Vivía en nuestro barrio de Olmedilla, justo al lado del río, una chica. Se llamaba Lucía. Muy humilde, discreta. Ya sabéis, de esas personas que apenas se notan: están, pero es como si no estuvieran. Siempre la mirada baja, una trenza fina, pelo rubio ceniza, y un pañuelo viejo en la cabeza. Trabajaba en Correos, clasificando cartas y repartiendo las pensiones.

En nuestro pueblo, junto al río, vivía una muchacha llamada Inés. Era discreta, de esas personas que casi ni se notan, como si pasaran desapercibidas incluso en plena plaza. Mirada siempre baja, trenza fina de color castaño ceniza, pañuelo viejo anudado a la cabeza. Trabajaba en la oficina de correos, clasificando cartas y repartiendo las pensiones a los mayores.

Nadie en el pueblo se fijaba en Inés. Los chicos de la aldea, ya sabéis como son: gallitos que buscan chicas que destaquen, risueñas y decididas, con carácter y presencia. Pero Inés…

Esa primavera, vino un nuevo mecánico al taller agrícola del pueblo, un tal Fernando. Alto, de hombros anchos, pelo negro y ondulado, mirada traviesa. Además, tocaba el acordeón. Cuando salía por las tardes a la plaza del pueblo y comenzaba a tocar, a todas las chicas les latía el corazón más deprisa. Y a Inés también. Tanto, que parecía que se hubiera olvidado hasta de respirar.

Pero, ¿qué podía esperar Inés, tan apagada y sencilla, de un chico como aquel? A su alrededor revoloteaban las chicas más guapas del pueblo, mientras ella solo podía mirar desde lejos y suspirar en silencio, de manera que a una, al verla así, le daba lástima el corazón.

Y entonces, amigas mías, empezó algo extraño.

A Inés comenzaron a llegarle cartas. De la ciudad. Sobres bonitos, de papel grueso, la letra masculina, grande, segura. Como Inés trabajaba en correos, era la primera en verlas, pero los secretos en el pueblo no duran nada. Nuestra jefa de correos, doña Carmen una mujer de lengua ágil, enseguida corrió la voz por todos lados:

¡Nuestra tímida tiene un romance! ¡Un hombre de la ciudad le escribe, y muy a menudo! ¡Seguro que la quiere llevar al altar!

Inés recorría el pueblo con una sonrisa de misterio, las mejillas encendidas y los ojos brillantes. Incluso había mejorado de aspecto. Enderezaba la espalda y adornaba la trenza con una cinta de raso. Caminaba por las calles con el sobre en la mano como si cargara una medalla de honor.

Y Fernando empezó a fijarse en ella. De vez en cuando, le dirigía una mirada disimulada. Que así son los hombres: basta que sospechen que una mujer interesa a alguien, para que ellos también empiecen a notar su presencia.

Y pobre Inés, se dejó llevar cada vez más por sus esperanzas. Se sentaba en la escalinata del correo, leía aquellas cartas y sonreía para sí misma. Y la gente del pueblo murmuraba: ¡Qué suerte tiene la muchacha, quién lo diría!

La tormenta llegó de golpe, como suelen llegar en el campo.

Era día de fiesta, la plaza llena de gente, la música del acordeón sonando, la juventud bailando. Inés también estaba allí, impecable, con un vestido nuevo y una bolsa cruzada al hombro.

De pronto se le acercaron unos chavales traviesos, los hermanos García, ya con unas copas de más. Quisieron gastar una broma y tiraron de la bolsa. La correa, vieja, se rompió, la bolsa cayó al suelo y se abrió, desparramando todas las cosas de Inés, incluidas las cartas atadas con un lazo.

Uno de los hermanos, Juanito, se hizo con ellas y gritó:

¡Vamos a ver qué le escribe el madrileño a nuestra recatada!

Inés se abalanzó sobre él, pálida como el papel:

¡No te atrevas! ¡Devuélvemelas!

Pero era más rápido y, riendo, extrajo una carta del sobre y empezó a leer en voz alta, con sorna, para todo el pueblo:

Querida Inesita, tus ojos son como lagos azules

La gente se calló para escuchar. Estaba bellamente escrito. Después, Juanito frunció el ceño y sacó otra hoja, arrugada, escrita de un lado a otro y tachada repetidas veces. Se puso junto a la farola para leer:

¡Eh, mirad esto! gritó, hasta que incluso la música paró. ¡Qué guasa! ¡Está todo tachado! Primero puso Querida Inés, luego lo tachó bien fuerte, luego Mi adorada Inés ¡vuelto a tachar! ¡Es un borrador! ¡Se estaba escribiendo a sí misma las cartas!

La carcajada fue enorme, el bullicio rebotaba en la plaza.

¡Menuda fantasía! ¡Se inventó un novio!

Inés quedó inmóvil en el centro, cubriéndose la cara con las manos, los hombros temblando. Una vergüenza tan grande que dan ganas de irse lejos para no volver jamás. Yo, que por entonces era joven, no supe cómo ayudarla y solo podía mirar boquiabierta.

Entonces, el acordeón enmudeció del todo.

Fernando, que había estado en el pórtico con el instrumento, dejó de tocar. Se levantó, bajó despacio los escalones; todos se apartaron a su paso, notando la gravedad en su rostro.

Se acercó a Juanito, le quitó las cartas sin una sola palabra, tan solo una mirada que borró su sonrisa de un plumazo.

Fernando recogió los sobres del suelo, les sacudió el polvo, y llegó hasta Inés. Ella no se apartaba las manos del rostro.

Él la cogió del brazo con ternura, pero firmeza y le habló alto, para todos:

¿De qué os reís, so brutos? ¿Nunca habéis visto a una persona?

Luego le murmuró a Inés, casi al oído:

Venga, Inés, te acompaño. Ya es de noche.

Y se marcharon. Atravesando la plaza entre el silencio pesado de la vergüenza colectiva, él con la cabeza alta, llevando en una mano la bolsa de Inés con sus pobres cartas, en la otra, ella del brazo.

Desde aquel día empezaron a verse. No fue inmediato; Inés tardó aún mucho en poder mirar a la gente a los ojos. Pero Fernando no le soltó la mano. Nunca la dejó sola, la esperaba al salir del trabajo. A los seis meses celebraron la boda.

Vivieron muy unidos. Fernando la adoraba, la cuidaba con mimo. Inés floreció y se convirtió en una gran mujer, madre de tres hijos. Nadie volvió nunca a mencionar aquel episodio en el pueblo; bastaba una mirada de Fernando para que cualquiera se mordiera la lengua.

Pasaron los años. Fernando se fue hace tres, por culpa del corazón. Inés, o doña Inés como ya la llaman, se apagó bastante desde entonces. Yo la visito a menudo, a tomar un té y medirle la tensión.

Una tarde, sentadas en la salita, llovía a mares y la chimenea crepitaba. Inés rebuscaba cosas en el viejo aparador y sacó una cajita tallada que Fernando le hizo de joven.

La abrió y allí estaban esas mismas cartas, amarillas por el tiempo.

¿Sabes, Ramona? me dijo, y la voz le temblaba. Yo creía que él las habría tirado aquel día, o quemado. Siempre me dio vergüenza preguntar, me pesaba ese engaño toda la vida.

Sacó el sobre de arriba y, debajo, había una hoja reciente, de papel cuadriculado, aún blanca. Se notaba escrita poco antes de que Fernando muriera.

Inés se puso las gafas y, aunque las lágrimas le caían por las arrugas, comenzó a leer; luego me la pasó:

Léemela tú, que ya no veo bien.

Yo leí, descifrando su torpe letra:

Inés mía, he encontrado la cajita y la he vuelto a guardar. Perdóname, amor, por no haber hablado nunca de aquel asunto, vi cuánto te pesaba y no quise remover el dolor. Ahora pienso que me equivoqué: debería habértelo dicho antes, para que el peso no siguiera contigo. Yo supe aquel mismo día en la plaza que las cartas las escribías tú; reconocí tu letra de las facturas. ¿Sabes por qué no me reí? Porque el corazón se me partió. Pensé: ¿cuánta soledad tendrá alguien para escribirse cartas a sí misma con palabras bonitas? Y qué ciegos fuimos los hombres de no ver tu alma. Gracias a esas cartas, Inés, porque si no, quizá yo jamás habría encontrado mi felicidad. Siempre fuiste la más hermosa para mí. Tu Fernando.

Lloramos juntas un buen rato, entre olor a manzanas secas, infusiones y amor auténtico, de ese que casi no se encuentra ya.

Así son las cosas. Inés mintió por desesperación, sólo quería ser querida. Fernando supo ver el dolor, no la mentira, y le dio calor toda la vida.

Y ahora, cuando veo esa cajita, pienso: nunca juzguemos demasiado a quienes hacen locuras por amor. Quién sabe qué sed de cariño les empuja a cruzar la línea.

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Elena Gante
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Vivía en nuestro barrio de Olmedilla, justo al lado del río, una chica. Se llamaba Lucía. Muy humilde, discreta. Ya sabéis, de esas personas que apenas se notan: están, pero es como si no estuvieran. Siempre la mirada baja, una trenza fina, pelo rubio ceniza, y un pañuelo viejo en la cabeza. Trabajaba en Correos, clasificando cartas y repartiendo las pensiones.
The Mother They Tried to Erase