En una fresquita mañana de otoño, estaba yo esperando el autobús en la parada de la plaza Mayor, con la chaqueta bien subida porque empezaba a chispear. Quedaban apenas cinco minutos para que llegara el próximo, así que decidí resguardarme en la salita de espera. Me senté, saqué el móvil y me puse a cotillear las noticias locas del día. Justo entonces, una señora mayor, vivaracha y con más conversación que la radio, se sentó a mi lado en el banco libre. Era evidente que necesitaba charlar, así que empezamos a hablar del clásico español: el tiempo, cómo no.
Resulta que la señora se llamaba Milagros Sánchez y tenía más vidas que un gato. Me contó su historia entre risitas y suspiros. No había tenido una vida fácil; una desgracia la dejó sin casa de la noche a la mañana. Vivía en una casa en las afueras de Toledo, diseñada para dos familias: ella por un lado, y una familia de lo más alborotada por el otro. Un buen día, en un fiestón de los vecinos, alguien se pasó con los cohetes y provocó un incendio que arrasó su parte también. Salvó lo que pudo, pero la casa se fue a la porra.
Sin saber dónde ir, se refugió en la casa de su hija en Madrid. Pero, ay, a la semana su hija le soltó el clásico: Madre, es que eres una carga y aquí no cabemos todos, tienes que marcharte. Me quedó el corazón hecho añicos al escuchar cómo había acabado así tras tanto esfuerzo y cariño dado.
Le pregunté a Milagros dónde vivía ahora, y me dijo que se había instalado en una casita abandonada en un pueblo cercano, como si no fuera nada. Me ofrecí a ayudarla, pero con esa dignidad tan castiza, me rechazó tranquila, asegurando que tenía todo lo necesario. Después, la acompañé hasta su autobús, le hice una foto con el cartel del pueblo y, al llegar a casa, me surgió el impulso justiciero: me puse en contacto con el alcalde del pueblo.
A la semana, me presenté allí con mi grupo de amigos, todos unos figuras del gremio de la construcción. Gracias a los consejos del alcalde y la famosa foto del chabolo de Milagros, nos hicimos una idea de la faena que esperaba. Pero, al verla en persona, casi se nos saltaron las lágrimas a todos: no tenía ni suelo ni techo, y el agua corría menos que los ríos en agosto, gracias a unas tuberías más viejas que la catedral y la falta de euros.
Nos pusimos manos a la obra, dando el do de pecho durante una semana. Con ayuda de los clientes del pueblo y unas donaciones generosas el jamón y el vino de vez en cuando tampoco faltaron conseguimos restaurar la casa: arreglamos las tuberías, pusimos una buena taza de váter, cambiamos el techo y dejamos el suelo listo para bailar una jota. La gratitud de Milagros fue la mejor paga: nos abrazó uno a uno, y nos dejó con las lágrimas de alegría y orgullo bien visibles.
Pero el buen rollo no terminó ahí; el pueblo entero se volcó. Levantaron una valla, limpiaron el jardín, nos invitaron a cenar y hasta nos ofrecieron alojamiento, como si fuésemos ministros. Esta experiencia me dejó convencida de que la compasión y la solidaridad son el mejor patrimonio de nuestra tierra, y que en España, por mucho que digan, aún sabemos cuidar de los nuestros.







