¡¿Habéis visto a la mujer que está en la sala de partos, chicas? preguntó una enfermera, mirando al rincón donde reposaba una anciana de rostro pálido.
Sí, parece muy mayor. Seguro tiene nietos, pero todavía está allí porque el bebé la necesita, a su edad
A mí me parece que mi madre es más joven que ella. ¿Y cuántos años tendrá su marido? añadió otra voz.
Es una mujer callada, sombría. No habla con nadie.
Le da pena, por eso no se abre. Nosotros la llamamos Cayetana. dijo una de las futuras madres, que acababa de salir un momento de la sala.
La vida de Cayetana había sido dura. Cuando Adela tenía apenas cuatro años, toda su familia contrajo tifus. Su madre, su padre, su hermano de un año y su abuelo sucumbieron a la enfermedad. Desde entonces, la niña quedó al cuidado de su abuela María, una mujer de carácter férreo y autoritario, que nunca le mostró cariño.
En el año 1941, Adela y Víctor cumplieron trece años. Vivían en pueblos diferentes, pero ambos se trasladaron al centro de la comarca para trabajar en la fábrica de textiles de Alcala de Henares, donde había escasez de operarios. Allí, también vivían, y fue allí donde se conocieron. Desde jóvenes trabajaron sin descanso, a la par de los adultos.
A los quince, Víctor fue llamado al frente. Adela, una muchacha vivaz de cabellos rojizos, quiso acompañarle, pero le rechazaron. En la retaguardia, dijeron que sería más útil contar con ella para la producción.
A los dieciocho, Adela y Víctor se casaron, aunque la celebración fue modesta; los años de posguerra no permitían festejos lujosos.
Desobedeciendo el deseo de su abuela, la mujer se mudó a la casa de su marido. Los pueblos estaban separados unos treinta kilómetros. Un año después nació su hijo, a quien llamaron Diego. Los recién casados fueron felices y la vida les sonrió. Sin embargo, la felicidad duró poco.
Cuando Diego cumplió seis años, Adela y Víctor seguían unidos como una sola alma; el resto del pueblo los envidiaba. Víctor trabajaba como calderero y sus hornos eran famosos en toda la zona. Un día lo enviaron a instalar una caldera en el pueblo vecino, al otro lado del río. Llevó a Diego consigo, pues Adela estaba trabajando. Era un día helado; cruzaron el río congelado.
Víctor cargaba una pesada caja de herramientas, pues solo usaba las suyas, rechazando cualquier herramienta ajena. Diego jugaba alegremente, sin prestar atención a las advertencias de su padre, que le pedía que se mantuviera a su lado. Cuando faltaban unos veinte metros para la orilla, el niño resbaló en una zona cubierta de nieve. Víctor se lanzó a salvarlo, pero
Cayetana, ya en sus veinticinco años, había perdido a su marido y a su hijo. No pudo seguir viviendo en la casa que le recordaba a ambos, así que regresó al pueblo natal, al hogar de María. Allí se encerró en sí misma; la vida perdió todo sentido y ni siquiera pensó en volver a formar una familia.
Hace poco, Cayetana cumplió cuarenta y tres años. A esa edad, sin pareja y con un bebé en brazos, Adela decidió arriesgarse y buscar ayuda. Conocía bien las dificultades que le esperaban, pero la soledad le aterraba más que cualquier obstáculo.
El pueblo donde vivía era remoto y llegar allí no era sencillo. El clima era inclemente, y temía que la ayuda no llegara a tiempo, por lo que llegó al hospital con anticipación. La salud del pequeño le preocupaba, la edad también.
Desde la madrugada, Adela deambulaba por los pasillos del hospital, como una sombra. Dieciocho años atrás había perdido a su marido y a su hijo; el tiempo no había curado su pena.
Al fin, Adela dio a luz a un niño sano, al que llamó Diego, en honor a su primogénito. Siempre recordaba que su hermano mayor había soñado con tener un hermano.
¡Cómprame un hermanito! le había dicho Diego. ¡Papá me ha hecho tantos juguetes! Jugaré con mi hermanito.
¿Y cómo se llamará? preguntó su padre.
¡Diego! exclamó.
Entonces se llamará Diego respondió Víctor, mirándose con Adela.
En ese momento, la esperanza había vuelto a la casa. Víctor, por supuesto, lo sabía. Decidieron no contarle a Diego por un tiempo que su hermano había fallecido. Cuando perdieron a su marido y a su hijo, el trauma había sido insoportable.
Y ahora, el pequeño Diego llegó, tal como su hermano había deseado.
María recibió a la madre y al recién nacido con desdén.
¿Qué lloras otra vez, mi felicidad? dijo Adela, intentando calmar al bebé.
¡Qué vergüenza, qué deshonra! refunfuñó María con voz chirriante. Todo el pueblo debe estar hablando de tu deshonra.
Adela no mostraba la cara en la calle; temía los murmullos y los reproches. En el pueblo, la charla no se detenía: ¿Has visto a la soltera de cuarenta y tres años con su hijo recién nacido?. La abuela la criticaba sin piedad. Pero, al cabo de un año, María, aunque todavía vigorosa para su edad, falleció repentinamente.
Aun así, Adela sintió una profunda tristeza, pues quien le había criado ya no estaba.
Diego creció y se convirtió en un joven apuesto, alto, de ojos oscuros, muy distinto a su madre, a quien adoraba con ternura.
A los setenta, Adela se convirtió en abuela. Al enterarse de la llegada de una hija para su hijo, Diego, él y su esposa, Sofía, fueron al hospital. Sofía, acostada en la primera planta, escuchó el llamado de su marido.
¡Sofía, Sofía! gritó el orgulloso padre. ¡Muéstrame a mi hija!
Sofía se acercó a la ventana, sosteniendo al recién nacido. Adela sonrió, secándose las lágrimas.
¡Mira, mamá, es rizada! ¡Se parece a ti! exclamó Diego, emocionado. Ver a su hijo feliz le dio a Cayetana, la anciana, una alegría inesperada: su familia, pese a las penas, seguía adelante.
Así, la historia de Adela nos enseña que, aunque el dolor y la pérdida nos acompañen, la esperanza y el amor pueden renacer en los momentos más inesperados. La verdadera fortaleza reside en aceptar el pasado, seguir adelante y abrir el corazón a nuevas oportunidades. La vida, como un río helado, puede ser peligrosa, pero con valentía y apoyo mutuo, siempre hay un camino para cruzarla.







