Todo hombre tiene sus secretos. Unos esconden billetes en el cajón de los calcetines. Otros inventan lo de pescar el domingo a las siete. Y Sergio Márquez colocaba el móvil siempre boca abajo.
Siempre, y en todos lados. Encima de la mesa del salón, boca abajo. En la mesilla de noche, antes de dormir, boca abajo. En restaurantes, en casa de sus padres, boca abajo.
Claudia tardó en fijarse. Primero lo notó, luego le dio vueltas y, más tarde, decidió dejar de pensar en ello, porque pensar en eso era incómodo. Es una estrategia muy española (y muy femenina): no pienses en lo que te corroe hasta que te explote en toda la frente.
Por lo demás, su matrimonio era normal. Nada para enmarcar, pero tampoco para hacer un drama. Sergio trabajaba, Claudia también. Los fines de semana, supermercado, Netflix, a veces alguna visita. Las visitas eran Luis y Estrella. Luis, el mejor amigo de Sergio desde la universidad; Estrella, su esposa: vibrante, ruidosa, y con una autoconfianza que agotaba a Claudia, aunque lo disimulaba bien.
Todo bien. Bueno, menos lo del móvil de Sergio.
Claudia veía el móvil, boca abajo, como si fuese costumbre. Y pensaba: allá él, qué más da.
Un día, yendo a por la sal en la mesa, el móvil resbaló y quedó boca arriba en una silla. Sergio reaccionó antes de que Claudia viera nada. Tapó la pantalla con la mano.
Perdona dijo Claudia.
Tranquila respondió Sergio.
Ambos fingieron que ahí no había pasado nada. Como se hace cuando pasa algo muy gordo.
Claudia era una mujer lista, y eso era, en realidad, la raíz de todos sus males.
Una mujer inteligente no monta un numerito por un móvil. Observa, apunta en una especie de tabla mental: columna de hechos, columna de excusas. Y mientras las excusas cuelen, calla.
Y Claudia llevaba meses callada. La tabla mental, engordando.
Hecho uno: Sergio empezó a llegar más tarde del trabajo. Antes, a las ocho estaba en casa. Ahora, a veces eran las nueve, o las diez y media, una vez hasta las once. Siempre con la misma historia: final de trimestre, informes, un cliente de Barcelona.
Hecho dos: andaba como disperso. Mirando la tele sin verla, contestando con retardo, como el WiFi en hora punta.
Hecho tres: se ponía tenso cuando llamaba Luis.
Eso fue el detalle curioso. Luis, su mejor amigo desde hace dos décadas: siempre cogía sus llamadas entusiasmado, se encerraba en la cocina a charlar un buen rato, y volvía animado. Ahora, veía el nombre en pantalla y se le cambiaba la cara. Apenas se notaba, pero Claudia lo detectó.
Un día lo preguntó:
¿Todo bien con Luis?
Sí, ¿por qué?
Te veo raro cuando te llama.
Te lo imaginas dijo Sergio, móvil en la mano.
Estrella, la esposa de Luis, llamó un miércoles solo para charlar. Era su costumbre, ellas sin maridos, café en mano y conversación trivial. Estrella era un torrente, de las que se ríen a carcajadas y no tienen problemas en hacer cola para nada.
¿Qué tal vais? preguntó Estrella.
Bien. Sergio otra vez se fue tarde al trabajo.
Bueno, cosas del curro respondió Estrella, demasiado rápido.
La siguiente semana, como cada viernes, vinieron Luis y Estrella a casa de Claudia y Sergio. Trajeron vino y tarta. Sergio haciéndose el chef, friendo carne en la cocina. Claudia, poniendo la mesa, mirada avizor.
Entre Sergio y Estrella había algo raro.
Donde antes charlaban los cuatro por igual, ahora hacían malabares para ni dirigirse la palabra.
Luis se bebía el vino contando anécdotas del trabajo; voz pausada, ojos perdidos. Claudia pensaba: él lo sabe. O no lo sabe. O lo sospecha, pero se calla. O quizá es todo paranoia mía.
¿Por qué tan callada? le preguntó Sergio cuando se marcharon.
Cansada.
Vete a la cama pronto.
Ajá respondió Claudia.
Se tumbó en la cama, mirando el techo. Sergio seguía viendo la tele en el salón. Su móvil, en la mesilla, de su lado.
Boca abajo.
Claudia se giró hacia la pared.
Seguía dándole oportunidades a las excusas.
El sábado Sergio dijo que iba a pasar la ITV del coche. Que tardaría unas tres horas.
Claudia se hizo un café, leyó un rato, después decidió limpiar. Aspiradora, bayeta, reorganizando la estantería. Cuando llegó al sofá… vio el móvil.
Sobre el cojín. Boca arriba.
¡Lo había olvidado!
En tres años, jamás había olvidado el móvil. Las llaves, la cartera, incluso un abrigo en el trabajo, vale. El móvil, nunca.
Claudia se quedó quieta, con la bayeta en la mano.
El móvil brillaba. Sin más, ahí, brillando.
Tiró la bayeta y se acercó.
En la pantalla: una notificación. Solo unas palabras. Claudia nunca leía los mensajes de su marido. No porque confiara ciegamente, era simple respeto a la privacidad. Buen principio, muy civilizado. Buenísimo, claro, salvo para ella misma.
Ni siquiera leyó la notificación.
Pero sí vio la foto del contacto.
Un iconito redondo, de esos de WhatsApp. Carita de mujer, pelo moreno, sonrisa reconocible.
Claudia reconoció esa sonrisa. Estrella.
Se quedó mirando la miniatura de Estrella un buen rato. Un segundo. Luego dos. Luego cinco. El móvil se apagó solo. Claudia ni pestañeó.
Entonces fue a la cocina y se sirvió un vaso de agua.
Estrella. La esposa de Luis. Amiga, si es que existe ese concepto real para las esposas de los amigos del marido. Son la gente con la que compartes los viernes, sabes que es alérgica al marisco y que cumple el veintidós de marzo. Claudia recordaba el santo de Estrella, siempre le regalaban algo entre los dos.
El año pasado también.
Al volver al salón, otra notificación. Y, de nuevo, no la leyó.
Si leía el mensaje, todo cambiaría. Mientras no lo leyese, podía imaginar cualquier excusa inocente. Que le felicitaba por algo, que preguntaba por Luis… Que se había confundido de chat (aunque en WhatsApp no hay error posible, ahí sale el nombre bien grande).
Sabía que no era eso.
Se sentó en el sofá, junto al móvil. Lo miró fijo. El móvil mudo; como quien guarda un secreto y teme abrir la boca.
En la cabeza, las piezas del puzzle encajaban en su sitio. Las salidas tardías. El despiste crónico. Su incomodidad con las llamadas de Luis. La cena con los cuatro donde Sergio y Estrella no podían cruzarse ni en broma. Y aquel es por el curro de Estrella, demasiado veloz para sonar sincero.
Lo tenía claro. Estrella sabía, porque era la causa.
Claudia se sentó y notó que algo se iba recolocando dentro de ella.
¿Luis estaba al tanto? ¿O no? ¿O sospechaba y callaba, como ella, por puro sentido común?
Se oyó la puerta del portal y pasos en la escalera.
Sergio había vuelto antes; o la ITV fue un visto y no visto, o se acordó del móvil.
Claudia ni se movió. Siguió sentada en el sofá.
Sergio entró, la vio. Luego vio el móvil a su lado. Su cara cambió; nada más que un soplo, pero tras tres meses escrutando su rostro, para Claudia fue más que claro.
Me lo dejé comentó Sergio, señalando el móvil, como quien dice que ha olvidado el pan.
Sí respondió Claudia, veo.
Se levantó, pasó a la cocina. Cogió un vaso de agua sin estrenar y bebió.
Detrás, silencio.
Claudia dijo Sergio.
Ahora no contestó, seca. No estoy lista.
Era verdad. No estaba lista para hablar, para discutir, para llorar, ni para escuchar explicaciones que ya no explicaban nada. Sólo estaba lista para asumir todo lo que ya sabía.
La charla fue el domingo por la tarde. Sin gritos, sin platos volando, sin la película de drama que Claudia había temido y recreado mil veces en su cabeza. Simplemente se sentaron en la mesa de la cocina. Sergio, resignado, inició la conversación. Tal vez se cansó de esperar que ella preguntara.
No sé cómo explicarlo empezó él.
No te esfuerces le cortó Claudia. Me lo ha dicho el icono de WhatsApp.
Largo silencio. Luego:
¿Tú ya lo sabías?
Lo sospechaba. A ratos.
¿Y ahora qué?
No sé lo que harás tú. Yo tengo que pensar en el divorcio.
Estrella lo supo esa misma noche: fue Claudia quien la llamó. La llamada más breve de su vida.
Estrella, lo sé. No tienes que explicarme nada. A Luis se lo cuentas tú, o no, como veas. Pero por favor, no me vuelvas a llamar.
Silencio al otro lado del teléfono. Un intento de Claudia… y Claudia colgó.
Luis se enteró al día siguiente. Cómo, ni idea, ni ganas de saberla. Sergio apareció en casa mustio, se sentó en el sillón, miró al infinito y dijo:
Ha llamado Luis.
Vale respondió Claudia.
Fin. No hacía falta más palabras.
Tres años de matrimonio. Veinte años de amistad. Un icono minúsculo con sonrisa ajena, y dos casas que se desmoronan sin hacer ruido, como castillos de naipes. Sin efectos especiales.
Una semana después, Claudia empaquetaba sus cosas. Libros, ropa, alguna sartén que era suya antes de todo esto. Sergio en otra habitación; de vez en cuando se oía moverse en el sillón.
En la puerta, Claudia se detuvo. El móvil, encima de la mesa.
Boca abajo.
Claudia salió y cerró suavemente la puerta.







