Se inclina hacia la pastora alemana. Ella lo mira con una expresión resignada y luego aparta la vista. Hace mucho que dejó de esperar nada. Conoce demasiado bien a las personas…
En el barrio, todo el mundo las llama simplemente la manada de perros. Pero un vecino que vive en uno de los viejos bloques de pisos siempre corrige: No son una banda. Son cinco perros que se mantienen unidos porque es la única forma de sobrevivir.
La líder es una pastora alemana entrada en años, evidentemente alguna vez tuvo familia. Probablemente sus antiguos dueños la abandonaron al mudarse, sin dignarse siquiera a mirar atrás. Es ella quien mantiene la cohesión, protege y guía a los demás, evitando que esta pequeña familia callejera de perros se desintegre.
Cada día, el hombre se encarga de darles comida. Por la mañana, cuando se dirige al trabajo en el centro de Madrid, y al anochecer, cuando vuelve a casa en el barrio de Vallecas. Al percibir su presencia, cinco rabos unos enroscados, otros caídos empiezan a moverse como hélices desbocadas. Sus ojos destilan tanta alegría que le encogen el corazón. Saltan tratando de alcanzarle, le acercan los hocicos húmedos a las manos y se esmeran en lamerle los dedos. En esas miradas cabe todo: gratitud, confianza, esperanza.
¿Acaso puede esperar algo un perro al que un día abandonaron a su suerte en la calle? Y, aún así, siguen esperando. Siguen confiando. Siguen amando. Por eso él nunca aparece con las manos vacías: saben que vendrá. Siempre llegan a tiempo.
Pero esta mañana sólo acuden cuatro a su encuentro. Gimen, inquietos, mirando hacia el final de la avenida. El hombre lo comprende al instante: ha surgido un problema.
Suspira profundamente, llama a la oficina y avisa de que va a llegar tarde.
En la esquina más alejada de la avenida principal, bajo unos arbustos al lado de una acera, en la tranquila periferia madrileña, yacía la pastora alemana. Un coche la ha atropellado. Es un tramo peligroso, con una curva en la que algunos conductores aceleran en vez de frenar. Hoy ella ha tenido la mala suerte.
Cuatro perritas aúllan bajito, buscándole la mirada; él es el único ser humano en quien confían.
El hombre se agacha junto a la pastora. Le caen lágrimas de los ojos. Lo mira, resignada, y aparta la cabeza. Ya no sabe lo que es la esperanza. A las personas las conoce demasiado bien. Lo único que le inquieta es qué será de las otras cuatro, a quienes ella protege.
¿Te duele mucho? pregunta suavemente el hombre, mientras saca el móvil de nuevo.
Consigue un día libre en el trabajo y acerca su coche. Con muchísimo cuidado, sube a la perra al asiento trasero. Las cuatro compañeras saltan a su alrededor y se frotan contra sus manos, como si quisieran darle las gracias.
En la clínica veterinaria de la calle Alcalá, el veterinario examina a la pastora y suspira:
Lo mejor sería dormirla Tiene muchos huesos rotos. Es muy difícil que se recupere y el tratamiento cuesta bastante dinero
Pero ¿existe alguna posibilidad? interrumpe el hombre.
Siempre hay una posibilidad reconoce el veterinario. Pero sería un sufrimiento largo. ¿Tiene sentido?
Sí responde con voz firme el hombre. Para mí sí lo tiene. Así que para ella también. Además, hay cuatro perros esperándola. ¿Cómo voy a mirarlos a los ojos luego?
El veterinario observa al hombre, asiente despacio y dice:
Empezamos entonces.
A la semana, la pastora sale de la clínica. Sus amigas no se han alejado en todo ese tiempo; cada día esperan en la puerta de su casa. El reencuentro es tan ruidoso y alegre que la pastora, a pesar de sus heridas, se anima y se esfuerza por lamer a sus compañeras.
El hombre la lleva a casa en brazos y después sale a hablar con las demás. Pronuncia un pequeño discurso: el hogar es una responsabilidad y, a partir de ahora, deben dejar atrás muchas de las costumbres de la calle.
Las cinco, sentadas en la puerta, lo escuchan sin perder detalle. De repente, él sonríe:
¿Y bien? ¿A qué esperamos? ¡Entrad!
Y abre bien la cancela.
La pastora mejora a una velocidad sorprendente. Siempre intenta levantarse y acercarse a sus amigas, y él está atento para que no se pase de esfuerzo. Cuando los huesos por fin sueldan y puede andar con firmeza, el hombre la adorna con un collar especial, dorado, con un pequeño cascabel.
Ahora sale de casa temprano, paseando por las calles vacías rumbo al metro. Lleva a sus cinco perras: cuatro pequeñas y divertidas, con rabos arqueados, y una grande, ya mayor, con un collar dorado y cascabel.
Y habría que ver cómo observan todo a su alrededor. Ahora ya tienen un hogar, y la pastora, un collar. Ella camina erguida, con el gesto orgulloso.
Ustedes no pueden entenderlo, porque nunca han llevado un collar con cascabel así. Pero cualquier perro lo sabe: así camina quien es respetada.
Así siguen avanzando: un hombre que no pasó de largo, y cinco perros que, a pesar del abandono humano, no perdieron la capacidad de esperar ni de amar.
Caminan y son felices. ¿Por qué exactamente? No lo sé. Quizá por tenerse. Quizá por el sol de hoy. O, tal vez, porque todavía queda amor en el mundo.
Y, al mirarles a los ojos, uno se da cuenta de que mientras existan miradas así, aún no está todo perdido.






