Te tengo que contar la historia que vivimos el otro día, fue un poco dura pero terminó bien, ya verás.
Íbamos paseando por los alrededores de un pueblo de Castilla, ¿sabes? Entre esas praderas llenas de hierba alta y espesa, de esas que te llegan casi a la cintura. Íbamos muy despacio, cogidos de la mano, todo muy romántico. La verdad es que no prestábamos ni atención a lo que nos rodeaba, solo estábamos el uno en el otro y en disfrutar del día.
Y de repente, ¡zas! De la nada, Irene, que es muy asustadiza, suelta un grito y se echa para atrás. Yo, claro, me lanzo delante como macho ibérico dispuesto a defenderla, aunque en realidad solo había que apartar unos tallos. Y allí, tumbada entre las hierbas, vemos bueno, mejor dicho, descubro lo que queda de un caballo. Porque aquello parecía más bien un saco de huesos forrado de piel.
La escena no podía ser más triste. Al pobre animal se le marcaban todas las costillas, la piel estaba reseca, tirante y llena de costras endurecidas, con unas moscas que no paraban de molestarle. Daba grima mirar.
¡Pobrecito! exclamó Irene, y lo dijo tan fuerte que hasta los pájaros del arroyo dejaron de piar.
Entonces, el bulto se movió, aunque fueran solo unos milímetros.
Se nos pusieron los pelos de punta, te lo juro. Tardamos un segundo en darnos cuenta de que aquello estaba vivo, y en ese mismo segundo salimos corriendo rumbo a la carretera, sin pararnos a mirar atrás.
Respiramos como si hubiésemos corrido la San Silvestre. Pero cuando conseguimos calmarnos, nos miramos y lo vimos claro:
Está vivo murmuró Irene.
Sí, pero parece un fantasma le contesté.
Se ha movido, de verdad.
A Irene le entró el canguelo pensando que igual dentro de la piel había algún bicho zampándose al caballo desde dentro, y me mandó de avanzadilla a ver. Allí que volví, andando despacito entre las matas.
No había nada raro, solo el animal, que seguía respirando despacio, casi sin fuerzas. Al acercarme, giró apenas la cabeza y soltó un soplido. Los ojos medio abiertos, pero el derecho estaba cubierto por una especie de velo rojizo. Le colgaba la barbilla y no movía ni las patas ni el rabo.
El caballo estaba al borde del colapso.
Miro a mi alrededor y la hierba no estaba ni aplastada. Era como si llevara allí siglos, totalmente abandonado.
Volví junto a Irene para contarle lo que había visto.
¿Y qué hacemos? preguntó ella, cada vez más nerviosa. Está fatal, seguro que se muere en cualquier momento. Pero ¿quién aquí sabe algo de caballos?
Entonces caí en que en el pueblo de al lado, en Candeleda, tienen una pequeña cuadra donde a veces la gente viene para dar paseos a caballo.
Corrimos a buscar el móvil y conseguimos llamar a unos conocidos. No fue fácil, porque les costaba entendernos de lo nerviosos que estábamos, pero enseguida nos prometieron venir en cuanto pudieran.
No pasó ni media hora y ya veíamos por la pista de tierra una furgoneta levantando polvo, y con un remolque para caballos detrás. Salimos a hacer señales y los guiamos hasta donde estaba el animal.
Nada más verlo, el matrimonio que se bajó se asustó de verdad. Estaba tan débil que ni plantearse que pudiera subir por sí solo al remolque. Lo difícil era llevarlo de una pieza y con vida hasta la clínica veterinaria.
Entre los que estábamos allí no dábamos abasto para moverlo. Tuve que salir corriendo a pedir ayuda a unos vecinos. En nada se juntaron un puñado de hombres y entre todos, con una sábana gruesa, conseguimos levantar ese saco de huesos y meterlo en el remolque. El caballo miraba, asustado y sin fuerza para moverse.
Fue durísimo verlo tan vencido, pero al menos ya iba camino de algo mejor.
Al llegar a la cuadra, los del pueblo ya habían avisado al veterinario. También estaba la policía, porque había que dejar constancia del abandono y el maltrato.
El animal ni se tenía en pie, así que lo arrastramos con muchísimo cuidado hasta el box preparado. El veterinario empezó a hacer análisis, a revisar heridas, y apenas lo miró, nos dijo que seguramente no se podría averiguar quién lo había dejado en ese estado. Que la denuncia era más trámite que otra cosa.
Le pusieron sueros, trataron las costras, pinchazos, todo lo necesario.
El diagnóstico era complicado: una infección de piel por un parásito, probablemente ácaros. Eso provocaba heridas, muchísima picazón y, por eso, el caballo se lamía y rascaba tanto que se hacía más daño aún. Por si fuera poco, el pobre tenía una inflamación tremenda en el párpado, y problemas serios en la boca.
Los primeros días, no te exagero, el box parecía una pequeña UCI de campaña. El veterinario venía cada día y poco a poco, muy poco a poco, empezaron a verse mejorías. Lograron ir erradicando al parásito, las costras se caían, hasta pudo empezar a comer nuevamente.
Eso sí, al principio había que darle el pienso a mano y mantenerle la cabeza sujeta, porque no tenía fuerza ni para eso. Poco a poco fue recobrando el ánimo, aunque seguía muy débil, dormía y apenas se movía.
La nueva familia no la dejaba sola ni por la noche, le renovaban el gotero, le hablaban bajito para que sintiera compañía.
Al cabo de unos días el caballo, que llamaron Valiente, empezó a distinguir las voces y buscaba el contacto. Se notaba que no veía casi nada, tal vez por la inflamación del ojo, así que se guiaba por el olfato y por el tacto de las manos.
Dio mucha guerra el tema de que recuperara fuerza en las patas tras tanto tiempo postrado. Hubo que inventarse un sistema con mantas y cinchas para levantarle el lomo poco a poco, y necesitábamos siempre casi una docena de brazos para cada intento.
La historia conmovió a todo el barrio y venían vecinos por la tarde a echar una mano.
Al principio había que ponerle las patas tal cual, una a una, pero pronto empezó a apoyar algo, hasta que lograba moverlas solo un poquito. Claro, se cansaba rápido, pero nadie tiró la toalla.
Después de meses de trabajo y constancia, primero consiguió mantenerse en pie y al cabo del tiempo, empezó a caminar. Al principió solo daba unos pasitos por el corral, pero poco a poco, la cosa fue a más.
Al veterinario le pareció que estaba ya fuerte para operar el ojo. Así que lo llevaron a la clínica, le hicieron la cirugía y, con algo de dolor, fue mejorando. Por primera vez pudo ver a quienes le cuidaban y a sus nuevos compañeros de cuadra.
Le pusieron tratamiento para los ojos y, a base de cariño y paciencia, terminó de recuperarse.
Al cabo de unos meses, Valiente era uno más en la cuadra. Salía al jardín, jugaba con otros dos caballos y hasta se llevaba bien con el potro jovenzuelo. Ya no quedaba nada de aquel saco de huesos, sólo algunas cicatrices la delataban.
El dueño nunca quiso forzar nada, pero un día Valiente se puso nervioso y alegre al ver la montura, mirando con celo mientras los otros eran montados.
Decidieron darle la oportunidad. El hombre la ensilló y subió sobre ella. Al principio le costó, pero enseguida la notó tan feliz que dio unas vueltas por el campo.
En ese momento, Valiente supo que por fin había vuelto a ser un caballo libre y querido. Y nosotros lo vimos claro: ahora, nadie la volvería a abandonar. No importaba lo que pasara, ya era parte de una familia de verdad.






