Cuando regresé del supermercado, en el banco frente al portal estaba sentado un hombre al que nunca había visto antes.

Hoy, al volver del supermercado, vi a un hombre sentado en el banco frente al portal de mi edificio. Nunca antes lo había visto. Sostenía en las manos un sobre marrón, algo gastado.

Me miró en cuanto me acerqué.
¿Es usted Estefanía? preguntó.
Me detuve. La bolsa de la compra rozó mi rodilla.
Sí ¿por qué me lo pregunta?
Se levantó despacio. Debía tener unos cincuenta años, con el cabello entrecano y los ojos cansados.
Llevo buscándola dos días.
Sentí cómo el corazón se me encogía.
¿Para qué?
Me tendió el sobre.
Esto debe estar en sus manos.

Noté que el sobre pesaba. Lo abrí con cuidado y dentro había una fotografía antigua. Era yo. Más joven. Esperando un autobús en una parada del centro de Madrid, con un libro en la mano y la mochila a la espalda. Recordaba aquel día, hacía casi veinte años.

¿De dónde ha sacado esto? le pregunté.
El hombre sonrió con tristeza.
De mi hermano.
Sentí un vuelco en el estómago.
No tengo ningún hermano.
No no el suyo.
Él señaló la foto.
Fue mi hermano quien la hizo.

Me senté en el banco, porque de pronto sentí mareo.
¿Por qué?
Porque entonces estaba enamorado de usted.

Se hizo silencio. Desde la calle Gran Vía llegaba el sonido de los coches y, a lo lejos, el ladrido de un perro.
Nunca lo vi dije en voz baja.
Sí lo vio.
¿Cuándo?
El hombre se sentó a mi lado.
Él estaba cada mañana en esa misma parada.

Intenté recordar. Mañanas frías. Gente con café en vasos de cartón. Autobuses.
¿Había un hombre con chaqueta oscura y cámara de fotos? preguntó él.
Entonces lo recordé. Un hombre que siempre se quedaba algo apartado. A veces leía el periódico. Otras solo observaba a la gente.
Sí susurré.
Él asintió.
Ese era mi hermano.

Volví a mirar la fotografía.
¿Por qué me da esto ahora?
Guardó silencio unos segundos.
Mi hermano falleció la semana pasada.

Apreté la foto entre mis manos.
¿Y dejó esto?
Sí.

Sacó algo más del sobre: una nota pequeña. La abrí.
La letra era minuciosa.

«Si alguna vez la encuentras, dile que fue lo más hermoso que vi cada mañana.»

Se me llenaron los ojos de lágrimas.

A veces pasamos junto a personas que marcan nuestra vida, y ni lo sabemos. Ni siquiera las recordamos. Miré al hombre a mi lado.
¿Por qué nunca me habló?
Sonrió con tristeza.
Pensaba que era demasiado feliz como para molestarte.

Hubo silencio. Sujetaba la foto, intentando recordar su rostro. No podía.
Y a veces la sensación más extraña es descubrir que eres el recuerdo de alguien sin haberlo sabido nunca.

Me pregunto sinceramente
Si supieses que alguien pensó en ti durante años, sin decírtelo, ¿habrías querido saberlo antes?

Hoy he aprendido que nunca sabemos hasta dónde llegan las huellas que dejamos en los demás.

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Elena Gante
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Cuando regresé del supermercado, en el banco frente al portal estaba sentado un hombre al que nunca había visto antes.
Boda bajo el peso de las antiguas tradiciones del pueblo