Querido diario,
Hoy he reflexionado mucho sobre lo que significa tener a una mujer tan increíble como Carmen a mi lado. Ayer por la mañana me di cuenta de que su cumpleaños es mañana, y todo el día me dediqué a pensar en cómo podría sorprenderla como se merece. De verdad pienso que tengo la mejor esposa y la mejor madre de todas para nuestros hijos. La casa está siempre impecable, nunca falta comida caliente en la mesa, y los niños están bien atendidos. Carmen no se olvida ni un solo momento de mí, siempre intenta adivinar lo que deseo, aunque a veces ni yo mismo lo sé.
Tenemos cuatro hijos, desde el pequeño de seis años hasta la mayor, que ya tiene diecisiete. Qué estupenda madre es Carmen. Los niños le confían todo, siempre organiza planes en familia, ayuda en las manualidades para la escuela infantil, participa en varias comisiones de padres del colegio, apoya con los deberes, trata con cariño a los amigos de los niños y conversa abiertamente con todo el mundo. Además, logra mantener el hogar más limpio que nadie y cocina platos deliciosos, para todos y en grandes cantidades.
Carmen es feliz, o por lo menos así lo comenta cada vez que habla del tema nunca ha sido de quejarse. Cuando los niños eran pequeños, un día le pregunté qué le gustaría recibir por su cumpleaños. Me respondió: No lo sé, aunque sí, creo que lo sé: una jornada libre. Un día solo para mí. Quiero estar sola, desde la mañana hasta la noche Quiero dormir, relajarme, darme un baño largo. Pero nadie prestó demasiada atención todos nos reímos y rápidamente se olvidó el asunto.
En aquellos años era impensable; los niños eran aún muy pequeños, ¿quién se atrevería a quedarse con los cuatro todo el día? Carmen ni siquiera esperaba algo así y yo acabé regalándole unas cazuelas y sartenes. Ahora, los niños ya son adolescentes y ella empieza a decir cada vez más que quiere ver cómo crecen, ayudarles a tomar su camino, y que algún día vivan por su cuenta. Pero, por ahora, sigue cuidando de todos nosotros.
Así que, este año, decidí regalarle unos preciosos pendientes de oro. Se emocionó muchísimo y se los puso enseguida. Preparó una mesa espectacular, nos juntamos con la familia más cercana y celebramos a lo grande. A la una de la madrugada me desperté y me di cuenta de que Carmen seguía sin acostarse; primero acostó a los cuatro hijos, y después se dedicó a limpiar la cocina. La vi muy cansada, agotada incluso.
Esta mañana, al levantarse, Carmen encontró la casa vacía. Le resultó una sensación extraña no está acostumbrada a tanto silencio. Al entrar en la cocina, vio una nota sobre la mesa: Nos hemos ido al pueblo a visitar a mi madre, escribí. No quisimos despertarte. Volvemos mañana; no te olvides de descansar. Justo entonces, sonó el timbre y el repartidor le entregó un precioso ramo de flores frescas.
Hoy Carmen, por fin, tuvo su ansiado día libre. Tal vez yo debería haber escuchado antes, pero nunca es tarde para aprender a cuidar de quien siempre cuida de todos.






