Hace muchos años, Leonor criaba sola a sus dos hijos en Madrid, y cuando le sobrevino un infarto, su hijo Enrique no dudó en hacerse cargo de ella de inmediato. Sin embargo, su hija Rosalía, aunque vivía en un piso mucho más amplio, siempre tenía alguna excusa para no hacerse responsable del cuidado de su madre ya entrada en años.
Enrique y su esposa, Pilar, asumieron el compromiso de cuidar a Leonor, pero no fue tarea sencilla. A diario debían buscar el equilibrio entre atender a una mujer mayor, criar a su propio hijo y responder a las obligaciones de sus trabajos. A veces, Enrique recurría a su hermana para solicitarle algo de ayuda económica destinada a los gastos médicos de su madre, pero Rosalía ponía siempre como prioridad sus propios gastos y necesidades.
A pesar de todas las dificultades, el cariño y la dedicación del joven matrimonio ayudaron a Leonor a recuperarse, hasta el punto en que la madre comenzó incluso a colaborar en las tareas del hogar. No obstante, todo cambió el día que Enrique escuchó a su madre contarle a una vecina sus planes de cederle el piso a Rosalía para que lo vendiera y pudiera comprarse una casa nueva.
Aquel descubrimiento sacudió profundamente a Enrique. Se sintió traicionado, pues él y Pilar habían cuidado de su madre cuando más los necesitó, pero, al parecer, su hermana sería la beneficiaria de toda la herencia. Enrique decidió hablar con su madre, y Leonor le confirmó su intención, argumentando que Rosalía tenía mayor necesidad de dinero y que él, en cambio, sabría salir adelante.
Indignado por semejante injusticia, Enrique entendió que no podía seguir ignorando la situación. Hizo las maletas y envió a su madre a vivir con Rosalía, a quien, quedaba claro, quería de verdad. Este acto fue su manera de expresar la decepción y el dolor por ver que su madre elegía a su hermana, a pesar de todo el apoyo y los cuidados que él le había ofrecido durante aquellos años difíciles.






