¡Román, ya tenemos una niña de 3500euros! exclamó alegremente Gala al otro lado del auricular.
Yo estaba bajo los ventanales del Hospital Universitario La Paz, agitando la mano a mi esposa, que sostenía en brazos a la recién nacida.
¡Una hija! ¡Yo soy padre! grité. Gala, ¿qué pasa? ¡Nos prometieron un niño!
El silencio se adueñó de la línea y, tras un suspiro, mi mujer murmuró:
Parece que nos han equivocado
Me giré y crucé entre los papás radiantes que dibujaban declaraciones de amor sobre el pavimento y lanzaban globos de colores al cielo, entre los coches relucientes y los familiares que los rodeaban como una marea.
Yo siempre había soñado con un hijo, heredero, continuación del linaje. Mientras Gala, encinta, paseaba por el parque, yo imaginaba nuestro futuro: jugar al balón en el patio, ir de pesca, conversar a voces entre hombres y regresar a casa con una captura abundante para la madre, y, al caer la noche, sentarnos todos a la mesa a contar el día mientras mi pequeño, mi orgullo, escuchaba.
Gala tardó años en concebir; fuimos a consulta al renombrado doctor Sánchez, casi una lumbrera de la medicina, y solo tras cinco largos inviernos ella me dio la noticia esperada.
¡Román, ¿lo oyes? retumbó una voz tras de mí. Me di vuelta y encontré a Pablo, mi compañero de los años de universidad.
¿Cuántos años, cuántas inviernos, cómo vas? preguntó, con la mirada cansada de los años.
He venido a casa de mi madre; está un poco resfriada y necesita ayuda, está sola, mi padre falleció hace ya cinco años. ¿Y tú?
Vengo del hospital, mi esposa ha dado a luz una hija.
¡Enhorabuena! ¿Y tú no sientes alegría? sonrió Pablo.
Pues sí
Miró a su alrededor y, al divisar una terraza de cafés a dos pasos, nos invitó a entrar.
¿Así que esperabas un varón? Todos anhelamos niños, herederos; es natural. Yo, como tú, me preparaba para ser padre de hijo, y mi mujer dio a luz a una niña.
¿Y la tuya? ¿Ha venido contigo?
Pablo bajó la mirada y guardó silencio, para luego cruzar sus ojos conmigo, como si el universo entero se hubiera concentrado en una sola tristeza.
Estoy solo, ya no tengo familia. Román, no quiero arruinar tu alegría
¿Qué ocurre?
Un accidente no quiero recordarlo. Llevo un año solo, pienso mudarme con mi madre, buscar trabajo, reformar el piso.
Seguimos conversando largas horas, recordando la vida estudiantil, los amistades comunes, compartiendo planes para el futuro. Le entregué mi móvil y le dije que podía llamarme a cualquier hora.
A la mañana siguiente, con un enorme ramo de peonías favoritas de Gala y un manojo de globos alados, corrí hacia los ventanales del hospital.
¡Gala! exclamé al oír su voz al otro lado del teléfono.
¡Perdóname! ¡Estoy tan feliz por nuestra tan esperada hija! ¿A quién se parece?
A ti, Román, ¡eres una copia perfecta!
¿De verdad? Yo ayer me sentía como
No hace falta, lo entiendo todo intervino mi esposa, interrumpiendo mi discurso.
Román, la niña está sana, tranquila, come y duerme, y en sus sueños sonríe. Nos la darán pronto; lo verás con tus propios ojos.
P.D. Nunca llegamos a tener más hijos; el parto fue duro y sus secuelas afectaron su salud.
Veinte años después, nuestra hija, Mencía, se ha convertido en una joven inteligente y hermosa; la queremos y nos llena de orgullo. Pablo es su padrino.
Aún agradezco a Pablo la charla de aquella madrugada, que me abrió los ojos y, ante todo, me enseñó a valorar y amar a todos los que hoy están a mi lado.






