Oksana acudió a una entrevista de trabajo y se quedó paralizada al ver quién estaba sentado en el despacho del director

Cristina entraba flotando en una entrevista de trabajo, o al menos eso creía, pues el edificio se deshacía por los bordes y las columnas parecían hechas de turrón blando. Llevaba veinte años archivando papeles entre niebla, contestando teléfonos con voz de caramelo y regalando sonrisas a visitantes que no las merecían. Un café tras otro, unos para ella, la mayoría para sus superiores. Y aun así, la echaron a la calle como si el tiempo se deslizara debajo de las alfombras.

Ahora había que empezar. Por primera vez en veinte años.

En el recibidor de su casa madrileña, frente al espejo cubierto de polvo de siglos, Cristina se hablaba a sí misma con gravedad. El traje está bien. El peinado es digno. El rostro, bueno, el rostro… los cuarenta y seis se cuelan entre las mejillas, pero se aguanta. Sobre todo, no ponerse nerviosa. Es sólo otro trabajo. Otro despacho, otro escritorio, otros timbrazos en otra dimensión.

Su amiga Pilar, de paso más rápido que el tranvía eléctrico, se ofreció a acompañarla y, en el ascensor, le soltó un ramalazo de ánimo:

Tú a lo tuyo, Cristina. Eres una profesional. Lo de veinte años de experiencia no lo tiene cualquiera.

Veinte años, musitó ella. Y ni eso me salvó.

Mejor, mujer. Eso te da tablas, y tabla significa trampolín.

Anda, Pilar, vete que se te hace tarde.

El despacho, escondido en una bocacalle del barrio de Chamberí, tenía su propia lógica: columnas de mármol rojizo, puertas de vidrio que no conducían a ninguna parte, un portero que olía a colonia vetusta. Cristina enderezó sus hombros de papel maché, apartó telarañas del aire y atravesó el umbral.

La recepcionista con laca y anillos de oro la señaló:

Le está esperando el director. Tercer piso, despacho 302.

Pasillo interminable. Puerta de madera gastada, una placa con su nombre escrito al revés. Llamó. Entró como si atravesara un cuadro, y se quedó congelada: detrás de la mesa estaba Jaime.

Su antiguo amor, Jaime Gutiérrez, aquel con quien había compartido noches sin sueño, a quien le sacó una espina del dedo la tarde que cayeron chuzos de punta, al que le regaló empanadillas en los exámenes y perdonó eso que no se debería perdonar nunca. Después de él, no volvió a dormir a pierna suelta durante tres años.

Se contemplaron como estatuas en una plaza desierta. La pausa fue tan larga que los relojes del despacho comenzaron a andar hacia atrás, mostrando que sólo existen dos caminos, irse o quedarse. Nada más cabe.

«Esto es el destino con ganas de broma», pensó Cristina, casi tranquila, como si le hablara una sardina dormida al oído.

Lo peor: Jaime estaba estupendamente. Más de lo que su imaginación resentida le había concedido en ocho años. Lo veía siempre avejentado, arrugado, hijo del invierno. Pero no. Lucía un traje azul marino, pelo peinado con buen juicio, gesto de quien lleva años negociando con su conciencia hasta que ambos se cogen cariño. Canas en las sienes, un portátil brillante, cuaderno de notas, y un pequeño cactus sobre la mesa. Un cactus, claro. Como emblema.

Cristina, dijo Jaime. No un doña Cristina, no buenos días, sólo un Cristina. Como quien acaba de compartir tablao flamenco la noche anterior.

Hola, Jaime, contestó ella.

Jaime indicó la silla. Cristina se sentó, abrazando su bolso como quien sujeta un flotador en una tormenta. Al menos tenía algo entre las manos.

Tengo tu currículum aquí, murmuró Jaime, señalando el papel. Ya lo he revisado.

Está bien.

Veinte años de secretaria. Mucho.

Sí.

Él hablaba como si los pájaros se escaparan por la ventana. Sin mirarla del todo, posando la vista en algún punto perdido cerca de su oreja izquierda, fingiendo que todo era normal.

«Juegan a ser profesionales», descifró Cristina. «Pues jugaremos».

Hábleme de su última empresa dijo Jaime.

Y empezó el teatro.

Cristina enumeraba tareas, sistemas, órdenes y subordinados, sin temblor, sin nostalgia. Pero de fondo, en el escenario de su mente, otra obra se representaba:

Ese era el hombre que le dijo «tú no me entiendes» y se fue con Marta de contabilidad.

¿Qué programas usabas?

Ella respondía, aunque pensaba: él es quien me dejó tres meses comiendo madrugadas frías, medio año con el reloj detenido.

¿Te ocupabas de las reuniones con los socios?

Sí, organizaba la documentación y las agendas a nivel de dirección.

Ese, ahí sentado, en buen traje, era mi antiguo infierno.

Jaime tomaba notas, o fingía hacerlo. Cristina observaba la pluma, acercándose al convencimiento de que la vida tiene un sarcasmo muy fino, casi cruel.

Afuera, la calle callada, hojas de plátano rodando por el empedrado, puro octubre madrileño. Dentro: ocho años, un divorcio, dos juicios, noches llamando en silencio a Pilar por teléfono porque las palabras se pintaban con tinta invisible.

Y el cactus, vigilante.

¿Por qué dejaste tu empresa anterior? preguntó Jaime. Formalidad pura. Ningún matiz.

Echaron a todo el departamento.

Bien. ¿Te llevabas con los altos cargos?

Eran mi responsabilidad diaria, hablaba con el director general y el consejo.

¿Sabes guardar secretos?

Los secretos son mi oficio.

Una mirada larga, como un túnel. Cristina sostuvo el duelo visual con calma de espectadora.

Bien, dijo Jaime. Dejó la pluma. Quisiera continuar la conversación en otro tono. ¿Un café?

Y ahí el aire de Cristina se tensó, fibras invisibles crujieron, no miedo, más bien una señal de que la historia giraba de marzo a junio en una sola frase. Había que estar lista.

De acuerdo dijo serena.

Jaime se levantó. La cafetera bufaba a su lado, lanzando vapor como si conjurara tormentas en el Atlántico. Cristina veía su nuca y adivinaba el desenlace de una novela nunca leída.

Sigues siendo guapa dijo Jaime de espaldas, usando el tú que sólo aparece en sueños raros.

No contestó.

Él le dejó la taza delante, volvió a su trono.

En serio.

Cristina examinó el café, luego a él.

Gracias pronunció, sin demasiada emoción.

Él dudó antes de lanzarse:

Cristina, quiero decirte algo. No como director, sino como alguien que te conoce.

«Esto sí es raro», se dijo Cristina. Como cuando el revisor del AVE se quita la gorra y parece que el tren va a volar.

Me alegra que vinieras aquí Jaime musitó.

Fue casualidad.

Puede. Esbozó una sonrisa. Pero me alegra. Eres una experta y necesito alguien así.

Vale.

Pero pausa, palabras con pies de plomo en un lago helado, pero me gustaría que empezáramos bien. Sin historias viejas. Desde cero.

Ahí estaba.

Cristina dejó la taza.

«Desde cero». Ocho años comprimidos en desde cero. Los juicios, el insomnio, las tardes de lluvia, todo bajo la alfombra del olvido.

Miró a Jaime, ojo a ojo, como quien sopesa un nuevo sabor de helado.

¿Me estás ofreciendo un puesto con la condición de que finja que nunca pasó nada?

Él arqueó la ceja.

Te propongo empezar de nuevo. No es lo mismo.

Sí que lo es, Jaime.

El cactus, inmutable, clavaba espinas al momento.

Mira siguió ella: no voy a remover el pasado, no. Pero tampoco a fingir que jamás existió. Porque existió, es mi vida, no un folio blanco para estrenar cuando nos apetece.

Jaime la miraba. Sin moverse.

Vine a una entrevista, no a pasear por los recuerdos. Si buscas a una profesional, lo soy. Pero si buscas a quien simule que estos ocho años fueron un paréntesis irrelevante, no cuentes conmigo.

Probó el café: intenso, honrado, completamente ajeno a lo vivido.

Jaime guardó silencio. La miraba de otra manera. Y entonces Cristina reconoció algo inesperado: era admiración.

Has cambiado dijo él.

Sí. Ocho años, Jaime.

Él se levantó, crujiendo como las tablas del Café Gijón, fue a la ventana para mirar un instante la calle como si buscara otra vida ahí abajo, y se giró.

Cristina la voz más baja, humano. Sé que hice mal. No es borrón y cuenta nueva, tienes razón. Es historia y me equivoqué.

Eso sí la pilló en fuera de juego. Nunca imaginó ese diálogo, ni en sueños imposibles. Él asumiendo la culpa sin disfraz.

Se agradece escucharlo, aunque tenga retraso vital respondió, tras pensarlo un instante.

Sí admitió él. Llega tarde.

Ya no quedaban entre líneas, sólo silencio de sobremesa, de sábanas limpias.

Sobre el puesto Jaime recobró la compostura: quiero ofrecerte la dirección del departamento de administración. Es un nivel más arriba del secretariado. Buen sueldo en euros. Decide tú.

Cristina meditó.

Lo pensaré.

Me parece justo.

Ambos se pusieron en pie. Ya sin directorios ni jerarquías, personas. Cuando ella alcanzó la puerta, escuchó su nombre.

Gracias por no haberte ido al verme.

Cristina titubeó.

Yo tampoco esperaba quedarme.

En el pasillo, Cristina se detuvo frente a la placa. Sintió que si empujaba la puerta, tendría que empezar la historia de otro modo.

Afuera, Pilar la esperaba con un café de máquina. Al verla llegar, escaneó su cara como quien raramente acierta la primitiva.

¿Y bien?

Me han ofrecido el puesto.

¿Uno bueno?

Sí. Jefa.

Vaya. ¿Y quién es el director?

Jaime.

Pilar se quedó tiesa un rato eterno.

¿Jaime? ¿Tu Jaime?

El mismo. Aunque ya es pasado.

¿Y?

Le he dicho que lo pensaré.

Cristina sorbió el café barato. Sabía amargo, demasiado azucarado, pero tenía el regusto familiar de lo conocido.

Anduvieron calle abajo. Las hojas, obedientes, crujían a su paso. El sol, perezoso, sólo decoraba.

Pero ahora ya lo elijo yo. No él. Yo, sonrió Cristina, ligera, sólo yo.

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Elena Gante
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Oksana acudió a una entrevista de trabajo y se quedó paralizada al ver quién estaba sentado en el despacho del director
La mancha en el asfalto