorarse en la feria; hacia el mediodía ya estaba en casa. Podría haber llegado antes, pero a medio camino su caballo cojeó, tuvo que desmontar y llevarlo de las riendas. Basilia podría haber dejado el caballo con el sirviente y montar el de él, pero no quería darse prisa. Esperaba que el médico se hubiera marchado a su regreso. Por desgracia, junto a la entrada todavía estaban atados dos caballos negros, y en el porche, en los escalones, estaba sentado el criado de Koshchei, un joven apenas mayor que Basilia.

Basilia se sorprendió arreglándose el tocado, igualando las filas de perlas en las sienes, tratando de ver de reojo si el borde de su vestido estaba muy manchado de polvo.

¡Vaya!, ¿y para quién se arreglaba?

Koshcheich se levantó a su encuentro, se quitó el gorro de su desgreñado pelo, bajó los escalones e hizo una reverencia. Solo un ciego creería que era un criado: los criados no llevan caftanes de brocado negro bordados en oro, no se ciñen la cintura con fajas de borlas doradas, no calzan botas nuevas con herraduras. Aunque es cierto que Basilia nunca le había visto arma alguna.

— Buenos días, señora — dijo él. Sonrió, la miró a los ojos.

Basilia le devolvió la sonrisa involuntariamente, pero se contuvo: ¡criado o no, estaba a sueldo de Koshchei! Y sus ojos eran extraños, turbios como un vidrio empañado, de color indefinido.

— Buenos días — respondió Basilia, levantando un poco la barbilla, tratando de parecer más severa—. ¿Todavía no se ha ido tu amo?

— No, señora — Koshcheich siguió sonriendo—. Tengo suerte. He podido verte.

Basilia resopló, se volvió hacia el caballo, ocultando cómo la sangre le subía a las mejillas.

— ¿Que ha cojeado? — enseguida estuvo a su lado Koshcheich—. ¿Quieres que la examine, señora? Dicen que su mozo de cuadra está enfermo, y yo entiendo de caballos.

Rechazarlo e irse: Basilia sabía que sería lo correcto. No debía aceptar ayuda de quien era criado de Koshchei, y que además en tres meses nunca le había dicho su nombre. Pero, ¿para qué mentir? Basilia se había confesado ya la vez anterior que le gustaba hablar con él, aunque a veces fuera extraño, como si no estuviera vivo. Y el mozo de cuadra estaba realmente enfermo: el abuelo Kriv era ya muy mayor. Basilia miró hacia las ventanas de la casa. En la alcoba de su hermana estaba Koshchei, y no tenía ninguna gana de subir. Entonces decidió: que Koshcheich examinara el caballo. ¿Acaso podía pasarle algo malo por eso?

Siguiendo su indicación, Basilia ató el caballo al palenque, lejos de los negros. Todo iba bien, pero en cuanto ella se apartó detrás del palenque y Koshcheich se agachó junto al caballo, su Flecha, una yegua tranquila y bien domada, aplastó las orejas contra el cuello, enseñó los dientes y resopló.

— ¡Ay, ya está! — resopló Koshcheich a su vez. Sin miedo, agarró el caballo por el ronzal, se acercó y sopló suavemente en sus ollares—. Mejor seamos amigos, hermosa.

Flecha levantó las orejas, torció la vista hacia Koshcheich, y Basilia juraría que con asombro. Y parecía tan gracioso, casi humano, que se tapó la boca con la mano para no reír y no asustar a la yegua con un ruido brusco. Koshcheich rascó a la yegua en la mancha blanca de la frente que le daba nombre, la acarició en la mejilla, en el cuello. Deslizó la mano suavemente a lo largo del cuerpo, acariciándola, marcando su presencia.

— Dime — pidió Basilia—. ¿Tú crees en los cuentos y los milagros?

Koshcheich se estremeció torpemente, hizo algo mal, y la yegua cambió de pie, un escalofrío recorrió su piel.

— ¿Milagros? — repitió, demorando claramente la respuesta. Dio una palmada a Flecha en el anca para tranquilizarla—. ¿Y por qué quieres saberlo, señora?

— Me interesa lo que piensa la gente de los cuentos — Basilia se encogió de hombros. Alisó el borde de su vestido—. Mi padre los coleccionaba, y yo me pregunto si fue en vano. Responde con sinceridad y podrás preguntarme lo que quieras.

— ¿Incluso por qué no estás casada, señora? — Koshcheich la miró por encima del hombro con picardía.

— Bueno, eso es demasiado — se rió Basilia—. Mi hermano no me fuerza, y yo no he encontrado a mi prometido. Y me importa un comino lo que digan de que ya estoy para vestir santos. Mejor respóndeme tú, criado de Koshchei, lo que tienes en el alma, y me preguntas algo más interesante.

Koshcheich se detuvo junto a Flecha, la acarició en el lomo, le dio otra palmada en el anca. Basilia no veía su cara, pero notó que la pregunta le había tocado.

— Si hubiera milagros — dijo con poca seguridad—, probablemente no existiría el mal. ¿No crees?

— Espera, ¿qué dices? — Basilia movió la cabeza—. El mal existe, y los milagros también, ¡y hacen falta precisamente para luchar contra el mal! ¿Es que no te leían cuentos de niño?

Aquellas palabras hicieron que Koshcheich se volviera, y Basilia vio su rostro desconcertado, con los ojos vidriosos petrificados.

— No lo recuerdo — dijo en voz baja.

Un escalofrío recorrió la espalda de Basilia, le pareció que de repente olía a podredumbre. También Flecha se inquietó. Sacudió la cabeza, resopló, cambió de pie torpemente y empujó con el costado a Koshcheich. Él reaccionó, la agarró por la silla y volvió a darle una palmada en el anca.

— Quieta, quieta, hermosa — retomó el tono cariñoso de antes. Continuó la conversación como si nada hubiera pasado—. Bueno, ahora te toca a ti responder, señora. ¿Me dirás qué es lo que más temes?

Basilia conocía la respuesta. Se estremeció bajo la mirada vidriosa de Koshcheich, pero afortunadamente él se volvió. Se inclinó, pasando la mano por la pata del caballo. Flecha giró la cabeza hacia él y, según le pareció a Basilia, lo miró con malicia, pero cuando él le levantó la pata por el corvejón junto al casco, la yegua la alzó.

— ¡Ay, bien! — alabó Koshcheich, inclinándose más para examinar el casco.

Basilia no demoró la respuesta, escogió las palabras con cuidado.

— Todos los predicadores de la diosa nos asustan con la Muerte. Que es enemiga de la diosa y de todo hombre, que siempre está hambrienta. Si digo que la temo, pensarás que me escudo, todos la temen. Pero es verdad que la temo. No por mí, por mi hermana. En los cuentos se dice que quien cae en poder de la Muerte, de él se olvidan para siempre. No queda ni su nombre, ni un recuerdo bueno o malo. Temo olvidar a mi hermana. Y más aún, no poder ayudarla.

«Por eso quiero creer en milagros», completó Basilia en su pensamiento. «Porque no me queda otra esperanza». Koshcheich soltó la pata del caballo, se irguió y se acercó al palenque donde estaba Basilia.

— No voy a acusarte de escudarte, señora — dijo en voz baja. Puso la mano en el palenque y Basilia, llevada por el impulso, agarró también la madera, muy cerca de su mano—. No hay nada más terrible que la Muerte y el olvido. Y esa lucha en la que no podemos vencer.

A Basilia se le hizo un nudo en la garganta y un escalofrío le recorrió las entrañas. ¿Cómo que no podemos? No alcanzó a preguntar. Koshcheich movió la cabeza, sonrió apagado y forzado.

— Tu caballo está bien, señora — dijo—. Se ha soltado la herradura y se le ha clavado una piedra. Hay que limpiarla y volver a herrarlo, y mejor recortarle los cascos.

— El abuelo Kriv es muy viejo — suspiró Basilia—. Habría que buscarle un ayudante.

Después también sonrió, tratando de ahuyentar aquel miedo inoportuno.

— Escucha… — dijo, y se quedó callada.

¿Cómo llamarlo? Ni siquiera a los siervos se dirigía con un «oye, tú». Y de repente le entró una rabia mezclada con osadía. Basilia se puso las manos en las caderas, miró a Koshcheich directamente a sus vidriosos ojos y declaró:

— ¡Como tu amo no te ha dejado nombre, te pondré yo uno!

— ¿Qué? — se desconcertó él—. ¿Se puede, señora?

— ¡En mi casa todo me está permitido! — le cortó Basilia, sonriendo con picardía—. ¿Qué nombre escoger…

Entrecerró los ojos, y bajo su mirada Koshcheich se irguió y se alisó los cabellos revueltos. Un nombre simple, de los que llevan los criados, no le convenía. En cambio, uno de cuento…

— Te llamarás Iván — decidió.

Koshcheich carraspeó, pero al hablar su voz sonó ronca, insegura:

— Cuando se da un nombre, se regala algo…

— ¡Es verdad! — se dio cuenta Basilia, se quitó del vestido el broche de pájaro. Se acercó al palenque que los separaba, se lo prendió en el caftán a Koshcheich—. Te nombro Iván, y así te llamaré y te conoceré de ahora en adelante.

El broche era moderno, caro: esmalte y un poco de oro. El oro brilló a la luz del sol, un destello hirió a Basilia en los ojos un instante y la hizo parpadear.

— Gracias — dijo en voz baja el recién nombrado Iván.

Basilia no comprendió enseguida qué era lo extraño. ¿Le había cambiado la voz? ¿O su rostro se había animado de repente? Luego lo notó. Los ojos. Iván tenía unos ojos completamente normales, nada terroríficos, grises.

¿Acaso siempre los había tenido así? ¿Se lo había imaginado? Projov decía que era una chica impresionable, que siempre inventaba cosas. Basilia prefería creer en otra cosa. En un milagro.

E Iván se inclinó sobre el palenque y le susurró casi al oído:

— Ahora escúchame, señora. Corre hacia tu hermana. Mi amo, el brujo, maquina algo malo. Ahuyéntalo, no temas; de día, en tu casa, no se atreverá a hacerte daño.

Basilia se apartó, frunció el ceño, pero no tuvo tiempo de decir nada. Iván repitió, más alto:

— ¡Corre hacia tu hermana, señora! ¡Sálvala si aún es posible!

Aquello «si aún es posible» le cortó como un cuchillo. Basilia se giró y se lanzó hacia la casa.

Llamar a su madre no valía la pena: no la creería, la detendría. Las palabras de Iván dieron forma a las sospechas vagas de Basilia y la empujaban: rápido, rápido, si aún se podía salvar, hacia la alcoba de su hermana. Al vestíbulo, de allí por la escalera al segundo piso, y más arriba, a la cámara alta. Basilia levantó el borde de su vestido para saltar los escalones de dos en dos. Irrumpió en la cámara…

Y se quedó paralizada.

A pesar de las muchas ventanas encaradas al este y del sol del mediodía, en la cámara había penumbra, como si Basilia hubiera bajado al sótano. En los rincones se agazapaba la oscuridad, ocultaba bajo su manto negro los dibujos de las paredes, amortiguaba los sonidos. Basilia dio un paso y algo susurró, como si huyera de sus pies con pequeñas patas. Se apartó, miró con atención, pero no vio nada. Basilia quiso llamar a alguien fuerte, valiente, que resolviera aquello.

Pero no había nadie.

Y mientras ella reunía valor, su hermana estaba a solas con el brujo.

Basilia se irguió, se echó la trenza a la espalda y avanzó, clavando los tacones en la alfombra que cubría el suelo. Las sombras cerca de la alcoba de su hermana se espesaban, pero Basilia no se detuvo. Agarró el picaporte y abrió la puerta de golpe.

Le golpeó en la nariz un olor a podredumbre, claro, intenso, nauseabundo. Koshchei estaba sentado donde el día anterior había estado Basilia, las sombras giraban a su alrededor como vivas. Eran tantas que en la alcoba oscurecía como al atardecer; solo la desaliñada cabellera canosa de Koshchei destacaba como una mancha clara.

— Largo de aquí, brujo — ordenó Basilia.

Koshchei se volvió hacia ella lentamente, sin prisa, como si le costara moverse. Parecía un muerto: flaco, los huesos apenas cubiertos de piel, los ojos hundidos rodeados de ojeras. Su mirada paralizaba, pero Basilia no cedió. Sabía que nadie más podía proteger a su hermana.

— ¿Crees que puedes mandar? — preguntó Koshchei. Su voz era inesperadamente sonora, incluso agradable.

— Puedo — respondió Basilia—. Y tú lo sabes. Largo de aquí y no vuelvas a venir.

Entró en la alcoba y se apartó un poco, dejándole paso. Ojalá Koshchei no notara en la penumbra cómo le temblaban las manos.

Él se levantó con pesadez y lentitud, apoyándose en un bastón de madera curvado como un cuerpo de serpiente, miró a la hermana de Basilia. Se dirigió hacia la puerta, como se le había ordenado, pero se detuvo junto a Basilia. Ella se quedó inmóvil. ¿Por qué habría creído a Iván de que Koshchei no la tocaría? Ahora, Basilia lo comprendía con claridad dolorosa, podía hacer con ella y con su hermana lo que quisiera. Y Koshchei la miró con sorna: vio, claro está, cómo temblaba. Apoyó la cabeza de serpiente de su bastón bajo la barbilla de Basilia.

— Has llegado tarde — dijo, y sopló sobre Basilia olor a tierra podrida por lluvias excesivas—. Ya no necesito volver. Tu hermana morirá mañana al amanecer. Ah, no te esfuerces, no es cosa de mi brujería, no puedo remediarlo. La ha consumido la enfermedad. Ya estaba muriendo cuando tu madre me contrató, ¿verdad que lo sabías? Solo era cuestión de qué pasaría con ella después de muerta. Yo lo he decidido. Gracias por darme tiempo, muchacha, y no estorbarme.

Hizo una reverencia, grotesca y desgarbada, y salió. Basilia solo entonces sintió que las lágrimas le corrían por las mejillas. Cerró la puerta de golpe, se lanzó a la ventana, la abrió para que entraran aire fresco y luz, se acercó al lecho donde su hermana yacía inmóvil.

— Mi vida — llamó Basilia, sentándose en el borde. Se secó las lágrimas a escondidas, acarició con cuidado la mano de su hermana—. No le hagas caso, mi vida. Todo irá bien, verás. Mejorarás y nos iremos juntas a la feria. Allí los juglares cuentan cuentos y venden broches de pájaros, como los que querías…

— No hacen falta pájaros, Basia — la interrumpió su hermana con cansancio—. Koshchei tiene razón. Nada de eso importaba, era todo una tontería. Los pájaros, los milagros… Ante la Muerte todos somos iguales. Es una necedad buscar esperanza en viejos cuentos y mandatos de la diosa.

Y entonces su hermana se puso a toser, terriblemente, con un estertor, se aferró con los dedos encorvados al pecho que parecía estallarle. Su rostro se congestionó, gotas de sangre cayeron sobre la almohada. Basilia saltó, abrió la puerta de par en par y gritó pidiendo ayuda. Acudieron su madre y las criadas, rodearon a su hermana, y su madre echó a Basilia como a una perra traviesa. La miró por último como si ella tuviera la culpa del ataque.

Basilia no se fue a su alcoba, sus pies la llevaron al archivo de su padre. Allí se sentó a la mesa, dejó caer la cabeza entre las manos y rompió a llorar.

Koshchei tenía razón: Basilia sabía desde hacía tiempo que su hermana no viviría. Lo sabía también Bogdán, solo su madre no quería entenderlo.

Basilia levantó la cabeza, miró el libro que no había guardado la víspera.

¿De qué servía la fe? ¿De qué servía la esperanza? Se levantó, se acercó a uno de los estantes, donde bajo una falsa cubierta se escondía la legendaria, según su padre, daga. La sacó, la desenvainó de la funda de cuero decorada con un grabado de una rama de manzano de enormes frutos. La hoja plateada atrapó la luz de la ventana, y por el reflejo pareció que el pájaro de fuego grabado en la marca junto a la empuñadura batía las alas.

Mejor que esto hubiera sido una receta de medicina.

Basilia arrojó la daga, se estremeció cuando golpeó el suelo con un sonido sordo. Se abrazó a sí misma. ¿Quién necesitaba ya cuentos y milagros? Basilia empezó a tirar los libros de los estantes. Quemarlos, quemarlos todos, inútiles, vacíos, dañinos, mil veces tenía razón Projov.

Cuando las lágrimas casi se secaron y ella estaba sentada en el suelo, sollozando en voz baja, pasando los dedos sin pensar por el dibujo de un guerrero en uno de los libros abiertos, oyó un golpe en el cristal. Miró hacia la ventana más cercana. Afuera, en el alféizar, estaba posado un enorme cuervo. Basilia se acercó, abrió la ventana. El pájaro saltó, se puso de lado, mostrando un pedazo de corteza de abedul atado a su pata.

No podía ser de ninguno de sus hermanos.

Basilia vaciló, pero finalmente alargó la mano hacia el pájaro. El cuervo la dejó quitar el escrito, luego se sacudió, erizó las plumas y voló. Basilia volvió a la mesa, saltando sobre los libros esparcidos, se sentó y desdobló la corteza.

«Sé cómo ayudar a tu hermana. Cuando anochezca, abre la cancela del patio trasero. Iván».

Basilia arrugó la corteza y miró sin ver hacia la ventana. ¿Mentía? ¿La estaba engañando?

¿Cómo confiar en él después de que había ayudado a Koshchei? ¡Y ella que creía que él se le acercaba a hablar porque le gustaba! Pero la distraía para que su amo no tuviera estorbos. Basilia arrojó la corteza al montón de libros, se secó la cara con la manga y se levantó. Le gustara o no, tendría que hablar con su madre. Luego ordenaría a los criados que llevaran todos los libros a la cocina, al menos servirían para encender el fuego.

Al atardecer, Basilia estaba agotada. La decisión, que parecía firme, no le había traído paz. Su madre le había armado una escena de gritos y acusaciones, y luego se encerró en su alcoba a rezar a la diosa. Su hermana se debatía en la fiebre, tosía tanto que parecía que se le rompía el pecho y deliraba. Una y otra vez repetía que veía el borde sucio de un vestido negro, que Ella se acercaba. Basilia pensó en llamar al sacerdote, pero temía que se negara, su hermana no era muy devota. Entonces ordenó traer la imagen de la diosa del rincón de los iconos, puso velas delante, pero no consiguió alejar las visiones.

En la alcoba olía cada vez más a podredumbre y a tierra empapada.

Por eso, cuando la criada llevó a Iván, que decía venir por encargo de Koshchei, Basilia no opuso resistencia. Su hermana yacía inconsciente, ya no había esperanza.

— ¿A qué has venido? — preguntó Basilia con cansancio. Las palabras airadas se le escaparon solas—. ¿A burlarte o a pedir rescate por salvar a mi hermana? ¿Para vestirte bien has servido a tu amo?

Iván vaciló en la puerta, cabizbajo, se quitó el gorro de la cabeza y lo metió en el cinto.

— Escúchame primero, señora — dijo humildemente—, y después juzga.

Basilia miró el rostro de la diosa, luego el de su hermana, pálido como la mortaja, su frente cubierta de sudor, las manchas de sangre en la almohada. Despidió a la criada y ordenó a Iván:

— Habla.

Iván avanzó hacia el interior de la alcoba, se detuvo a los pies del lecho, frente a Basilia, que estaba sentada en la cabecera.

— Mi amo tiene un libro — empezó Iván dócilmente—. En él escribe nombres.

— ¿Y qué? — Basilia frunció el ceño. Apartó la mirada de él, se inclinó a tocar la frente de su hermana para ver si ardía de fiebre.

— El nombre es la impronta del alma. Poseyéndolo, uno puede apoderarse de la persona.

Basilia se estremeció, se quedó inmóvil, sin llevar la mano a la frente.

— ¡Continúa! — la apremió, ocultando el temblor de su voz tras una orden brusca.

— Y eso es todo — dijo Iván. Se volvió hacia la ventana, siguió con tono distraído—: Quien cae en el libro de Koshchei se vuelve débil de voluntad y poco a poco se borra de la memoria de la gente. Y él mismo recuerda menos del mundo. Koshchei somete así a esas personas, las engaña.

¿Un nombre escrito en un libro? Basilia apretó los puños, se irguió en su silla.

— ¿Has venido a contarme cuentos? ¿

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Elena Gante
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