El Ladrón de Embutidos

DIARIO DE UN TENDER0: EL LADRÓN DE CHORIZOS

No pude evitar fijarme en aquel gato. Es que, además, robaba en mi pequeña tienda de alimentación, y lo hacía de tal manera que resultaba imposible enfadarse con él. Más bien al contrario, te hacía esperar con ilusión a que comenzara el espectáculo. Siempre grababa esos momentos con el móvil y luego, por la noche, se los enseñaba a mi mujer. Nos partíamos de risa juntos. La historia iba así.

El gato se sentaba durante un buen rato frente a la puerta abierta como si solo estuviera de paso y necesitase descansar un poco, nada más. Miraba a un lado y a otro, comprobando que nadie andaba cerca. Yo me escondía detrás del enorme frigorífico y, desde allí, capturaba la travesura con la cámara.

Con mucha cautela, el gato entraba en la tienda y se dirigía directo al mostrador de los embutidos. De repente, aceleraba, agarraba una rodaja de chorizo o una longaniza y salía corriendo. Pero el hambre le impedía ir más lejos de unos metros. Siempre se detenía a un par de pasos de la tienda y se ponía a comer.

Yo salía fuera, sin acercarme demasiado, y le preguntaba:

¿Está rico?

Él levantaba la cabeza, maullaba de forma afirmativa y volvía a su festín.

Pues que aproveche le decía sonriendo. Vuelve cuando quieras.

Quizá os sorprenda. Los trozos de chorizo estaban a mano, ni en vitrina ni a la vista, sobre un plato aparte y cortados. ¿No temía perder mercancía así, os preguntaréis? La verdad era sencilla: simplemente tengo buen corazón.

Decidí alimentar a aquel gato de esta forma porque vino aquel día tan flaco y tan demacrado que me dio pena. Probé a acercarle la comida con la mano, pero ni hablar. Desconfiaba muchísimo y no tomaba nada si creía que podía estar cerca. Así que ideé este sistema.

Al principio dejaba los chorizos muy cerca de la salida, para que él, al que bauticé como Duque (sí, eso me parecía digno de tal talento para el hurto), pudiera “conseguir” su alimento, como si se lo hubiese ganado. ¡Y funcionó! Luego fui colocando el embutido cada día un poco más adentro, hasta llegar al rincón junto a otros productos. Allí le preparé un verdadero bufé: chorizo, lonchas de jamón de york y algo de sobrasada en la estantería más baja.

A esas alturas, Duque ya podía entrar tranquilo, escoger lo que más le apeteciera e irse tan campante. Pero, claro, amigos y amigas, la clave está en el ritual: lo robado siempre sabe mejor.

Con el tiempo puse también un cuenco para agua delante de la tienda, le preparé una cajita con pienso del bueno y monté una caja de arena y una pequeña caseta con una manta. Todo para él. Sin embargo, seguir confiando en mí, cero. Acercarse, nunca. Eso sí, conversar, le encantaba.

Cada vez que hurtaba una longaniza y salía disparado, yo le seguía hablando desde la puerta. Y de vez en cuando me contestaba, entre bocado y bocado.

Pero había algo que me tenía intrigado últimamente. El gato ya no estaba flaco ni podía decirse que necesitase robar para comer. Había cogido peso y el pelaje le brillaba. Sin embargo, seguía llevándose un par de chorizos cada día y salía corriendo con ellos.

Trataba de espiarle, pero siempre se las apañaba para esfumarse antes de que pudiera ver adónde iba. Así que finalmente, compré una cámara pequeña, con buen ángulo, y la instalé apuntando hacia la calle para poder vigilar desde el ordenador del despacho. Hasta que por fin descubrí su secreto.

Por la ventanita del sótano de la casa de enfrente salió un pequeño gatito naranja y se lanzó, hambriento y tembloroso, sobre el chorizo que Duque le había traído.

¡Mañana mismo los traes a casa, eh! ¿Me oyes? gritaba mi mujer esa noche, secándose las lágrimas de emoción. ¡A casa!

Pero, claro, capturar a Duque ya no costaba trabajo; dormía a veces dentro de la tienda. Pero al pequeño, ¡imposible acercarse! El miedo le hacía salir disparado, como una centella naranja, cada vez que te aproximabas.

Pasaron los días y desde la cámara veía cómo el gatito venía a beber agua del cuenco o dormía en la caseta de Duque, pero si intentaba acercarme, salía huyendo dejando la colita tiesa.

Todo cambió una mañana. Escuché un extraño ruido cerca de la entrada. Sin clientes en la tienda, me acerqué curioso.

Allí estaba el pequeño naranja, maullando con todas sus fuerzas en el umbral.

¿Qué pasa, pequeñín? le pregunté.

El gatito corrió hacia mí, me miró a los ojos y salió disparado hacia la esquina. Lo seguí. Detrás de la casa, tumbado y quejándose, estaba Duque. Una herida en la pata trasera, un mordisco de perro de los grandes. Logró zafarse, pero la mordida estaba fea.

El pequeño le empujó con su cabecita, suplicante.

Ay, pobre… suspiré.

Me quité la chaqueta, enrollé en ella al dolorido Duque y metí al otro en el bolsillo del abrigo. Cerré la tienda, cogí las llaves y conduje directo al veterinario.

Allí estuvimos las cinco largas horas que duró la cura. El veterinario desinfectó la herida y la cosió, mientras yo lograba que el pequeño gato que llamé Chispa por su energía se me encariñara. ¡Qué juguetón y sociable resultó el hombrecito!

Aquella noche, cerré la tienda y los llevé a ambos, aún dormidos por la anestesia, a casa.

Mi mujer era la mujer más feliz de Madrid. ¿Y qué hace una mujer española cuando está feliz? Efectivamente: telefonear a todas las amigas para contar la noticia, pedir consejos y celebrar.

Cuando colgó el teléfono, yo, Duque y Chispa dormíamos desparramados sobre la cama matrimonial.

¡Vaya plan! dijo ella con una sonrisa. ¿Y ahora dónde me tumbo?

Chispa se pegó aún más a ella y empezó a amasarla con sus patitas mientras ronroneaba.

Así fue como encontraron su hogar.

Hoy, Duque y Chispa son dos gatos señoriales y tranquilos; a simple vista nadie imaginaría que un día fueron callejeros. De vez en cuando, Duque rememora viejos tiempos y acicala a Chispa, cosa que este no solo permite, sino que parece disfrutar.

Justo enfrente de la tienda, junto al zapatero, hay ahora una pequeña gatita gris. La dependienta del zapatero viene cada día a mi tienda a comprarle latitas y pienso.

¿La llevará algún día a casa? ¿Tal vez un día todos los gatos encuentren familia?

¿Y si llega un momento en que, aquí en España, los gatos sean tan buscados que haya que apuntarse a una lista de espera y completar un curso para poder adoptar uno?

Yo, sinceramente, espero que llegue ese día. Porque una casa con gatos, es siempre un lugar más feliz. Esa es la gran lección que me ha dado la vida tras ver la historia de Duque y Chispa.

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