Estaba segura de que ya había visto al chico que había traído mi hija. Y en cuanto lo recordé, corrí inmediatamente a advertir a mi hija.

Mi marido y yo hemos trabajado como mulas desde el primer día de nuestra vida juntos. Siempre hemos querido que a nuestros hijos no les falte de nada, como buenos padres entregados. Por eso, después de que naciera nuestra hija, mi marido se buscó dos curros para sacar la familia adelante. Procurábamos criar a nuestra niña para que fuera educada y con buen corazón, aunque paciencia no nos faltaba. El tiempo voló. Sin darnos cuenta, mi marido y yo despertamos una mañana y resulta que nuestra niña ya era una mujer.

Y vaya mujer… Más guapa que un San Luis. Novios no le faltaban, eso seguro. Después, empezamos a notar que nuestra hija iba de puntillas por la casa, muy misteriosa ella. Al final, entendimos la razón: se había enamorado de un chico. Mi marido y yo nos pusimos hasta nerviosos de emoción, y le insistimos mucho para que nos presentara al afortunado. ¡Queríamos saber quién era el valiente que había conquistado a nuestro terremoto! Ella nos prometió que, pronto, podríamos conocerle.

Hace poco nos dijo que tenía pensado traerle a casa. Yo me pasé el día en la cocina, cocinando como si viniera la familia real. Mi marido, dale que te pego, limpiando el piso como si lo fueran a grabar en un anuncio de lejía. Estábamos más ilusionados que unos niños con zapatos nuevos. Nuestra hija, por su parte, desprendía felicidad a raudales. Sonreía todo el rato, casi levitaba por el pasillo. Mi marido y yo la mirábamos y se nos llenaba el corazón de alegría, viendo lo bien que le iba todo.

Cuando el chico apareció en casa, me dio buena sensación a primera vista. Educado, con la chispa castellana, y muy agradable. Les invitamos a la mesa. Pero había algo que me tenía en vilo toda la noche: su cara me resultaba más familiar que la campana de la iglesia del pueblo. No conseguía sacar de dónde. Charlamos, bromeamos y el chaval supo ganarse el ambiente. Estuvimos más a gusto que en brazos.

Pero, en cuanto se marcharon, ¡zas! Me vino a la memoria de golpe: le había visto en un cartel de la comisaría del barrio. Él y otro tipo buscados por timadores. El cartel pedía que se informara de su paradero urgentemente. Fui directa a contárselo a mi marido y a mi hija.

Mi hija, ofendida, empezó a llorar y a decirme que me lo había inventado para separarla de su chico. Pero palabra de madre, era verdad. Yo solo quería protegerla de posibles líos, porque nos importa mucho con quién decide pasar su vida. Ella, ni corta ni perezosa, recogió sus cosas y salió de casa dando un portazo digno de película de Pedro Almodóvar.

Desde entonces, llevamos un mes sin saber de ella. No coge el teléfono. A mí ya me comen los remordimientos. ¿Y si me equivoqué? ¿Y si el muchacho de nuestra hija era en realidad un buen chaval con mala suerte y yo viendo fantasmas?

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Elena Gante
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Estaba segura de que ya había visto al chico que había traído mi hija. Y en cuanto lo recordé, corrí inmediatamente a advertir a mi hija.
– Vamos a quedarnos contigo una temporada, porque no tenemos dinero para alquilar un piso! – Me lo dijo mi amigo.