Mamá, ya casi llego. Veinte minutos, no más dice Iñigo en la puerta de la sala, intentando sonreír mientras sus labios tiemblan.
Sólo no tardes demasiado responde María, recostada de lado, aferrándose a la manta el médico dijo que antes de la tarde habrá la perfusión.
Iñigo asiente, se lanza la chaqueta al hombro y sale. Afuera está húmedo y ventoso. Octubre en Salamanca nunca muestra clemencia a los paseantes: lluvia, viento, charcos que reflejan el sentido de un otoño castellano, con el cielo bajo, la gente callada, todo como esperando el final.
Camina hacia la parada del autobús y siente que no llega a tiempo. No al autobús, sino a la vida. A todo lo que pasa a su alrededor.
Hace tres semanas los médicos anunciaron que a su madre le queda la fase final. Entonces no derramó lágrima alguna. Simplemente se sentó en un banco frente al crematorio por alguna razón sus pies lo llevaron allí y esperó al anochecer.
¿Te vas a marchar ya? pregunta el compañero de habitación, un anciano de cuello delgado y ojos llenos de una eterna espera.
Espero a mi hijo sonríe María él prometió venir esta noche.
¿Viene a menudo?
Cada día. Pero a veces pienso ¿no será que lo retengo en vano? Él también tiene su vida.
El viejo tosse y susurra:
No eres tú quien lo retiene, es él quien no te suelta. Hasta que él suelte, tú no te irás.
María vuelve la mirada a la ventana. Allí, tras el cristal, la lluvia cae. Resulta extraño, porque antes le encantaba la lluvia. En su juventud la veía como algo romántico: sentarse en la cocina con té caliente y escuchar los golpecitos contra el alféizar.
Ahora solo le impide ver.
Iñigo entra en el viejo parque donde, de niño, él y su madre se deslizaron en trineo. Cerca del tercer abedul desde la entrada, ella le había dicho una vez:
Sabes, hijo, no importa lo que hagas. Lo esencial es que después de ti alguien sonría. Al menos una persona.
Él no lo comprendió entonces. Ahora lo entiende con claridad.
Su móvil vibra: «Mamá: No te apresures, estoy bien». Él sonríe de forma automática últimamente ella escribe mucho «no te apresures», quizá para que él no se preocupe.
En la sala todo se vuelve silencio. El anciano duerme, la enfermera ya se ha ido. María yace mirando al techo y, de pronto, escucha música. Desde algún pasillo lejano suena una vieja canción de Los Chichos, Lluvia de otoño.
Sonríe. «Dios mío, ahora sí», piensa y cierra los ojos.
Entonces alguien se sienta junto a ella, tan callado como el viento.
No tengas miedo dice una voz ya está todo.
Ella no abre los ojos, sólo exhala y susurra:
Ojalá él no llore.
Iñigo llega cuarenta minutos después. Los médicos ya han salido de la sala, la enfermera está en la puerta, con los ojos enrojecidos. Él lo entiende sin palabras.
¿Puedo? pregunta en voz baja.
Sí asiente la enfermera pero no mucho tiempo.
Se sienta a su lado. La madre yace tranquila, casi como si sonriera. Sobre la mesilla reposa el móvil, la pantalla parpadea con un mensaje sin enviar:
«Iñigo, no esperes milagros. Sé tú el milagro».
Él contempla la pantalla hasta que le duele la vista. Luego ve, en la ventana donde la lluvia forma finas líneas, un pequeño corazón dibujado como por un dedo desde dentro.
Sonríe es la primera vez en muchos días.
Pasa un año. Iñigo está en la entrada del servicio de oncología pediátrica con un termo de café y una cesta de frutas.
¿Es usted voluntario? le pregunta la guardia.
Sí responde, sonriendo solo quiero que alguien vuelva a sonreír.
En el pasillo se le acerca un niño calvo y grita:
¡Tío, mira, me estoy curando!
Iñigo comprende entonces que los milagros sí existen, aunque a veces lleguen a través de nosotros.







