El Guardián del Bosque

El Guardián del Bosque

En la taiga siberiana hay lugares donde el tiempo parece detenerse y el espacio se vuelve denso e inmóvil como el hielo milenario. Incluso para los estándares de la inmensa región de Irkutsk, aquellas estribaciones de los montes Sayán, perdidas en algún confín de la tierra, en diciembre de 1979 estaban completamente aisladas de la civilización. Diciembre allí no es solo un mes. Es la época en que el breve día siberiano se rinde definitivamente ante la larga y despiadada noche. Parecía que el sol simplemente hubiera olvidado el camino hacia aquellos parajes.

En aquella perpetua penumbra, la taiga permanecía inmóvil en un silencio helado. El frío era tan intenso que el aire parecía espesarse, convertirse en una gelatina transparente. Si gritabas, el sonido no llegaba al árbol más cercano, se congelaba en el aire y se transformaba en un cristal de hielo. Los únicos sonidos que rompían el silencio mortal eran unos crujidos secos, como disparos. Era la helada que se abría paso en el corazón de los troncos centenarios, haciendo que la madera estallara con un chasquido seco.

La nieve llevaba más de un mes. Había amontonado unos ventisqueros tan profundos e irregulares, unas dunas de nieve tan altas, que todos los senderos y puntos de referencia habían desaparecido. El hombre se enfrentaba solo a aquella deslumbrante y blanca inmensidad. Fue allí, en el corazón del bosque protegido, a treinta y cinco kilómetros de la vivienda más cercana —una aldea con el elocuente nombre de Claro Silencioso—, donde se alzaba la cabaña. La cabaña de Fiódor Ilich Korneev.

Fiódor Ilich la había construido con sus propias manos catorce años atrás. No era una simple estructura de troncos, sino un auténtico arte taiga, aprendido de los tofalares locales. Usaba troncos macizos de alerce. El alerce es increíblemente resistente, casi no se pudre. Los troncos, oscurecidos por el tiempo, azotados por todas las inclemencias siberianas, estaban tan ajustados entre sí, con tal precisión, que la cabaña no era solo una casa, sino una verdadera fortaleza: un refugio seguro contra el clima implacable y letal.

Las pequeñas ventanas con doble marco estaban cubiertas por una gruesa capa de hielo. Se habían convertido en placas opacas y hacía tiempo que no dejaban pasar la luz. El tejado, bajo el peso de la nieve compactada, se había hundido hacia el suelo. Toda la cabaña se había hundido en los ventisqueros, pareciendo un pequeño túmulo achaparrado entre los interminables campos de nieve.

Por todas partes, Fiódor Ilich estaba rodeado por la taiga. Al este y al norte, densos bosques de abetos oscuros. Los abetos, envueltos en nieve, parecían guardianes mudos y siniestros. Al oeste, claros bosques de alerces más espaciados. Allí el guarda solía revisar sus trampas. Y al sur se extendía una ciénaga pantanosa. En verano rebosaba de vida; en invierno, se convertía en una extensión helada y sin vida, donde era mejor no aventurarse.

Fiódor Ilich era un hombre de otro tiempo. Catorce años de soledad. Él mismo rondaba los sesenta, pero la vida en la taiga no envejece, templa. Bajo, fibroso, se movía con la seguridad de quien conoce cada árbol, cada piedra a kilómetros a la redonda. Su espesa barba rubia, sus penetrantes ojos grises. Las profundas arrugas surcaban su rostro, bronceado por el sol reflejado en la nieve y curtido por los vientos siberianos. Pero a pesar de su apariencia ruda, en sus movimientos había una gracia especial: la de un hombre que ha vivido toda su vida en completa armonía con la naturaleza. Él era parte de ella.

Dentro, la fortaleza taiga estaba dispuesta según todas las reglas. En el centro, la enorme estufa rusa, el corazón de la cabaña. Daba calor, en ella se cocinaba. Era el símbolo de la vida en aquel reino helado. En la sala de estar había una mesa de tablones cubierta con un viejo hule gastado, dos bancos de madera sencillos, estantes en las esquinas con modestos utensilios. Todo en su sitio, nada superfluo. Pero las paredes guardaban la memoria. En ellas colgaban viejas fotografías desvaídas: imágenes con guías tofalares con los que solía hacer largas recorridos, varias de los perros de caza que había criado y adiestrado, y la única fotografía familiar: su difunta esposa Ana y su hija Nastia. Sobre aquel terrible accidente automovilístico que se las llevó ocho años atrás, nunca hablaba con nadie. Pero las recordaba con devoción.

El suelo era de anchas tablas, cubierto con pesadas pieles de oso que él mismo había curtido. Junto a la puerta, siempre lista, estaba su vieja escopeta de caza IJ-12, que llevaba consigo más por costumbre que por necesidad. Cerca, un hacha pesada y fiel. También había un taller donde reparaba trampas, labraba piezas de madera. Y una despensa donde guardaba las provisiones para el largo invierno: carne de ciervo ahumada, pescado seco, setas y bayas deshidratadas. Todo para sobrevivir a la infinidad siberiana.

Fiódor Ilich no estaba solo. Su fiel compañero y principal aliado era un laika de Siberia Occidental llamado Ventisca. El perro tenía nueve años y no era solo un animal de trabajo, sino un verdadero amigo. Reunía cualidades excepcionales: una resistencia increíble, una inteligencia aguda, casi humana, y una lealtad absoluta. Su pelaje gris-blanco y sus inteligentes ojos marrones. Ventisca era el compañero ideal en aquellas duras condiciones.

Fiódor Ilich era guarda forestal, forestal de tercera generación. Su abuelo y su padre habían dedicado su vida a proteger aquellos bosques. Él, como nadie, conocía las costumbres de los animales locales, entendía de huellas, podía predecir el tiempo por señales apenas perceptibles, como el humo de la chimenea o el comportamiento de las aves. Sus recorridos solían durar entre tres y cinco días. Vigilaba la migración de los ungulados, localizaba y destruía las trampas de los cazadores furtivos. Cazaba rara vez, solo en caso de necesidad extrema, prefiriendo las trampas a la escopeta. Seguía las enseñanzas de sus mentores tofalares: el verdadero cazador solo toma de la naturaleza lo necesario para mantener el equilibrio. Ni más ni menos.

La mañana del dieciséis de diciembre

Cada mañana, Fiódor Ilich se levantaba mucho antes del amanecer, a las cuatro y media. En la oscuridad previa al alba, encendía la estufa con leña seca de abedul, y la cabaña se llenaba del aroma mágico y cálido de la madera ardiendo. Mientras el agua hervía, se vestía con su ropa de faena: ropa interior de lana, pantalones de paño, un jersey grueso, un chaleco de piel, botas de fieltro y, por supuesto, un gorro de piel de lobo.

Aquella mañana el frío era particularmente intenso. Fiódor Ilich salió al exterior, y su aliento se convirtió al instante en densas nubes de vapor que formaban una fina capa de escarcha en su barba y bigote. Las estrellas brillaban con una intensidad antinatural, casi aterradora. El aire era tan transparente que parecía posible distinguir cada ramita en los árboles lejanos. La taiga callaba. Ni siquiera se oía el habitual crujido invernal de la madera. Solo un movimiento casi imperceptible del aire agitaba las copas de los pinos más altos. Era un silencio inquietante, demasiado denso.

De vuelta en el calor, el forestal preparó un té fuerte de fireweed. Coció gachas de alforfón con carne ahumada. Mientras comía, planeaba. Ese día debía revisar las trampas más lejanas en el bosque de alerces. No las había visitado en diez días y, dadas las heladas intensificadas, era muy probable que hubiera caído algo. No podía dejar una presa con aquel frío.

Revisó cuidadosamente el equipo. La escopeta engrasada y lista. Pocos cartuchos, solo ocho, pero para una emergencia bastaban. Comprobó el cuchillo de caza, un rollo de cuerda resistente, anzuelos de repuesto, la brújula. En la mochila metió provisiones: carne de ciervo, galletas, un termo con té caliente y una olla pequeña para fundir nieve.

Ventisca observaba los preparativos con su paciencia habitual. No molestaba, solo seguía con atención cada movimiento de su dueño. Estaba listo.

Cuando el guarda terminó de prepararse, comenzaba a clarear en el exterior. El cielo al este adquiría un tono opaco, grisáceo-rosado, típico del amanecer siberiano. Fiódor Ilich salió, se puso los esquís y avanzó con paso firme por el sendero conocido. La nieve, compactada por la helada, era densa; los esquís se deslizaban con facilidad y sin ruido. Ventisca trotaba delante, deteniéndose a veces para olfatear.

Al forestal le gustaban aquellos desplazamientos. El movimiento rítmico, la respiración pausada, el calentamiento gradual de los músculos: todo le sumía en un estado de profunda paz interior. A su alrededor, un silencio majestuoso. Los esbeltos abetos y pinos con sus copas nevadas formaban interminables galerías que se perdían en una lejanía brumosa y helada.

Las primeras horas transcurrieron tranquilas. Hacia mediodía llegó a la primera trampa. Vacía. No le desanimó: con aquel frío, los animales preferían guarecerse. Recolocó el cebo y siguió. La segunda trampa, en una pequeña hondonada, también estaba vacía. La tercera le dio una alegría: una marta grande y de abundante pelaje se retorcía en el lazo. Fiódor Ilich abatió rápidamente al animal con un golpe certero, lo desprendió con cuidado de la trampa y lo guardó en su morral. Un hallazgo así siempre le alegraba: confirmaba que el equilibrio en la reserva se mantenía y que su labor tenía sentido.

La cuarta trampa estaba en la zona más alejada del recorrido, en el interior del bosque de alerces. Allí los árboles crecían muy juntos, formando pasillos umbríos entre los troncos. A Fiódor Ilich aquella parte del bosque siempre le había parecido algo inhóspita. Incluso cuando todo era ruidoso en otras partes, allí reinaba un silencio particular, casi opresivo. La luz del sol apenas penetraba, el aire olía a hojas podridas y a humedad.

Al llegar, el forestal encontró algo extraño. La trampa había saltado, se veía, pero no había presa. El lazo estaba roto. Y no solo roto: estaba destrozado con una fuerza enorme, como si algo increíblemente grande y poderoso hubiera caído en ella, algo que había logrado escapar, arrancándose de la presión de acero. Pero lo más inexplicable era que alrededor de la trampa no había ninguna huella. La nieve permanecía completamente lisa e intacta. Como si nadie se hubiera acercado a aquel lugar y, sobre todo, como si nadie hubiera salido de él.

Fiódor Ilich frunció el ceño. Se agachó, examinó la nieve con detenimiento, buscando alguna explicación lógica. ¿Quizá un defecto mecánico? Pero él mismo fabricaba las trampas con los materiales más resistentes. ¿Quizá un fuerte viento? Pero no había hecho viento en los últimos días. Miró a su alrededor, intentando encontrar un solo rastro débil. Nada.

Decidió no darle demasiada importancia. En la taiga, como sabía, sucedían cosas extrañas y no todas tenían una explicación racional. Simplemente puso un lazo nuevo en lugar del dañado y emprendió el regreso.

El regreso lo hizo con el crepúsculo ya cerrado. El breve día invernal llegaba a su fin. El sol poniente teñía la nieve de tonos suaves, rosáceo-violáceos. Normalmente aquella hora le infundía paz, pero hoy algo en el entorno le producía una inquietud inexplicable. Sintió como si lo observaran con atención. El bosque no solo lo rodeaba, sino que lo miraba, como si detrás de cada árbol pudieran aparecer ojos ajenos, hostiles.

Y lo peor: Ventisca. El perro no se comportaba como siempre. No se adelantaba para explorar el camino. Al contrario, caminaba junto a los esquís del dueño, casi rozándolos, y a menudo miraba atrás con recelo. Su comportamiento, aquel instinto animal, solo aumentaba la sensación de inquietud.

Cuando llegaron a la cabaña, ya había oscurecido del todo. Fiódor Ilich encendió rápidamente la estufa, preparó la cena y se sentó a la mesa con una taza de té caliente. El calor y la comodidad de su hogar, el familiar crepitar de la leña, fueron disipando poco a poco los temores del día. Anotó en su diario los resultados del recorrido, señaló el extraño suceso de la cuarta trampa y se fue a dormir, arrullado por los sonidos reconfortantes.

No podía saber que aquel día sería el último tranquilo de su apacible vida taiga.

La noche

La noche fue clara y helada. Fiódor Ilich se despertó mucho antes de lo habitual, hacia las tres de la madrugada. Lo despertó una vaga intranquilidad. Permaneció en la cama, escuchando los ruidos nocturnos. La taiga callaba. Por completo. Y aquel silencio ya no era solo el de la helada. Era antinatural, demasiado denso, demasiado pesado, como si todos los seres vivos contuvieran la respiración.

Al sentir que no podría volver a dormir, el guarda se levantó, se puso un zamarro y salió. La helada se había intensificado notablemente. El aire era aún más seco y cortante. Su aliento cubrió su rostro con una fina capa de hielo. El cielo estaba literalmente sembrado de estrellas brillantes como diamantes, y la luna, casi llena, bañaba el claro nevado con una luz plateada y fría.

Fiódor Ilich rodeó la cabaña, como de costumbre, comprobando que la helada no hubiera dañado nada. Todo estaba en orden. Pero, al volver al porche, se detuvo de repente. En la nieve, a unos veinte pasos de la puerta, sobre la superficie inmaculadamente lisa, se veía con claridad una única huella.

Se acercó, se agachó para examinarla. La huella era muy extraña. Demasiado larga y estrecha para una pisada humana normal. Pero tampoco se parecía a la de ningún animal conocido. Los dedos eran anormalmente alargados, y el tamaño superaba el pie de cualquier hombre corpulento. Pero lo más misterioso, lo más aterrador, era que aquella huella era única. No había ninguna que se acercara o se alejara. La nieve estaba lisa, intacta, como si aquella marca hubiera aparecido de la nada.

En ese momento, Ventisca, que dormía dentro, aulló larga y lastimeramente. El pelo del lomo se erizó, y en sus ojos, que Fiódor Ilich conocía tan bien, apareció una expresión no solo de miedo, sino de pánico animal. El perro miraba hacia el bosque, gimoteaba, con las orejas gachas.

El corazón del forestal latió con fuerza y rapidez. Se irguió y examinó atentamente el borde del bosque. Los árboles permanecían inmóviles, sus siluetas recortadas con nitidez en el cielo estrellado. Nada sospechoso. Pero la sensación de una presencia ajena, de que lo observaban, se había vuelto casi física. No veía nada, pero Ventisca lo sentía.

— ¿Qué brujería es esta? —murmuró para sí.

Regresó presuroso al interior. Pero ¿cómo volver a sentirse a gusto cuando acababas de ver algo que desmentía toda tu experiencia acumulada?

La mañana

En el desayuno intentó olvidar lo ocurrido durante la noche. Como todo hombre racional, buscaba una explicación: «Quizá la huella la dejó algún animal desconocido. Y lo de que sea única… bueno, la taiga, el viento, el estado de la nieve, todo es posible». Se convencía a sí mismo, pero la vieja y sabia voz del guarda interior ya le susurraba otra cosa.

Preparándose para otro recorrido, para revisar las trampas cercanas, Fiódor Ilich rompió su regla. Normalmente solo llevaba el cuchillo y el hacha, pero hoy, obedeciendo a un instinto interior, cogió la escopeta. Solo para sentir su peso frío y tranquilizador. Cuando la taiga empieza a susurrar, es mejor no desatender sus advertencias.

Ventisca se mostraba más tranquilo que la noche anterior, pero seguía alerta. Trotaba a su lado, pero se detenía a menudo, levantaba el hocico, olfateaba el aire, como intentando captar aquel olor esquivo que tanto le había asustado.

La revisión de las trampas cercanas transcurrió sin incidentes. En una, una liebre; en otra, una marta pequeña. El trabajo habitual. Fiódor Ilich las vació rápidamente, las rearmó y emprendió el regreso. De paso, decidió ir al arroyo por agua.

El arroyo estaba muy cerca, a unos cientos de metros de la cabaña, en una hondonada entre dos colinas. El agua nunca se helaba del todo por los manantiales subterráneos. Siempre había un pequeño claro de agua limpia. Fiódor Ilich se acercó, puso el cubo en la nieve y se inclinó sobre la poza. El agua parecía normal: clara, limpia, con un ligero olor a musgo y raíces. Llenó el cubo, lo levantó para comprobarlo y se quedó paralizado.

El agua del cubo era absolutamente negra. No turbia, no sucia, sino negra, como si alguien hubiera disuelto hollín puro o tinta. Vació el contenido en el arroyo y llenó de nuevo. El resultado se repitió. El agua se volvía negra solo al entrar en el cubo. Sin embargo, en la poza parecía normal. Ventisca, que se había acercado a beber, olió el líquido negro y retrocedió con un gemido asustado.

Un escalofrío recorrió la espalda del forestal a pesar de su zamarro. Intentó por tercera vez, con el mismo resultado. Incapaz de encontrar explicación a aquella magia que desafiaba toda la física, dejó el cubo y regresó a casa apresuradamente.

El resto del día lo pasó en la cabaña haciendo pequeños arreglos. Intentaba no pensar en los extraños sucesos, pero la inquietud ya no se limitaba a entrar en casa: se había instalado en ella. Por la noche, sentado junto a la estufa con una taza de té, Fiódor Ilich sintió por primera vez en muchos años que en la taiga no era el dueño, sino un intruso. Se sintió no solo solo, sino aislado. Como si el bosque al que había protegido le hubiera dado la espalda o, peor aún, hubiera empezado a mirarlo como a una presa.

Noches inquietantes

Por la noche tuvo sueños angustiosos e inconexos. Veía altas figuras oscuras moviéndose entre los árboles. No tenían rostro y oía voces lejanas y sordas que lo llamaban por su nombre. Se despertó varias veces, escuchó, pero la taiga guardaba un silencio pesado y opresivo.

Por la mañana salió y descubrió que la misteriosa huella solitaria había desaparecido. La nieve en aquel lugar estaba como si nunca hubiera existido: lisa, limpia, intacta. Aquel hallazgo solo aumentó su inquietud. Resultaba que o había tenido alucinaciones o se enfrentaba a algo completamente inexplicable, no físico.

Los días siguientes transcurrieron con relativa calma. Fiódor Ilich se ocupó de sus labores habituales: revisó trampas, preparó leña, escribió en su diario. Pero la confianza de antes, la paz, lo habían abandonado para siempre. Empezó a mirar atrás con más frecuencia, a escuchar los sonidos del bosque, y por la noche pasaba largas horas sin dormir. Y Ventisca cambió. El perro se volvió nervioso, a menudo gruñía sin razón aparente mirando hacia el bosque, hacia la oscuridad. Y por la noche gemía en sueños, como si viera las mismas figuras oscuras. No se puede engañar al instinto animal.

Todo cambió la noche del veintiuno al veintidós de diciembre. Fiódor Ilich se despertó no por miedo ni por un sueño, sino por unos golpecitos suaves pero insistentes. Alguien llamaba con cuidado en la pared de la cabaña. El golpeteo era leve, apenas audible, pero en el silencio de la noche sonaba con claridad. Permaneció inmóvil, escuchando. El golpeteo se repitió, ahora más cerca de la puerta. Luego, de nuevo, silencio.

Ventisca levantó la cabeza y gimió quedamente. Pero no ladró. Como si supiera que hacer ruido entonces, llamar la atención, era extremadamente peligroso.

Fiódor Ilich se levantó con cuidado, se puso una chaqueta de faena, se acercó sigilosamente a la puerta. Pegó el oído a la madera. Afuera no se oía nada: ni pasos, ni respiración, ni susurro. Solo un silencio absoluto, que presionaba contra la puerta. Y de repente, el golpeteo sonó justo en la puerta, muy cerca. El forestal dio un salto atrás, pero luego, venciendo el miedo viscoso que crecía, abrió la puerta de golpe.

En el umbral no había nadie. La luz de la luna bañaba el claro nevado. Y en la superficie perfectamente lisa de la nieve, ni una sola huella. El aire helado se precipitó al interior.

— ¿Hay alguien? —gritó Fiódor Ilich en la oscuridad.

Nadie respondió. Solo el eco de su propia voz rebotó en los troncos y se perdió en el interior del bosque. Permaneció un rato en el umbral, escrutando la espesura, luego cerró la puerta. Ya no pudo dormir. Hasta el amanecer se quedó junto a la estufa con la escopeta sobre las rodillas, mirando de vez en cuando a la puerta.

Al día siguiente, al revisar las trampas, encontró otra rareza. Una de ellas había saltado, pero en lugar de una presa había una pequeña piedra plana con símbolos extraños grabados. Las marcas recordaban antiguas runas o escrituras chamánicas, pero nada parecido había visto nunca el guarda. La piedra era pesada, muy fría, como si hubiera permanecido helada una eternidad. Los símbolos estaban grabados con cuidado y profundidad. ¿Quién podía haber dejado aquel objeto en su trampa y con qué fin?

Se llevó la piedra a casa. A la luz de la lámpara de queroseno la examinó largo rato. Los símbolos tenían un significado evidente, pero no pudo descifrarlos. Finalmente, guardó el hallazgo en un arca, su colección taiga de lo inexplicable.

Esa noche tuvo un sueño muy vívido y extraño. Estaba en medio de un claro nevado, rodeado de altas figuras oscuras sin rostro. Lo miraban en silencio, y su mirada lo helaba de miedo. Alargaban hacia él sus manos largas y finas de dedos alargados. Y Fiódor Ilich comprendió de repente: si dejaba que lo tocaran, no volvería a despertar. Se despertó bañado en sudor frío, con el corazón desbocado. En la cabaña reinaba el silencio, solo Ventisca se revolvía inquieto en su lecho y gemía, como si él también soñara con las mismas figuras.

Cambios

A partir de entonces, la vida del forestal comenzó a cambiar radicalmente. Empezó a evitar las zonas más lejanas, prefiriendo quedarse cerca de la cabaña. Las costumbres adquiridas durante años se transformaron bajo el influjo del creciente miedo. Dejó de ir al arroyo por agua y fundía nieve. Cubrió el espejo con un trapo, sin saber muy bien por qué. Perdió el apetito, apenas comía carne, limitándose a gachas y bayas secas.

Pero lo más extraño fue que empezó a dibujar. Primero con carbón en las paredes de la cabaña, luego en las puertas, incluso en su propia ropa. Dibujaba una y otra vez las altas figuras de sus sueños, con manos desproporcionadamente largas y rostros vacíos. Dibujaba de forma obsesiva, como si no pudiera parar. Cada nuevo dibujo era más detallado, más aterrador que el anterior.

— Dejan señales —murmuraba para sí mientras trazaba el carbón sobre la madera—. No debemos olvidarlas, si no, ellas nos recordarán.

Las anotaciones en el diario se hicieron cada vez más breves y fragmentarias: «El bosque ya no duerme, escucha y espera. Vienen cada noche, no golpean, no rompen, solo están y miran. Ventisca no sale de la cabaña, gime y tiembla, entiende más que yo».

Las últimas semanas de diciembre y el comienzo del nuevo año, Fiódor Ilich apenas salió de la cabaña. Arregló y desarregló una y otra vez las mismas trampas, leyó y releyó los libros viejos. Y todo el tiempo sintió sobre sí una mirada, incluso detrás de los gruesos muros de alerce.

Y una noche, ya pasadas las fiestas, los golpecitos en las paredes se repitieron. Esta vez fueron más insistentes, más prolongados. Fiódor Ilich no se acercó a la puerta. Simplemente cogió la escopeta y se sentó en el banco, preparado para cualquier eventualidad. Los golpecitos se desplazaban de una pared a otra, como si alguien rodeara la cabaña. Ventisca se acurrucaba a los pies de su dueño, gimoteando. Luego todo cesó.

Pero al cabo de unos minutos, el forestal oyó otro sonido: un chirrido leve, como si alguien arañara el cristal de la ventana con sus uñas. El sonido era suave pero penetrante, absolutamente fuera de lugar en aquella noche de taiga. Fiódor Ilich se quedó inmóvil. La costumbre adquirida en años: no te muevas, no hagas ruido. Se acercó con sigilo a la ventana y apartó la cortina con la punta de los dedos.

Detrás del cristal se veía la huella de una mano. Exactamente como en sus sueños: demasiado larga, con dedos anormalmente alargados y finos. Pero lo más espeluznante es que la huella estaba húmeda. Resbalaba lentamente por el vidrio, dejando un rastro oscuro, aunque afuera el frío era intenso. Aquello era imposible.

Fiódor Ilich se apartó de la ventana y hasta el amanecer no volvió a acercarse. Permaneció junto a la estufa, aferrando la escopeta, esperando la luz. Cuando amaneció, por supuesto, no había rastro en el cristal. La nieve bajo la ventana estaba intacta, lisa. Como si todo lo ocurrido durante la noche hubiera sido una alucinación. Pero el forestal sabía que había sido real.

El siete de enero

Lo más terrible le esperaba el siete de enero. Las heladas se habían suavizado algo y Fiódor Ilich, atormentado por la culpa de haber descuidado sus obligaciones, decidió hacer un gran recorrido. Pero entonces Ventisca intervino de nuevo. El perro, que había sido su sombra fiel durante casi diez años, se negó a ir. Se acurrucó en un rincón de la cabaña, y ni las palabras ni las órdenes lograron sacarlo. Temblaba y gemía.

Fiódor Ilich tuvo que ir solo. Caminaba con dificultad, con una extraña sensación de vulnerabilidad. Las tres primeras trampas estaban vacías, algo explicable tras tanto tiempo sin visitarlas. Pero la cuarta, la más lejana, en aquel bosque de alerces inhóspito…

Al llegar, el guarda vio en la nieve un rastro de aquellas extrañas huellas que había encontrado cerca de la cabaña. Largas, estrechas, no humanas. Llevaban desde la trampa hacia un profundo barranco que, según los lugareños, era un mal lugar. Los tofalares lo evitaban, decían que allí el límite era delgado.

Fiódor Ilich vaciló, pero el deber y la simple curiosidad humana pudieron más. Con la escopeta preparada, siguió las huellas. El sendero lo llevó hasta el borde del barranco, y allí las huellas se interrumpían bruscamente, desaparecían, como si quien las hubiera dejado se hubiera evaporado o saltado al vacío. El guarda se asomó con cuidado.

En el fondo, entre las piedras nevadas y los árboles caídos, vio algo que le heló la sangre. Allí, inmóvil entre los ventisqueros, estaba una figura alta y oscura. Exactamente como en sus sueños: desproporcionadamente alargada, de brazos largos, sin rasgos faciales visibles. La figura no se movía, pero Fiódor Ilich sentía que lo observaba con atención, estudiándolo.

El corazón le latía con tanta fuerza que lo oía en los oídos. Las manos le temblaron, la escopeta se le resbalaba. Quiso huir, pero los pies parecían pegados al borde del barranco. Entonces la figura levantó lentamente un brazo, largo, con dedos anormalmente alargados, y señaló directamente hacia él.

En ese momento, Fiódor Ilich sintió que algo penetraba en su mente, que estudiaba sus pensamientos, sus recuerdos, sus miedos, sus pérdidas. Como si su conciencia se hubiera vuelto un libro abierto. Fue una invasión, no dolorosa, sino de un frío absoluto. Haciendo un esfuerzo de voluntad, apretando los dientes, logró apartarse del borde. Luego se dio la vuelta y echó a correr.

Corrió hacia su casa, sin mirar atrás. Corrió a una velocidad que creía haber perdido hacía años. Tropezaba con las raíces, se hundía en los ventisqueros. Simplemente huía de aquel lugar donde el límite entre los mundos se había vuelto tenue.

Al llegar a la cabaña, corrió todos los cerrojos, se encerró, se sentó junto a la estufa con la escopeta en las manos. Solo entonces comprendió: ya no estaba solo en su taiga, y aquello con lo que se había enfrentado no pensaba dejarlo en paz.

Por la noche hizo la última anotación en su diario: «Ocho de enero. Los vi. Están vivos, pero no son como nosotros. Mañana iré al pueblo, informaré a mis superiores, necesito ayuda».

Pero el mañana nunca llegó.

Desaparición

El nueve de enero, cuando encontraron la cabaña, estaba vacía. La puerta estaba cerrada por dentro, las ventanas bien ajustadas. Sobre la mesa yacía el diario abierto con la última anotación. La escopeta junto a la estufa. Sus pertenencias personales, intactas. Y Ventisca yacía en el umbral, acurrucado. Estaba muerto. Su cuerpo no mostraba heridas, pero los ojos del animal estaban muy abiertos y en ellos se había congelado una expresión de pánico absoluto.

En las paredes de la cabaña habían aparecido nuevos dibujos, más detallados y

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Elena Gante
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