Mira, te voy a contar una historia que le pasó a una amiga mía, pero te lo cuento como si estuviéramos tomando un café en Madrid, ¿vale? Resulta que a Sofía y Javier les dio por casarse hace un año. Las familias de ambos, como buenos padres españoles y siendo ellos hijos únicos, montaron un bodorrio de esos de película, en plan la boda del año, sin escatimar en gastos ni detalles, porque claro, las madres soñaban con todo: vestido blanco, iglesia, y hasta una carroza como las de la Feria de Sevilla.
Sofía y Javier querían algo más sencillo, tipo juntarse con los amigos a hacer una barbacoa después, pero vamos, ni caso les hicieron sus padres. Así que no tuvieron más remedio que prepararse para el gran evento, metiéndose de lleno en que si la manicura, el maquillaje, la elección del vestido y el traje… y todos esos pequeños detalles que te vuelven loca antes de una boda. Los padres se encargaron de todo salvo de los atuendos de los novios, eso sí. Reservaron el mejor restaurante de la ciudad, eligieron el ramo más bonito para Sofía, y el pastel lo hizo una amiga de la madre de Javier, que tiene unas manos para la pastelería que ni Arguiñano.
Las familias se pusieron a hacer la lista de invitados con mucho cuidado, querían invitar hasta al primo segundo del pueblo de Toledo con el que apenas hablaban. Y claro, justificaban esto diciendo que eran gente con posibles, y que gracias a los regalos juntarían suficiente para comprarse un coche o ahorrar para el piso. Después de algunos piques, dejaron fuera a los familiares muy lejanos y algunos hasta se excusaron con mil historias para no ir. Al final la lista quedó como Sofía y Javier querían: llena de amigos.
El día de la boda, en pleno junio madrileño, el tiempo acompañó, aunque por la mañana pintaba lluvia. Sofía estaba espectacular con un vestido de seda lleno de encaje, y Javier no se apartó de ella ni un segundo, embobado todo el día. La fiesta fue pura alegría, el fotógrafo no paraba de sacar fotos y los invitados estaban deseando llegar al banquete.
Después de la sesión de fotos, los novios se montaron en una carroza blanca digna de cuento de hadas y fueron directos al restaurante. El champán corría y las felicitaciones también. Los regalos, casi todos eran sobres con euros, que ya habían avisado a todo el mundo que eso era lo que querían. Aunque alguna abuela no pudo resistirse y regaló mantas, juegos de cama y vajilla.
El pastel de tres pisos dejó a todos boquiabiertos, con encajes, flores crema y perlas. Aquello era el colmo del chic. Los invitados, ya cansados, se fueron en plena madrugada, y los novios se retiraron a una habitación del hotel donde ya tenían reserva.
Al día siguiente, Sofía y Javier fueron a la casa de sus padres, y ahí la madre de Sofía le dice que han encontrado un sobre vacío. Resulta que era de una amiga muy cercana del matrimonio, Marta. Es fácil saberlo porque era el único sin nombre, todos los demás estaban firmados. Sofía se quedó con un mal sabor de boca, imagínate.
Encima, Marta había ido diciendo antes de la boda que hoy en día nadie da menos de mil euros en una boda y que ella iba a ayudarles sin problema. Pues toma, sobre vacío y promesas al aire.
Menos de un año después, Marta también se casa y, por supuesto, invita a Sofía y Javier. Marta deja caer que espera dinero porque con los regalos esperan cubrir todos los gastos del enlace. Y claro, el dúo Sofía-Javier empieza a darle vueltas a qué hacer: Sofía quiere devolverle la jugada y darle un sobre vacío, Javier dice que hay que darle más por dejarla en evidencia, y la madre de Sofía opina que lo mejor es poner la cantidad mínima, así nadie se mete en líos y todos callados.
La boda de Marta se acerca y Sofía sigue hecha un lío, sin saber qué hacer exactamente. ¿Tú cómo lo ves?






