No hay alegría sin lucha

No sabes lo que me pasó el otro día Imagínate la escena. Estoy en casa de mi tía Carmen, después de terminar Magisterio en Salamanca. No llevo ni dos horas de vuelta y ya me cae el chaparrón.

¿Pero cómo has podido meterte en ese lío, muchacha? ¿Quién te va a querer con un niño en camino? ¿Y de qué piensas mantenerlo? No cuentes conmigo, yo ya te crié a ti, pero el hijo que vas a tener no es mi responsabilidad. Aquí ya no tienes sitio. Haz la maleta y vete de mi casa.

Me quedé callada, con la cabeza baja. Lo último que me quedaba, la esperanza de poder quedarme allí hasta encontrar trabajo, se esfumó.

Si mi madre viviera

De mi padre ni rastro, y mi madre murió atropellada por un conductor borracho cuando yo tenía diez años. Casi termino en un centro de acogida, pero de repente apareció una prima lejana de mi madre, la tía Carmen, que tenía buena posición: casa propia y un trabajo estable en la periferia de un pueblo de Extremadura, pegado casi a la frontera con Portugal. Allí los veranos son infernales y los inviernos, de lluvia continua.

Mi tía nunca me hizo faltar un plato de comida, ropa ni faena: entre el patio, la casa, las gallinas y el huerto había tarea de sobra. Quizá me faltó un poco de amor maternal, pero bueno, ¿a quién le importa? Estudié bien y tras terminar el Bachillerato, me fui a Salamanca. Nunca pensé que volver a casa sería tan amargo.

Cuando terminó de desahogarse, la tía Carmen me echó de verdad:

Ya está, fuera. Hazme el favor de no dejarte ver más.

Intenté decir algo, pero no me dejó ni acabar. Así que cogí mi maleta y cerré la puerta despacio detrás de mí.

Vaya bienvenida, ¿eh? Humillada, sola, y, para colmo, embarazada. Ya se me notaba poco a poco, pero no quería esconderlo.

Empecé a vagar por las calles del pueblo sin saber adónde ir. Era pleno agosto. Los manzanos y perales daban sus frutos, el higo estaba a punto y en los campos, los racimos de uvas colgaban pesados bajo el sol. El aire olía a pan caliente y a puchero, la brisa arrastraba hasta la plaza el olor a mermelada y asado. El calor apretaba y yo, seca de tanto andar, me paré ante una valla baja donde una mujer regaba las plantas cerca de la cocina.

¿Podría darme un poco de agua, por favor?

La mujer, robusta, unos cincuenta años, se giró y me contestó:

Pasa, hija, no seas tímida.

Me llenó un vaso grande de agua fresca del botijo y me senté en el poyete suspirando.

¿Te importa si me siento un rato? Hace un calor…

Claro, mujer, tómate tu tiempo. ¿De dónde eres? ¿Y esa maleta?

Acabo de terminar Magisterio, buscaba trabajo Pero me he quedado sin sitio donde quedarme. ¿No sabrás si alguien alquila un cuarto por aquí?

La mujer, que luego supe que se llamaba Pilar, me miró de arriba abajo. Se le veía acogedora.

Mira, puedes quedarte en mi casa. No te voy a pedir mucho dinero, pero eso sí, que seas limpia. Si te parece bien, te enseño la habitación.

A Pilar le venía bien la compañía; su hijo ya vivía en Madrid y apenas volvía, así que nos hicimos un apaño. Yo sentía que, por primera vez en tiempo, la suerte me sonreía.

Pilar me llevó a una habitación chiquita que daba al patio: una cama estrecha, una mesa, dos sillas y un armario de los de toda la vida. Más que suficiente para mí. Nos pusimos de acuerdo en el alquiler y, tras cambiarme de ropa, me fui derechita a preguntar en el Ayuntamiento por alguna vacante en el colegio.

Total, que empecé la rutina: trabajo, casa, trabajo. Los días volaban. Pilar me cuidaba mucho y yo le ayudaba a cambio en lo que podía; por las noches tomábamos infusiones en la terraza, con el fresquito de septiembre. El embarazo iba bien, ni un malestar, aunque la cara se me empezaba a redondear a la vez que la barriga. Y llegó el día en que le conté a Pilar mi historia, que la verdad, podría ser la de tantas otras.

El asunto fue que en segundo de carrera me enamoré de Álvaro, hijo de profesores de la Universidad de Salamanca, todo un galán, guapo y educado, con la vida planeada al milímetro: carrera, máster, familia bien. A todas las chicas les caía en gracia, pero el tonto se fijó en mí. No sé si fue por mi timidez, por mis ojos marrones o por las ganas de salir adelante. Lo nuestro duró durante toda la carrera y yo, la verdad, solo me imaginaba un futuro con él.

Aquella mañana empezaron las náuseas, el retraso y el mal cuerpo. Me hice una prueba de embarazo y ahí estaban, clarísimas, las dos rayas. ¡Anda ya, justo antes de los exámenes finales! Me temblaban las piernas. ¿Cómo se lo diría a Álvaro?

Esa tarde le conté la noticia y, sin dudar, me llevó a ver a sus padres. Aquella reunión no la recordaré sin encogerme: en resumen, me propusieron abortar y, cuando acabara los estudios, irme; que Álvaro tenía un futuro que cuidar y yo le venía grande. Al día siguiente, él vino a mi cuarto, dejó un sobre de dinero y se marchó sin dirigirme una sola palabra.

Abortar ni se me pasó por la cabeza. Ya le quería, era mi niño, y de algún modo, sentí que pasaríamos juntos lo que viniera. Dinero cogí, claro, porque no estaba la vida para rechazarlo.

Pilar me consoló mucho:

Hay cosas peores, hija. Eres valiente, ya verás que la vida te da algo mejor. Los niños son una bendición, no lo olvides.

Ni siquiera quería imaginar verme de nuevo con Álvaro. Tampoco le podía perdonar el desprecio.

Fueron pasando los meses y paré de trabajar; con la barriga ya poca cosa podía hacer. No quise saber el sexo del bebé; con que viniera sano, tenía bastante.

Era un sábado de marzo y empezaron los dolores. Pilar me llevó corriendo al hospital de Mérida. Tuve un parto fácil: un niño gordote y sano.

Mi pequeño Juanito susurré, tocándole la carita.

Mientras estaba en la planta, conocí a otras madres y, entre risas y confidencias, supe de una historia. Contaban que hacía dos días la mujer de un guardia civil había dado a luz a una niña, pero apenas estaban juntos; él venía todos los días cargado de flores, bombones, regalitos para las enfermeras, pero ella finalmente dejó una nota diciendo que no estaba preparada y desapareció.

¿Y la niña?

La alimentan a biberón, pero estaría mejor con leche de madre Pero ya sabemos, cada una suficiente tiene con lo suyo.

Trajeron a la niña para ver si alguien podía alimentarla, y dije que sí, claro, pobrecita mía. Cogí a la pequeña y la puse al pecho. Tenía una piel tan clarita Si fuera mía, la llamaría Marisol.

A su lado, mi Juanito parecía un torazo y la niña, un pajarito.

Así acabé dándole de mamar a los dos. Y, al segundo día, vino el padre de la niña, el guardia civil, a darme las gracias. Me presentó, cordial, el capitán Ricardo García; bajo, de ojos azules y gesto serio.

Lo que vino después lo contaron en todo el hospital y, después, por todo Mérida.

Al día del alta, nos estaban esperando todas las enfermeras y médicos en la puerta. Un coche patrulla decorado con globos azules y rosas esperaba fuera. Ricardo me ayudó a meterme en el coche; dentro me esperaban Pilar emocionada y los dos bebés, cada uno en su mantita de colores.

Con el motor arrancando, nos despedimos entre aplausos y sonrisas. Ricardo, que la noche antes se había arrodillado ante mi cama pidiéndome matrimonio, conducía atento, mirando de reojo a Marisol, que dormía agarrada a mi dedo meñique.

Y mira, así es la vida. No sabes por dónde te va a sorprender. Al llegar a casa nos esperaban los brazos de Pilar, pan con mermelada recién hecha, aquel armario viejo en el que ahora empezaremos a guardar juguetes, y una nueva vida por delante, improvisada pero llena de sentido.

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Elena Gante
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No hay alegría sin lucha
La Noche en que Escuché la Verdad