El sobre blanco con el monograma dorado reposaba sobre la mesa de cristal de la recepción, y Catalina lo miraba como si no fuera un papel, sino una serpiente enroscada. La secretaria, Teresa, una mujer práctica y poco dada a sentimentalismos, lo había colocado aparte de la correspondencia de negocios, intuyendo quizás que aquel mensaje perfumado encerraba algo turbio.
—Lo trajo un mensajero —dijo Teresa, deteniéndose en la puerta—. Muy extraño. Preguntó si aquí trabajaba Catalina Vázquez, antes Ortega. Dijo exactamente eso: antes Ortega.
Catalina levantó la vista del informe financiero que llevaba media hora estudiando. Algo en su expresión hizo que Teresa añadiera:
—Puedo tirarlo. Digo que no la encontré.
—No, déjalo.
Cuando la puerta se cerró, Catalina aún permaneció inmóvil unos minutos. Desde la ventana panorámica de su despacho se veía el anochecer en Madrid, una ciudad que cinco años atrás le había parecido un reino de cuento de hadas y que después casi se convirtió en su tumba. Tomó el sobre y sus dedos reconocieron de inmediato aquel perfume: el aroma pesado y empalagoso que Serafina Ortuño derrochaba con tanta generosidad como si intentara ocultar con dulzura algo podrido en su interior.
La invitación estaba impresa en papel de fabricación artesanal, con una caligrafía elegante y diminutas incrustaciones plateadas en los bordes. «Don Ignacio Ortuño y doña Verónica Sáenz tienen el honor de invitarle a compartir la alegría de su enlace matrimonial». Catalina leyó aquellas líneas y en su memoria, como una vieja película, se desplegaron las imágenes del pasado, de aquel tiempo en que ella misma creyó en palabras tan hermosas.
Se conocieron en el restaurante «La Terraza», donde Catalina trabajaba como camarera desde hacía dos años. Ignacio llegó con un grupo de amigos para celebrar no se sabía qué negocio, y durante toda la velada su mirada volvía hacia ella una y otra vez, no con el interés hambriento al que estaba acostumbrada por parte de los clientes achispados, sino con algo parecido a la sorpresa. Dejó una generosa propina y su número de teléfono escrito en una servilleta, con la letra de alguien poco acostumbrado a escribir a mano.
—Mira, tú entiendes que soy una camarera cualquiera —le dijo en su tercera cita, cuando Ignacio la llevó a la finca familiar y Catalina vio por primera vez aquellas columnas, aquellos retratos de antepasados en pesados marcos, aquella biblioteca con libros que nadie leía.
—Precisamente por eso me gustas —respondió él entonces.
Sus ojos grises con una mota dorada cerca de la pupila la miraban con tal sinceridad que ella creyó. Creyó en sus promesas, en sus planes, en la ternura con que hablaba del futuro. Creyó incluso cuando Serafina, en su primer encuentro, la recorrió con la misma mirada con que se examina una mancha en el mantel y pronunció con glacial cortesía:
—Ignacio, querido, eres un hombre hecho y derecho. Una camarera está bien para una aventura de una noche. Pero la familia es otra cosa.
Ignacio entonces se opuso, habló de amor, de su propia elección, de decisiones adultas. Serafina sonrió con esa sonrisa particular que Catalina luego aprendió a reconocer como presagio de desgracia, y no volvió a discutir.
La boda se celebró tres meses después. Modesta según los cánones de los Ortuño: solo ciento veinte invitados. Catalina, con su vestido blanco, se sentía una intrusa que por casualidad había entrado en un cuento ajeno.
El cuento terminó pronto.
—Otra vez te has equivocado con los cubiertos —le decía Serafina en las comidas familiares, cuando Catalina intentaba ayudar al servicio para demostrar que no se creía superior a nadie—. Pero no importa, de dónde vienes no podías saberlo. En tus antros, supongo, se las arreglaban solo con cucharas.
—Mamá, por favor —empezaba Ignacio, pero su voz se apagaba bajo la mirada de su madre, como la llama de una vela bajo una ráfaga de viento.
Tres años vivió Catalina en aquella casa, donde cada día traía nuevas humillaciones. Serafina había convertido el arte del menosprecio en una ciencia refinada. Nunca gritaba, nunca insultaba directamente. Solo insinuaciones, solo sonrisas, solo comentarios al azar en presencia de invitados sobre lo difícil que era para la gente de baja cuna asimilar las elementales normas de cortesía. Ignacio miraba, y su silencio era más elocuente que cualquier palabra.
—¿Por qué callas? ¿Por qué no le dices nada cuando te habla así? —preguntaba Catalina por la noche, junto a su marido en la alcoba que cada vez se parecía más a una hermosa celda de prisión.
—Déjalo, no es para tanto —respondía Ignacio, dándole la espalda—. Es su carácter, ya se acostumbrará a ti, ya verás.
Pasaba el tiempo, pero Serafina no se acostumbraba. Metódicamente fue aislando a Catalina del mundo exterior. Las amigas dejaron de llamar después de algunos encuentros fortuitos con la suegra. Los padres de Catalina recibieron una indirecta clara sobre lo poco deseadas que eran sus visitas. Cuando Catalina intentó buscar trabajo —cualquier trabajo, solo para sentirse viva—, Serafina armó tal escándalo que las paredes de la antigua casona parecieron absorber su eco para siempre.
—Los Ortuño no trabajan —sentenció, de pie en medio del salón, mientras Ignacio estudiaba el dibujo de la alfombra bajo sus pies—. Los Ortuño representan a la familia. Si tú no eres capaz ni de eso…
Catalina era capaz. Asistía a veladas benéficas, sonreía a las personas adecuadas, usaba los vestidos adecuados. Hacía todo lo que se esperaba de ella, y cada mes se reconocía menos en el espejo cada mañana.
Y entonces vio dos rayas en el test. Las náuseas le venían a oleadas, ya fuera por el embarazo o por el terror al imaginar qué vendría después. Un hijo en aquella casa, bajo el dominio de Serafina, con un padre que había desaprendido a tomar decisiones propias desde la infancia. Recordó cómo la suegra contaba lo de la niñera del pequeño Ignacio, a quien despidieron por abrazarlo demasiado, y supo que no entregaría a su hijo a aquellas manos.
—Necesito salir unos días —le dijo a Ignacio aquella tarde, procurando que su voz no delatara nada—. A casa de mis padres, a descansar.
Él no preguntó qué pasaba, no notó ni su palidez ni el blanco de sus nudillos aferrados al bolso. Solo asintió, sin apartar la vista de la pantalla del teléfono:
—Claro. Avisa a mamá para que no se preocupe.
Catalina se fue a la mañana siguiente. Nunca llegó a casa de sus padres. Alquiló una habitación en un hotel barato en las afueras y durante tres días solo estuvo tumbada en la cama hundida, incapaz de pensar o de llorar, tratando de entender cómo seguir viviendo.
Al cuarto día llamó la suegra.
—Sé de tu estado —dijo la voz de Serafina al teléfono, y Catalina sintió cómo el frío se extendía desde el corazón hasta las puntas de los dedos—. Mi médico sabe guardar secretos, pero no de mí. Tienes dos opciones. O te libras del problema y vuelves como si nada, o desapareces para siempre con quinientos mil euros como indemnización.
—¿Y Ignacio? —preguntó Catalina, aunque ya conocía la respuesta.
—Ignacio firmará lo que yo le diga que firme.
Un mes después, Catalina solicitó el divorcio. Ignacio recibió la citación y envió a su representante al juzgado con un poder notarial y una declaración de conformidad para disolver el matrimonio sin su presencia. Ni siquiera para eso se presentó. El juez leyó la sentencia en una sala medio vacía, y Catalina salió al porche del juzgado ya libre. Él nunca llamó, ni antes de la vista ni después.
Se fue de Madrid en un coche viejo comprado con parte del dinero que había recibido. En su vientre crecía una vida. El médico del ambulatorio le dijo: «Niños». Catalina creyó haber oído mal. Pero en la pantalla del ecógrafo latían tres pequeños corazones.
Los trillizos nacieron una fría mañana de enero en el hospital público de un pequeño pueblo cuyo nombre Catalina eligió señalando un punto en el mapa. Alejandro llegó primero, fuerte y gritón, reclamando atención de inmediato. Borja nació callado y observador, con unos ojos que parecían ver ya más de lo que un bebé puede entender. Carlos cerró el trío, el más pequeño, el más frágil, el que más se parecía a su padre.
El primer año, Catalina apenas lo recuerda. Se fundió en una sucesión interminable de tomas de biberón, noches en vela, cálculos desesperados: si llegaría el dinero hasta fin de mes, cuánta leche en polvo quedaba, cuándo había dormido más de tres horas seguidas la última vez. Trabajaba desde casa, redactaba textos para páginas web, gestionaba redes sociales ajenas, aceptaba cualquier encargo mientras los niños dormían. En el segundo año se le ocurrió una campaña publicitaria para una pequeña pastelería, solo para no volverse loca con la rutina. La dueña enseñó su trabajo a un conocido, este a otro, y a los seis meses Catalina ya gestionaba el marketing de una cadena de supermercados y había abierto su propia agencia. Primero en una oficina minúscula en la planta baja de un edificio de viviendas, luego en un local más grande, y luego más grande aún. Cuando los niños cumplieron tres años, entraron en la guardería. La agencia siguió creciendo.
—Catalina, la llaman de «AgroUnión» —dijo Teresa hacía seis meses, cuando la agencia ya ocupaba toda una planta en un edificio de oficinas—. Dicen que quieren hablar de un contrato publicitario. «AgroUnión» era uno de los mayores holdings agroalimentarios del país. El contrato convirtió la agencia de Catalina de un exitoso actor regional en una fuerza con la que se contaba a nivel nacional. A los treinta y un años, poseía un negocio que reportaba unos ingresos que los Ortuño, con su arruinada grandeza, no podían ni imaginar.
Catalina miró la invitación. Mesa número diecinueve. Revisó el plano del salón adjunto al sobre: estaba en el rincón más alejado, junto a los servicios. Serafina quería que la exnuera se sentara donde se oye bien el tintineo de la vajilla y no se ve la pista de baile. Quería disfrutar de su humillación.
El teléfono sonó con un mensaje de un número desconocido: «Espero que vengas a recoger tu comida gratis. Procura vestirte decentemente. Es un acto oficial».
Catalina sonrió con esa sonrisa que Teresa había aprendido a reconocer antes de las grandes negociaciones.
—Llama al taller de la señora Covadonga —dijo a su secretaria mientras se levantaba—. Dile que necesito un vestido para un acto importante y tres trajes de niños para unos pequeños de cuatro años.
Teresa la miró largamente, pero no dijo nada.
El taller de Covadonga ocupaba una antigua casa de vecinos en una calle tranquila del centro. La propia Covadonga, una mujer de mirada aguda y manos que aún recordaban la escuela soviética de corte, recibió a Catalina en su obrador atestado de retales de tela y bocetos.
—Verde esmeralda —dijo Catalina apenas traspasó el umbral—. Seda, pero con cuerpo, que mantenga la forma y al mismo tiempo fluya.
Covadonga la examinó con su ojo profesional, tomándole las medidas mentalmente antes de desenfundar el centímetro.
—¿Qué acto es?
—La boda de mi exmarido.
La modista soltó una risa breve, y en ese sonido hubo comprensión y aprobación.
—Verde esmeralda es un buen color. Color de victoria. ¿Cuándo lo necesita?
—En una semana.
—Déjamelo a mí.
A los niños los trajo tres días después, cuando los trajes estaban listos para la primera prueba. Alejandro, el más inquieto de los tres, se arremolinaba frente al espejo, contemplándose en la chaqueta de terciopelo azul oscuro. Su reflejo le recordaba a alguien que Catalina prefería no recordar.
—Mamá, ¿a dónde vamos? —preguntó Borja, inmóvil mientras Covadonga sujetaba con alfileres el sobrante de su chaleco burdeos.
—A una fiesta. Habrá otros niños, quizás.
Carlos, el más callado y observador, la miró con esa mirada especial que tenía, con más entendimiento del que corresponde a un niño de cuatro años.
—Mamá, ¿es una fiesta muy importante?
—Sí, pequeño. Muy importante.
Ese mismo día, a treinta kilómetros de la ciudad, en la finca de los Ortuño, se ultimaban los preparativos. Serafina estaba ante el tocador de su dormitorio, probándose el collar de brillantes que su difunto marido había traído de Amberes veinte años atrás. El espejo devolvía la imagen de una mujer cuyo rostro conservaba las huellas de numerosas visitas a cirujanos: piel estirada, frente excesivamente lisa, labios más gruesos de lo que la naturaleza le había dado.
—Ignacio, deja de rondar por la puerta —espetó sin volverse—. Entra o vete.
Ignacio entró con una copa de whisky en la mano, aunque aún faltaban días para la ceremonia. Vestía el esmoquin para la prueba final, y en su expresión estaba la de alguien que ha desaprendido a tomar decisiones por sí mismo.
—Mamá, sigo sin entender por qué has invitado a Catalina.
—Cerrar un capítulo —Serafina se ajustó el broche del collar y se volvió hacia su hijo—. ¿No quieres ver en qué se ha convertido tu error del pasado? La camarera que creyó que podía entrar en nuestra familia.
—Pero ¿por qué ahora? ¿En mi boda?
—Precisamente por eso. Que vea que has encontrado a una mujer digna. Que mire a Verónica, hija de diputado, una chica con educación, con modales, con las conexiones adecuadas. Que entienda el favor que te hice librándote de aquel despropósito.
Ignacio bebió un sorbo de whisky, mirando hacia la ventana, donde los jardineros montaban la carpa blanca para la ceremonia.
—¿Y si no viene?
Serafina soltó una risa seca y cortante, la misma risa que Ignacio recordaba desde niño y que aprendió a temer antes de aprender a leer.
—Vendrá. Esas siempre vienen. Le dará curiosidad. Querrá demostrar que no se ha hundido. Aparecerá con algún vestido barato de rebajas, envejecida, consumida por la vida. Y yo la sentaré en la mesa de los servicios, desde donde podrá ver todo lo que perdió.
Se acercó a su hijo y le arregló la pajarita. Un gesto que podría haber sido maternal si no fuera por el frío de su tacto.
—Ese es mi regalo de bodas para mí, Ignacio. El derecho a disfrutar de su humillación.
El día de la boda amaneció soleado, con esa claridad especial del sur cuando el horizonte parece infinito. Al mediodía, los invitados se congregaban en la terraza de la finca. Jueces, diputados, dueños de grandes empresas, toda la élite de la región. Los camareros con guantes blancos repartían champán, un cuarteto de cuerda interpretaba a Vivaldi, y Serafina recibía los cumplidos con el aire de una reina que se rebaja a tratar con sus súbditos.
El primero en ver la columna fue el vigilante de la verja. Tres todoterrenos negros de alta gama avanzaban por el camino de entrada con esa lentitud pausada de quienes están acostumbrados a que el mundo se aparte a su paso. El vigilante consultó su lista, frunció el ceño y levantó la mano para detenerlos:
—El aparcamiento para el personal de servicio está a la izquierda, detrás de las dependencias.
La ventanilla tintada del coche central se bajó. La mujer del asiento trasero, con gafas de diseño, pendientes de brillantes que capturaban la luz solar y la deshacían en chispas de colores, lo miró de una forma que hizo al vigilante retroceder un paso involuntariamente.
—Abra la verja.
No era una petición.
La columna se detuvo justo ante la entrada principal del jardín, en la zona donde una hora después debía pasar el coche de la novia. La organizadora, con el pinganillo en la oreja, corrió hacia los vehículos gesticulando y gritando algo sobre la violación del protocolo, pero la ignoraron con la indiferencia que dan los muchos ceros en la cuenta corriente.
Catalina bajó del coche, y un murmullo recorrió a los invitados. El vestido verde esmeralda caía sobre su figura como si estuviera hecho para ella, con el brillo de la seda reflejando tonos cambiantes de verde mar. No parecía la ex camare






