Pasa, mamá, te estábamos esperando dijo su hijo Santiago, mientras su nuera tomó el abrigo y le ofreció unas zapatillas a la suegra. De repente, su sonrisa se tornó inquieta, y una sombra cruzó su rostro.
Carmen avanzó hacia el salón donde esperaban los invitados; Lucía asintió discretamente hacia el suelo y Santiago vio lo mismo que ella: unas huellas húmedas marcaban el brillante parqué. Ambos se miraron, compartiendo un secreto, pero decidieron no mencionar nada todavía.
Santiago y Lucía tenían una noticia rebosante de alegría: recientemente habían sido padres de gemelos, y al crecer un poco los pequeños decidieron reunir a la familia más cercana para celebrar el acontecimiento como dictan las costumbres.
Carmen, jubilada desde hace algunos años, llevó de regalo unas prendas preciosas de lana tejidas por ella misma, pues no tenía euros suficientes para comprar algo en El Corte Inglés. Por ese motivo había intentado evitar la visita, prometiendo pasar en otra ocasión, pero su hijo y su nuera insistieron: en un día así, la madre debía estar presente.
Llamaron a los niños Daniel y Mateo, lo que llenó de ilusión a Carmen, pues su difunto marido se llamaba Mateo, y su padre fue Daniel, así que su hijo había continuado la tradición familiar en cuanto a nombres, y eso la hacía sentirse orgullosa.
Qué guapísimos son, este se parece a ti, Lucía. Y este a ti, Santiaguito Ay, ya me pierdo, ¡si son idénticos como dos gotas de agua! exclamaba Carmen mientras rondaba la cuna, sin distinguir a uno del otro porque, en verdad, los pequeños eran como el reflejo en un espejo.
Santiago y Lucía no podían dejar de reír con ternura; la mezcla de júbilo y preocupación de la abuela les resultaba entrañable.
Tras la partida de los invitados, Carmen también empezó a prepararse para marcharse. Lucía miró a su marido y Santiago propuso espontáneamente:
Mamá, ¿por qué no te quedas esta noche? Es tarde, quizás ya no haya más autobuses. Además, podrías ayudar a Lucía con los niños; hoy hay que bañarlos y acostarlos.
De acuerdo, hijo, como digas respondió Carmen, aceptando con una sonrisa.
Ayudó a su nuera a recoger la mesa, fregó la vajilla y lo dejó todo en orden. Después, juntos, fueron a bañar a los bebés. Qué alegría chispeaba en los ojos de la abuela. Cuando Lucía le entregó a uno de los pequeños en brazos, Carmen confesó con sobresalto que le daba miedo sostener a un ser tan diminuto y frágil, que se le pudiera escapar.
Mamá, pero si tú criaste a Santiago y nunca se te cayó rió la nuera.
Eso fue hace tanto, que ya olvidé cómo era tener un niño en brazos musitó Carmen, inquieta.
Finalmente, Carmen sostuvo a Daniel. El niño, enseguida, se quedó dormido como sintiendo el calor familiar y la seguridad absoluta. Lucía, mientras tanto, acunaba a Mateo.
Prepararon una habitación aparte para Carmen, pero ella no lograba dormirse. Escuchaba con atención por si alguno de los gemelos se quejaba o lloraba. Tanto se desveló aquella noche vigilando a los pequeños que sólo al alba pudo caer en un sueño profundo.
Al despertar, Lucía ya tenía el desayuno preparado y los niños seguían dormidos.
¿Y dónde está Santi? preguntó Carmen sorprendida al ver sólo a Lucía en la cocina.
Mamá, siéntate, vamos a desayunar, que en nada llega Santiago le tranquilizó la nuera.
Instantes después, Santiago entró por la puerta con una caja grande entre las manos.
Mamá, esto es para ti. Ábrela le dijo el hijo con una sonrisa luminosa.
Carmen levantó la tapa y, boquiabierta, encontró dentro un par de botas nuevas. De la emoción, no hallaba palabras.
Hijos míos, pero si cuestan un dineral, no puedo aceptar un regalo así farfulló Carmen, a punto de llorar.
No cuestan más que tú, mamá. Anda, póntelas y disfrútalas, dijo Santiago con dulzura.
Probó las botas sin poder creerse que sus hijos intuían su necesidad, ya que las viejas ya no tenían arreglo y dinero para unas nuevas jamás le alcanzaba.
En ese instante, uno de los niños comenzó a llorar, y la abuela, calzando sus flamantes botas, corrió hacia ellos.
Qué suerte tengo contigo, gracias susurró Santiago a su mujer. Sin ti, jamás se me habría ocurrido.
No tenía que pensarlo mucho. Ayer vi sus pies completamente mojados, las huellas en el suelo, esas botas tan viejas y lo entendí todo. Para nosotros, tres mil euros puede ser mucho, pero a tu madre le resulta imposible. Que las lleve con salud, eso basta Lucía abrazó a su marido con ternura.
Carmen sentía un calor especial que no sabía si venía de las botas nuevas, del tibio sol colándose por la ventana o del profundo sosiego de sentirse amada y necesaria para sus hijos, como en un sueño de algodón y murmullos.





