En mi día libre del trabajo, estaba sumida en las tareas del hogar. De repente, recibió una llamada de mi amiga Almudena, que, casi sin darme opción de respuesta, me avisó de que ella y su hijo vendrían a mi casa en Madrid. Por más que intenté explicarle que estaba limpiando, no pareció escucharme.
Diez minutos después, ahí estaban los dos. No puedo decir que me alegrara ver a su hijo, Martín, porque era un niño tremendamente inquieto.
Nos quedamos en la cocina tomando café mientras el pequeño Martín veía dibujos animados. Al cabo de unos minutos, sonó un estruendo terrible. Corrí al salón y vi el acuario hecho añicos. Los peces estaban esparcidos por toda la alfombra y el agua chorreaba por cada rincón.
Almudena corrió hacia Martín, preocupada por si se había hecho daño. Yo, mientras tanto, me afanaba en limpiar el agua con una bayeta para no inundar a los vecinos de abajo. Después de acabar con todo aquello, Almudena anunció que se marchaba.
¿Por qué no me ayudas a llevar la alfombra a la tintorería? le pregunté, exhausta.
No, Martín está muy asustado, tengo que calmarle respondió, sin mirarme siquiera.
Pregunté a Martín por qué había roto el acuario. Me explicó que vino volando un avión de papel y que él trató de atraparlo. Pero lo más increíble fue descubrir que, en realidad, no era papel. Martín señaló el armario, diciendo que de ahí lo había cogido. Así me di cuenta de que había usado el certificado de matrimonio para hacer el avión.
Pues haces un duplicado, no pasa nada dijo Almudena, restándole importancia.
Claro, ¿por qué habría de preocuparme? Suficiente con comprar un acuario nuevo, pedir otro certificado, y pagar las reparaciones del vecino por si acaso. Para rematar, mi amiga insinuó que era mi culpa que no debería haberlo dejado a la vista.
Cuando al fin se marcharon, fui a casa del vecino para asegurarme de que el agua no había llegado y todo estaba tranquilo. Recogí lo último y, agotada, me tiré en la cama buscando algo de paz. Pero por la noche, Almudena me escribió un mensaje reclamándome dinero. Había llevado a Martín a un psicólogo porque, según decía, el niño estaba muy afectado. No contesté. Simplemente bloqueé su número y me juré no abrir más la puerta en mis días libres.






