Hace muchos años, recuerdo que Carmen crió sola a sus dos hijas. El padre murió cuando ellas eran pequeñas y Carmen nunca volvió a casarse, por miedo a que un nuevo esposo pudiera hacer daño a sus niñas. Si tenía que elegir entre matrimonio y sus hijas, siempre escogía a las niñas.
Isabel era la mayor y Lucía la menor. Por eso Isabel se casó temprano y tuvo una hija a la que llamó Alba. Después se mudó al piso de su esposo. Sin embargo, aquel matrimonio no duró mucho. Años más tarde, con la niña en brazos, Isabel volvió a la casa de Carmen.
Lucía, la hermana menor, estaba molesta con Isabel. Pensaba que había regresado al hogar materno para obligarla a irse del piso. Pero se equivocaba: Isabel tenía problemas de salud, había sido diagnosticada con cáncer. Alba quedó bajo el cuidado de su abuela.
Lucía por entonces también estaba casada y tenía dos hijos. Una tía anciana de Carmen le cedió un apartamento a Lucía. Sin pensarlo mucho, hizo el trámite de inmediato, asegurando que si ocurría algo, ella no reclamaría nada sobre el piso de su madre.
Isabel murió cuando Alba tenía diecisiete años. Poco después, la abuela Carmen también enfermó. Un día, Lucía fue a verla para preguntarle quién recibiría el piso cuando ella muriera.
¿Cómo que quién? Alba se quedará con él. Está sola, su madre se fue y su padre no tiene relación alguna. No puede quedarse en la calle respondió Carmen.
¿Pero qué dices? Es solo tu nieta y yo soy tu hija. Y tengo dos hijos. Alba crecerá y podrá comprarse un piso. Devuélveme el mío le gritó Lucía, perdiendo la paciencia.
No. Nosotras acordamos otra cosa hace tiempo.
Entonces no volveré a pisar esta casa jamás.
A Lucía no le importaba si la adolescente podía hacer sus deberes o cuidar de su abuela enferma. Desde que no consiguió el piso, dejó de hablar con su madre.






