10 de febrero
Hoy el día empezó como cualquier otro, hasta que recibí la llamada de mi amiga Carmen. Me pilló a medio camino entre pasar la aspiradora y regar las plantas. Carmen apenas me dejó decir hola; se la notaba alterada. Quería que fuera a su casa urgentemente. Juan, su pareja, la había dejado de la noche a la mañana. Al parecer, se había marchado con otra mujer del barrio. Nadie se esperaba este desenlace tan repentino.
En cuanto llegué, nos sentamos en la mesa de la cocina, reuniéndonos deprisa y corriendo para brindar por este punto de inflexión en su vida. Carmen y Juan llevaban ya un tiempo juntos, pero la relación era complicada. Juan siempre había sido celoso y extremadamente posesivo. Le exigía a Carmen una atención constante y, si algo de la comida no era de su gusto, no tenía reparos en dejar caer el plato con un gesto brusco. Sus cambios de humor podían llevar a semanas enteras de silencios tensos.
Ver la liberación en la cara de Carmen era todo un alivio. Juan le había prohibido quedar con nosotras, convencido de que no le convenía nuestra compañía. Ahora, sin embargo, Carmen sentía que por fin podía recuperar el tiempo perdido y disfrutar de nuestra amistad. Compartimos historias sobre los comportamientos de nuestras parejas, los celos irracionales y la presión que muchas veces sentimos.
Nadie sabía muy bien cómo Juan había conocido a su nueva conquista. Él alegaba que iba a verla por motivos de trabajo, pero a todas nos sonaba a cuento. Siempre nos preguntábamos si Juan cumpliría con sus responsabilidades como padre, y Carmen incluso mencionó que estaba pensando en denunciarlo ante la policía si no cumplía con su obligación de pagar la pensión.
Nos quedamos en casa de Carmen unas horas, charlando y riéndonos mientras descorchábamos una botella de Rioja. Compartimos confidencias sobre nuestros propios fracasos amorosos. Resultaba terapéutico saber que no estamos solas.
Un mes después, Juan volvió a aparecer. Carmen lo recibió con total indiferencia. Él entró convencido de que ella estaría contenta de verlo regresar, pero se encontró con una frialdad inesperada. Le preguntó, casi como si no entendiera nada, qué era lo que realmente querían las mujeres. Carmen, serena y firme, le respondió: Queremos amor y respeto. En ese momento, supe que mi amiga había encontrado la fuerza dentro de sí misma y que no miraría atrás. Juan solo alcanzó a quedarse mirándola, completamente desconcertado.






