El sobre misterioso en la cafetería

Diario de Elvira, 27 de mayo

Pasaba desapercibido, ese bar de carretera a las afueras de Toledo. Uno de esos antiguos establecimientos de tapas y cafés que parecen no pertenecer a ningún lugar, con toldos descoloridos y polvo en las ventanas. Dentro, el aroma a calamares y café flotaba entre los bancos rojos desgastados, tazas a medio vaciar y platos que nadie terminaría. Parecía un sitio que la gente atraviesa sin detenerse a pensar en él.

Pero en una de las mesas, todo resultaba extraño. Junto a mí, arrodillado, estaba don Alfonso, ese motero grandullón de chaqueta de cuero, calvo y con una cadena de plata al cuello. Se arrodilló con mucha cautela junto a una niña que parecía diminuta dentro de una camiseta beige demasiado grande, con el pelo revuelto y la tez tan pálida que parecía agonizar de sueño y miedo. En su brazo, marcas rojizas del celo mal pegado.

Alfonso se inclinó y retiró la venda con infinita paciencia, sin apartar la mirada de la niña ni un segundo.

¿Qué te han hecho?

La niña, que no parecía capaz de hablar aún, hundió los dedos temblorosos bajo su camiseta y sacó un sobre pequeño, sin adornos, solo un sello negro en una esquina.

Alfonso lo tomó, desconcertado.

¿Qué es esto?

Ella se acercó, susurrando tan bajo que sentí escalofríos.

Léelo. Rápido. Antes de que me encuentren.

En ese instante, algo en su voz hizo que el aire se helara en la barra. Alfonso miró el sobre, sin nombre, sus ojos clavados en el sello. El poco color que le quedaba en la cara se esfumó. Se giró, ahora con el rostro endurecido, la confusión convertida en verdadero pánico.

Me agarró fuerte de la muñeca y nos arrastró tras los bancos.

¡Al suelo!

Los otros motoristas, Pedro y Esteban, reaccionaron al instante, siguiendo su ejemplo. Afuera, apenas visible entre el polvo que levantaba la tarde castellana, una decena de motos rugía hacia el bar, rápidas y decididas. Tras ellas se veía una furgoneta blanca, sin rótulos ni matrícula.

La niña se encogió a mi lado, temblorosa, y Alfonso rasgó el sobre con manos torpes. Sacó una hoja, breve, apenas doblada.

Leyó la primera línea y susurró, con un hilo de voz:

¿Es mi hija?

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Elena Gante
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