Tenía dieciséis años cuando me quedé embarazada de un chico al que amaba profundamente. Salía con Alejandro desde hacía un año, y fue entonces cuando ocurrió. Alejandro era compañero de clase. Cuando descubrimos mi embarazo, ambos sentimos miedo, como si hubiésemos entrado en un laberinto sin puertas ni ventanas; ocultamos el secreto a mis padres, creyendo que podríamos esconderlo bajo la alfombra de mi habitación.
Cuando mis padres finalmente supieron la noticia, una tormenta cruzó sus rostros. Nuestra familia, de la calle Mayor en Salamanca, era vista como ejemplar. Yo era hija única, nunca suspendía un examen y tenía fama de responsable. Alejandro y yo aún no teníamos la edad legal, así que nuestros padres, como gigantes en una plaza diminuta, tomaron la decisión por nosotros.
Ambos éramos buenos estudiantes, así que nuestros padres soñaban que algún día entraríamos en la Universidad Complutense de Madrid, vestidos de gala y listos para una vida mejor. Un hijo en ese instante habría roto aquel espejo tan bien pulido.
Por eso, mi madre me llevó, como si camináramos hacia el fondo de un pozo, a realizarme un aborto. Aún quedaba tiempo y todo salió según lo esperado; el reloj de la clínica parecía avanzar y retroceder a la vez.
Alejandro y yo regresamos a nuestras vidas, como si despertáramos en el mismo sueño y nada hubiera pasado. Seguimos viéndonos, terminamos el instituto, nos matriculamos en la universidad y, al año siguiente, nos casamos en una iglesia de barrio. Mis padres dejaron de meterse en nuestras cosas. Luego, volví a quedarme embarazada; esta vez la felicidad era inmensa, flotaba como globos por toda la casa.
Pero en el sexto mes de embarazo, ocurría lo irreal: empecé a sangrar, como si lloviera dentro de mí misma. El niño nació pequeño, más pequeño que un gorrión perdido solo pesaba un kilo y medio y a las tres horas se marchó, tan silenciosamente como llegó.
Las complicaciones fueron como una tormenta en Castilla: los médicos no lograron detener la sangre y me extirparon el útero. Ya nunca podría ser madre ni sentir latidos diminutos en mi vientre. Mi madre vino a verme al hospital, llorando entre azulejos blancos, diciendo que lamentaba mucho haberme forzado años atrás; sus palabras eran como papeles mojados, no lograban consolarme.
El pasado no se puede borrar, ni los errores se pueden destejer como un jersey viejo. Ahora jamás tendré hijos; soy una caja de música sin melodía. No sé si Alejandro y yo podremos continuar bailando juntos sobre este suelo tan vacío. Al fin y al cabo, los niños son como monedas antiguas que llenan de sentido los bolsillos de las familias, y yo he perdido todas las mías.







