LA NOVIA

LA NOVIA

Recuerdo aquellos días como si fueran estampas gastadas de otro tiempo, y todavía hoy me veo en la ventana, mirando la noche de Madrid mientras las luces de las farolas iban poblándose en los edificios del barrio de Chamberí. Poco importaba si era de día o de noche, porque pesaban demasiado las cavilaciones en mi ánimo.

Mi vida parecía acomodada: un piso céntrico, una plaza fija como enfermera en el Samur, y un pasar tranquilo. Sin embargo, la fortuna parecía negarse cuando de amor se trataba. El reloj corría, todas mis antiguas compañeras de colegio en Salamanca casadas y con hijos, y yo Celia, de apellido Fernández sola, acompañada solo de mis animales que jamás me traicionaban.

De pequeña soñaba con tener gato y perro, pero mi madre sufría alergia al pelo. Lo descubrimos el día que, radiante, llevé a casa a un cachorrillo naranja recogido en la calle Canela lo llamé y esa misma tarde mi madre se atragantaba entre ataques de asma. Hubimos de llevar a Canela a casa de la abuela en un pueblo de Ávila.

Mis padres partieron pronto de mi vida, y abuela Carmen me crió entre cariño y disciplina. Cumplí mi promesa de dedicarme a la salud y, aunque no logré plaza en la universidad, estudié en la Escuela de Enfermería y desde entonces dediqué mis días y noches a las urgencias. La abuela, ya mayor, prefirió, cuando pudo, regresar a su casita en la Sierra para facilitar mi vida independiente. Pero el amor, ese nunca terminaba de llegar.

Cuando me emancipé, llegaron los animales. Tacho, rescatado de un contenedor un día lluvioso; la abuela lo acogió al instante. Pero perros no; la abuela desconfiaba de que tuviera yo paciencia para tanto cuidado.

Años después, mi familia peluda creció. Mi gran leal fue Sombra, una perrita mestiza que recogí encogida de frío cerca de una tienda en Moncloa una noche helada de enero; quiso colarse dentro y la echaban a cajas destempladas. Sin pensarlo, la escondí en mi mochila y nos fuimos directas a casa.

Sombra, de carácter nervioso y vivaracho, pronto encajó en casa y se hizo amiga inseparable de Tacho. Después rescaté una salchicha de pelo marrón y corazón roto, Carlota, a la que unos vecinos abandonaron al marcharse a un piso lujoso de Malasaña. La dejaron en el portal, como quien olvida una alfombra vieja. Carlota lloraba días enteros bajo el dintel hasta que una vecina me contó su historia y corrí a recogerla. Sus orejas sufrían cada invierno, así que le tejí una bufanda de lana que ella vestía cual anciana elegante paseando por el Retiro, arrancando desde sonrisas hasta bromas entre los transeúntes.

La jerarquía de la casa la impuso Catalina, una gata grande y altanera de pelaje gris con corazón de madre. Apareció una mañana nevada, tiritando bajo la marquesina del portal. Le di refugio, pan con jamón y una nota en el bloque pidiendo paciencia a los vecinos. Por favor, no echen a la gata. Celia, del 2ºB. Al descubrir que Catalina respondía a los nombres compuestos, terminé llamándola Catalina Fernández, y se asentó como jefa y ama de llaves de la casa.

Completaba mi troupé otro gatito, Dulce, que recogí de la chopera junto al río Manzanares tras encontrarlo cercado por urracas. Nunca cambió su carácter dulce y callado, viviendo en armonía con Sombra, Carlota, Tacho y, desde luego, a las órdenes de Catalina.

Nunca me importó dar techo a tantos animales, aunque sabía que no todos los pretendientes lo aceptarían. Más de una vez la abuela Carmen, atribulada, me reprendía:

Hija mía, que lo tuyo no es normal; dos perros y tres gatos en un piso. Hay quien puede verlo mal, que no todos son como tú, con tanto amor por los bichos.

Abuela, quien no acepte a mis compañeros, no me querrá como soy.

Y acertó. Tuve un novio, Guillermo, con quien salí medio año; aguantó las primeras semanas y se despidió entre excusas y estornudos alegando alergia. Mal no lo pasé.

Luego llegó Marcos. Era apuesto, simpático, nadador de renombre en la Comunidad de Madrid. Sabía presentarse y sabía captar miradas. Nos veíamos mucho; a veces paseaba a Sombra y Carlota conmigo. Todo apuntaba a boda.

Pero los animales, recelosos, empezaron a rehuirle. Sombra le gruñía; Carlota se escondía tras mis piernas y ladraba; los gatos ni se acercaban, y la señora Catalina lo miraba con desdén. Hasta que, una tarde gélida, regresando de la compra, lo vi a través del balcón: Marcos, con el rostro retorcido de cólera, propinaba una patada a Carlota por haberle ensuciado las deportivas. Sombra se abalanzó a proteger a su amiga y recibió un cruel cinturón en el morro. Le quité de un tirón las correas y le solté una buena zurra en la mano.

Celia, ¿pero qué te pasa?

Y ahí comprendí por qué mis peludos nunca lo quisieron. Lo expulsé de casa. Se marchó soltando improperios sobre mi zoológico y entre insultos a los animales.

La soledad pesó entonces como un adoquín. Las heridas eran nuevas pero los días pasaban, y aprendí a aceptar mis circunstancias. Un año después, cuando ya el corazón parecía inverosímil para el amor, llegó el verdadero milagro.

Una noche, durante un turno, entró en la sala de urgencias un doctor del hospital Clínico San Carlos: Alejandro Ruiz, traumatólogo, alto, reservado, de mirada cálida. Bastó cruzar los ojos para perder el habla. No creía en los flechazos, creía en los relatos, pero la piel me corrigió: aquello era verdad.

Alejandro, usando sus “influencias”, consiguió mi teléfono y pronto comenzó a cortejarme. Salimos, nos fuimos queriendo y, con el tiempo, supe que no iba a caminar con pies de plomo.

Pero el miedo me atenazó. Y decidí ocultarle a mi familia peluda. Cuando la boda fuese real, ya vería el desenlace.

Pasaron los meses. Alejandro me presentó a su hermana Rocío y viajamos a Toledo a conocer a sus padres. Él visitó a la abuela en la sierra. Él iba viniendo siempre a mi piso, pero nunca dejaba a mis parientes estar en casa cuando él llegaba; los llevaba con la abuela, que los mimaba en exceso aunque refunfuñase:

Esto está mal, Celia; empiezas una vida de pareja mintiendo.

Si lo pierdo por mis animales, no lo aguantaré, abuela.

Tendrás que venir todos los días a verlos y pasearlos, hija. Pero acabarás pagándolo.

La boda se fijó al fin. La abuela cuidaba de la tropa, y Alejandro y yo apenas nos veíamos, entre preparativos y turnos imposibles. Una tarde, agotados, hicimos un alto en casa para concretar los últimos detalles. Yo, nerviosa, intentando serenarme. Alejandro fue a tirar la basura y encontró las bolsas de pienso de gato y perro.

¿Y esto?

Nada, un despiste Te lo cuento luego.

En casa de la abuela, mientras tanto, una vecina entró dejando puertas abiertas, y mis cinco buscaron la libertad. Cruzaron medio barrio haciendo las delicias de vecinos y los asombros de los turistas. Sombra, audaz, guiaba; Carlota trotaba orgullosa con su bufanda; detrás, los gatos, comandados por Catalina.

Llegaron a casa antes de mi regreso. Alejandro abrió la puerta y se vio rodeado por una corte de perros y gatos, todos agitados y felices. Yo, muerta de vergüenza, no supe más que sentarme en el banco del recibidor y llorar.

¿Estos son los tuyos, todos? me dijo Alejandro alzando las cejas.

Sí, estaban con la abuela…

Y tú diciendo que no tenías dote

Sin decir palabra, Alejandro se puso la chaqueta y se fue. Creí morirme de remordimientos. No me atreví a llamarle. Lloré en el regazo de mis animales toda la tarde.

Horas después, sonó el timbre. Era Alejandro, cargado con sacos de pienso y latas. Me miró sonriente, dejó todo en la puerta y salió de nuevo.

No cierres, ahora vengo.

Volvió a los minutos. Traía del brazo una salchicha vestida de rojo Nika y, bajo la chaqueta, asomaba una gata color canela, Maruja.

Estos también son míos y de mi hermana. ¿Nos querrás en tu manada?

Hoy, después de muchos años juntos, Alejandro y yo aún nos reímos de aquella invasión animal y pensamos cuán distinto habría sido nuestro destino de no haberse entremezclado nuestros peludos legados. Porque, al final, la vida no deja de ser un hermoso revoltijo de casualidades.

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Elena Gante
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