Mi marido, con sus cuarenta y cinco años, se olvidó de mi cumpleaños el 27 de febrero y, para colmo, ese mismo día se fue de pesca con sus amigos. Durante su ausencia, preparé una sorpresa tan inolvidable que dudo que vuelva a olvidar esa fecha jamás.
A mi esposo le había dado por desarrollar una habilidad muy particular al acercarse a los cincuenta: recordaba con precisión cuándo cambiar el aceite del coche, las fechas de las quedadas de pesca con sus amigos y cuándo empezaba la temporada de buen pique. Sin embargo, las fechas familiares parecían esfumarse de su memoria sin remedio.
Siempre trataba de salvar la situación antes de tiempo. Le daba pistas, le dejaba notitas o le preguntaba directamente. Pero este año, mi cuadragésimo quinto cumpleaños, quería vivirlo de otro modo. Sin indirectas ni ruegos. Ingenuamente pensé que veinticinco años de matrimonio le habrían enseñado algo.
El viernes por la mañana, Javier iba de un lado a otro de la casa, preparando cañas, aparejos y la mochila.
¿Lucía, has visto mi termo? Los chicos ya me esperan. Vamos al embalse, es el mejor momento. Vuelvo el domingo, apenas habrá cobertura.
Se despidió con un beso distraído en la mejilla, sin mirarme apenas.
No te aburras. Cómprate un capricho.
La puerta se cerró. Me acerqué al calendario, donde mi cumpleaños estaba marcado con un círculo rojo. No solo se había olvidado; eligió ese día, precisamente ese, para irse.
Al principio me dolió. Luego, sentí un frío y una calma extraña por dentro. Se me ocurrió la forma perfecta de darle una buena lección a un hombre para quien la pesca y los amigos valen más que su propia mujer. Me puse manos a la obra y, al volver él a casa, le esperaba un sorpresón que, seguro, no olvidará en la vida.
Os cuento qué hice.
Javier tenía un escondite. Era su fondo sagrado, un dinero que guardaba con esmero para comprarse un motor nuevo. Guardaba los euros en una caja fuerte, cuyo código, por cierto, conocía, porque su memoria infalible a veces le fallaba.
La suma era considerable: casi treinta mil euros. Abrí la caja y tomé una decisión.
Aquellos días fueron diferentes a cualquier otro fin de semana de mi vida. Contraté un servicio de catering, invité a mis amigas, llené la casa de flores. Hubo música, risas y cava. Al día siguiente, cena en un restaurante con vistas y, después, una tarde de spa.
Como broche final, me compré un broche que llevaba tiempo deseando, pero que siempre había pospuesto por los planes en común.
El domingo por la noche, Javier entró feliz, con un cubo lleno de peces.
¡Venga, recibe a tu pescador! ¡Menudo fin de semana!
Dio un paso al salón y se quedó petrificado. Botellas vacías sobre la mesa, cestas de flores en la esquina, bolsas de las mejores tiendas en el sofá.
¿Qué ha pasado aquí? ¿Hemos tenido visita?
Sí le respondí tranquila. Fue mi cumpleaños. Cuarenta y cinco años. ¿Te suena?
Se quedó helado y soltó una bocanada de aire.
Jo Lucía, de verdad que lo olvidé. Iba a mil. Tú ya sabes…
Lo sé le interrumpí, por eso decidí no entristecerme. Lo organicé todo yo sola. Y también elegí mi propio regalo, sin esperar tu ayuda.
Su mirada voló hacia el despacho. La caja fuerte estaba entreabierta. Se puso pálido y corrió hacia ella. Volvió al momento, con la expresión completamente vacía.
¿Dónde está el dinero? No queda nada ¿Dónde he guardado mis ahorros?
Están aquí le contesté mostrando la casa con un gesto de la mano.
¿Te lo has gastado todo? ¡Era para el motor! ¡Dos años ahorrando!
Y yo llevo veinticinco años aguantando susurré, aunque con firmeza. Olvidaste mi cumpleaños. Yo he hecho para que no puedas olvidarlo jamás.
Se dejó caer en el sofá, contradicho entre el cubo de peces, la caja fuerte vacía y yo. Resultaba complicado protestar, teniendo en cuenta que el dinero era de ambos.
Limpió los peces en un silencio sepulcral.
Han pasado seis meses. Ahora vuelve a ahorrar para el motor, pero ha configurado recordatorios en su móvil con un mes, una semana y un día de antelación para cada fecha importante. A veces, las lecciones más valiosas salen caras, pero ésta, sin duda, no la olvidará. Aprendió que, aunque los detalles materiales puedan reponerse, las fechas que importan marcan lo que somos para quienes amamos.






