Un amigo mío viene muy a menudo a nuestra casa.

Mi esposa, Carmen, y yo llevábamos años ahorrando para comprarnos una casa en el campo cerca de Segovia, soñando con los veranos bajo el sol y los fines de semana tranquilos. Por fin, la ilusión se hizo realidad: encontramos una casita y la convertimos en nuestro refugio. Los padres de ambos nos echaron una mano con algo de dinero; sabían que este sueño era nuestro, y querían verlo cumplido cuanto antes. La felicidad nos invadía, y nos lanzamos a reformar y pintar las paredes, a plantar rosales junto al huerto, e incluso hicimos un invernadero para cultivar tomate y pimientos durante el invierno. En el jardín colocamos una casita de arena y un columpio para que nuestros hijos, Lucía y Mateo, pudieran corretear y jugar mientras nosotros preparábamos la comida.

Desde el principio, los amigos de Carmen, los míos y los de nuestras familias se presentaban casi a diario. Salíamos a pasear hasta el río Eresma, que estaba a unos pasos, y volvíamos por la tarde para asar chuletas y chorizo en la barbacoa, entre risas y charlas eternas. Muchos se quedaban a dormir porque, viviendo en Madrid o Ávila, no les compensaba volver tan tarde. Todos nos felicitaban por la nueva vida que habíamos conseguido y yo sentía una gratitud especial cada vez que comentaban lo acogedora que era nuestra casa.

Al pasar un año, los amigos aprendieron a poner límites: dejaron de visitar tan seguido, preferían venir en fiestas de guardar, como San Isidro o el Día del Pilar, cuando les invitábamos con tiempo. Pero hubo una persona que jamás comprendió la idea de la moderación. Cada vez que Mercedes, una amiga de los tiempos del colegio, oía que pasábamos el fin de semana en la casa, no dudaba: hacía la maleta y aparecía sin avisar, a veces sofocándonos con su presencia. Para ella no importaba si nosotros realmente queríamos tenerla como invitada; sólo contaba su propia voluntad.

Lo peor es que no venía solo cuando estábamos Carmen y yo, sino también cuando estaban mis padres y los críos, lo que complicaba todo aún más. Intenté insinuarle que lo ideal sería que se fuera, sobre todo al comentar que pronto vendrían los padres de Carmen y no cabríamos todos. Pero Mercedes sólo respondía con: Si me dais un colchón, el suelo no me molesta. Increíble. Terminaba tirada en el salón mientras todos los demás compartíamos espacio y respirábamos hondo.

Su rutina era siempre igual: llegaba el viernes por la noche, y el sábado y el domingo se dedicaba a aplastarse en el sofá, mirando la televisión y diciendo: He venido para descansar. Mientras, Carmen y yo movíamos la tierra del huerto, regábamos las plantas y preparábamos la mesa. Si le pedíamos ayuda, decía: Vengo aquí a desconectar. Y cada vez que pensaba en ello me hervía la sangre.

Ni Carmen ni mis padres nunca pronunciaron una palabra de queja sobre Mercedes; al parecer, yo era la única a la que empezaba a molestarle su constante presencia. La casa dejó de ser un refugio para convertirse en la pensión de Mercedes.

Cuando llegó el invierno y la nieve cubrió los campos, nos refugiamos en la casa, tomando café frente a la chimenea. Entonces, Mercedes soltó: Qué pena que sea invierno, si fuera verano vendría muchísimo más a menudo. Sentí un escalofrío y pensé: ¿Cómo le digo que no quiero que venga todos los fines de semana sin que se ofenda y deje de hablarme?. No quiero hacerle daño, pero tampoco quiero seguir viviendo así.

Ojalá parase de aparecer cada vez que ve la oportunidad. ¿Cómo se lo hago entender sin que nuestra amistad se rompa? ¿Qué puedo hacer?

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Elena Gante
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