—¿Y cómo le explico a todos por qué no estás en la fiesta de mamá? —preguntó el hombre, desconcertado

¿Y cómo voy a explicarle a todos por qué no vas a estar en la fiesta de mi madre? preguntó Jaime, algo desconcertado.

Gracias, estaba todo riquísimo dijo Jaime apartando el plato. Carmen, tenemos que hablar.

Sé por dónde van los tiros, Jaime respondió Carmen, anticipándose. Es por el cumpleaños de tu madre, ¿verdad?

Sí. Hoy ya es día diez y su cumpleaños es el dieciocho asintió Jaime.

Y el mío es el veinte, espero que aún lo recuerdes le lanzó Carmen, guiñándole un ojo.

Por supuesto, cariño.

Jaime, ni lo intentes. Te lo digo desde ya: ¡no!

Pero si ni siquiera sabes lo que quiero proponerte intentó Jaime justificarse.

No quiero ni escucharlo. Solo te informo que ya he reservado mesa para diez en un restaurante este sábado. Ocho son amigos míos, y los otros dos somos nosotros, si es que decides acompañarme. Si no, celebraremos el cumpleaños sin ti.

El dilema estaba servido. El cumpleaños de su suegra, Teresa, era el dieciocho de septiembre; el de Carmen, el veinte. Cada septiembre, desde que estaban casados, Jaime intentaba conciliar ambos festejos para no herir a ninguna de las dos mujeres de su vida, pero hasta ahora nunca lo había conseguido.

Carmen, mi madre propone que celebremos ambos cumpleaños juntos, el sábado en su casa. Tiene sentido, ¿no crees? Así la familia no tiene que juntarse dos veces en una semana y, además, el sábado todos están libres.

Jaime, ¿y quién te ha dicho que quiero tener a tus primas, primos, sobrinas y sobrinos en mi fiesta? He invitado a mis amigos, a los que, por cierto, conoces perfectamente le respondió Carmen con una sonrisa torcida.

Mamá se va a disgustar suspiró Jaime.

¿Y no te importó que yo me disgustara el año pasado y el anterior? ¿O ya lo has borrado de la memoria?

Yo creo que estuvo todo bien

¿Bien? Vamos a recordar. Hace dos años: nos casamos en abril, llegó septiembre, tu madre cumplió sesenta años y tú me dijiste: Carmen, a mi madre le hace ilusión una reunión familiar en casa, así que mejor no prepares nada para el sábado.

Y ahí estuve, pidiendo la tarde libre en el trabajo, y todo el viernes y la mañana del sábado la pasé en la cocina de tu madre pelando, cortando, guisando ¡todo el repertorio!

El sábado acabé corriendo de la cocina al salón como una camarera y nadie, nadie se acordó de felicitarme por mi cumpleaños.

Sí te felicitó Laura le recordó Jaime.

No. Fue cuando tú mencionaste que ese mismo fin de semana había sido mi cumpleaños, y ella respondió, sonriendo: Fue, ya pasó. ¿Para qué recordarlo?.

Pero luego hablé con mamá y el año pasado sí te felicitaron en la mesa.

Bueno, hablando del año pasado: fue viernes, día veinte, y otra vez de chef y pinche en la cocina. Cuando pregunté a Teresa por qué Laura no ayudaba, ¿sabes lo que me dijo?

Laura tenía cita para hacerse la manicura y al día siguiente, estética y peluquería. Y así fue: tu hermana apareció radiante en la fiesta y yo apenas pude cambiarme de ropa a tiempo antes de que llegaran los invitados. Y sí, me felicitaron, pero fue anecdótico.

Brindaron por mí y luego volvieron a ignorarme. Y que conste, ni el año pasado ni el anterior recibí ni un solo regalo, salvo el tuyo y el de mis padres. Así que este año, avisa a tu madre de que no cuente conmigo.

Pero no puede organizarlo todo ella sola.

Jaime, tu madre tiene además de mí, un hijo (tú) y una hija (Laura). Seguro sabréis ayudarla bien. Este sábado es mi cumpleaños, y lo quiero pasar con mis amigos.

¿Y qué les digo a todos por tu ausencia en la fiesta de mamá? insistió Jaime, preocupado.

No te hagas el tonto. Ninguno de ellos pensará en mí, salvo para que traiga platos o algo de la cocina. Formáis un grupo tan cerrado que a veces me siento una extraña.

Carmen, convencida de su derecho a disfrutar su fiesta como deseaba, se mantuvo firme. Sin embargo, su suegra y cuñada consideraban inaceptable que rompiera la tradición familiar.

Durante los días siguientes, Teresa intentó convencerla por teléfono:

Carmen, hemos creado una tradición preciosa. Llevamos celebrando juntas dos años y fue maravilloso. No entiendo por qué pones pegas este año. ¿Qué ha cambiado?

Teresa, es muy sencillo: quiero pasar mi día con mis amigos y, sobre todo, disfrutarlo en un restaurante, sentada, charlando tranquila, y no corriendo entre la cocina y el salón.

¡Pero en casa también nos comunicamos muy bien con la familia! protestó Teresa.

Tú sí, Teresa. Yo solo corro para arriba y para abajo a servir. No gracias, ese no es mi tipo de celebración.

Jamás creí que le negaras ayuda a la madre de tu marido musitó la suegra, dolida.

Más tajante fue Laura, su cuñada:

¡Carmen! Ya vale de caprichos. Mamá ya tiene el menú y papá fue al mercado a por todo. Ponte a pensar qué vas a preparar.

Mamá le mandó la lista de la compra a Jaime. Deja de resistirte, porque al final te vas a llevar tú el disgusto con mamá. El sábado pasa y ya tendrás tiempo de pasártelo con tus amigas.

Laura, no soy testaruda y ya avisé a tu madre de que este año tengo otros planes. Puedes ayudarle tú perfectamente.

Jaime lo pasaba fatal en medio de semejante contrariedad: no quería herir ni a su madre ni a su esposa. Y aunque Carmen nunca le dijo que debía elegir, él sabía que ella se sentiría dolida si optaba por la fiesta familiar.

Carmen no volvió a abordar el tema durante la semana. El viernes, por la tarde, recibió una llamada en el trabajo:

Carmen, ¿dónde estás? Confío en que ya hayas anulado la absurda reserva del restaurante, ¿verdad? Te espero para empezar a cocinar, que si no, no nos dará tiempo.

Teresa, estoy en el trabajo. Ya lo dije: no iré a cocinar este año. Laura puede ayudarte perfectamente.

¿De verdad crees que Jaime aprobará tu actitud hacia mí y toda la familia? insistió la suegra.

Que me haya casado con Jaime no significa que deba renunciar a mi vida, mis intereses y mis amigos para ser vuestra cocinera y lavaplatos contestó Carmen, zanjando la conversación.

El sábado, Jaime acudió a la casa de su madre con el regalo; Carmen, por su parte, se dirigió al restaurante a las cuatro, donde ya la esperaban todos sus amigos. La única silla vacía era la de su lado, pero nadie preguntó por Jaime: todos sabían la situación. La felicitaron, le dieron regalos, hubo risas y Carmen, de vez en cuando, miraba la puerta con la esperanza de que entrara su marido.

Y él llegó, aunque con casi una hora de retraso, portando un ramo de sus rosas preferidas.

¡Carmen! Apenas logré librarme, casi tuve que escaparme. Todos te recordaban. La tía Rosa preguntó por qué no había ensalada de setas como el año pasado; Laura, ayudando a mamá, se partió dos uñas y estaba de mal humor. Además, todos decían que la mesa estaba hoy pobrísima sin tus recetas.

Los años siguientes, Carmen solo colaboró con la familia como asesora, porque al poco tiempo fue madre. Para el siguiente gran cumpleaños, Teresa también terminó celebrando en un restaurante.

¿Qué le faltaba a esta nuera? Si todo estaba bien y aun así se empeñó en cambiarlo se lamentaba Teresa a menudo.

Al final, las familias, por mucho que se quieran, deben aprender a respetar los espacios, deseos y prioridades de cada persona. Aprender a escuchar, comprender y valorar los sentimientos ajenos, es lo que de verdad crea armonía en la convivencia. Porque a veces, el mayor regalo es saber ceder.

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Elena Gante
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—¿Y cómo le explico a todos por qué no estás en la fiesta de mamá? —preguntó el hombre, desconcertado
Als ihre Mutter auf dem Boden kniete, wusste niemand mehr, wer hier wirklich Macht hatte